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Faltan malas noticias - Por Eduardo Aliverti

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Faltan malas noticias

Por Eduardo Aliverti

El título y sentido de esta columna surgió tras escuchar a un comentarista político radiofónico, a mediados de la semana pasada, decir que “la verdad, esto es un embole”. Se refería a la ausencia de informaciones impactantes que pudieran extraerse de las portadas de los diarios.

¿No pasaba nada? Sí, sucedían un montón de cosas pero de ninguna podían extraerse connotaciones marcadamente negativas para el Gobierno. En todo caso, había que remar demasiado o manipular de manera ostensible. Entre el precio de la supersoja, el acuerdo por el salario mínimo, las perspectivas de que se frena el desacelere de la economía (reconocidas por los propios gurúes del establishment) y –sin agotar el listado– las renovadas imágenes de rejunte ofrecidas por una oposición que invariablemente corre detrás de lo bueno o malo que dice y hace Cristina, no había caso. Apenas podían tomarse de esto último gracias, por ejemplo, a la forma en que la Presidenta reprendió al impresentable Gerardo Martínez, cuando el sindicalista sacó una cuenta de salario en dólares por encima (por debajo, es decir) de la cotización oficial. Hace ya unas cuantas semanas que viene tratándose de eso: tomar frases presidenciales, ya sean ocurrentes o poco felices, y a partir de ahí trazar poco menos que el centro del universo. Para no ser injustos, hay que darse el paréntesis de advertir que en la actividad periodística, desde siempre, entre nosotros y donde fuere, la buena noticia es que haya malas noticias. De lo contrario, se reduce la capacidad de escandalizar, no hay rebote –sobre todo en los llamados de oyentes de radio que cubren la ausencia de ideas de producción, ahora con la suma de redes sociales y portales– y termina retroalimentándose la necesidad de recurrir a cualquier insignificancia para sostener ora un programa, ora un noticiero, ora una opinión. En la jornada del corte de la Panamericana, llegó a tener cartel francés que Alejandro Lerner fue a rescatar a su mujer del embotellamiento. Para peor, el pequeño grupo de piqueteros, no superior a cien personas, fue desalojado por Gendarmería. Y el secretario de Seguridad señaló que hubo obvia intencionalidad de horadación política. La tilinguería quedó despojada de su discurso fascistoide. La prensa gráfica opositora no se dio por enterada y, desparpajo inenarrable mediante, apuntó condenatoriamente que los manifestantes fueron reprimidos con perros y camiones hidrantes. Lo que la derecha venía reclamando a voz en cuello –aunque en verdad sólo se usó fuerza-hombre– se convirtió de repente en que el Gobierno es una contradicción andante, porque habría modificado su decisión de no reprimir jamás las protestas sociales. Si no hay represión, esto es un viva la pepa que recorta los derechos ciudadanos de circular libremente, para satisfacción de los beneficiarios de Planes Trabajar. Si la hay o se le parece, el oficialismo tiene doble discurso y lo central es que su relato se le va al diablo. Es diferente si reprime el cordobés De la Sota, nuevo amiguito de Mauricio junto con Biolcati y otros próceres de la argentinidad. Los perros y los camiones hidrantes pasan a ser meros “disturbios”. A los militantes periodísticos audiovisuales, eternamente pautados por las tapas de los diarios, no les dio para tanto y se llamaron a silencio aprobatorio del desalojo de la autopista. La frutilla del postre (les) fue que el presidente de YPF dio una conferencia de prensa impecable –así la calificaron los voceros periodísticos de oposición– para anunciar inversiones por más de 37 mil millones de dólares en cinco años. Resultó, naturalmente, que esa impecabilidad de Miguel Galuccio fue presentada, ante todo, como antítesis de la decisión cristinista de no aceptar encuentros con la prensa. Encuentros a los que, como la invicta experiencia demuestra, no va ninguno de quienes reclaman conferencias de prensa presidenciales. Mandan cronistas que por lo general se destacan en pasar papelones. O por hacer preguntas con respuesta sabida e inducida. Nada distinto, por cierto, de lo que ocurre en cualquier inquisitoria periodístico-colectiva de cualquier parte. Por estos tópicos trascendentales se preocupan los falsos liberalotes del periodismo argentino.

