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Cuento propio: El desconocido caso de Juan Leopoldo Flores..

Sean todos bienvenidos a mi post. En esta edición, les voy a mostrar un cuento de fútbol escrito por mí. Está dividido en capítulos, que marcaré por párrafos en este post.
Me gusta mucho escribir y me gusta mucho el fútbol, por lo que intenté buscar una combinación perfecta para hacer algo que me guste.
Basta de preámbulos y espero que les guste.
Acepto críticas.



El desconocido caso de Juan Leopoldo Flores Torteño



Son muchos, demasiados, los casos de jugadores, eventos, equipos y demás, que han quedado en la memoria. Pero solo en la memoria de quienes lo vivieron, porque es imposible comprobar si ese hecho, ese personaje, realmente existió. Ni hablar si nos referimos a algo que ocurrió hace muchos años, donde la tecnología no ayudaba a archivar demasiadas cosas, ni a que los distintos pueblos estén comunicados constantemente.
Por una parte es una lástima que esto no ocurra. Estoy más que seguro que han ocurrido tantas cosas que ni siquiera se nos cruzan por la cabeza, que hubieran valido la pena ver, vivir, saber que existieron. ¿Y si hubo un equipo que fue el mejor de mundo y del que nadie se enteró? ¿Y si nadie sabe del partido más largo del mundo, o el que más goles tuvo? ¿Y si es de nulo conocimiento aquel entrenador que no perdió ningún partido durante su carrera? Lamentable. Lamentable no haber conocido figuras que alimentaron de glorias a nuestro fútbol, y que hoy se esconden detrás del muro del olvido, aguardando que un día alguien haga memoria, y cuente sobre ellos
Pero también tiene su lado bueno. Tiene su mística, tiene su esencia, tiene lo suyo. Tiene algo que nos hace decir "¿realmente ocurrió?" Tiene algo. Tiene algo que nos hace divagar constantemente sobre ese hecho o personaje. Tiene algo que nos inyecta una dosis infinita de intriga, y nos sentimos casi obligados a investigar, a repensar, a intentar descubrir si eso fue verdad, fue mentira, o si simplemente fue, cuando solo nos podríamos quedar con el hermoso cuento que nos han relatado.
Repito como dije antes: para mí, algo de esto ocurrió. Y no lo digo así porque sí, no lo digo sin ningún tipo de respaldo ni para poder ganarme unos inútiles segundos de fama, sino que lo digo porque estoy seguro, por lo menos de uno. Existió alguien, del que ninguno de ustedes escuchó hablar antes, existió alguien que llevó una vida envidiable, llena de glorias, hazañas, pero que vinieron luego de una historia llena de pena, hambre y dolor. Es una historia como ninguna otra, es de esas historias que nos obligan a imaginárnoslas en la cabeza, que nos atrapan. Es simplemente, una historia única.
Sé que existió, porque la viví. Sé que existió, porque él me lo contó. Y esta es la primera vez que se las voy a contar, señores. Está en ustedes si creerme o no, yo conozco que estoy contando la verdad y nada más que la verdad.
Esta es la historia, queridos lectores, de Juan Leopoldo Flores Torteño.



