Woody Allen habla sobre Carla Bruni y su nuevo film

WOODY ALLEN
«¡Dios mío, Carla es preciosa!»



Todo surgió en una cena informal en el palacio del Elíseo. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, invitó al señor y a la señora Allen a cenar y allí surgió el «flechazo». Resultado: el genio neoyorquino ha contado con la primera dama de Francia para su película número 47. A sus 75 años, Allen -que lleva casi 50 sin parar de hacer cine- revela las intimidades de su «idilio» con Carla Bruni.



En una oficina pequeña, sin ventanas y muy desordenada -hay libros, cajas y estanterías en las que se amontonan latas de película de título ilustre- se esconde el universo secreto de Woody Allen.


El director neoyorquino recibe a XLSemanal en una sala de proyección oscura y vetusta y se sienta en un sofá que, a estas alturas, debe de tener impresa la anatomía del genio. Aunque ha cumplido 75 años, luce el aspecto de siempre: misma percha menuda, mismas gafas de pasta, mismo pelo canoso y misma expresión trágica, aunque amable. También sigue fiel a su adicción al trabajo. Su nueva película, Medianoche en París, abrió esta semana el Festival de Cannes y, aunque los actores deben borrar ceros de su caché para trabajar con él -el modesto presupuesto obliga-, ha vuelto a rodearse de estrellas como Owen Wilson, Marion Cotillard o Adrien Brody. Ni siquiera Carla Bruni fue capaz de resistirse.


Si no fuera porque sus visitas al psicoanalista son vox pópuli, por su forma de hablar se diría que es un hombre en paz. Aunque resulta cálido en el trato, no es ni particularmente expresivo ni sonriente ni -otro mito caído- gracioso. Eso sí, es pura clarividencia e ingenio.


XLSemanal. Una crisis creativa, como la que sufre el protagonista de su nueva película, es la pesadilla de cualquier escritor. ¿Usted ha tenido alguna?
Woody Allen. ¡Jamás! Y le doy gracias a Dios. La gente suele preguntarme si me da miedo levantarme un día y descubrir que ya no soy gracioso. La respuesta es no. Soy escritor, ese soy yo, para mí es natural. Si tuviera una crisis, no sería yo. Y si un día me levantase de la cama y no fuese gracioso, tampoco. No me lo imagino. Cuando hablo, suena gracioso. Será mi tono de voz...


XL. Asegura que guarda sus ideas en un cajón, incluidas las que ha escrito en servilletas o cajas de cerillas. ¿El guión de Medianoche en París salió de esos apuntes?
W.A. No, me propusieron hacer una película en París, pero no tenía ideas. Así que pensé: «¿Qué me viene a la cabeza cuando pienso en París? Romance». Igual que si fantaseo con rodar en Berlín, pienso en espías.


XL. ¿Por qué nos parece siempre que cualquier tiempo pasado fue mejor?
W.A. El ahora siempre es terrible; y la vida, cruel, dura y desagradable. Si vives en los 70, te gustaría haber nacido en los años 20; y en 2011, los 60 suenan genial. Cuando miras atrás, nunca te acuerdas de lo negativo. Si alguien en el año 2800 echara la vista atrás al Nueva York de hoy, no se acordaría de las drogas, el crimen y la recesión. Tampoco te paras a pensar que en la belle époque las mujeres morían en el parto y no había novocaína cuando ibas al dentista. Tu mente borra lo negativo.


XL. Si pudiera viajar en el tiempo como en la película, ¿a qué época se trasladaría?
W.A. Sería un aristócrata francés durante la belle époque, aunque hubiera tenido una vida corta; entonces tampoco era muy fácil ser judío. Siendo más realista, Nueva York en los años 20 y 30 era maravilloso. La gente volvía de trabajar, se daba una ducha, se ponía elegante y salía. ¡Vestía con esmoquin hasta para cenar en casa! Ahora, la informalidad lo impregna todo. No es que esté mal, yo voy así [señala su pantalón de pana y camisa gris], pero se ha perdido elegancia. A cambio, en aquellos años no existía el aire acondicionado, uno de los mejores inventos de la historia.


XL. Carla Bruni tiene un papel. ¿Cómo se lo propuso?
W.A. Mi mujer y yo almorzábamos con el presidente Sarkozy cuando entró en la habitación. Estaba preciosa, pensé que estaría genial en una película, aunque quizá estuviera demasiado ocupada. Aun así, se lo propuse. «No tendrás que trabajar tres meses, serán dos o tres días», le prometí. Me contestó: «Estaré encantada, podré enseñarles a mis nietos que hice una película con Woody Allen». Ella no es ni abogada ni política, es una artista, así que le propuse interpretar a una guía del museo Rodin. En el rodaje no pudo ser más amable. Nos los pasamos muy bien juntos.


