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Otro grande que cae, aunque ya mayor, noventa y cuatro años

Otro grande que cae, aunque ya mayor, noventa y cuatro años. Nos deja su gran legado.
Descanse en paz


Don Sixto Palavecino nació en la localidad de Barrancas, en 1915. Construyó el mismo su primer violín, con maderas viejas y su propio facón. Con ese instrumento se inició en la música.

Siendo solo un niño, Sixto sorprendía a propios y extraños con su extraordinario talento para tocar el violín, ese violín que el mismo construyó. Más tarde, comenzó también a escribir sus canciones.

Puede decirse que Don Sixto Palavecino es un “autodidacta” de la música, aprendiendo solo empujado por su eterno amor a la música y a los instrumentos. Además del violín, ejecuta bandoneón, guitarra y bombo.

Sixto hizo de la defensa del idioma Quichua de las banderas de su vida, difundiéndolo, además, mediante poesía y música.

Hubo un momento en que el idioma Quichua se encontraba en vías de extinción; el hablante sufría, ocultaba su lengua a consecuencia de la prohibición gubernamental, que se extendía a la totalidad de las escuelas provinciales como también a las dependientes de la Nación.

El mismo Sixto dirá, en una chacarera doble, en valiente testimonio de la censura “Avergonzado vivía”. Su determinación de no permitir extinguir el quichua lo llevó a la Radio del Norte de Santiago del Estero a pedir una audición Quichua para la difusión de la cultura y del idioma.

La audición fue permitida por el director de dicha radio y al día de hoy continua con sus audiciones. Si el quichua sobrevivió se lo debe, en parte, a don Sixto Palavecino.

Por otra parte, Sixto es amigo personal de León Gieco, quien hasta le dedicó una canción.

En 1997 recibió un merecido homenaje de la Presidencia de la Nación Argentina por su aporte cultural.

Don Sixto acaba de cumplir 93 años, y estuvieron junto a él, además de Diego Roldan, su ahijado, varios artistas, entre los que se destacaron los bailarines internacionales “Los Bagüalitos”, quienes deleitaron al pueblo de Santiago del Estero con sus bailes.

El músico y compositor, que vive en una casa del barrio Almirante Brown, en el acceso sur a la capital provincial padece desde hace varios años una afección cardiaca y periódicamente debe someterse a rigurosos controles médicos, como los que le practicaron en febrero pasado en una céntrica clínica de la capital santiagueña

Su infancia se desarrolló a orillas del río Dulce y su pasión por la música casi nació con él. A los 13 años tuvo su primer violín. El primer conjunto folclórico del que formó parte fue “Corazón de madera”, con una trascendencia notable en Santiago del Estero, especialmente en los departamentos quechua-parlantes.

Junto a su violín, inseparable compañero, difundió el folclore santiagueño y la lengua quechua. Defensor ferviente del quechua, sus composiciones bilingües y sus traducciones de canciones, poemas e inclusive libros del español al quechua, son su sello característico. Fue mentor y creador del “Alero Quechua Santiagueño”. Entusiasmó con su idea a Felipe Corpos, Vicente Salto y Domingo Bravo, entre otros estudiosos e investigadores del tema. Esta agrupación cultural nativista, cuyo lema es “Ama Sua, Ama Llulla, Ama Ckella” (Ni ladrón, Ni mentiroso, Ni holgazán), impulsó un programa radial que permaneció más de 30 años en el aire, con gran audiencia sobre todo en el interior provincial y cuya temática sirvió para afianzar un dialecto que es sinónimo de la identidad cultural del pueblo santiagueño.

Ha compartido escenario con grandes estrellas de la música nativa, como León Gieco, Mercedes Sosa y toda la familia Carabajal, entre otros. Su vida inspiró a un importante escritor santiagueño, el profesor Lisandro Amarilla, quien en 1993 hizo su biografía novelada, a la que llamó “El violín de Dios”.

En 1997 recibió un merecido homenaje de la Presidencia de la Nación Argentina por su aporte cultural. Don Sixto Palavecino participó activamente del legendario disco “De Ushuaia a La Quiaca”, también tradujo el “Martín Fierro” a ese idioma ancestral y grabó más de 30 LP y cuatro compactos con chacareras, gatos y escondidos en quechua.Pero no se reconoce como un maestro.

“Yo soy violinista de oído, aprendí mirando y escuchando a mis mayores. Con el tiempo, y viendo a otros músicos, descubrí que la posición mía es incorrecta, pero no la cambié. Toco a mi manera, y eso tiene un saborcito distinto”, solía decir a sus amigos

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