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Una Crítica a Fito Páez

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¿Cómo Desdecirse de Ciertas Palabras?

La opinión franca y sin freno de ningún tipo, vertida por el músico Fito Páez en el diario Página 12 debe estar haciendo pensar al artista en la privacidad de su casa. Las opiniones de los argentinos, sobre todo de aquellos que habitan nuestra capital, no se hicieron esperar, utilizando palabras que en muchos casos exceden no el significado sino la fuerza de injuriar que las empleadas por el señor Páez. Liberadas las ataduras del autocontrol, se vive un clima de permiso irrestricto en donde no falta la elocuencia malsonante de los justamente indignados porteños, que en redes sociales volcaron toda su ira desatada, insultando a quien arrojó la primera piedra.
Palabras como «asco», «hipocresía», «repulsión», «ignorancia»; usadas por el renombrado personaje ya sea como sustantivos o como atributos otorgan sin embargo una fuerza distinta a la de la puteada lisa y llana, la respuesta más esperable del occidental promedio ante el agravio verbal. No apuntan a causar una ebullición inmediata y furibunda de la sangre del receptor a quien se la espeta a boca de jarro. No. Tampoco aluden a la manera de ganarse la vida de la madre de nadie, ni remiten a ninguna pieza anatómica humana mencionada con pícara impudicicia.
Esos son insultos de cancha, de calle, que si bien son los que más estaríamos dispuestos a censurar (por la fuerza carnal de su contenido, el tabú social que implica, las normas tácitas que altera) no son ni de casualidad los que más insultan. Una mentada a la madre, o al lugar por donde nos trajo al mundo, es, a fin de cuentas, una mera vulgaridad; el intento de una mentalidad simple para excitar nuestra irascibilidad al calor del momento.
Los peores insultos son los que duran. Son aquellos enunciados, fríamente elaborados, con que las mentes acostumbradas a un manejo de las letras, un tanto superior al de la media, nos atribuyen caracteres que no tenemos, que sabemos que son una absoluta mentira. Y sin embargo nos roen insidiosamente con el fantasma de la impotencia, al no poder expresarnos con la misma libertad y soltura de la que goza este artista, al cual le publican una extensa nota en un periódico (de modesta tirada, pero de alcance internacional gracias a Internet) probablemente por llamarse Fito Páez y no mi nombre. O tu nombre.
Ante tantas reacciones airadas de ciudadanos particulares y declaraciones hechas por políticos de alto nivel (me refiero al nivel de los cargos que ocupan, no a su desempeño), el músico ya debe estar pensando en cómo echar paños fríos, aducir el ya manoseado exabrupto, pedir disculpas, desdecirse. Y lo hará, no quepa duda, pues si bien en este país existe la libertad de expresión, también existen los juicios por calumnias e injurias.
Pero ni por un momento creamos que fue un exabrupto la cruda y displicente verbosidad con que el cantautor se despachó en contra de la democracia. Fito Páez sabía lo que quería decir. Pensaba algo y lo dijo, tomándose su tiempo para redactarlo de manera prolija, clara y sin lugar a las dudas o segundas interpretaciones. Tenía la intención de insultar, de ofender al electorado que ejerció con libertad sus derechos, y probablemente esté buscando que la Justicia tome acciones en su contra, para posar como un artista al cual la censura no le deja expresarse.
En un extracto de la polémica nota leemos: «atontándose cada vez más con profetas del vacío disfrazados de entretenedores familiares televisivos porque “a la gente le gusta divertirse”». Yo sé que muchos admiran al artista y por eso tal afirmación no les suena vacía o de hecho grandilocuente. Pero lo es. Las dos cosas. Al parecer el señor Páez no ha notado que él mismo es principalmente un entretenedor de gente.
Quizás su ego le haga pensar que su rol como formador de opinión o conciencia izquierdista (esto lo supongo, al haber elegido Página 12, un diario de conocida tendencia socialista) es mucho más importante de lo que realmente es. Otro punto que me lleva a suponer acerca de las ideas presumiblemente marxistas de Páez es su mención de una supuesta insensibilidad de la mayoría porteña hacia los derechos humanos, como así también la definición de «gobierno de derechas» que da a Macri.
Supongamos por un momento que el 47% de los porteños reniegue de los derechos humanos y que desee ser gobernado por un derechismo a ultranza (ambas hipótesis suenan risibles, pero démosle el beneficio de la duda al poeta) ¿Acaso esa voluntad no cuenta? La democracia es lo más alto que tiene esta nación. Es lo que todo argentino está obligado a defender casi como un dogma. Y eso es porque está en la Constitución, la que define nuestra forma de gobierno, avalada por la voluntad de la mayoría, lo cual todos pensamos que es la mejor forma de llegar al consenso.
Al que no le guste la democracia puede tomar dos vías: Hacer un golpe de estado de derechas (Franco, Aramburu, Mussolini, por dar tres ejemplos) con el cual gobernar totalitariamente, imponiendo violencia, o hacer una «revolución» de izquierdas (Castro, Lenin, Mao) con la cual se hace exactamente lo mismo, o sea gobernar totalitariamente, imponiendo violencia y haciendo caso omiso de constituciones, elecciones, plebiscitos, etc.
Hay una tercera vía, un poco más ingenua. Se trata de componer canciones que traten de formar la conciencia política que deseamos. Podemos cantar de derechos humanos en mi bemol, o de colectivización en la menor, proletariado al piano y redistribución de la riqueza con acompañamiento de guitarra. Todo eso a la vez cobrando jugosas entradas, cachet en dólares, vendiendo discos, acopiando riquezas en cuentas extranjeras, dándonos una linda vida y con la esperanza que la gente haga (o desee hacer) lo que yo digo y no lo que yo hago.
Esa es la terrible realidad de muchos de nuestros «artistas comprometidos», vestidos a la última moda, siendo parte del jet-set, estando permanentemente actualizados en tecnología, cortejando supermodelos… Mientras pregonan doctrinas manidas, modos de vida que no se aguantarían ni dos semanas, sin libertad, sin propiedad privada (¿se imaginan a Fito Páez en medio de una expropiación popular por excesos y lujos? Yo pagaría por verlo mientras le confiscan el piano y le ponen número de inventario indicando que ahora es del Estado).
El cantautor puede opinar sin censura previa. Eso lo tiene garantizado. Y el pueblo tiene el derecho de incoarle un proceso por decir lo que dijo. Porque derechos tenemos todos. Y sí, aquí me atrevo a jugar al profeta: apenas vea relampaguear, lejanos, los negros nubarrones judiciales, Fito Páez va a pedir disculpas. No se lo crean. Quizá se sienta culpable, pero arrepentido jamás. Culpable por abrir mucho la boca, por ganarse enemistades, por perder público. Pero no arrepentido.
El arrepentimiento pasa por sentir muy adentro de uno que algo que hizo o dijo está mal. El poeta creía lo que dijo, y créanme, por más cosas que diga ahora, lo sigue creyendo. Desdecirse de ciertas palabras es imposible cuando el público está instruido. Y lo que el público vio fue odio, liso y llano. Cayeron las caretas, ahora sabemos quién es Fito Páez.

Luciano

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2 comentarios - Una Crítica a Fito Páez

@Isztvan +3
Muy bien escrito. Disiento en varios puntos, pero no es mi intención debatirlo acá, y mucho menos —debo confesarlo— con alguien que me lleva amplísima ventaja en expresión escrita y capacidad de exposición de su pensamiento.