Ya basta de preámbulos, comenzamos definitivamente con la historia de Juan Leopoldo Flores Torteño, mejor dicho su desconocida historia, la que nadie sabe, hasta ahora.
Juan Leopoldo Flores Torteño llegó al mundo un 9 de octubre (no se sabe bien en qué fecha, pues se perdieron los papeles de nacimiento originales) en la localidad de Tolhuin, a 111 kilómetros Ushuaia, capital de la provincia de Tierra del Fuego, Islas Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Solo por coincidencia, el día de nacimiento de nuestro personaje coincide con la fecha de fundación de su localidad.
A los 2 años, cuando manejaba perfectamente el tema motriz, agarró su primera pelota. Tomó un ovillo de lana con el que su gato Pelusa jugaba siempre. Lo pateó y lo pateó, dentro de toda la casa. La madre lo retaba, por su puesto, pero el niño recorría todo su hogar con el ovillo en los pies, ante la vagancia de agacharse tal vez, sin saber que ese simple hecho, lo haría alguien en la vida.
Y así pasaron los días, las semanas, los meses. Su diversión evolucionó: de patear ovillos de lana, pasó a jugar con medias envueltas, ropa amontonada, o cualquier cosa que tenga una forma semejante a una esfera. Era increíble como el niño pasaba casi la mitad de su día entreteniéndose con su "juguete", hasta dormía con este entre los brazos, aferrado completamente al "balón", como estaría durante toda su vida.
Juan Leopoldo Flores Torteño, nunca recibió el típico reto de padre futbolero, el que le indica a su hijo que no se juega con las manos, sino con los pies, él siempre, desde un principio, usaba sus miembros inferiores para trasladar su juguete.
A sus padres ya comenzó a llamarles la atención cuando el chico, a escondidas, comenzó a llevarse el ovillito de lana al jardín, ya que sus superiores no lo dejaban. Comenzó a recibir retos de las maestras jardineras, que indicaban que el pibe no prestaba atención, no jugaba como otros chicos, no pintaba con las manos, no cantaba, no desayunaba, no aprendía los números, ni los colores, ni los nombres de los animales, simplemente jugaba con el ovillito, ese era su mundo.
El padre, ya sin poder esquivar al realidad, lo inscribió en un equipo de fútbol de su localidad. De nombre fácil y casi obvio: Deportivo Tolhuin. Arrancó allí a los 4 años, sin posición, como todos en el Baby fútbol. El chico estaba a la tarde noche en el club, y durante el resto del día en su casa, siempre con algo redondo en los pies.
Ya a los 6 años, cuando comenzó el primario y lo dejaban salir a jugar afuera, las cosas cambiaron. En la escuela no le permitían jugar más, y cuando salía afuera, sus amigos no lo acompañaban en esto del fóbal. Entonces, a Juan Leopoldo Flores Torteño, solo le quedaba jugar en el club, unas escasas tres horas semanales.
A todo chico de esa edad le fascina festejar su aniversario de nacimiento, pero a este no. Como la fecha de su cumpleaños era la misma que la del aniversario de su pueblo, Juan Leopoldo Flores Torteño se inscribía en los torneos de Baby, con motivo de festejar el cumpleaños del pueblo que lo vio nacer, y dejaba de lado la fiesta en su casa con gorros, sorpresas y piñatas.
Y así siguió hasta los diez años, donde su visión del mundo cambió, quedó en claro qué quería hacer y ser, y se abocó totalmente a lo que luego le daría sentido a su vida, de una manera no tan correcta tal vez, pero en fin, se abocó.



Como ya sabemos, Juan Leopoldo Flores Torteño pasó sus primeros diez años de vida con la compañía de una pelota en los pies, o de algo que se le parezca. El ovillo de lana, medias, cualquier cosa, en cualquier lugar, siempre.
Por la edad, dejó de jugar al Baby fútbol y entró a las divisiones inferiores de Deportivo Tolhuin, afianzándose como centrocampista, el conocido número cinco, o centrojás en las viejas épocas. Era de robar cualquier pelota que se cruce, sin importarle la cara del rival, o con la potencia que este venga, y tenía una cualidad particular para su posición: iba mucho al ataque, pelota que robaba terminaba siendo pelota en ofensiva. A él le gustaba tocar, meterse en el área, pegarle de afuera o entrar tocando, pero le gustaba llegar, hacer goles, oler gol, le gustaba el área contraria.
Y un día llegó la mala noticia: el padre obtuvo trabajo en Ushuaia, capital de la provincia, y debieron ir a vivir allí. La cantidad de chicos jugando era mucho mayor, y por ende, las oportunidades eran menos. Se inscribió en el club más popular de la ciudad en aquel entonces, del cual no hay registro siquiera del nombre. Comenzó a ir a entrenar y no se sentía cómodo en el grupo, constantemente lo cargaban por ser nuevo, por venir de un pueblo chico, no lo hacían sentir cómodo. No concentró durante los primeros partidos y fue a hablarle al DT, le preguntó por qué no lo ponía, y este le respondió: "Te vas mucho al ataque, si querés jugar te vamos a poner de defensor, de central, así no te vas tanto, pibe". Juan Leopoldo Flores Torteño no tuvo otra que aceptar, él quería jugar.
Y así fue como empezó a calentar el banco, hasta que un día le llegó la suerte. El seis del equipo, el alma de equipo, se lesionó, y en el banco solo quedaba él, solo quedaba Juan Leopoldo Flores Torteño. Debutó en un partido que iba empatado, y el punto hacía falta para no perder la punta, nada más y nada menos que ante el segundo, el campeonato estaba asegurado con el empate. Pero a él no le importó nada, él no abandonó sus principios e hizo lo que más le gusta, fue al ataque, constantemente.
Él técnico gritaba desaforado, sus compañeros lo insultaban, y los contrarios lo alentaban. Era una locura lo que este pibe estaba haciendo, en su primer partido encima, poner en riesgo el campeonato luego de cinco años sin conseguir un título.
Faltaban 20 minutos para que todo termine, y el partido estaba controlado, pero este loco del ataque se la jugaba. Cada vez que la pelota estaba en control de su equipo, él la pedía, iba para adelante, se colocaba en posiciones ofensivas y dejaba un hueco en la defensa que era el camino perfecto hacia el fracaso.
Juan Leopoldo Flores Torteño agarró la pelota después de un saque de arco corto, la abrió, la jugada siguió por izquierda, él corrió por la mitad de la cancha, él DT le dijo que baje, y recibió un insulto por lo bajo, Juan Leopoldo Flores Torteño recibe la bocha en el círculo central, tira un pelotazo cruzado para la derecha , perfecto, su compañero se abre, tira el centro, hay un despeje, Juan Leopoldo Flores Torteño la agarra, amaga a rematar al arco, y pasan dos defensores de largo, engancha y pasa el tercero, solo, frente al arquero, la clava a un costadito, la pelota entra despacio, pidiendo permiso, caminando, casi en puntitas, pero entra justo en la esquina, acompañada de suspenso, y seguida por múltiples abrazos para Juan Leopoldo Flores Torteño, bocinazos y gritos desaforados de gol.
El partido termina, su equipo es campeón, gracias a su gol, que aseguró la victoria. Debut, gol y campeonato. En la cena postpartido, el DT se le acerca y le dice: "Disculpá por los insultos. Vos no sos defensor central, sos un enganche bastante retrasado, vas a llegar lejos".




