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Los 7 problemas economicos que el Gobierno aún no resolvió

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El ejemplo del círculo vicioso, que retroalimenta perversamente los efectos, no por usado deja de ser el más adecuado. Todo tiene que ver con todo, en definitiva. Y en ese esquema hay que buscar los motivos de por qué la economía llegó al actual nivel de fragilidad e incertidumbre. Como en los pecados capitales, detrás de esas razones, hubo soberbia para no reconocer errores y aplicar las correcciones necesarias; ira, frente a una realidad que no respondía a las pretensiones del oficialismo; gula, en el uso de los recursos del Banco Central y en la apelación ciega a los controles; pereza, para atacar el fondo de las distorsiones y operar sobre las causas en vez de correr detrás de las consecuencias. Siempre a destiempo, con improvisación, y exacerbando un rasgo que caracterizó toda la gestión económica del primer y segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner: el cortoplacismo. Las goteras se acentuaron hoy pero las filtraciones llevan ya varios años. Se pueden resumir siete problemas -todos, vinculados entre sí- que dañaron los cimientos del proyecto “Nac & Pop”.

Inflación

En enero de 2007, comenzó la intervención al Indec y, desde entonces, las discrepancias en cuanto al nivel de precios. Para el organismo, el alza del costo de vida ese año fue del 8,5 por ciento; para los privados, del 26,2. La disparidad entre las cifras oficiales y las que computaban las consultoras se mantendría en similares proporciones. En 2008, los números arrojaron 7,2 versus 23,9; en 2009 –año de caída del PBI, por la crisis financiera internacional–, 7,7 contra 16,3; en 2010, 10,9 versus 25,8; en 2011, 9,5 contra 24; 2012, 11,5 frente a 26,5; y 2013, 10,9 por ciento contra 28,3 por ciento de los privados. -

Los 7 problemas economicos que el Gobierno aún no resolvió

Jamás reconocido como un problema, el germen inflacionario le quitó salud a la economía y fue carcomiendo una de las columnas que sostuvo el crecimiento en la etapa 2003-2007: el tipo de cambio competitivo. Al utilizar al dólar como única ancla antiinflacionaria mientras se expandía el consumo y subía el gasto público, el tipo de cambio se atrasó. Entre enero de 2007 (valía $ 3,08) y fines de 2012 ($ 4,93), el dólar avanzó un 49 por ciento mientras que la inflación medida por los privados lo hizo 142,7 por ciento. Un incremento de los costos en dólares del 120 por ciento en ese lapso, calculó Orlando J. Ferreres & Asociados (OJF&A). Las economías regionales fueron las primeras en sentir el impacto. Resultado previsible: estancamiento de las exportaciones (estacionadas en torno a los US$ 83.000 millones en los últimos tres años) y persistente aumento de las importaciones, lo cual redujo el superávit comercial (el otro pilar K de la primera época) y la oferta de dólares. Para Dante Sica, director de abeceb.com, haber usado el tipo de cambio como ancla nominal de la inflación fue uno de los grandes errores. “Se atrasó el dólar para que genere una sensación de bienestar antes de las elecciones de 2011”, cuestiona.
En 2013, el Gobierno aceleró la depreciación del peso para que acompañe la inflación real pero no corrigió –en parte– el atraso sino hasta el salto brusco del tipo de cambio del 23 de enero, cuya evolución es aún incierta.

Crisis energética

No pocos economistas colocan a la crisis energética en el epicentro del deterioro del modelo. La razón estructural del drenaje de dólares, producto de una política errónea que desalentó la oferta al congelar tarifas durante una década e infló artificialmente la demanda. “Es la madre de todos los pecados”, sentencia Fausto Spotorno, director de Research de OJF&A. Sica coincide: “La mala gestión energética es la principal responsable de la actual situación”. Sin señales de precios y con las renegociaciones inconclusas en sus contratos de concesión, la inversión de las empresas energéticas se desplomó en todos los segmentos y la Argentina pasó de ser superavitaria en el rubro a tener que importar. En 2007, la balanza energética arrojó un superávit de US$ 4104 millones; en 2013, un rojo de US$ 6163 millones, frente a un déficit de US$ 2384 millones en 2012: casi tres veces más en 12 meses. La compra al exterior de energía (gas natural, gas natural licuado, combustibles) ascendió a US$ 11.415 millones en 2013, según el Indec. Para este año, las proyecciones de ex secretarios de Energía elevaban esa cifra hasta US$ 15.000 millones antes de la devaluación de enero, con un déficit que orillaría los US$ 9000 millones, idéntico al superávit comercial ’13 (US$ 9024 millones). Si bien la cuenta se encarecerá aún más debido al alza del dólar, una caída en el nivel de actividad –que todos los analistas dan por descontada– puede poner paños fríos sobre las necesidades de importación.