XL. Pero se ha dicho que tuvo que repetir sus escenas...
W.A. Los periódicos publicaron cosas horribles, como que tuve que hacer 30 tomas de sus escenas. Jamás sucedió. Hice ocho o nueve, las mismas que hago con actores como Owen (Wilson) o yo mismo. No fue difícil para ella y se lo pasó bien. La prensa también dijo que, cuando Sarkozy vino al rodaje, estaba enfadado con ella...


XL. ¿Es mentira?
W.A. Sí, vino una vez y lo único que hizo fue mirarla embelesado y decir: «Es preciosa y una actriz natural. Mira qué bien lo hace». También se ha dicho que he cortado sus escenas, y es falso. Todo lo que rodé con ella está en la película. Por alguna razón, a la prensa le divierte publicar historias negativas, pero nada es verdad. Fue sencillísimo trabajar con Carla. Si la mayoría de las actrices fueran tan agradables, yo sería feliz. Cuando le enseñé lo que habíamos rodado, me dijo que le hacía parecer mucho más hermosa de lo que es. «¡Dios mío, eres preciosa. Es sencillísimo hacerte parecer bella!», le contesté.


XL. Quizá la próxima vez pueda rodar con el propio Sarkozy...
W.A. Tiene muchísimo carisma y, en las distancias cortas, despide una especie de masculinidad oscura estilo Humphrey Bogart. Es muy amable y encantador, podría ser actor. Pero no creo que se le haya pasado por la cabeza.


XL. En la próxima volverá a actuar después de seis películas sin hacerlo. ¿Lo echaba de menos?
W.A. No. Soy demasiado viejo para ser la pareja romántica. Si no puedo ser el galán, el resto de los papeles me aburre. Nadie quiere ver una comedia romántica sobre alguien de mi edad... No me gustan esas películas en las que se coge a dos actores mayores, como Jack Lemmon o Matthau, y haces un montón de chistes fáciles sobre la vejez, la memoria, dónde he puesto mis pastillas y esas cosas. Me resulta triste.


XL. Los intelectuales y la clase alta de Nueva York son su especialidad. ¿Por qué no le inspira igual la pobreza?
W.A. Yo crecí siendo pobre. Mi madre siempre estaba trabajando y mi padre tenía un millón de empleos: taxista, camarero, barman... Con 19 años me mudé a este barrio, el Upper East Side, y por eso es fácil para mí hablar de la gente rica. Todos mis amigos son banqueros, abogados, brókeres... Los conozco, sé lo que hacen con su tiempo: sus clases de yoga, sus vacaciones en los Hamptons, sus terapias en el psicólogo... Y son graciosos, porque se hacen preguntas interesantes. Sufren tanto y hacen tanto el ridículo como cualquier otro.


XL. «Los republicanos son lunáticos dementes», dice el personaje de Owen Wilson en la película. Suele utilizar el sarcasmo para hablar de la política y los políticos, pero nunca se «moja» en exceso. ¿No le interesa?
W.A. La política me interesa como ciudadano, no como artista. Nunca he creído que los gobiernos sean capaces de resolver los problemas reales o de poner fin al sufrimiento del mundo. Digamos que eliges a un demócrata o a un republicano o que los ciudadanos de Libia han derrotado a Gadafi y logran llevar una vida más libre y democrática. Todo eso es maravilloso, estoy a favor, pero aún tienes que resolver las grandes preguntas: «¿Por qué estamos aquí?». En cuanto has derrotado al dictador de turno, tienes un poco de dinero, no te mueres de hambre y vives en una democracia, te das cuenta de una cosa: «Voy a morir. Y mi familia y mis hijos, también. ¿Cuál es el sentido de todo esto?». Esas son las verdaderas preguntas, que a mí me aterrorizan mucho más que los gobiernos.


XL. ¿Qué le preocupa del mundo en el que vivimos?
W.A. Vivimos en un tiempo extremadamente peligroso. Hay mucho odio, tensión social, pobreza... Los países líderes no lideran. El mío tiene un presidente maravilloso, pero, aunque su corazón está en el lugar adecuado, no está siendo capaz de hacer muchas cosas. Luego está la cantidad de gente estúpida que se deja llevar por los políticos sin escrúpulos. Es muy difícil enderezar el mundo, quizá porque no hay suficiente buena voluntad entre las personas.


XL. Su pesimismo es famoso, pero ¿no hay ningún motivo para la esperanza?
W.A. La verdad es que ni siquiera sé si la especie humana sobrevivirá. William Faulkner solía decir que la humanidad no solo perdurará, sino que prevalecerá. Yo no estoy seguro. Al ritmo que va el mundo, con este nivel de ignorancia y hostilidad y el desprecio por los recursos naturales, no creo que esté garantizado que en 2000 años todavía haya gente campando por aquí. Somos una especie fallida, como los dinosaurios. Lo intentamos, pero no funcionó.


