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Filosofía de un verdulero

A lo lejos podía ver la antigua verdulería del barrio mientras paso a paso me acercaba a su vereda repleta de vegetales coloridos. He de admitir que ir a comprar frutas y verduras no estaba dentro de mis actividades más bienvenidas, pero la insistencia de mi madre, rozando por poco el enojo ante mi negativa, pudo con eso que llaman consciencia en mí, que rápidamente me obligó – por así decirlo – a realizar los mandados.

De todas formas –buscándole el lado positivo a todo aquello -, yo adoraba caminar y en el corto trayecto de mi casa a la verdulería me dediqué a observar con atención a las personas. Imaginaba sus vidas, el motivo de su caminata a paso ligero o la razón de sus caras largas que mostraban un desacuerdo con el destino que sus cuerpos buscaban encontrar. Era como un juego para mí. Mi imaginación me llevaba a lugares recónditos que me entretenían y alejaban cualquier pensamiento hostil de mi cabeza.

Ni bien llegué a las puertas de la verdulería recordé las palabras de mi madre, que siempre hablaba con un tono soberbio: “evita que te atienda el viejito que trabaja en el local. Una vez que comienza a hablar se vuelve insoportable”. Palabras fuertes y algo hirientes para el empleado del negocio. Decidí no darle importancia a sus palabras, porque considero que toda crítica hacia alguien desconocido le da la oportunidad al sujeto de que pueda defenderse. No es de noble andar juzgando sin conocer y yo siempre busqué la nobleza, no como un título medieval sino como una actitud.

El interior de la verdulería permanecía tal como lo recordaba desde la última vez que había estado allí. Su piso de madera rechinaba con cada paso que daba y apenas se podían ver las paredes por la enorme pila de cajones con frutas, verduras, mieles, huevos e incluso flores que había en el lugar. Las pupilas de mis ojos se nutrían con diversos colores en el ambiente mientras mi olfato se mareaba al intentar reconocer los diferentes olores que circulaban. Había apenas dos clientes que ya estaban siendo amablemente atendidos mientras yo buscaba al viejito del que me había hablado mi madre.

_ ¿En qué le puedo ayudar?_ Me dijo una voz débil a un costado.

Cuando giré supe que era él de inmediato. Tenía la barba tan blanca como su cabello y su rostro estaba repleto de arrugas, esas marcas en la piel que delatan el paso del tiempo. Sus ojos eran café y su mirada era contradictoria a los signos de decadencia que mostraba su cuerpo agobiado por la vejez. Era como si su mirada fuera joven y energética, aunque algo seria, típica del pensante.

A pesar de que en ese momento las palabras de mi madre hacían eco en mi mente, decidí ignorarlas y saqué de mi bolsillo un pequeño papel con la lista de lo que debía comprar – siempre preso de mi poca memoria –

_ Hola. Quisiera llevar un kilo y medio de manzanas, por favor.

El anciano se dirigió hacia una canasta llena de manzanas que a su lado tenía una antigua balanza. Yo lo seguí en silencio.

Con una bolsita de plástico en una mano, el viejito revisaba cada manzana con minuciosa atención. Se tomaba varios segundos para elegir la ganadora a entrar en la bolsa, hecho que me resultó bastante extraño. “¿Por qué se toma tanto tiempo?” me pregunté.

_ Las manzanas son como muchas personas, ¿sabe?

Mi silencio dejó en claro que tenía la menor idea de qué estaba hablando.

_ ¡Claro!, su cáscara nos revela su sabor. Aunque yo creo que es el sabor que tienen por dentro lo que las marchita por fuera. ¡Tal como las personas!

“Este hombre está loco”

_Puede ser…_ dije con una risita forzada.

_No señor, créame lo que le digo. Hace más de 35 años que trabajo en esta verdulería y he aprendido mucho de las frutas y verduras. Son muy similares a las personas.

“Definitivamente este hombre está loco”

_Es más_ continuó diciendo_ en la calle sólo veo vegetales. Manzanas manejando automóviles, ciruelas llevando cochecitos que en su interior cargaban peras, bananas en bares, uvas en bibliotecas o cebollas solitarias caminando con la mirada hacia el suelo. A veces no puedo evitar reírme de ellos: veo lechugas pretendiendo ser papas, o pomelos yendo de la mano con limones, creyendo que entre ellos fluye un amor que en realidad no es compatible. ¡Se mienten!, me rio de ellos para no llorar.

