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Hacia la última frontera al Tibet…

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Hacia la última frontera al Tibet…


Hacia la última frontera al Tibet…







por Antonio Aguilar





Tras haber compartido con una familia sikh durante dos días el camino al famoso lago Hemkund Sahib, hice dedo hasta Badrinath, el último de los cuatro puntos de una peregrinación que estaba realizando a lugares sacros del Himalaya. Tuve suerte de ser recogido por un todoterreno que me permitió viajar sobre su techo. Tardamos hora y media en recorrer los treinta kilómetros que nos separaban de Badrinath, con el motor a poco más que ralentí, a través del camino más sinuoso que haya recorrido jamás, debiendo bajarnos varias veces a recoger piedras desprendidas. A cambio, tras cada curva se presentaba una visión del sobrecogedor paisaje que debaja sin palabras a todos los presentes.


Siendo aún temprano, tras recorrer Badrinath, caminé los tres kilómetros que la separan de Mana Gaon, un pueblecillo enclavado en la pintoresca curva que un río juega a crear en el valle que recorre. Llegar hasta aquí no es sencillo, por lo que, pese a que la importancia religiosa del sitio es capital, los peregrinos son escasos. A mi me hizo mucha ilusión alcanzarlo, pues años atrás había aprendido que en una cueva cercana, Veda Vyas – uno de los avatares más notables del hinduismo-, dictó el Mahabharata, libro pilar de esta fe, a su escriba, el mismísimo dios Ganesh, que suele representarse con forma de elefante.




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La entrada de Badrinath.



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Paisaje entre Badrinath y Mana Gaon.



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Cueva donde se escribieron los Veda.



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Habitante de Mana Gaon.


Aún tenía tiempo antes de que cayera la noche, así que sabiendo que apenas me separaban doce kilómetros de la cascada de Vashudara, que todos me definieron como espectacular, me acerqué a conocerla. Debí tardar dos horas en llegar, recorriendo un valle de belleza sublime, donde el verde de las laderas degradaba verticalmente su color hasta convertirse en el blanco de la nieve de las cumbres, y ésta, se difundía entre las propias nubes. Sólo me crucé con un paisano en todo el camino, de quien sólo entendí en sus palabras “goofa”, que en hindi significa cueva. A los pies de la cascada encontré, efectivamente, una cueva, y en su interior a un saddhu y su baba. Los saddhus son santones del hinduismo, anacoretas que cortan cualquier lazo con la vida material y aspiran a través de la introspección y ejercicios descritos en los Veda a alcanzar la Moksha, o el estado propicio para abandonar el ciclo de reencarnaciones. Baba es una palabra que en varias lenguas asiáticas significa “papá”, y el hinduismo suele referirse con ella a aquellos saddhus que alcanzado cierto nivel, toman un saddhu a su cargo para instruirlo. Un baba tiene tanta necesidad de un saddhu como éste del primero. La cueva se hundía en el suelo, y una construcción artificial la cubría en su exterior. El saddhu era el único de los dos que hablaba inglés, además de tener una cultura envidiable. Me analizaba sutilezas entre puntos comunes y discrepancias entre varias religiones del mundo con tal maestría que anoté absorto varias hojas de mi cuaderno con sus enseñanzas. Centrándonos en el budismo tibetano, y su evolución a través del tiempo, me recordó lo relativamente cerca que estábamos de este país ocupado. “Sólo hay que ir más al Norte”, fue una de sus últimas frases antes de quedarnos dormidos.




Hacia la última frontera al Tibet…

Peregrino que llevaba comida a la cueva.



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Mana desde la distancia.




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Al dormir allí, escuchábamos la cascada.



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La cena.

Y así, con la primera luz del día, ya estaba caminando, como mi amigo saddhu me dijera, hacia el Norte. No iba a abandonar tan rápidamente mi sueño de la infancia de conocer este país . A diferencia de lo que ocurría hasta la cascada, aquí ya no existía camino alguno, así que debía “inventármelo” yo mismo por donde juzgaba más conveniente. Cuando tenía sed, bebía del río. Caminaba a buen ritmo, seguro, y con toda mi ropa puesta. Pensé en avanzar todo lo que pudiera, y si en algún punto la orografía me lo impedía, volver por donde había venido. Exhausto al final del día, pues no hube parado ni un segundo, me acerqué a una cueva que encontré en la ladera. Me tumbé en el suelo, apoyando la cabeza sobre mi mochila, y pese a no haber comido en todo el día, cosa que en ese momento tampoco me importaba, me quedé dormido poco después a causa del agotamiento.




