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El post punk argentino en el suple NO


HISTORIA Y PRESENTE DEL POST PUNK ARGENTINO
Bailando enjaulados

Por efecto del revival que se instaló de la mano de Franz Ferdinand, The Rapture e Interpol o simplemente porque la mayor posibilidad de acceso a figuritas antes “difíciles” así lo determinó, lo cierto es que el post punk también reapareció por estos lados. El NO se ajusta la corbatita negra, se ata los cordones de las Dr Martens y se lanza a la pista oscura y filosa.




Con la reciente aparición del EP Thieves, que marca el regreso del magnífico combinado canadiense The Organ a la palestra musical tras su separación en 2006, el post punk ha escrito una página más en su inagotable historia. Una tan híbrida como legendaria, tan fecunda como brillante, que se ha revitalizado, luego del descontrol y la distorsión del alternativismo de los ‘90, gracias a la estampida indie que ha sacudido a ambas orillas del Atlántico. Posiblemente Franz Ferdinand fue la primera gran evidencia de que Gang of Four todavía seguía latente en el inconsciente colectivo. Así como los miembros del cuarteto escocés desempolvaron los discos que sus hermanos mayores escucharon hasta gastarlos o rayarlos, y cuya musicalidad quedó rondando en la banda de sonido de la vida misma, un sinnúmero de bandas hurgó nuevamente en las texturas, el hype, el caudal rítmico y la estética que a fines de los ‘70 legaron cientos de grupos. Así que, desmembrando con el parafraseo la ley de la química moderna, dos generaciones, pese a la independencia de sus procesos, han estimulado la constancia de este sistema de fantásticas sustancias sonoras.

Por eso pensar en el revival que tenazmente se le ha impuesto como apelativo, puntualmente para diferenciar a los noveles exponentes de los pioneros, es una tontería del marketing. Y es que ciertamente este redescubrimiento, más allá de la connotación romántica que seguramente pueda manifestar, ha acertado en la revitalización de cierto tipo de rock que, ante la obstinada necesidad de crear una ligazón con la música dance, ha logrado apropiarse paulatinamente de la pista de baile. No hace falta más que acudir, acá mismo, a alguna fiesta o a algún boliche para comprobarlo. Argentina, a lo largo de los años que le siguieron al corralito (porque con algún “post” había que enlazarlo), ha sido testigo de esta evolución. Inicialmente como escenario, pues por acá pasaron, además de los de Glasgow, grupos fundamentales para comprender lo que ha sucedido: desde los legendarios New Order –que se separaron tras tocar en Buenos Aires–, Madness y Echo and the Bunnymen hasta Arctic Monkeys, Bloc Party y Kaiser Chiefs, más la cuota norteamericana ofertada por el cadencioso dance punk de The Rapture, !!! (chk chk chk) y LCD Soundsystem. Y no hay que olvidar a los taciturnos Interpol, que en su performance en el Gran Rex demostraron la vigencia de ciertas ideas de Ian Curtis.

El líder de Joy Division tuvo un momento relevante este año en la Argentina, con la proyección en el Bafici del largometraje Control y del estupendo documental titulado con el nombre de la banda, así como con la edición de un libro con 20 canciones traducidas al español llamado Ian Curtis/Joy Division y el compilado The Best of... No obstante, meses antes Luca Prodan también pudo ser retratado a través de un registro audiovisual finalmente serio: Luca, de Rodrigo Espina, que acaba de aparecer en DVD. Ese pelado italiano fue uno de los primeros en abrirle la cabeza a la escena porteña que emergía después de la dictadura acerca de los beneficios creativos del buche crepuscular. En ese momento, en la otra vereda se encontraba Richard Coleman, al frente de una camada desilusionada con el rock de acá, indignada con el Rosariazo de Baglietto y Páez, y ansiosa por el cambio. Estas dos veras desencadenaron un estruendo sonoro y conceptual moderno, propio y real. Sin embargo, en este momento merodea una avanzada local apegada al tren de la contemporaneidad, que transita por ese patrimonio que ha donado el post punk. Justo al tiempo que el sempiterno Horacio Gamexane, fiel a su esencia, puso en su MySpace una serie de temas inéditos de su trayectoria bajo el nombre de Control. Algunos círculos sí que cierran.

RICHARD COLEMAN RECUERDA COMO SE GESTO EL POST PUNK DE ACA
“Eramos una comunidad subterránea”

