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Gustavo Cordera desenchufado

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Gustavo Cordera desenchufado
El Pelado en La Paloma, Uruguay, el lugar en el que vive desde hace dos años. Caminatas y encuentros musicales en la
playa, y una elección de vida que se transformó en militancia contra lo que llama “el progreso”.
Son las siete de la tarde en Los Botes, una de las playas de La Paloma, Uruguay, donde se puede ver el atardecer sobre el horizonte. El sol le pega de frente, justo en los ojos, a Gustavo Cordera, que habla mirando el mar, sentado en una mesa del parador. Habla y saluda a los que van llegando. En las próximas dos horas, mientras el sol hace su función de cada día y se lleva el aplauso con el último rayo de las nueve en punto, se repetirá también el ritual de los miércoles: un grupo de músicos se junta en el parador a guitarrear, a improvisar una canción que, tal vez, sea el leit motiv del carnaval. Cordera, vecino de esta ciudad costera de seis mil habitantes que se extiende a lo largo de una punta que entra al océano, es el primero en llegar, o en todo caso la música no empieza hasta que él no llega. También aquí, como en Bersuit, es la voz cantante.

Una tela con el retrato de Bob Marley funciona como bandera de ceremonias. Fue cedido por el hombre al que todos conocen como Marrón. Mr. Brown, como también le gusta presentarse, vende ropa en la playa y fue este febrero el alma mater de la ceremonia de homenaje a Iemanjá. La reina del mar, parece, apreció las ofrendas, y le devolvió la gentileza: Marrón cosechó a la mañana una bolsa de mejillones frescos. "Qué increíble, ¿no?", sonríe el Pelado, convencido como todos aquí de que el mar tiene sus razones para hacer lo que hace. Se acomoda con su guitarra en una silla de plástico y arranca ahora con otra ceremonia que para él es sagrada. La de juntarse a tocar porque sí, por placer. "Es muy fuerte lo que está pasando. A mí nunca me pasó algo así", había dicho un
par de días antes, volviendo de una de sus largas caminatas a la orilla del mar, los ojos saltones bajo un gorrito turquesa tipo Piluso, al menos un talle más chico que su pelada.

–¿Juntarte a tocar en la playa hoy puede conmoverte más que subirte al escenario en River? ¿Qué es lo que tiene esto de "primera vez”?
–Es que hay metas que tienen que ver con las construcción
del ego y otras que son más referentes al alma. Lo que a mí me pasa por primera vez es esto de formar parte de un organismo vivo musical, de ser una gota más en un océano de música. Dentro mío, se despierta otro tipo de atención.(Crítica).
Esto tiene que ver más con lo ritual, lo gregario, lo primitivo.
Es una experiencia anterior a que uno se siente a hacer música. Es una ceremonia. Hacer música en una banda de rock en algún punto tiene algo de mecánico; uno entra a la sala de ensayo y ya sabe lo que tiene que hacer: es A más B, un poco de idioma beatle y ya sabés adónde tenés que ir.Esto tiene más que ver con la celebración.

De a poco se arma la ronda: unas seis guitarras, siempre al menos un tambor, un par de cajones también para hacer percusión, a veces hasta pinta una batería. "Es gente del pueblo que estoy empezando a conocer", dice Cordera, que saluda, presenta a los que llegan, acepta un mate de Julio Víctor, uno de los guitarristas con asistencia perfecta. Julio Víctor es un hombre canoso que un día, hace un par de meses, llegó a esta reunión de los miércoles que se armó de manera espontánea en los comienzos del verano, con el comentario que figura en todas las páginas turísticas del departamento de Rocha: esta región del Uruguay, que comienza pasando Jose Ignacio (al norte de Punta del Este) y termina en el Chuy, en la frontera con Brasil, aparentemente es el lugar donde el castellano antiguo se habla con mayor pureza, una verdad muy uruguaya que se da por indiscutible. El dato se convirtió en la canción que cada miércoles se ensaya en la ronda, "El minué de Rocha". El ritual empieza y termina con esa canción, extendida en improvisaciones y coros con la gente que se reúne en el parador, desde los que juegan de local como Marrón o Maguila –el diariero del cruce de caminos conocido como las cinco esquinas, siempre aferrado a su caipira–, hasta algunos europeos que disfrutan del baile y el canto ajenos a la fama rioplatense de la voz cantante, pasando por argentinos a los que los delata la emoción, la compulsión por llevarse una foto con el Pelado de recuerdo, y alguna que otra camiseta de River o de la selección.

Cordera disfruta del rito como un chico, "a lo pavo". Le habla a la gente, la invita a cantar y bailar –"que es la forma que tiene el cuerpo de cantar"–, y a agradecer "el estar juntos, el milagro de la vida, el milagro de la música". Toca la guitarra como en el fogón de amigos. "No soy guitarrista, sólo toco para mí, sin la necesidad de ser un virtuoso –dice en el libro Verborrea, conversaciones con Bersuit Vergarabat, de Yumber Vera Rojas–; cuando la ejecuto, la gente se caga de risa y la
pasa bien". La ronda de los miércoles en esta playa de pescadores tiene, básicamente, ese objetivo.

Cordera se mudó a La Paloma en enero de 2007. Regaló hasta su ropa y se vino con su familia con la idea de cambiar de vida, despojarse de algunas cosas, "conectarse con el ser más que con el tener".

"Hoy la revolución es abrazar a un árbol, acercarse a una persona y decirle que la querés, respirar aire, surfear, manejar la dimensión del cuerpo –explicaba en una entrevista, una de las poquísimas que hizo en este tiempo, publicada en Clarín–. Buscar la paz, un lugar donde uno pueda existir, porque si estás siempre enojado, siempre peleándote y siempre puteando, sos sólo una reacción, nunca estás vos adentro tuyo". Y (se) prometía: "Todavía no me he dado lo más interesante que tengo para mí mismo".

En ese sentido, esta vida en La Paloma suena tan fundacional como aquellos viajes a Brasil que le abrieron a Cordera la cabeza, que lo decidieron a dejar la compraventa de autos y abrazar la música. Después de veintidos años y diez discos –y todavía en el camino– con Bersuit, algo tan simple como juntarse por placer y nada más le hace sentir que "el arte, la música, tienen otra fragancia".

–No hay amplificación, no se cobra entrada, y la cosa empieza a tener otro perfume. Me da mucha felicidad venir acá. Es otro camino distinto al camino del ego.

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6 comentarios - Gustavo Cordera desenchufado

@MonsieurSandoz +1
La Argentinidad AL PALO, pero vivo en Uruguay...
@infamoso
uhh anda a saber de kual fumo!!!
@_mao_ +3
Gustavo, me gustaban mas tus discos cuando contabas flashes y experimentaban con toda clase de alucinogenos. El santaolallaismo si bien te hizo crecer y meter guita a lo pavote, poco a poco fue secando tu cerebro y hoy sacas discos medio pelo. Ojala vuelvas a las epocas de los primeros 3 o 4 discos (Y punto..., Asquerosa Alegria, Don Leopardo, Libertinaje).