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La famosa cascada de Vashudara.


A modo de mantra me repetía mentalmente “Tibet, Tibet”, mientras avanzaba tomando cada vez más altura por aquel valle, en cuyo final moría un glaciar de dimensiones colosales. La parte final del mismo, la que veía, no mediría menos de quince metros de altura. Vestía zapatillas de deporte, vaqueros, y dos camisetas, más otra de manga larga. En la mochila me restaban dos mudas, unos pantalones, aparte de un cuaderno que usaba para anotar impresiones y dos libros que me habían regalado aquel viaje. Me sentía ligero, pero eso no me evitaba temer que al girar el valle, encontrase otro glaciar, que me hubiera complicado, si no impedido, continuar. Tuve suerte. No pocas veces tuve que sortear algún tramo de hielo, pero estaba comenzando Septiembre, y las temperaturas no congelaban todavía todo el valle. Cayendo la tarde, encontré otra cueva, donde vivía la única persona que encontré en dos días. El ermitaño que la habitaba me ganaba por goleada, no habiendo visto a nadie en más de tres meses. Tenía como toda posesión un par de recipientes para preparar te, una buena cantidad de esta planta, algunas patatas, otras zanahorias, dos libros de hinduismo y unas cerillas. Cuando le pregunté de qué se alimentaba, me señaló a los tubérculos, contándome como con eso tendría para todo el invierno. Nuestro organismo, me explicaba, no necesita tanta cantidad de comida como habituamos a darle. Todo era una cuestión de cómo se educaba al cuerpo. El que en breve las nieves y hielo helasen aquel lugar, dejando a este anacoreta, y quienes habitasen cuevas cercanas, totalmente aislados hasta la primavera, me hizo creer lo que me contaba. Posteriormente aprendí que hay saddhus que aprenden a controlar tanto su cuerpo que se alimentan exclusivamente de te, otros de leche… Aquellos valles estaban flanqueados por enormes montañas, y nadie había jamás subido a la cima de muchas de ellas, donde, como me afirmaba este saddhu, vivían algunos dioses, motivo por el que tantos anacoretas decidían buscar alguna cueva cercana para vivir.




Hacia la última frontera al Tibet…

El nublado camino al Tibet.



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El nublado camino al Tibet.


No tenía reloj y las baterías de teléfono y cámara estaban agotadas, así que supongo que sería poco después del amanecer, con las primeras luces entrando por la cueva, cuando desperté y reanudé mi camino. Por lo que más tarde leería, sobrepasé cotas de más de cinco mil quinientos metros de altura, aunque nunca tuve pinchazos en el cerebro a causa de ello. Con la excepción de algunos minutos que me senté poco después de beber agua fundiendo nieve, anduve de nuevo todo ese día, sin parar. Ya no me importaba alcanzar o no el Tibet. Recorrer aquellos valles que, eran suficiente recompensa y sobradamente justificaban la felicidad que gastaba aquellos días.
Jamás olvidaré el momento en que vi en la distancia un muro de piedra, que encerraba un pequeño refugio de idéntico material, y un numeroso rebaño de yaks, esos peludos animales naturales de estas tierras. Corrí hacia allí, queriendo confirmar mi sospecha de que debía haber alguien dentro. Abrí la pesada puerta de madera, comida por la humedad en sus extremos, cuando se presentó una imagen que recordaré de por vida: tres hombres, vestidos a la manera tradicional, sentados rodeando unas ramas en las que calentaban chai y tsampa. Me hubiera cortado un dedo por saber qué se les pasó por la cabeza al verme entrar exhausto, sudando mares y chorretones por todo el rostro, y vestido con unos vaqueros y camiseta sucios. Pese a que ingenuamente saludé en inglés, tardaron varios segundos en reaccionar, y en dirigirme alguna palabra, casi tartamudeando, en tibetano. Rompiendo el hielo, pregunté señalando al suelo: “¿Bóo?”, única palabra de tibetano que conocía, y con la que se refieren a su país. Su afirmación provocó tal sonrisa en mi cara que también cambió las suyas. Lo había conseguido. Estaba en el Tibet.





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Mapa de Google Earth mostrando desde el aire la zona que recorrí.