Luego de haber escuchado esas palabras del DT, Juan Leopoldo Flores Torteño se fue a su casa, sin pensar en lo que su técnico le había dicho.
Y así siguieron los partidos. En la próxima temporada, el club ganó los dos campeonatos que disputó y nuestro personaje seguía convirtiendo, con un promedio de gol de 0,5. Y siendo defensor, o enganche retrasado.
La carrera de Juan Leopoldo Flores Torteño creció: luego de verlo en un partido ante Deportivo Sureño, dirigentes de Flandria fueron a su casa, le mostraron un contrato y le ofrecieron pensión, por un año, a prueba. La decisión fue difícil, viajar 3.000km. y arriesgarse a tener que volver en un año. Pero se fue, se fue a Flandria, a disputar la B Metropolitana y a ganarse el ascenso.
Cuando llegó a la pensión no lo podía creer: cenaba y almorzaba como Dios manda, entrenaba en doble turno, tenía su pilcha, tenía días libres, recorría el centro, admiraba la inmensidad porteña. Era otra vida, él era otro hombre.
Con sus 18 años fue nombrado como el nuevo del grupo. No fue al banco los primeros cinco partidos y el equipo no venía para nada bien. Estaba en zona de promoción. Juan Leopoldo Flores Torteño no había participado nunca de una práctica de fútbol, solo físico y algunos toques con pelota, nunca lo pararon en un once. Un día, el DT los reunió a todos y comentó que las cosas tenían que cambiar, había que empezar a jugar y a ganar. Por eso, armó varios partidos durante la semana con absolutamente todos los jugadores del plantel, para ver quién podía cambiarle la cara a Flandria. Cuando llegó el turno de nuestro protagonista, este, ante la pregunta del DT sobre cuál era su puesto, respondió: "enganche bastante retrasado". Ante las risas de sus compañeros y una mínima carcajada del entrenador, este le dijo: "Mirá, pibe, no estamos para chistes, andá a la cancha y parate donde quieras".
Entonces, Juan Leopoldo Flores Torteño se ubicó en el fondo, y el entrenador no entendía absolutamente nada. El partido comenzó y el oriundo de Tierra del Fuego no tocaba una, no podía despejar y la pelota no le llegaba. Terminó el primer tiempo de la práctica y el DT mencionaba los cambios, observó a Juan Leopoldo Flores Torteño y negó con la cabeza, como dándole otra oportunidad.
Segundo tiempo en marcha y la verdad quedó plasmada: Juan Leopoldo Flores Torteño agarra una pelota y avanza desde el área propia, tira cuatro paredes hasta llegar al área rival y clava un derechazo con clase al ángulo. Nadie lo podía creer, las bocas abiertas se multiplicaban y Juan Leopoldo Flores Torteño volvía al círculo central, o a la medialuna, con la cabeza en alto y postura firme.
Se juega la pelota y minutos más tarde, el personaje principal vuelve a cazar otro balón, ve al arquero adelantado y mete un zapatazo de sesenta metros para sumar otro en la cuenta personal. Increíble.
Y hubo un tercero: dos paredes, con participación de algunos terceros, y tras recibir un pase en profundidad, Juan Leopoldo Flores Torteño convierte desde adentro del área, para sumarle a sus dos asistencias previas, el tercer tanto.
Ni se imaginaba que su buena actuación en las prácticas lo llevarían al éxito.