que el gobierno

Recuperar el autoabastecimiento requiere un cambio profundo del esquema tarifario y de subsidios que permita atraer inversiones para incrementar la producción de petróleo y gas (las reservas cayeron un 60 por ciento en la última década). En los cálculos más agudos, demandará un desembolso equivalente al 3 por ciento del PBI durante los próximos 10 años.


Cepo al dólar y pérdida de reservas

Por la caída en la oferta de dólares debido al atraso cambiario y a la sangría energética (que se lleva unos US$ 40 millones diarios), el Gobierno optó por profundizar los controles, enfrascado en su estrategia de operar sobre los efectos en vez de atacar las causas. Y, tal como pasó con la intervención en el mercado del trigo, que determinó en 2013 la peor cosecha en 100 años, el cierre in crescendo de los grifos para contener la salida de divisas que se aceleró desde 2011 no hizo más que agravar el problema. Nunca lo admitirán en voz alta en el oficialismo. Pero la instauración del cepo al dólar, el 31 de octubre de 2011 (a solo una semana del triunfo de Cristina en las elecciones) fue uno de los errores más graves que alimentó la actual crisis. Acunó el mercado del blue –cuya brecha se transformó en termómetro de la inestabilidad cambiaria– y atentó contra el ingreso genuino de dólares proveniente de inversiones. Entendible: nadie entra a un lugar del que no podrá salir. En un intento por aplacar el aluvión importador, nacieron las DJAIs (declaración jurada anticipada de importación). Se impidieron los giros al exterior de utilidades y dividendos. Y siguieron más controles. El cóctel de dólar atrasado y prohibición de compra para atesoramiento en el caso de los particulares fue un balde de nafta al fuego. Subió la fiebre por conseguir billetes a través de las rendijas que dejaba el cepo (adelantos con tarjeta de crédito en el exterior) y tornó deficitaria la balanza turística en unos US$ 7000 millones en 2013 (cifras preliminares al cierre de este número): mientras muchos argentinos escapaban a Miami y otros destinos a disfrutar las mieles del dólar oficial barato, los turistas que ingresaban al país liquidaban sus divisas en el blue y el Central se perdía esa oferta. Las reservas entraron en el tobogán. A fin de 2010, tocaron los US$ 52.189,8 millones (record), y desde ese entonces, no pararon de caer: US$ 46.375,9 millones al cierre de 2011, US$ 43.290,2 millones en 2012 y US$ 30.599,2 millones en 2013. Una pérdida de US$ 12.691 millones en un año, que se estira a US$ 15.776,7 millones desde fin de 2011, a poco de aplicado el cepo. “El modelo priorizó el crecimiento del consumo interno intensivo en el uso de dólares. Mientras la economía generaba los dólares para financiar el aumento de las importaciones, estábamos todos contentos y el modelo funcionaba. Cuando se acabaron los dólares, primero, trataron de administrarlos con el cepo y, finalmente, hicieron el ajuste clásico: devaluar”, analiza Marina Dal Poggetto, socia del Estudio Bein & Asociados.