Richard Coleman elige un asiento a dos mesas de la esquina, en el mismo bar en el que sienta Diego Capusotto para grabar al emo que compone canciones inspiradas en la indecisión. Hasta ese momento el cantante y guitarrista no sabía que Nicolino Roche y Los Pasteros Verdes estaba musicalizado con temas de Fricción, su banda de hace veinte años. Acaba de salir de una entrevista en la tele en la que promocionó su presente y el de Los 7 Delfines, que tiene que ver con el exquisito Carnaval de fantasmas, pero ante el NO se presta al juego de la retrospectiva. Y es que Coleman fue el principal operario del post punk en la Argentina, el causante de que la vanguardia local, ostentando un sonido y un discurso propios, estuviera a un tris de Londres durante la segunda mitad de los ‘80. “Quería marcar una diferencia con el rock nacional que sonaba en ese momento”, afirma. “Lo que me distingue de la mayoría de mis contemporáneos es que nunca pretendí crear una banda divertida. Estaba relacionado a Joy Division, New Order, Bauhaus o The Cure por la cuestión estética y esa energía pesada que deseaba transmitir, a lo que se sumaba mi fascinación por la ironía de Roxy Music. Traté de que confluyeran todas esas influencias en una propuesta original. No sé cómo la llamábamos, lo que sí sé es que cuando nos querían comparar siempre decía: ‘No, nosotros sonamos mucho mejor’.”

Ante la falta de información imperante en aquellos años, Coleman se nutría con lo que tenía a mano. “Los discos me los alcanzaban amigos disqueros o alguien que viajaba. Cuando tuve en 1977 el álbum Before and After Science, de Brian Eno, no sabía en qué me estaba metiendo. Después compré Heroes de Bowie porque estaban Eno y Fripp. La consecuencia de esos trabajos la comencé a notar en el debut de Talking Heads, donde Eno fue productor, o en Devo. Era el tipo de música que yo quería hacer. Mi primer contacto con un post punk real fue cuando terminé el colegio y me quedé sin compañeros que tocaran instrumentos. Puse un aviso en El Expreso Imaginario que decía: ‘Busco tecladista equipado con sintetizadores que escuche exclusivamente Ultravox, Brian Eno y Roxy Music’. Y al mes me llamó Daniel Melero.” De esa manera, entre 1981 y 1982 comenzó el germen de la escena. “Realmente me sentía muy solo; cuando me junté con Daniel fue como abrir una puerta. Entonces conocí a Ulises Butrón y más tarde a Gustavo Cerati. Armamos una red de información y de pasarnos sonidos e instrumentos. Era una comunidad subterránea que no sabía lo que estaba gestando, incluso Los Fabulosos Cadillacs formaban parte de ella. Lo que quiero defender de esta posición es que todo entraba en el terreno de lo válido, todo era nuevo y buscábamos el cambio.”

Aunque Sumo representaba igualmente esa veta de ruptura con lo establecido, Richard mantenía diferencias conceptuales con Luca Prodan. “Si bien luego aflojé, no me gustaba el hecho de que cantara en inglés porque no hacía falta. Musicalmente, Sumo era estupendo, pero eso me rayaba. Como músico necesitado de provocar una transformación, me parecía que lo viable era crear buenas letras en castellano. Sin embargo, no podía pedirle eso a Luca, no manejaba el idioma”, acepta hoy. En esa época la movida era tan under que pocos fueron los lugares que pudieron darles cobijo, pero paulatinamente el mainstream empezó a prestarle atención a esta avanzada oscura y desencantada. “Al principio fue bastante complicado, uno era un bicho raro. Los músicos más conservadores suponían que nuestra propuesta era simplona y las letras no decían nada porque no hablaban de libertad. No obstante, la generación de nuestros mayores comenzó a interesarse en nosotros. Un día Fernando Samalea me llamó para invitarme a juntarnos con Calamaro. Con mi mayor antipatía, escepticismo y vestimenta negra fui, pero me topé con un tipo divino. A partir de eso, Cachorro López y Charly García escucharon lo que hice con él, y se fue integrando la historia. Entonces descubrí que podía ser un profesional. Luego Soda sacó el primer disco, y vino la aceptación, el fanatismo y, más tarde, la copia.”

Con la creación de Fricción, el cantautor argentino escribió un capítulo brillante en la historia del rock argentino. “Antes estuvo SIAM, proyecto en el que participó Ulises y colaboró Melero. En esa época empezamos a hacer trabajos de guitarra que aquí no había y compusimos canciones de amor áridas, pero de amor al fin. Eso, más mi participación en los inicios de Soda Stereo, fue lo que gestó la evolución hacia Metrópoli y Fricción. En esta última tocamos lo que no podíamos hacer en ningún otro lado, era un lugar donde podíamos depositar todo.” Después vino la primera formación de Los 7 Delfines, en formato dupla con Horacio Gamexane. “Había una oleada de tecno comercial en la radio y se ufanaban de que el rock había muerto. Así que dijimos: ‘Hagamos fuego con tan sólo dos guitarras’. Y eso era súper post punk, incluso escuchábamos mucho Wire en esa época.” Acerca de la actualidad del género, Richard opina: “A veces el revival denota la falta de ideas. Lo que sí es absolutamente válido es el uso alevoso de las influencias. Las del post punk de fines de los ‘70 son muy ricas. Me parece que está bueno que se pueda trabajar con ese tipo de texturas porque no hay una revalorización de la canción rock, todas las del mainstream argentino me suenan muy parecidas”.




El post punk argentino en el suple NO

FUENTE:
SUPLEMENTO NO

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