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El deterioro de la clase media en San Luis Potosí.

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El deterioro de la clase media en San Luis Potosí.

Sí que somos raros en este país, remuerde más la consciencia ver a una persona mendigando en la calle por tener que comer, que reconocernos como parte de una sociedad extremadamente desigual, maniatada por tal cantidad de candados institucionales, que literalmente millones de nuestros ciudadanos (con todo y recursos invertidos de tiempo, alimentación y educación), se hallan empobrecidos, los más sin ni siquiera trabajo, los menos, con salarios paupérrimos que apenas cubren lo necesario, confinados a todo tipo de componendas provisionales –vacas, tandas, empréstitos con intereses exorbitantes, 'guardaditos', agiotistas y prestamistas privados abusivos, o venta informal de importaciones–, por hacer que lo exiguo alcance.

Carentes de opciones sostenibles para vivir decentemente, son sin siquiera atrevernos a admitirlo –lo mismo por incredulidad, que por vergüenza propia–, en esencia, ciudadanos pobres, –poco importa el eufemismo bajo el que se les pretenda encuadrar. De hecho, el único motivo por el cual rara vez son tomados como tal, es porque mientras a los primeros es común verles agazapados en las esquinas, esos otros que todo lo deben, porque su única posibilidad adquisitiva es la de “comprar en abonos chiquitos para pagar un chingo”, lo mismo que “a 18 o 24 meses sin intereses”, (cuando se supone que tienen mejores perspectivas), es porque estos últimos, viven en lo secreto, ahogados en deudas que jamás admitirán frente a propios y extraños, –todo sea por cuidar las apariencias de cara a una sociedad que, aunque no lo diga abiertamente, reniega y discrimina a quienes no tienen los medios para vivir con holgura–, lo que lleva a muchos a vivir rutinariamente con la afrenta diaria, de no saber qué día se verán finalmente alcanzados por todas esas deudas que durante años, han ido adquirido en todo tipo de instituciones crediticias a través de las cuales han hecho hasta lo imposible por vivir y sobrevivir.

Una cuestión que para colmo de males, no es ya privativa (como antaño se decía), de algunas localidades en la franja sur del país, antes bien se ha vuelto una constante que se reproduce con excepcional regularidad por toda la geografía nacional, lo mismo da si se trata de una gran urbe del occidente mexicano, –históricamente más próspero y mejor organizado–, que de un sofisticado centro urbano-industrial con tecnología de punta como aquellos que abundan en el norte, o de un destino turístico paradisíaco en la costa.

Antes bien, en cualquier rincón del país es posible registrar la misma angustiante afrenta personal, de ciudadanos que se ven obligados a resolver rutinariamente, en qué modo hacer frente al diario vivir con cada vez menos recursos. Drama cotidiano, que en no pocas ocasiones, suele verse trivializado por quienes cuentan con mejores perspectivas materiales, bajo el supuesto de que el deterioro en el nivel de vida es relativo, y que todo depende del modo en que cada cual se decide a encarar la situación, sin siquiera advertir que para muchos, no hay ya para dónde hacerse y seguirse “apretando el cinturón”, como aconseja la sabiduría popular en estos menesteres.

Es cierto, vernos empobrecer no es en realidad un problema perse, tan grave como puede llegar a pensarse de primera impresión, en realidad si se lo examina al margen de todos esos afiches subjetivos, que suelen acompañar las discusiones de temas como el que aquí retrato, (claro está, desde una óptima muy personal), toda economía regular conoce de ciclos y vaivenes cada cierto tiempo, empero el detalle curioso del que no puedo pasar de advertir en esta muy breve reflexión, tiene que ver con que el rango, amplitud y profundidad con la que la actual experiencia económica del país, ha ido desplazando progresiva pero inexorablemente, a una muy nutrida cantidad de ciudadanos –otrora clase media– a una situación de franco deterioro en sus perspectivas de vida, misma que resulta apenas si calificable de consecuente con el cumplimiento de sus necesidades más elementales.

Que lejos me siento de aquella ciudad que alguna vez conocí en mi adolescencia, cuando al llegar de los Estados Unidos hace cosa de 20 años, pude advertir con algo de curiosidad, la existencia de cierto tipo de colonias y o fraccionamientos residenciales, (mayoritariamente ubicados en el poniente de la ciudad), donde sin poder decir que se tratara de sectores realmente acomodados, (ya que esos solían vivir por lo común, en aquellas viejas casonas de estilos europeos variopintos que había a lo largo de la Avenida Venustiano Carranza, y de las que hoy apenas queda el recuerdo); era posible darse cuenta que sus orgullosos habitantes, gozaban en términos generales, de una mayor calidad de vida y un nivel económico relativamente más cómodo y mejor atendido que el del resto de la localidad.

En aquellos suburbios de clases medias altas, que a decir del sentir popular, eran colonias de “gente bien”, resultaba prácticamente imposible observar que cualquiera de sus ocupantes, se viera siquiera en el apremio de tener que trabajar por mera necesidad en su mismo suburbio, ya fuera por propia cuenta y o de forma complementaria a su quehacer habitual, detalle que se advertía por la escasa o nula presencia de servicios particulares –mucho menos públicos–, así como de zonas comerciales entre las casas que componían tales urbanizaciones, antes bien, en aquella época era común observar como sus ocupantes hacían gala de adquirir sus servicios cotidianos, en sitios relativamente distantes de sus lugares de residencia.

Después de todo –se decía, igual que hoy ocurre con todos esos nuevos suburbios que se han ido edificando fuera de los límites tradicionales de la ciudad en la última década. Sus sectores estaban pensados para vivir con apacible comodidad, lejos del bullicio comercial propio de la ciudad. Vaya si resulta irónico constatar, que aquellos sectores que alguna vez fueron los mejor atendidos de la localidad, han debido ir moderando sus expectativas, (en algunos casos sin siquiera darse cuenta), adecuándose a su recién adquirida posición de modestos propietarios rentistas, haciendo para ello, uso de estrategias de supervivencia en otro tiempo impensables por los numerosos perjuicios de sus orgullosos habitantes, más propias a su juicio, de colonias populares y barrios marginales, que de sus ínfulas de ostentación.

De tal suerte que, ahí donde antes se observaban grandes caserones, con todo tipo de lujos y comodidades, seguridad privada e impenetrables portones de hierro fundido, que otorgaban a sus poseedores una inigualable sensación de exclusividad y privacidad, hoy se puede ver, como tales propiedades han ido dando paso, por la falta de perspectivas razonables de vida entre las nuevas generaciones de los descendientes de los propietarios originales, a la aparición de pequeños apartamentos y numerosos lotes comerciales, que han terminado subdividiendo sus propiedades en edificaciones cada vez más modestas. Transformando por completo la fisionomía tradicional del lugar.

Luego entonces, no veo por qué seguir negando lo evidente: tal parece que esas viejas clases medias, ayer tan admiradas, por ser ciudadanos privilegiados de la ciudad, son cada vez más –lo digan o no–, tanto o más pobres que los pobres de siempre. Lo cual, si bien puede ser tenido como harina de otro costal, porque no se conocen en realidad las perspectivas reales de la cuestión, si despierta mucho a la imaginación y debiera ponernos a pensar a todos, con absoluta atención, respecto a las posibilidades reales de recuperación de nuestras capacidades económicas como la sociedad interdependiente que somos. En ese sentido, estoy convencido de que, con qué seriedad se llegue a tomar la cuestión en lo sucesivo, –más allá del morbo natural que temas parecidos suscitan–, habrá de marcar como ningún otro tema lo ha hecho antes, el devenir de nuestra localidad en los años venideros.

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