Déficit fiscal y aumento del gasto público

La propensión a aumentar el gasto público –crece por arriba del 30 por ciento anual– fue otra característica. Y los subsidios, la factura más pesada de esa cuenta que se salió de control. En 2012, se gastaron $ 99.447 millones para mantener planchadas las tarifas de la electricidad, gas y transporte en el AMBA, según la Asociación Argentina de Presupuesto (ASAP). En los primeros 10 meses de 2013, ese monto tocó los $ 101.281,3 millones. El agujero negro energético demandó $ 64.993,5 millones en ese período, 65,2 por ciento más que en igual lapso de 2012 ($ 55.052 millones). Es el ítem en el que ponen el dedo todos los economistas, incluidos los que comulgan con el modelo: la dinámica se volvió insostenible.
Por esa bola de nieve, principalmente, el Gobierno perdió el superávit fiscal, otrora bandera de la solidez macro. Sin contabilizar los aportes extraordinarios del Banco Central y de la ANSeS, ya en 2010 el resultado fiscal primario (antes del pago de intereses de la deuda pública) hubiera sido del -0,3 por ciento del PBI. En 2011, del -0,8; en 2012, -1,1, y el año último, -2,7 por ciento. Desde 2012, el Estado volvió a tener déficit fiscal con todas las letras, contabilizando, incluso, la ayuda creciente que le proveen la ANSeS y el BCRA. En 2012, el rojo fue de $ 55.564,7 millones. Y en 2013 –no están aún las cifras oficiales–, de $ 64.477 millones, según el Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf). Los aportes extraordinarios crecieron un 106,1 por ciento anual y representaron nada menos que el 8 por ciento de los ingresos que percibió el Tesoro. No obstante, no alcanzaron para evitar el desequilibrio. Las transferencias al sector privado –los subsidios, básicamente– cerraron el año en $ 154.107 millones, según el Iaraf. El crecimiento del gasto ocurre, además, en un contexto de presión fiscal record (37 por ciento del PBI, sin contar el impuesto inflacionario, según la Fundación Mediterránea), otra mochila que pesa sobre la competitividad y que impide al Estado seguir aumentando los impuestos. “Los argentinos tendemos a votar gobiernos que gastan de más –resume Aldo Abram, director Ejecutivo de la Fundación Libertad y Progreso–. Es el origen de todos nuestros males económicos”.


Debilitamiento del Banco Central y financiamiento vía emisión

La herramienta que encontró el Gobierno para hacer frente al gasto creciente fue financiarse con el Banco Central. Primero, desde 2010, apelando a las reservas para pagar los compromisos de deuda (la política de “desendeudamiento”). Por ese concepto, el BCRA aportó US$ 6300 millones aquel año, US$ 9500 millones en 2011, US$ 9200 millones en 2012 y US$ 7900 millones en 2013. En cuatro años, US$ 32.900 millones. Luego, con los adelantos al Tesoro y el traspaso de utilidades contables (todos, pesos que se emiten para cubrir el gasto y que empujan hacia arriba el nivel de precios). Según el Estudio Bein, los adelantos transitorios saltaron de $ 3000 millones en 2007 a $ 54.870 millones en 2013, con un pico de $ 60.600 millones en 2012. Por el giro de utilidades, en tanto, se anotaron $ 31.765 millones en 2013 y $ 7722 millones en 2012. Pero, en 2010, habían sido $ 20.484 millones, y en 2011, $ 8696 millones.

Los 7 problemas

Como correlato, el balance del BCRA se fue debilitando: en su activo, hoy, posee más letras intransferibles del Gobierno que reservas, y el respaldo de los pesos en circulación se redujo a la mitad en cuatro años. La reforma de la Carta Orgánica aprobada por el Congreso en 2012 también recortó su independencia y, bajo la premisa política de alentar el crédito al sector productivo, modificó los límites de asistencia de la entidad al Tesoro y eliminó la relación entre reservas y circulante. Una potenciación del círculo vicioso: al financiarse con emisión de billetes, el Gobierno agrega combustible a la inflación, que incrementa la factura de subsidios y le pone presión al mercado cambiario, lo cual genera pérdida de reservas. “Más allá de si la transferencia de la renta del Central al Tesoro es genuina o no, el traspaso implica monetización. El déficit fiscal, neto de las transferencias del BCRA, pasó de $ 65.000 millones en 2012 a $ 120.000 millones en 2013”, explica Fernando Marengo, economista Jefe de Estudio Arriazu. “Como nadie demanda esos pesos que se emiten para cubrir el défcit, se genera inflación”.


Déficit de infraestructura e inversión insuficiente

Con los subsidios al transporte ocurrió lo mismo que con la energía: semejante lluvia de recursos malgastados para que los trenes choquen y la infraestructura empeore. El crecimiento económico no fue acompañado de la inversión estructural necesaria y las limitaciones empezaron a dar señales de alarma. Como consignó hace un año APERTURA en una investigación, mientras la demanda de electricidad creció un 50 por ciento en la última década, la oferta de potencia lo hizo en menos del 20. El déficit de rutas y autopistas significa un recargo del 20 por ciento en los costos logísticos en general, según un estudio de FIEL. Y, para responder a los desafíos de la red vial hasta 2020, habría que invertir unos $ 230.000 millones, calculó la Cámara Argentina de la Construcción.
El destino de la inversión actúa como otro problema en la encrucijada inflacionaria, explican muchos economistas. Si bien su nivel no es bajo en relación con el PBI en la comparación histórica (en 2012, se ubicó en 21,6 por ciento y en 2013, en el 20,7, según el índice de OJF & Asociados), la construcción representa más de un 70 por ciento de ese guarismo. La inversión en maquinaria y equipos (que permite expandir la capacidad de producción) sigue siendo insuficiente para el nivel de demanda que alcanzó el consumo. Ligado al contexto de restricciones e incertidumbre, también se produjo un desplome de la Inversión Extranjera Directa (IED) que recibe la Argentina. El país ocupa ahora el sexto puesto en la región, cuando históricamente fue el tercero.


