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La precandidatura de Scioli - Por Alejandro Horowicz

La precandidatura de Scioli

Por Alejandro Horowicz


La decisión de Daniel Scioli, disputar la candidatura oficialista de 2015, no debería sorprender a nadie: el gobernador del mayor distrito electoral la exhibió en privado todo el tiempo. Fiel a su estilo siempre subrayaba su condición de “sometido” voluntario. No se trataba de cualquier sometimiento, era su posibilidad de independencia a futuro, la presidencia de la Nación. Para evitar todo barroquismo confuso: nunca ocultó su proyecto, siempre le puso un techo, Néstor y Cristina. Si uno de ambos podía o quería continuar se haría a un lado; pero si se trataba de otro (un ungido por el dedo del Ejecutivo), no. En ese punto haría valer su propio capital político. Y el “sometido” terminó produciendo una declaración de guerra.

Volvamos al inicio. Cuando Scioli sostiene “no tengo que dar ningún test de lealtad, de compromiso con el peronismo” dice, en sus términos, la verdad fáctica. En su naturaleza reside el problema. Ese compromiso “con el peronismo” incluyó a Carlos Saúl Menem y a Néstor Kirchner. Menem no fue otra cosa que la profundización de la “democracia de la derrota”. El cuarto peronismo. María Estela Martínez de Perón, de la mano de José López Rega y Celestino Rodrigo, tras la muerte del presidente Juan Domingo Perón, inicia ese nuevo ciclo. Abandona la última variante del Plan Pinedo, para abrir el curso a las procelosas aguas de José Alfredo Martínez de Hoz y Domingo Cavallo. Entre 1975 y el 2001 ese proyecto económico fue el hilo conductor de la política.

“Claro Horowicz, claro. El tránsito del menemismo al kirchnerismo no incluye tan sólo a Scioli. ¿Me quiere explicar por qué vale para él, y no para los demás?” El peronismo en masa – incluso los que “rompieron” como Chacho Álvarez – a la hora de la verdad siguió por la misma huella. Recuerde cuando el gobierno de Fernando de la Rúa, por iniciativa de Álvarez, reubicó en la poltrona del quinto piso del Palacio de Hacienda al padre de la Convertibilidad. Aun buena parte de los integrantes de la Izquierda Nacional, con Jorge Abelardo Ramos a la cabeza, justificaron el gobierno menemista. Entonces, repito la pregunta: ¿en qué se diferencian de Scioli, si menemistas fueron casi todos los que importan?

La pregunta es muy buena...

Es posible responder desde el realismo. Político es aquel que conserva su lugar en la cancha. Para conservarlo es preciso aceptar las reglas del juego. Las reglas no se eligen. Para bailar el minué las habilidades del rock, incluso el nacional, no sirven. Pero existe la oportunidad, y cuando aparece –como durante la crisis del 2001– las reglas cambian. Eso sí, los jugadores siguen siendo los mismos. Entre esos jugadores sobrevivientes surge un nuevo jefe; siempre fue así, ¿acaso el propio Perón no fue un oficial del general Agustín P. Justo? Ese es el barro de la historia. Kirchner entendió la oportunidad y facilitó el cambio de las reglas, la reorientación del rumbo. En cambio, Elisa Carrió y Ricardo Alfonsín no pueden desprenderse ni siquiera hoy de las viejas reglas, y esa reiteración traba un nuevo camino. Esa es toda la diferencia, en esas condiciones se hace la historia, y lo demás es voluntarismo ingenuo.

Esa es una lectura posibilista: un poder vertical, sin que los sectores populares puedan pergeñar un camino propio.