Para relativa fortuna de los angurrientos que no pueden vivir un minuto sin bataholas, la AFIP gravó en un 15 por ciento las compras con tarjeta en el exterior. Como será considerado anticipo del pago de Ganancias y Bienes Personales, no les dio para sostener la arremetida de que es una devaluación (?). De última, además y en proporciones, estamos hablando de unos centenares de miles de gentes que viajan al extranjero, bien que sin perder de vista conflictos puntuales cuya particularidad son las injusticias y el malhumor que los medios amplifican como si fuera cuestión de dramas nacionales. Análogo, no les había quedado espacio para cuestionar el cerco contra los representantes de los futbolistas. Entonces –y esto sí que fue legítimo– le apuntaron a Julio Grondona por haber saludado la decisión, como si el presidente de la AFA fuese una carmelita descalza. Pero, de vuelta: si no avanzan contra la evasión porque no lo hacen, y si lo hacen son unos hipócritas. Un poroto, la gata Flora. Así fue y es que la tabla de salvación se dividió en dos aspectos complementarios, con el precedente/invento del “adoctrinamiento” camporista: la sanción de Macri a los docentes que parodiaron su vocación facho-ajustadora, y el proyecto de que pueda votarse desde los 16 años. Acerca de lo primero, mejor no gastar pólvora en chimangos con las decisiones de un tipo que, prudentemente, se cuida de pronunciar Oesterheld. Lo segundo, en cambio, merece algunas apreciaciones para las que se requiere buena leche intelectual. Sólo sensatez política y sin el “política” también, digamos. Loquitos/as arrebatados, abstenerse.

Demos por sentado que el sufragio de menores de 18 y extranjeros sólo persigue el objetivo de allegar votos al kirchnerismo. Hagamos otro tanto con que esa meta no tiene más intención que la suma, eventual, para que la jefa de Estado sea recontra-reelecta. Aceptemos que esto se le antoja al Gobierno justo cuando parece no tener Plan B para el 2015, si no es Cristina. En definitiva, demos por hecho que hay infinitamente más de especulación electoral que de ansias por sumarles derechos a adolescentes y bolivianos, paraguayos, peruanos y demás indeseables que, claro, votarían a Cristina porque acá les va mejor que lo que les iría en sus países de origen. Si damos por certificado todo eso, ¿no continúa siendo válida la pregunta de qué es lo que tanto les preocupa, en medio de este Gobierno que es un antro de corrupción, de serrucho de libertades individuales, de impedimentos hasta para ir a veranear al Uruguay, de tarjetas de crédito que cobran tasas usurarias para financiar electrodomésticos, de Boudou, de Ciccone, de Vatayón Militante, de dólar blue y celeste, de gobernadores tan o más capangas que toda la vida, de gravísimos peligros contra la libertad de prensa? ¿Cómo se compatibiliza que todo sea un desastre, real o amenazante, con la alarma de que el Gobierna vaya “por todo”? ¿Con qué podría ir por esa totalidad, si las cosas son como dicen que son? Sin ir más lejos, la oposición difundió encuestas según las cuales la Presidenta, por primera vez, cosecha más rechazos que adhesiones. Seis de cada diez consultados reprueban su gestión. Y el 71,1 por ciento respondió “lo cambiaría” a la pregunta de “¿qué haría usted con el gobierno de Cristina Fernández?”, de acuerdo con ese relevamiento de la consultora Management & Fit que hizo las delicias de las usinas adversas al oficialismo.

El periodista que firma ya supo opinar, y ratifica, que no es de su gusto una reforma constitucional ni el eventual intento de “eternizar” a Cristina en el cargo máximo. No le cae bien que la energía vaya a ser puesta en eso, en vez de disparar hacia atrevimientos nuevos, y nuevas figuras, que reestimulen a este modelo superador de cuanto se haya conocido desde 1983. Pero al margen de eso, y también de disquisiciones institucionalistas, la pregunta del millón es aquella de por qué el conjunto opositor tiene los pelos de punta con la probabilidad de Cristina 2015, si es que la realidad le pinta horrible y el panorama peor. Una de dos: están usando el presunto intento reeleccionista para intentar ellos copar alguna parada que les dé figuración, o mienten a perfectas sabiendas cuando opinan y datean que se pudre todo.

O son las dos, tal vez.

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