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¿Llorar? No, gracias

¿Llorar? No, gracias



Puede pasar. Puede que estés en una nota y sientas ganas de llorar. Hay entrevistas tristes, vidas negras, lugares asfixiantes. Josefina Licitra.

Por J. Licitra


02.05.2009

Puede pasar. Puede que estés en una nota y sientas ganas de llorar. Hay entrevistas tristes, vidas negras, lugares asfixiantes. A veces hay niños y todo se vuelve todavía más duro. Puede que estés en una charla y las ganas te suban así: las mandíbulas se ponen tensas, los ojos parecen calentarse, te preguntás qué estás haciendo en ese bar, en esa casa. Y la respuesta, en realidad, es lo más fácil de todo: estás ahí porque estás trabajando. Estás ahí porque necesitás alimentarte de esa historia oscura. Por eso, lo mejor que podés hacer –lo más sensato para todos– es ahorrarle al entrevistado cualquier gesto de “sentido pésame”, tragarte los mocos y hacer de la sobriedad una sumisa forma de compañía.

No estoy de acuerdo con los periodistas que se emocionan ostensiblemente durante una nota. Porque no hay nada más evanescente que el “sentimiento” de un periodista en funciones. Y porque conmoverse hasta el llanto y encima contarlo –en un texto, en un informe de televisión– me resulta un acto de procacidad idéntico al de besar bebés para el afiche electoral.

En todo esto –las lágrimas, el periodismo– pensaba el martes 28 de mayo cuando veía el programa La Liga, durante un envío donde se abordaba el problema de dormir en la calle. El informe incluía el derrotero de una madre con nueve hijos que se mete a vivir en una casa devastada, la eterna lucha entre los homeless y la policía que quiere removerlos y –el moño del paquete– un inaudito Ronnie Arias caracterizado de linyera con el fin de vivir y contar “desde adentro” la experiencia de ser un “sin techo”.

El disfraz de Ronnie –quien, dicho sea de paso, siempre me pareció afable y carismático– era completo. Se había calzado una peluca, se había dejado algo de barba, se había ensuciado bastante y había aprendido a hablar con la soledad en la boca. Desde ese lugar, sostenía diálogos con otros “homeless” –que, intuyo, no estaban al tanto de que hubiera una cámara registrando todo– y les pedía “consejos” para sobreponerse a la dura vida del asfalto.

No es la primera vez que un periodista –entiendo que Ronnie asume un rol periodístico cuando hace estas cosas– hace un trabajo de “inmersión”. El alemán Günter Wallraff se hizo famoso tras camuflarse de inmigrante turco en Alemania en plena década de 1980 para escribir el libro Cabeza de turco, una impactante crónica sobre la persecución y el maltrato que sufrían esas personas en ese país. Y en España, el periodista Antonio Salas se hizo pasar por skinhead durante un año. Gracias a una infiltración perfecta –que incluyó forrar su casa con afiches de Hitler y hacerse amigo íntimo de gente detestable– dejó al descubierto los funcionamientos del movimiento neonazi más importante de la Península Ibérica. Su libro, Diario de un skin, fue el más vendido en España durante 2003, inspiró una película de Tristán Ulloa y fue la punta de lanza de una saga que sigue hasta hoy. Un año después, Salas se transformó en cafisho y escribió un libro sobre la prostitución de alto nivel, y actualmente está infiltrado en quién sabe qué cueva de América Latina.

“¿Qué es lo más duro de ser un periodista infiltrado?”, le preguntaron en una nota. “El miedo –contestó Salas–. El miedo a que te descubran la cámara oculta cuando entras solo, sin ninguna cobertura, en un local repleto de cien o doscientos skinhead, es duro. Cerrar la compra de niñas latinoamericanas de hasta 10 años, vírgenes, para prostituirlas en burdeles europeos a 25.000 dólares cada una es durísimo, y hacerlo procurando contener la rabia y el asco es más duro aún. Tener que cambiar tu imagen, tu look, tus hábitos, es duro. Pero tener que cambiar tu forma de pensar y de sentir, es decir convertirte de verdad en un auténtico skin, o en un traficante de mujeres 24 horas al día, es lo peor de todo. Siempre está el riesgo de transformarte en ellos, y no volver”.

Un trabajo de inmersión vale la pena, justamente, cuando encierra la posibilidad del no retorno. Lo demás es show. Lo demás es llanto al pedo. Lo demás es Ronnie con los ojos líquidos y la voz cortada, diciendo –como decía al final del envío– frases como “esto es horrible, desde ayer a las diez de la mañana que estoy pidiendo plata” y “me siento mal, harto, humillado, sucio”. El problema tampoco es él: hay una producción –un programa, un canal, ¿un público?– que exigía esta historia, y de ahí que los relatos paralelos dentro de La Liga tampoco terminaran mejor. Salvo Diego Iglesias y Benjamín Vicuña –dueño de una tierna y sorprendente sobriedad–, el resto del equipo (se) hacía agua. “No sé si voy a poder dormir, hay mucho olor. Tengo muchos momentos de angustia y ganas de llorar”, decía Gisela Busaniche, una de las cronistas. Tamara Hendel, su compañera, fue todavía más lejos y luego de pasar una jornada entera con una madre y sus nueve hijos, encendió una cámara infrarroja en plena noche, se enfocó a sí misma y se mostró, directamente, llorando.

Un día antes de la emisión de este docu-soap, el español Enric González –analista del diario El País– escribía una columna que de alguna manera hablaba de todo esto. En una nación como España, que se zambulló de golpe en una de las peores crisis de su época, es de esperar –decía González– que cambien los hábitos televisivos en favor de los relatos mitológicos (llenos de héroes y tumbas) que proponen las telenovelas. “Tal vez nos encontramos ante el triunfo definitivo de la prensa popular sobre la prensa que aún llamamos ‘seria’: es su forma de mirar la realidad, basada en las heroicidades de los ‘famosos’, la que está imponiéndose –podía leerse en el artículo. Cuanto menos entendamos el mundo y nuestra propia vida, cuanto más difícil sea todo, más nos apetecerán el sucedáneo rosa y la mitología cutre (grasa)”.

En la Argentina, país que sabe largamente de crisis, la televisión viene hace rato inclinándose a favor de estos discursos. Pero lo que nunca había pasado –o al menos yo no había visto– era que un programa periodístico con supinas pretensiones biempensantes acudiera a la figura del cronista llorón y a la quintaesencia del cinismo que fue ese role playing para hablar de alguien que no tiene casa. Para humillarlo con sus lágrimas de cuatro cabezas. Y para teñir todo ese envío de una idea falaz: que para contar algo hay que ser ese algo; como si el ser –eso que la persona fue: su historia– se construyera de afuera hacia adentro, y fuera leve y desmontable como una peluca sucia.

Fuente: http://www.criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=22659

1 comentario - ¿Llorar? No, gracias

rodriguezduch
Muy buena nota, la vi en Crítica y me gustó mucho.
Saludos