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No importa si es fantasía o realidad, lo que importa es el

No importa si es fantasía o realidad, lo que importa es el relato
MATRIX PARA TODOS (O TODOS VIMOS MATRIX)

No importa si es fantasía o realidad, lo que importa es el

¿Existe una realidad paralela a la que se reproduce en los medios impulsada por el Gobierno? ¿Cuál es la lógica que provoca que, casi siempre, la opinión pública hable el discurso del poder? ¿Por qué ese discurso tiene más fuerza que nunca? ¿Hay salida a la lógica binaria entre el bien y el mal, nosotros o ellos? ¿Quién representa el bien y quién el mal? ¿Cómo reinventar el relato, una y otra vez, y crear enemigos ad-eternum?

En la trilogía de los hermanos Wachowski, casi todos los seres humanos han sido esclavizados por inteligencias artificiales creadas por otros humanos y las máquinas. El hombre permanece en un estado de suspensión mientras que vive una vida simulada. Aquellos que buscan la liberación, como Morfeo o el que creen que es El Elegido –protagonizado por el tristón Keanu Reeves— son perseguidos constantemente por “los agentes”, encabezados por el Señor Smith. El film es una gran obra de ciencia ficción inspirada en el concepto clásico de la filosofía de Platón —teoría de los dos mundos— en el cual se debate si el mundo es real o ficcional. También puede leerse como la manera en que los seres humanos estamos alineados a ciertos conceptos que no cuestionamos y que nos termina transformando en esclavos.



La matriz



En ese sendero se mueve la obra del escritor y periodista Walter Graziano, con sus obras “Hitler ganó la guerra” y “Nadie vio Matrix”, sobre las teorías conspirativas mundiales y locales. Pero, tanto en el caso de la película de los hermanos Wachowski como en la literatura de Graziano, existiría un orden superior que cosifica al resto de los mortales, dominando sus voluntades hasta controlar sus sueños.

En los 475 días de “ella” sin “él” que se están cumpliendo en el día de los enamorados, la Argentina y los argentinos nos hemos convertido en protagonistas secundarios de una especie de película hollywoodense en la que todo puede ser posible, pero, a diferencia de las distintas concepciones de la matrix, en nuestra realidad cotidiana (o ficcional como prefieran) la culpa no la tiene ningún orden superior sino nosotros mismos.

La historia argentina está repleta de idas y vueltas, de estados de ánimo que mutan de izquierda a derecha y viceversa sin rumbo fijo. Así como una inmensa mayoría de la opinión pública le dio la bienvenida a los milicos el 24 de marzo de 1976, también se sumó al triunfalismo de Galtieri en Malvinas para luego darles la salida en Plaza de Mayo, desilusionados con la rápida derrota en las Islas del Atlántico Sur.

Nos ilusionamos con la llegada de la democracia, pero rápidamente descubrimos que su advenimiento no implicaba que se comía, se educaba ni se curaba. Nos hartamos de la ineficacia estatal y privatizamos rápido, mal y fraudulentamente como un cirujano que opera de urgencia. Al hombre de las patillas lo vimos rubio, alto y de ojos celestes, la avivada era bien recibida y el periodista más influyente de esos tiempos pedía que si los funcionarios metían la mano en la lata que, al menos, no se note.

Pedimos honestidad, tuvimos a Fernando De la Rúa. Llegó la crisis, nos sacamos al aburrido. Descubrimos el piquetero, nos cansamos del corte de calle. Se vino el zurdaje y redescubrimos la historia como si estuviésemos en un plato volador aterrizando en un planeta en el que nada teníamos que ver.

Rehicimos la historia, reprodujimos engaños, mentiras y amamos la división entre nosotros mismos, entre el campo popular y Clarín, entre el peronismo y el gorilaje, el patriota y el cipayo, entre los buenos y los malos. Atrasamos 50 años y hace 500 nos vendían espejitos de colores. Ahora nos vendemos por una computadora, la posibilidad de ver los goles, la ilusión de recuperar Malvinas y la chance de comprar un TV plasma en cuotas. Como escribió Shakespeare, “La culpa, querido Bruto, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos”.



500 días con ella



Casi 500 días han pasado en que los números de la economía no son motivo de felicidad en el Gobierno. Sin embargo, la comunicación oficial acaparó todo. Entre noviembre del 2011 y febrero del 2012 aumentó el transporte público, los servicios públicos, la leche, la carne, la nafta, los alquileres, los gastos suntuosos como la ropa y la posibilidad de vacacionar, el cable y hasta los chocolates, desde un 10 a un 40%.

Los servicios de luz y gas, en muchos casos, se fueron a las nubes y el servicio no mejorará en el corto plazo. La Presidenta habló de sintonía fina y el Poder Legislativo se aumentó sus dietas en un 100%. Cada vez que hubo un alerta de tormenta para el Gobierno, el relato copó la parada y construyó una noticia que se reprodujo en medios, periodistas, bares, plazas y reuniones familiares.