En ése momento desee haberle hecho caso a mi madre…

_ ¿Algo más?_ me dijo luego de pesar las manzanas, con la misma imperturbable seriedad en su rostro.

Por segunda vez chequeé mi papelito.

_Si, un kilo y medio de bananas, por favor.

El viejito charlatán asintió con la cabeza y comenzó a revisar, otra vez con su pacífico detenimiento, las bananas que se encontraban junto a la canasta de manzanas.

“Voy a estar un largo rato acá…”

_Con las bananas sucede lo contrario, ¿sabe?

_Ah, ¿sí?_ Dije con falso interés.

_Así es. Son engañosas porque muchas veces están algo marchitas por fuera pero igualmente su sabor es soberbio. Las que tienen cáscaras pintorescas no suelen tener el mejor sabor, por eso no hay que dejarse engañar: su gusto exquisito lo trae el tiempo y no hay que dejarse llevar por una cáscara marchita.

Nuevamente sonreí cual plebe al rey luego de su nuevo y loco comentario sobre vegetales.

_ ¿Desea algo más?

Esta vez hice un esfuerzo para recordar la tercera palabra del papel.

_Dos kilos y medio de naranjas_ Dije contento por haberle ganado la pulseada a mi poca memoria.

_ ¡Mis preferidas!_ Dijo el anciano que ya se dirigía a un cajón repleto de naranjas.

_ ¿Por qué son sus preferidas?

El hombre, que esta vez recolectaba los frutos con normalidad, me miró a los ojos y sonrió.

_ Ellas representan la consagración de la sensación más hermosa de todas… el amor.

_ ¿Cómo es eso?_ le pregunté con intriga.

_ Una naranja representa amor. ¿Nunca escuchó el término “media naranja”? Todos somos una “media naranja” en la búsqueda de nuestra otra mitad. Cuando las partes se juntan y forman una naranja entera nace el amor. ¿Acaso usted va a hacer jugo con ellas?

_Si_ le conteste pensativo ante la analogía que acababa de escuchar.

_Es una lástima_ me dijo con tono triste_ las naranjas habría que dejarlas tal cual son porque enteras representan algo bello, único, irremplazable, irrepetible. Tiempo atrás tuve la fortuna de pertenecer a una naranja entera y déjeme decirlo que nunca fui tan feliz en mi vida. Ahora sólo soy una media naranja cuya cascara envejece y su jugo se seca, pero siempre podré decir que alguna vez fui una naranja. Como ya le dije antes, me da tristeza ver naranjas buscando unirse a la fuerza con pomelos o limones, cuando sus naturalezas son distintas. Su unión, al ser forzada, no trae más que miserias.

_Es cierto lo que usted dice_ le dije sorprendido por la magnitud de su comentario. Era un loco pensante y sus palabras comenzaban a atraparme.

_ Necesito también un kilo de mandarinas_ le dije antes que me pregunte si deseaba algo.

Mientras caminábamos al sector de las mandarinas me preguntaba si el anciano tendría su filosofía para esa fruta también. Pero esta vez se limitó a juntarlas sin emitir una palabra.

Me puse inquieto. Quería escuchar más.

_ ¿Y de las mandarinas que opina?_ Pregunté sintiéndome estúpido.

Él sonrió y se tomó algunos segundos para formular su respuesta.

_ La mandarina es el pueblo. ¿Alguna vez intentó comerse una mandarina de un solo bocado? Lo dudo mucho. Se debe separarla en gajos para poder comerla. Con el pueblo sucede lo mismo: es necesario dividirlo para vencerlo. La mandarina entera, así como el pueblo unido, no puede ser comida por nadie.

Admito que a partir de esa declaración quedé impresionado con el anciano.

_ ¿Desea algo más?_ Me dijo mientras dejaba las bolsas con manzanas, naranjas, mandarinas y bananas en un costado.

_ Si. Deme cinco cebollas por favor.

_ Tenga cuidado con las cebollas que deambulan por ahí_ Me dijo mientras recogía las que mejor aspecto tenían.

_ ¿A qué se refiere?

_ Son ofensivas… Necesitan ayuda.

Estaba vez yo estaba aturdido. No entendía qué era lo que quería decirme.

_ No le entiendo_ Le dije confundido

_ No se preocupe, estas cebollas son inofensivas. Hablo de las que deambulan por la vida. Son reacias a que se las conozca en profundidad, por eso, cuando uno les va quitando sus capas y descubre su interior, estas insultan y gritan barbaridades produciendo llanto en el otro. ¡Cuídese de las cebollas! Estas viven tan disgustadas con ellas mismas que son gruñonas con el resto. ¡Nunca dejen que lo hagan llorar!