Las prácticas para Juan Leopoldo Flores Torteño fueron un éxito. Allí desplegó, ante la asombrosa mirada del técnico por su posición de "enganche" en zona defensiva, todo su potencial creativo. Habilidad, técnica, determinación, goles y habilitaciones lo llevaron a la lista de concentrados del próximo partido, el antepenúltimo de la primera rueda, para salvarse del promedio.
En los dos primeros partidos, nuestro protagonista marcó solo un gol, no hizo ninguna asistencia y no tuvo un buen desempeño ofensivo. En cuanto a la defensa, el número cinco del equipo había arreglado con él para realizar los relevos, y en ese aspecto no había problema.
En el segundo la historia cambió: Juan Leopoldo Flores Torteño salió a la cancha dos días después de fallecimiento de su primo, con toda la rabia y bronca comprimida, a comerse la cancha. No jugó para nada sucio, iba fuerte, demasiado, pero de manera lícita. Corría todas, las peleaba, y jugaba de manera inteligente. Su equipo se fue al segundo tiempo perdiendo por 2-1, con una asistencia suya.
En el segundo tiempo cambiarían completamente las cosas, luego de un beso de Juan Leopoldo Flores Torteño a una foto de su primo, ya no existente de manera física, y de un llanto lleno de tristeza. Jugó de la misma manera que había jugado en el primer tiempo, pero ahora el equipo colaboró.
Inmediatamente hubo un tiro libre a favor de Flandria al bordecito del área. ¿Quién agarró la pelota? Sí, el fueguino. ¿Y qué pasó? Sí, pasa rosando la barrera y se clava en el ángulo opuesto al de arquero, con este último volando para la foto.
El partido ya era otro, Flandria debía ganar sí o sí para empezar el segundo semestre de la temporada pensando en grande, ya que en la tabla de posiciones ocupaba la mitad de tabla, pero campañas anteriores lo condicionaron a luchar en la tabla que nadie quiere mirar.
El partido siguió: un despeje de Juan Leopoldo Flores Torteño termina en una burrada de un contrario y un lateral para Flandria, que el número 9 hace rápido y, tras una sucesión de pases cortos, llega el gol que pone a Flandria arriba en el marcador, por 3-2.
Todo parecía encaminarse a una victoria clara y a un cambio de pensamiento, pero la realidad fue adversa. Un penal inútil cometido por nuestro personaje le regaló un penal al rival, que llevó al posterior gol y al empate. Juan Leopoldo Flores Torteño quería matarse, tanto que costó remontar el encuentro, para que por una falta boluda todo se vaya por las alcantarillas.
El partido parecía clavarse en un apasionante 3-3. Apasionante para los neutrales, claro está.
La esperanza llegó. Una asistencia de Juan Leopoldo Flores Torteño al minuto 94' y una posterior falta, le dieron a Flandria un penal sobre el último minuto, ya que era cinco los minutos agregados.
Juan Leopoldo Flores Torteño no se hace cargo, no quiere más papelones, y se ubica en el borde del área a presenciar el acto. El que se hace cargo es el arquero, quien carga mucha potencia en su pierna derecha, como para asegurarla al medio. El uno toma carrera, dispara con una potencia inesperada, por la poca velocidad que la pelota toma, y le permite al arquero contrario atajar el remate. Pero algún salvador tiene que haber en toda historia, y en este caso es Juan Leopoldo Flores Torteño. Nuestro protagonista apareció de la nada, corriendo como liebre en el campo, aprovechó el rebote y la metió despacito, con arco vacío. La euforia y la alegría protagonizaron el momento, las lágrimas las decoraron, y el recuerdo de un familiar lo hicieron perfecto.
Quedaba un minuto, en el que una pelota a media altura le llega a Juan Leopoldo Flores Torteño y este la revienta como los rústicos para alejar todo peligro. Luego terminó el partido. Fin de temporada, fin del miedo, comienzo de lo bueno.
Ese día, Juan Leopoldo Flores Torteño viajó a Tolhuin, con un pasaje pago por el club y con la ayuda económica de otros jugadores, fue derecho al cementerio, ya que no había podido asistir al velorio, y se quedó toda la noche allí, frente a la tumba de su primo, agradeciéndole por haberle enseñado a buscar el rebote en los penales quedándose en el borde del área, a ser perseverante, tanto en el fútbol como en la vida.