El reaccionario viraje del ’75 contiene una derrota histórica de los trabajadores. Esa derrota se profundizó en el tiempo. El primer escalón del infierno se abrió en marzo del ’76, con el arribo de Videla, Massera y Agosti. La cacería de militantes populares, la masacre instrumentada por la dictadura burguesa terrorista terminó estabilizando –más allá de la peripecia de Malvinas en abril del ’82– un nuevo orden político. Ese fue el segundo escalón de la derrota. En ese orden parlamentario, el de democracia de la derrota, el partido que gobernara carecía de importancia decisiva. Radicales o peronistas no cambiaban demasiado las cosas. Mientras los analistas liberales batían palmas por la “continuidad democrática” (madurez cívica, decían) la sociedad argentina se hundía sin límite. Hasta que los que terminaron fuera del “mercado” -necesidades básicas insatisfechas- resultaron más que los otros. Ese fue el tercer y último escalón. Cuando el modelo se volvió absolutamente inviable, sin que la resistencia popular fuera capaz de pergeñar un nuevo rumbo; entre las ruinas humeantes del corralito y el corralón, tras la fuga de las reservas del Banco Central, Eduardo Duhalde posibilitó una mutación sin salirse de la cancha. Tres candidatos con los colores del PJ, una interna externa, para las elecciones nacionales de 2003; ese limitado instrumento permitió que un ignoto gobernador sureño, en medio de una crisis sin cuento, llegara a la presidencia.

El nivel de daño que supuso el periplo 1975-2001 todavía no se terminó de asimilar. La lógica de la crisis impuso las medidas del nuevo gobierno K, pero es preciso reconocer que la crisis hubiera podido atemperarse. Si De la Rúa hubiera salido de la Convertibilidad cuando asumió, en 1999, tendría otro lugar en esta historia, no lo hizo y terminó causando el estallido de 2001. Kirchner empezó a desarmar las bombas desparramadas, mediante un viraje desde arriba. Conviene no equivocarse, el valor del kirchnerismo es el valor del viraje. Y ese viraje está a medio hacer.

Ahora sí puedo contestar: no importa el pasado relativamente común de Scioli y Aníbal Fernández. Importa la diferencia específica: la capacidad para profundizar, proseguir el viraje. Esto rehace la pregunta: ¿Scioli es el hombre para la nueva etapa? ¿O sólo un sobreviviente de la anterior?

EL PODER PRESIDENCIAL. Una regla no escrita rige el presidencialismo argentino. El titular del Ejecutivo elige a su sucesor. Roca eligió a Juárez Celman; Sáenz Peña a Yrigoyen (nadie ignoraba que el plebiscito popular equivalía a victoria de la UCR y a candidatura de don Hipólito), a Perón lo eligió el plebeyo 17 de Octubre (único caso); Menem a De la Rúa y Kirchner surge con el respaldo de Duhalde. ¿Cristina elegirá a su sucesor? Es una posibilidad. Existe otra: modificar el vetusto presidencialismo, democratizar esa decisión plebiscitaria mediante la intervención del Congreso. Si nos apartáramos, como pareciera propiciar Raúl Zaffaroni, del modelo imperante (la “reforma” constitucional del ’94 sólo se hizo para que Menem continuara, con acuerdo de Raúl Alfonsín) otro curso se abriría. Trampa gritan los “constitucionalistas” que publican en La Nación. Ese es un traje a medida de Cristina Fernández. Para nada, ese es un traje a medida del líder de la bancada mayoritaria del Congreso, capaz de formar gobierno.

El dilema se presenta complejo. O Cristina elige sucesor –como todos los presidentes anteriores– o la sociedad argentina termina optando por la reforma constitucional. Estoy seguro de que “la oposición” rechazará toda reforma. Y no parecría sencillo –salvo una modificación muy profunda de las relaciones de fuerza en las elecciones parlamentarias del 2013– que el oficialismo tenga suficiente fuerza para impulsarla solo.

El destino de los “herederos naturales” en el peronismo termina siendo manifiesto. Perón liquidó a Mercante (su heredero natural) y Menem a Duhalde. Por tanto, la candidatura de Scioli, de existir, difícilmente sería con los colores del Frente para la Victoria. Para que en 2015, el gobernador bonaerense encabece una boleta con chance, un tsunami debería arrasar los actuales liderazgos políticos. No es fácil imaginar a Mauricio Macri de segundo, y tampoco es fácil imaginar al radicalismo detrás de Scioli. Claro que la necesidad tiene cara de hereje, y 2015 queda demasiado lejos para jugar a profeta de la pampa.

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