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La pelea entre Ernesto Sábato y Gabriel García Márquez

ERNESTO SÁBATO SE DEFIENDE

Fragmentos de un artículo del 14/6/1981 firmado por Sábato y publicado por el periódico colombiano El Espectador, donde responde a uno anterior escrito por Gabriel García Márquez. Aquí Sábato cuenta su versión y los pormenores del almuerzo que él y otros tres intelectuales argentinos compartieron con Videla en mayo de 1976, y por el que fue muchas veces criticado.

ACLARACIÓN A GARCIA MARQUEZ

El 19 de abril de este año, García Márquez publicó en El Espectador, de Bogotá, un artículo titulado “La última y mala noticia sobre el escritor Haroldo Conti”. Como tuvo repercusión en todo el ámbito de la lengua castellana y porque en él se escriben palabras que me afectan personalmente, me veo obligado a responder. El artículo se refiere al secuestro del escritor argentino Haroldo Conti en los primeros momentos del gobierno militar que accedió al poder mediante el golpe de marzo de 1976.

Dice en el párrafo en que me alude: “Quince días después del secuestro, cuatro escritores argentinos -y entre ellos los dos más grandes- aceptaron una invitación para almorzar en la casa presidencial con el general Jorge Videla. Eran Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, y el sacerdote Leonardo Castellani. Todos habían recibido por distintos conductos la solicitud de plantearle a Videla el drama de Haroldo Conti. Alberto Ratti lo hizo, y además entregó una lista de once escritores presos. El padre Castellani, que entonces tenía casi 80 años y había sido maestro de Haroldo Conti, pidió a Videla que le permitiera verlo en la cárcel”.

Cuando se da una información de tal gravedad, se debe ser muy cuidadoso con cada una de las palabras y estar rigurosamente seguro de las fuentes. Tal como se presenta aquí el hecho, aparezco como un señor que va a almorzar con Videla, manteniéndose en silencio sobre el gravísimo hecho de un secuestro a un escritor conocido, o hablando de la comida cuando en el país se cometían centenares de crímenes. Por lo visto mis innumerables y conocidas denuncias de esos crímenes en todos los diarios del mundo, empezando por los de mi país, no me ponen a cubierto de esta clase de comentarios injustos. Pero veamos cómo se desarrollaron los hechos.

A las pocas semanas de instaurada la dictadura militar, fueron invitados a conversar con el presidente diversas figuras representativas del país -empresarios, abogados, médicos, académicos, economistas, periodistas- para enterarlos de los motivos que las fuerzas armadas habían tenido para terminar con el régimen anterior y para reprimir la subversión; conversaciones que tenían por fin, también recibir opiniones de los diversos sectores. En el caso de la reunión a la que yo concurrí, se dijo que la presencia de un escritor liberal como Borges, de uno de la izquierda democrática como yo, del presidente de la Sociedad de Escritores, y de un sacerdote proveniente del nacionalismo de derecha como Castellani, aseguraba representatividad a los sectores culturales no comprometidos con el terrorismo. Era idea generalizada en todos los argentinos que Videla encarnaba la parte moderada de las fuerzas armadas y que era estrechamente vigilado por los generales, almirantes y brigadieres duros. Precisamente por esta característica, fui instado, ante mi vacilación, por personas eminentes del campo democrático y del sindicalismo, a que concurriera, como una posibilidad de que alguien pudiera denunciar los gravísmos delitos que se estaban cometiendo; así, por mi casa desfilaron en aquellos días cantidad de argentinos angustiados, incluyendo padres y madres de desaparecidos que me rogaban, muchas veces entre sollozos, hablara ante el presidente por todos los que no podían hacerlo, y en la vaga esperanza de que Videla pudiese influir sobre los militares más implacables.

En tales condiciones acudí a la entrevista. Lo que allí sucedió -felizmente- está registrado con toda amplitud y fidelidad en el diario La Razón de esa misma tarde, 20 de mayo de 1976, y en la página entera que La Opinión, dirigida por J. Timerman, dedicó a mis declaraciones textuales durante el encuentro. Esos son los únicos documentos a los que debe remitirse quienquiera que quiera aplaudir o reprobar mi asistencia; pues siendo de extremada importancia política y conteniendo graves acusaciones contra el gobierno no fueron desmentidas ni en una sola palabra por la Presidencia de la Nación, ni en aquel momento ni nunca después. En esos dos diarios García Márquez encontrará la descripción textual de la entrevista, mis denuncias sobre las persecuciones, mi defensa de la libertad y de un estado de derecho. Por otra parte, durante este trágico lapso he hecho innumerables declaraciones en el mismo e invariable sentido...

...y, en fin, la declaración hecha a la Comisión de los Derechos Humanos de la OEA, que me visitó el día 10 de setiembre de 1979, publicada en todos los diarios de la Argentina y algunos del extranjero.

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