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Pedro Luís Martin Olivares: un cuento de zombies

Un espeso día nublado cubría el campus, mientras Pedro Luís Martín Olivares observaba como las pequeñas gotas de lluvia se desintegraban en los cristales de su ventana. La fina llovizna entristecía los prados, arboledas y jardines de la Universidad de Cambridge, dando un toque aún más melancólico y triste a esos pensamientos que le amargaban. Su mirada estaba vacía y enfocada al infinito, siguiendo las volutas de humo perfumadas a vainilla que se manaban de su pipa para llenar la habitación. Pedro Luís Martín Olivares estaba estático frente a la ventana de ese cuarto estilo gótico, característico de la arquitectura medieval del edificio de Neurología y Modelos Mentales de Cambridge, lugar que había sido su hogar durante tantos años; quizás demasiados. Escenario en el que desarrolló su carrera y donde, quizás, había gastado su vida en vano, persiguiendo aquello tan anhelado: el éxito y la gloria; ser el primero en descubrir algo nuevo en estos tiempos sin héroes; dejar huella de sí quedando en la memoria de la humanidad; afán fanático de los hombres de ciencia y equivalente agnóstico de la inmortalidad religiosa.

Sin embargo las investigaciones condujeron a Pedro Luís Martín Olivares más allá de lo esperado, por lo que se sentía arrepentido de iniciar alguna vez tales estudios. Pero el desafío fue tan grande, el tema tan apasionante y su ambición tan fuerte que no pudo dejar su obra hasta completarla. Más al final del camino en vez de gloria no le esperaba sino la amargura, la desilusión y un pánico mortal ante esa realidad insospechada que él develó.

Veinte años trabajó en el tema. Veinte penosos e interminables años, hasta que al fin su preciada máquina estuvo terminada. Y todo para que ese largo y penoso esfuerzo se redujera a un mísero instante de gloria, seguido del ridículo más cruel. Entonces, cuando ya nada podría estar peor llegó el terror. Mas sólo él se dio cuenta de las verdaderas implicancias de aquel experimento público que destruyó su carrera, pero que abrió su mente a una realidad siniestra.

Seguía lloviendo en el campus de la antigua Universidad de Cambridge ubica en el sur de Brasil, casi en la frontera con Argentina, centro principal de estudios y contactos de los científicos del sur del mundo. Fundada varios siglos atrás, Cambridge era la típica universidad de la época: un centro de investigación sólo para profesionales, sin alumnos que importunaran los pensamientos de los intelectuales. No había maestros que dictaran cátedra sino sólo investigadores que efectuaban sus búsquedas con eficiencia mecánica. Ya el mundo se había cansado del elitismo de antaño, cuando sólo unos pocos eran elegidos para estudiar en las universidades y luchar por obtener esos rectángulos de cartón que les convertían en profesionales calificados para dirigir sus sociedades y ganar dinero. Hoy todo el mundo estudiaba en casa y sólo los exámenes se rendían en centros de certificación. Para hacer un experimento, o una actividad física, los estudiantes se dirigían a locales especializados donde arrendaban por horas un laboratorio de física, un cuarto de edición multimedia o, incluso, una morgue. Esto había liberado a las universidades de esos modestos adolescentes indisciplinados que amargaron a los sabios de antaño.

Ya no había fronteras en este planeta donde gentes de todo el mundo vivían mezclados en todos los rincones de los cinco continentes. Sólo dos horas de vuelo separaban las antípodas; viaje cuyo precio no superaba el de una compra de alimentos semanal. Era un mundo nuevo donde la cultura universal había sucedido a la occidental, y donde las razas humanas se habían fusionado en un solo pueblo de infinita variedad. En ese mundo Latinoamérica había perdido mucho de sus características distintivas, preservándose algunas tradiciones sólo como atractivos turísticos. Pedro Luís Martín Olivares hablaba inglés y pensaba como el resto del mundo.

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