XL. Se queja de que, a menudo, se confunden sus neuras con las de sus personajes. ¿Cuál es el mayor error de percepción que se tiene sobre usted?
W.A. La gente cree que soy mucho más excéntrico de lo que soy. En realidad, llevo una existencia de clase media. Me levanto, llevo a mis hijas al colegio, hago ejercicio, escribo, practico con el clarinete, doy paseos con mi mujer y soy una de esas personas que se sientan delante de la televisión con una cerveza para ver el fútbol. Piensan que soy un intelectual y no lo soy. Creen que soy un tipo solitario y tampoco es cierto. Están convencidos de que soy ese personaje divertido de las películas. Uno de mis psicoanalistas me dijo una vez: «Cuando viniste a mi consulta, pensé que serías fascinante, pero eres igual que un contable». Y es verdad. Soy poco interesante. No me pasa nada emocionante y me alegro.


XL. Dice que la vida es, fundamentalmente, suerte. ¿Usted ha sido afortunado?
W.A. He tenido mucha suerte. Creo que la vida tiene mucho más que ver con eso que con la habilidad para hacer algo. Todas las universidades, el ejercicio físico o las pastillas no significan nada sin suerte. Prefiero ser afortunado a ser extraordinario pero vivir asediado por la enfermedad, la desesperación, el fracaso o el dolor. No podemos ser tan vanidosos como para pensar que controlamos nuestro destino, porque cuando acudes a tu revisión médica anual y el doctor está mirando tus rayos X, siempre tienes que aguantar la respiración por un momento.


XL. Después de años de terapia, ¿qué conclusión ha sacado de sí mismo?
W.A. La única a la que he llegado, demasiado tarde por supuesto, es que debería haber sido más valiente. No he hecho muchas cosas por miedo o porque pensaba que no serían aceptadas. Ahora sé que estaba equivocado. Tendría que haber tenido más confianza en mí mismo.


XL. ¿Y ahora confía en sí mismo?
W.A. Ya es tarde... Si cuando tenía 30 o 40 años hubiese sabido lo que sé ahora, habría tomado otras decisiones y me habría divertido más. Cuando rodé mi primera película en París, ¿Qué tal, Pussycat? , pensé que podría quedarme allí. Era soltero, nadie me esperaba, amaba la ciudad..., pero no pude. Era demasiado radical para mí. Ahora lo lamento. He tenido suerte en la vida, pero la verdad es que me arrepiento de muchas cosas.


XL. Ha cumplido 75 años. Si hace balance, ¿cuál ha sido su mayor logro?
W.A. Casarme con una chica que había tenido una vida terrible. Era huérfana en Corea, con cinco años vivía en la calle y comía de la basura, luego pasó por un orfanato y, más tarde, fue adoptada y seguía siendo infeliz. Tuvo una vida terrible. Yo la conocí, me enamoré de ella y le he dado una vida maravillosa: ha podido estudiar, tener hijos, vivir en un barrio agradable, disfrutar de privilegios... He sido capaz de darle una vida feliz y eso me proporciona un gran placer. No es una contribución anónima a la caridad, sino una persona a la que veo cada día, que ha florecido ante mis ojos. Ese es mi mayor éxito.


XL. Creo que su mujer no es precisamente su fan...
W.A. Es cierto, ella no ha visto muchas de mis películas. No es un requisito. No exijo que todo el mundo admire mi obra. También odia que toque el clarinete. Para ella solo es ruido y desearía que practicara encerrado en el baño. No pasa nada.


XL. Tienen dos hijas. ¿Cómo vive la paternidad en esta fase de su vida?
W.A. Siempre he dejado que la mujer con la que vivía decidiera si quería tener hijos. Cuando Soon-Yi quiso ser madre, adoptamos dos niñas. Al instante me convertí en un padre maravilloso. Me levanto a las seis y media de la mañana para llevarlas al colegio, vamos al cine y al baloncesto y siempre estoy ahí para ellas. Me quieren mucho. Si Soon-Yi hubiese querido tener diez hijos, me hubiera parecido igual de bien.


XL. ¿Confía más en su talento como padre que como artista?
W.A. Puedo pensar en cineastas mejores, pero como padre soy fabuloso. Soy afectuoso: las abrazo, les doy besos, las consiento...


Ixone Díaz Landaluce

PRIVADÍSIMO


A pesar de su pinta de enclenque, era el mejor jugador de béisbol de su colegio. Su otra pasión infantil eran los trucos de magia.


Con 22 años, ganaba 1500 dólares a la semana escribiendo guiones y chistes.

Sufre agorafobia, claustrofobia y tiene pánico a los gérmenes.


Escribe sus guiones a mano en una caligrafía ininteligible. Los mecanografía en una máquina de escribir Olimpia que tiene desde los 16 años.


Tiene cinco hijos. Adoptó a dos niñas, Bechet y Manzie, junto con Soon-Yi. Con Mia Farrow tuvo un hijo biológico, Ronan Seamus, y dos adoptivos: Dylan y Moshe.


Ha ganado tres Oscar y recibido 21 nominaciones, aunque siempre ha preferido tocar el clarinete a asistir a la ceremonia. Hizo una excepción en 2002 para participar en un homenaje a Nueva York tras los atentados del 11-S


XLSemanal@

fuente : ABC.ES

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