Ese hombre era un pensante que con sus palabras había forzado la reflexión en mí. En aquel momento entendí que tan prejuiciosa había sido mi madre.

_ Lo último que voy a pedirle es un buen racimo de uvas_ Le dije revisando una vez más el papelito en mi bolsillo.

_ ¿Este le parece bien?_ Me dijo el anciano mostrándome un racimo grande.

_ ¡Perfecto!

Mientras colocaba las uvas en una bolsita de plástico me miró dispuesto a darme su último discurso.

_ Las uvas son como las personas distintas, los valientes y los positivos: ya en sí son bocado de reyes, pero lo que las distingue es que aún siendo pisoteadas por pies envidiosos o sedientos de poder, ellas todavía son capaces de elaborar vino, bebida vigente hace siglos. Las uvas representan al que no se rinde, a los que tumbados se levantan para crear algo mejor.

Supongo que mi cara en ese momento le sirvió como respuesta, ya que el anciano sonrió y se volvió a recoger las bolsas que habría de llevarme a mi casa.

Luego de pagarle me dirigí hacia la salida muy pensativo, pero rápidamente giré y le pregunte al anciano la interrogante que circulaba por mi cabeza

_ Y usted, ¿qué vegetal es?

_ ¿Yo?_ dijo sonriente_ yo soy un brócoli.

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8 comentarios - Filosofía de un verdulero

@darioz17 +2
POR QUE UN BROCOLI?
@Lionelmessi24 +2
Mi idea era que el lector mismo se imagine la respuesta.... quedará a tu criterio mi amigo.
@Reg23 +2
Muy buen relato. ¿Es suyo? Lo felicito, le dejo unos 10 puntos.
@Lionelmessi24 +2
Así es.. tengo varios textos más.. mi sueño es volverme escritor y aprovecho para compartir cuentos cortos...

muchísimas gracias por los puntos y las felicitaciones, un abrazo!
@Reg23 +2
@Lionelmessi24 Entonces mucha suerte, si se anima publíquelos, compártalos. Hace rato que en taringa no se ve inteligencia colectiva.
@Lionelmessi24 +2
@Reg23 Sepa que desde ya sus palabras incentivan a que me esmere más.. soy jóven apenas tengo 21 años, el tiempo dirá como son las cosas...

igualmente muchísimas gracias, ya que usted no tiene porque elogiar lo que hago y simplemente lo hace, a pesar de no saber quien soy...

un abrazo, compañero!
@darioz17 +2
LA VERDAD QUE ME GUSTO MUCHO EL TEXTO PERO NO ME CRIE COMIENDO VERDURAS Y NUNCA PROBE UN BROCOLI VOY A BUCAR EN INTERNET A VER SUS CARACTERISTICAS Y ANALIZAR LO QUE LEI A VER COMO ES EL VERDULERO TE DOY DIEZ PUNTOS POR QUE ME VAS A HACER PENSAR Y POR QUE DISFRUTE LA HISTORIA
@Lionelmessi24
Bueno, es la idea! me encanta dejar pensando a los lectores... si no se le ocurre le puedo decir cuál fue mi idea al poner brocoli, pero me encantaría que usted se lo imagine...

Si le interesa lo que leyó le comento(como ya lo hice con reg23) que tengo otros escritos en mi cuenta... es bienvenido a leerlos y darme una crítica ya que de ellas me alimento

los escitros que mejores críticas tuvieron (que tengo como posts) son: Te amo, te extrñao te olvido - Un final feliz y carta abierta a l
@Lionelmessi24
* Carta abierta a la sociedad
@Nirvanero89 +1
Muy bueno! siga escribiendo y deleitandonos.
@Lionelmessi24
Muchísimas gracias señor, para usted son simples palabras pero a mi me llenan de orgullo
@Luke_ +1
Sencillo y bonito
@johas22 +1
yo soy una cebollita loca
@Lionelmessi24 +1
jajajaja tal cual,
@johas22 +1
@Lionelmessi24 capita a capita vas llegando al nucleo de mi almita sexy
@Capaspi +1
muy bueno, gracias por compartirlo Filosofía de un verdulero
@Lionelmessi24 +1
Gracias a vos por comentar y pasar a leer!