Desconfianza generalizada


En cualquier economía, el manejo de expectativas es crucial. El Gobierno nunca lo entendió. Desde el instante mismo en que intervino el Indec para manipular las estadísticas de inflación, la credibilidad oficial entró en picada. Negar la realidad se transformó en un dogma. Y llegaron las distorsiones de cifras que no hacen más que ocasionar ruido y desconfianza. Por caso: la pobreza en el primer semestre de 2013 ascendió al 4,7 por ciento de la población y la indigencia, al 1,4 por ciento, de acuerdo con el Indec. Para los especialistas privados, el número orilla el 25 por ciento.
Presupuestos Nacionales con pautas que no se cumplían (el de 2014 es brutal en ese sentido: preveía un dólar a $ 6,33 para fin de este año y un alza del PBI de 6,2 por ciento). Mensajes de base contradictorios, como la renovación de la emergencia económica cada año para prorrogar impuestos y seguir manejando en forma discrecional los recursos, a pesar del crecimiento acumulado a lo largo de la década. Marchas y contramarchas en las medidas. Un amague de sintonía fina en los subsidios y las tarifas que quedó en la nada, lo mismo que los anunciados acuerdos sociales para encauzar precios y demandas salariales. Un intento de pesificar la economía a mediados de 2012 que recibió, un año más tarde, el embate de un peligroso blanqueo de capitales para atraer dólares de donde sea, con resultados penosos. Un apego a las trabas como único remedio –desde las DJAIs hasta el cepo cambiario– que cayó en el sinsentido de ahuyentar inversiones (la minera brasileña Vale, el caso más representativo) y entorpecer a quienes generan esas mismas divisas que se buscaba preservar. Una expropiación altisonante y sin pagar de YPF que resquebrajó aún más los lazos con el mundo desarrollado, para negociar un acuerdo por necesidad dos años después. En resumen: jamás se estimuló la oferta ni se abordó el origen de los problemas con un plan articulado. La desconfianza no sólo está presente en los “mercados”: el 75 por ciento de la población cree que la economía va por el mal camino y el 55, que empeorará en los próximos meses, de acuerdo con una encuesta de Management & Fit de mediados de enero. El Índice de Confianza del Consumidor que elabora la Universidad Di Tella cayó en enero 5,4 por ciento respecto de diciembre y 6,8 por ciento en relación con un año atrás. Y las expectativas de inflación que mide la misma universidad se ubicaron en el 30 por ciento el último mes. Pero todas estas razones no conforman un escenario apocalíptico ni dan forma a una crisis estructural, con riesgos de corridas bancarias o problemas de deuda, como sucedió en 2001. Más bien, hablan de un castigo auto infligido. Con las condiciones internacionales que experimentaron los países emergentes en los últimos años y el flujo disponible de dólares, sólo cabe otro ejemplo, también usado pero muy atinado: chocar la calesita. Llegó, nomás, la tan pronosticada hora de afrontar las consecuencias.

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2 comentarios - Los 7 problemas economicos que el Gobierno aún no resolvió

JulesRoland +3
Esos no son problemas, son inconvenientes producto de una mala organizacion...

Yo te canto los 7 problemas posta:

1: Malversacion de fondos

2: Darle trabajo a gente por ser familiar sin importar si esta calificada o no

3: No importarles 3 carajos que ocurre con el pais de aca a 5 años (no pedi 20 ni 10, 5 nomas )

4: Si hay leyes, estan para respetarlas y hacerlas respetar, desde el primero hasta el ultimo

5: Fomentar la educacion, asi podemos salir de la ignorancia y aspirar a mas, no aspirar poxiran

6: Fomentar el trabajo, porque el trabajo es natural en el humano, si un humano no trabaja se
desperdicia y degenera como persona

7: Fomentar la investigacion y la tecnologia, no estoy hablando de tablets ni netbooks, estoy
hablando de tornos por CNC y sistemas electronicos basicos, para que se pueda empezar
a recuperar la industria

El resto, viene solo