Ataviados a la manera tradicional, estos caravaneros volvían a su poblado tras haber vendido sal en algún lugar del Este del país. Conté veintiocho yaks, animales que usan para la carga, y de los que al trasquilarlos salía la ropa que llevaban, y al ordeñarlos, una particular mantequilla que daba origen al tsampa. Ésta es una receta tradicional tibetana consistente en mezclar dicha grasa, de un agrio característico, con te, y a veces levadura u otro cereal. Es una grasienta fuente de calorías que permite sobrellevar el frío propio del Himalaya. Con el cielo ya oscuro, caímos rendidos, cuando, entre risas, parecía que el siempre útil lenguaje de gestos se decidía a echarnos un cable y hacernos entender mejor. A la mañana siguiente, tal y como despertaron, me explicaron que partían corriendo, pues temían que empezase a nevar. Pese a que alguna nube manchaba el cielo, a mi parecer no eran de tormenta. Pero siempre hay que dejarse orientar por quienes más saben de esto, y yo entre ellos era un pardillo en temas de metereología. Además, en diez días debía estar en Nueva Delhi para volar de vuelta a Europa, así que juzgué volver la opción más coherente. Les hubiera acompañado, siguiendo su invitación, pero sabía que la nieve de alguna tormenta en aquel lugar podría dejarme aislado mucho tiempo. Al explicarles gestualmente que volvía a India por donde había venido, se llevaban las manos a la cabeza. Me entregaron, a modo de amuleto, una mala -el rosario típico tibetano-, que en recuerdo de aquellos días, suelo llevar en el cuello, y unas patatas hervidas, de las que hice buena cuenta en mi camino de vuelta.


Salvando los desniveles – ahora hacia abajo-, podía avanzar bastante más rápido, que unido a mi inquietud por que el tiempo cambiase, me hacían casi correr, como si alguien me persiguiese, situación cuanto menos irónica, ya que me encontraba a cinco mil metros de altura, y no había un asentamiento al menos en cien kilómetros. Gracias a los picos y glaciares que se veían, recordaba en qué punto del camino de vuelta estaba, y supe que gracias a la energía de ese día, había recorrido lo mismo que en los dos anteriores. Vi una enorme gruta y junto a ella una cueva. Procediendo como en la ida, me acerqué hasta ellas, y entré gateando en la segunda, donde me recibió una imagen sobrecogedora. Un saddhu de aspecto pintoresco, con un tridente shivaista clavado frente a él, encendía un pequeño fuego. Tenía el cuerpo cubierto con ceniza, y al verme entrar y saludarle en hindi y continuar conversación en inglés, me respondió sin inmutarse con gran perfección en esta lengua. Había estudiado Literatura Británica en Bombay, y pese a su vida acomodada en un país como India, había decidido devenir un saddhu. No es que fuera más feliz, me aseguraba, es que estaba donde debía estar. En India es estiman unos seis millones de saddhus, y dentro de estos existen varias ramas. Mi nuevo amigo pertenecía a los aghori, grupo bastante criticado por sus prácticas esotéricas extremas. No sólo sorprende que llevasen la calavera de su maestro una vez muerto para usarla como recipiente alimenticio, sino que practicasen el canibalismo necrofágico, o la ingestión de heces y orina. Pese a todo esto, tras exponerle algunas de mis dudas sobre hinduismo, comenzamos una conversación que se alargó horas y que cuento como la más interesante de todo ese viaje. Rompiendo con la extendida idea en Occidente de que estas personas viven en una dimensión paralela, lo que más me sorprendió fue el diseccionado análisis de cuanto ocurría y había ocurrido en el mundo, a escala macroscópica y microscópica, fundamentado en la psique humana, o esas fuerzas psicológicas que el hombre trata de domar en su interior. Conocer estas fuerzas, su origen, y en esencia, a uno mismo, me razonaba, era la clave para entender la vida.





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Extenuado y con las piernas temblorosas del esfuerzo, pasé la primera cascada con la tarde del día siguiente a medio caer. Entré rápido en la cueva a agradecer a mi amigo saddhu lo que me había enseñado, y la conversación que fuera serendipia para que llegase al Tibet. A pesar de no haber conocido este país como tal, ni llegado a Lhasa, el monte Kailash o el lago Mansarovar, me sentía pleno por la experiencia de aquellos días. Decidí continuar a Mana cuando supe que aquella noche maestro y baba realizaban ejercicios para los que intuí preferían estar solo, aunque nunca me lo dijeran así. Un par de horas después, distinguí Mana en el horizonte. Me senté nada más entrar junto a una casa donde vendían arroz con verduras, y pedí un bol rebosante que comí con la mano derecha en un santiamén. El dueño, al verme tan hambriento, me regaló otro igual cuando le conté de donde venía y que apenas había comido en cinco días. No sólo había perdido peso, sino que al sentarme, me apercibí de que la suela de las zapatillas se había agujereado.