Durante meses el luto tapó todo, luego el impresionante aparato comunicacional, a través del “no se hagan los rulos” generó la expectativa de si Cristina Fernández iba o no a ser candidata a la reelección. El operativo clamor fue un éxito y llegó el futuro con Tecnópolis. Las elecciones Primarias borraron a la oposición mientras que la pelota seguía rodando.

A River Plate le dieron una manito para que se vaya a la B y hubo más goles para todos con seis partidos más de la segunda categoría, menos debate y más alegría para el pueblo. Durante varios meses, el cristinismo y Don Julio, logró lo que nadie: Boca y River punteros sin pelear el mismo campeonato. Y vino el 54% e implicó que más de la mitad más uno, estaba del lado del bien, por lo tanto, se terminó el debate, la discusión y el opositor terminó de definirse como “el periodista”. Ya no un medio sino la persona, el trabajador de prensa que no se encolumnara en el discurso del poder.

Llegaba navidad del 2011 y Perfil daba a conocer nuevas propiedades de la presidenta en Puerto Madero. Llegó el cáncer y se tapó todo. Pero, así como llegó, también se fue. Es paradójico cómo funciona el relato. Un solo ejemplo demuestra la inmensidad del discurso oficial.

Cuando estalló el escándalo Schoklender, los medios oficialistas ni siquiera se preocuparon en investigar las causas, consecuencias y si los hechos eran reales o ficticios. Iban por los pañuelos y eran “parricidas mediáticos”, como tituló el propio Sergio Spolszky en su diario Tiempo Argentino. Meses después, cuando Sergio Schoklender se transformó en el opositor a destruir, esos mismos medios publicaron frondosas investigaciones refritadas de medios como Clarín y Perfil sobre defraudación al fisco, lavado de dinero y los vuelos internacionales. Obviamente, evitando el contexto, la falta de controles del Estado y los nexos políticos del implicado.

La fuente de información siempre es el poder. La figura del arrepentido y del denunciante, en el relato oficial, no debe ser tenida en cuenta, sino que debe desacreditarse, aniquilarla, extinguirla. El caso Schoklender podría aplicarse en el flamante escándalo Ciccone /Boudou con la figura de la ex mujer del testaferro del vice. Así hasta el infinito y más allá, como diría uno de los juguetes de Toy Story.



Malvinas



Crímenes de lesa humanidad, la locura por Papel Prensa, la presencia en los discursos de la palabra “monopolio” y “corporaciones mediáticas” como forma de validar sus premisas. Nos acostumbramos a las palabras y reproducimos conceptos sin desglosar si realmente tienen asidero en el día a día. Si el ciclo de la historia fue revisitado en forma de pastiche, de parodia desde el 25 de mayo de 1973 en adelante, había una etapa que había sido olvidada: Malvinas.

“Too much”, diría la presi. Durante 20 años los ex combatientes, esos chicos devenidos en adultos olvidados por casi toda la sociedad, no fueron motivo de discusión ni relevancia para prácticamente nadie. Así se lo hicieron saber a los diputados que salían sonrientes de la Casa Rosada la semana pasada. Díaz Bancalari la ligó por todos.

Malvinas hoy está presente en murales, en noticieros, en la radio, en todos lados. Hablamos de las Islas con la misma pasión y frialdad, a la vez, que de Jazmín de Grazia. Mencionamos la palabra “patria” mientras justificamos la represión de tres o cuatro pseudos ambientales que van en contra “del progreso y de la actividad que da más ganancias en el mundo como es la minería”, como aleccionaron a sus militantes los jóvenes de La Cámpora.

Como frutilla del postre, el emblemático actor Sean Penn vistó a Cristina y criticó al colonialismo británico. La foto, con el cuadro de José de San Martín de fondo, lo observamos en la portada del diario Tiempo Argentino del 14 de febrero de 2012.

Malvinas sirvió para tapar un debate peligroso: el de la re-re que no había prendido como se esperaba y había servido como excusa ideal para unificar al tándem Moyano/Scioli/Alberto Fernández en un programa contra algo/alguien: la eternidad/ella.

14 de febrero. Día de los enamorados de un pueblo con “ella”. Ese amor que le expresó Armando por teleconferencia, o la mujer que no cesó de llorar y la abrazó a ella, sin parar, en el último discurso del aniversario en la AMIA. O Cecilia, la científica que regresó del país como tantos otros gracias a nuestros queridos gobernantes que supimos concebir.

Poco importa si es fantasía o realidad. Lo que importa es que nos lo dijo “ella” y que el enemigo sigue fuerte, agazapado, dispuesto a contraatacar. Aunque el enemigo podamos terminar siendo nosotros mismos.

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