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La ignorancia K: Causas de la pobreza y la riqueza

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La ignorancia K: Causas de la pobreza y la riqueza

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- Por Federico Perazzo -

Considerando la realidad Argentina del momento, donde el gobierno insiste en presentarnos como la nación modelo, es pertinente reflexionar sobre porque tienen éxito algunos países en su desarrollo y porque fracasan otros rotundamente.


Una de las explicaciones asociadas con la consecución económica es la existencia de una vasta disponibilidad de recursos naturales. Sin embargo, este no es necesariamente un hecho que garantice, per se, el desarrollo de una sociedad. Japón es un gran exponente para demostrarlo, puesto que es una pequeña isla adolecida de beneficios naturales que sin embargo ha devenido en una de las economías más relevantes del mundo.


Argentina, por su parte, también sirve de muestra, sólo que en el sentido inverso. La nuestra es una tierra de abundantes provechos pero que no ha logrado catapultarse al máximo de su potencial (con una capacidad natural de alimentar a los propios y ajenos, aún hoy no hemos resuelto el problema de la indigencia y la pobreza).

Lo cierto es que el motor para que un determinado país prolifere no radica en su riqueza natural, sino en su calidad institucional.

El caso de las dos Coreas, la comunista y la capitalista, puede dar un amplio pantallazo acerca de estas cuestiones que hacen a la vida de los seres humanos. Respecto de la primera se observa una sociedad de más de 22 millones de habitantes con un alto porcentaje de alfabetización (99%), un promedio de esperanza de vida de 63 años, un consumo calórico diario de 1899, la alarmante suma de 45 niños muertos cada mil y un volumen de 400.000 estudiantes universitarios.

En cuanto a la segunda, la capitalista, los datos son un tanto más alentadores. Es, en principio, una nación con mayor cantidad de habitantes (47 millones) que tiene un promedio de vida mayor, de unos 75 años promedio. El consumo calórico diario es de 3069, muy superior a su contra cara del norte; lo mismo que su mortalidad infantil por mil habitantes es sustancialmente inferior, de uno 5 niños contra los 45 de su vecino. En materia de estudios vuelve a situarse por encima, dado que tiene 1.469.819 estudiantes.

Como pudo evidenciarse, los resultados saltan a la vista.

También existe el caso de China, donde sucede lo mismo entre las regiones que se mantuvieron en el comunismo y aquellas que aspiraron al capitalismo, tales como Hong Kong. En fin, ejemplos sobran.


Lo cierto es que, incomprensiblemente, el gobierno que nos tocó en suerte (o que por mala suerte elegimos) hace tracción en el sentido opuesto al camino de aquellos países que han sabido mostrar la ardua aventura que significa desarrollarse (pese a que algunos de ellos, coyunturalmente, se encuentren en crisis).


Una trágica cátedra de lo que es dilapidar “capital” institucional la dio la semana pasada el vice ministro de economía, Axel Kiciloff, cuando en un mensaje con tintes mafiosos increpó a uno de los empresarios más importantes de Argentina, al decirle que por pensar distinto al gobierno debieran haberlo fundido bajando el precio de la chapa.

Más allá de la redundante conclusión que nos inspira este dicho en términos del desaliento que significa para la inversión, lo que no considera Kiciloff, es que fundir a Paolo Rocca implica, a su vez, destruir los numerosos puestos de trabajo que también genera. De modo que su progresismo en pos de salvaguardar los intereses de los trabajadores derrapa indefectiblemente.

Habría que recomendarle no sólo al vice ministro sino al gobierno en su totalidad, ya que no van a persuadir a nuevos inversores a hundir proyectos por estos lares, que por lo menos no espanten a quienes si tienen negocios acá. En simples palabras, ya que no permiten que se generen puestos de trabajos genuinos y nuevos, por lo menos no destruyan los que ya existen.

Así como un físico que quiera negar la gravedad se encontrará con la manzana de Newton, un economista que quiera negar las leyes económicas se encontrará con el descontento de una inmensa mayoría. En las plazas las voces comienzan a hacerse oír, pues la economía ya está hablando.

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