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Callejuela de Mana Gaon.



Hacia la última frontera al Tibet…

Volviendo a casa tras todo el día arando.



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Mujeres bothia que cantaban durante la ceremonia.



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Campesina bothia.


Mana Gaon estaba habitado sólo los meses estivales, pues el resto del año era, literalmente, cubierto por la nieve. Sus habitantes pertenecían a la etnia bothia, de origen mongoloide-tibetano. De hecho, el “both” con que comienza su nombre alude al mismo “Bod” con que los tibetanos se refieren a su tierra, aunque los propios bothia prefieren asociarse con los clanes rajputs del Rajastán que migraron en durante el siglo XV al Tibet, donde instalaron colonias, y a la vuelta a India se establecieron en los altos valles del Himalaya, donde me encontraba. Existen tres ramas dentro de los bothia: aquella que habita principalmente en Sikkim, la que lo hace en Bhután, y ésta, acotada a la zona denominada Gharwal. Hablan bothi, una lengua que necesita de caracteres tibetanos para transcribirse, y que había escuchado antes en Laddakh. Sea como sea, una de las peculiaridades de este pueblo es la religión que practican, compuesta por una mezcla de animismo, budismo bon e hinduismo. Así se explica que muchos bothias lleven colgando huesos de animales o ancestros a modo de amuletos, siguiendo la creencia animista de que su espíritu les protege, o pinten su frente un bindi, ese punto característico de la fe hinduista con el que imploran protección a las deidades.




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Tejedora con su hijo juguetón.




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Paisanas bothia, auténticas maestras del tejer.


Caminando entre sus calles, camino a Badrinath, una artesana tejía con un artefacto de madera, bastante tradicional. Al pararme a jugar con su hijo -y a descansar, pues estaba físicamente derrotado- me probó un gorro de lana de yak que me impidió pagarle. Pero la sorpresa vendría minutos después. Al escuchar cantos en el centro del pueblo, me acerqué curioso, descubriendo a unas mujeres cantando. Me senté cerca, junto a un abuelete bonachón que encendía una fogata, siendo objetivo de la atenta y curiosa mirada de todos los presentes. Un joven se me acercó, y explicó que estaban agradeciendo los buenos cultivos de la temporada, y homenajeando a algunos muertos. Cuando tradujo a sus paisanos el motivo de mi viaje a India, y cómo había llegado allí, me hicieron un rito en el que de alguna manera me bautizaban en su religión. En parte era debido a que, como me contaban, en 1962 el gobierno hindú prohibió la entrada en Tibet a través del paso Mana, por donde yo había entrado, y que era a veces usado por los bothia con fines comerciales. Controlar el paso montañoso es harto difícil, así que el ejército construyó un cuartel cercano a Mana, y los bothias resignados debieron cesar su actividad. Desde entonces no transitan esa ruta y el saber que venía de recorrerla les alegró.




Hacia la última frontera al Tibet…

Me bautizan con un bindi en la frente y me obsequian con arroz.




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Plaza donde se realizaba la ceremonia.


Aún me quedé hasta caer la noche con los bothia, enseñándome los interiores de sus casas, jugando con los niños y viendo los instrumentos y tótems para ceremonias. Para dormir me acerqué a Badrinath, donde quedé fascinando por la vida espiritual de su ciudad, y un par de días después, tras convivir en un ashram en Rishikesh, a orillas del Ganges, tomé un autobús a Delhi desde donde volé de vuelta a Europa.
















16 comentarios - Hacia la última frontera al Tibet…

@siscofranco +1
Buen Post Amiga.!!!..Reco y a Favoritos.
@izac77 +1
la �ltima Muy bueno Reco!
@tmhd +2
Muy buen post.
@jfvergara +2
Muy bonito.
Me interesaría ir hacia la antepenúltima frontera al Tibet. ¿Hay posibilidad?
@jose51lomas +1
Excelente Post.
Te agradezco por tu Excelente aporte. RECOMENDADO
Saludos
José


Hacia la última frontera al Tibet…
@imox_68 +1
Lastima que los Chinos estén acabando con esta fantástica culturaReco y fav
@enbarbecho +1
Buenisimo .Favoritos , puntos y reco