El segundo semestre de la temporada comenzaba y Flandria dejaba de lado el tema de los promedios gracias a la victoria en su último encuentro.
Las fechas pasaban y el equipo de Juan Leopoldo Flores Torteño sumaba, silencioso, avanzaba en la tabla de posiciones, y a cinco fechas del final llegó a estar en la quinta posición, a solo una posición de los puestos de promoción y poder así lograr el tan ansiado ascenso.
Juan Leopoldo Flores Torteño era goleador del equipo con 11 tantos, pero no del torneo, estaba lejos, pero eso no le importaba. Él era la clave del equipo, era el que lo hacía jugar. Es tan así que cuando estuvo dos semanas afuera por un esguince producto de una lesión tonta, el equipo no convirtió goles, dejando seis puntos importatísimos en el camino.
Y el equipo seguía ganando, Juan Leopoldo Flores Torteño seguía metiendo goles y asistencias y el clima que se vivía en el club de Flandria era fantástico. Los puestos de privilegio eran del club y nadie les podía sacar la alegría que tenían, nadie les quita lo bailado.
Y así fue como llegó a la última fecha y gracias a un empate sin goles, Flandria se aseguró el tercer puesto y, así, disputar la promoción, de ida y vuelta, para lograr el ascenso.
Pero no todo iría bien para Juan Leopoldo Flores Torteño. La misma noche en la que se logró la promoción, recibe un llamado telefónico de alguien que decía ser dirigente. El mismo decía ser un hombre importante en la dirigencia de Acassuso, club del que nuestro personaje siempre fue hincha, pero nunca lo había podido ver por televisión, escuchar por radio, ni visitar la cancha. El tipo de otro lado del teléfono le decía que las cosas en el club estaban complicadas, que en un par de días jugaban la promoción para no descender y lo querían como sea para jugar esos dos encuentros, ya que habían escuchado que la rompía en Flandria.
A Juan Leopoldo Flores Torteño se le cruzó el sentimiento junto con la chance de ascender, no le cerraba la idea de un préstamo por dos partidos, pero luego de averiguar, entendió que se podía.
Luego de tantas idas y vueltas, el sentimiento por el club le terminó ganando y se fue a Acassuso, por dos partidos, a salvarlo del descenso.
En esos dos partidos, Juan Leopoldo Flores Torteño no fue figura. Es más, como el enganche de ellos era más que bueno, lo mandaron de 5 y no lo dejaban subir demasiado. Solamente logró un gol de córner en el partido de ida para empatar el partido, con besito al escudo. En la vuelta el equipo ganó, con una regular labor defensiva de Juan Leopoldo Flores Torteño y su equipo del alma pudo mantener la categoría, la cancha explotaba.
Cuando Juan Leopoldo Flores Torteño quiso volver a Flandria luego del préstamo, se enteró que el equipo no había ascendido, no había marcado goles, fueron dos empates sin goles y la categoría le jugó en contra. Dirigencia, hinchada, prensa y compañeros estaban furiosos con él. El contrato no se le renovó, sino que se lo rescindieron, le pagaron lo que le debían y lo dejaron sin club, todo por el amor a una camiseta.
¿Jugaría a favor o en contra esto en su futuro? Todo depende de dónde se lo mire.



Con la vuelta a Flandria negada y la salvación de Acasusso del descenso culminada, Juan Leopoldo Flores Torteño firmó con el club de sus amores por una temporada, con un sueldo mínimo, solo para poder vivir.
Su moral no estaba en lo más alto y no se llevaba bien con su familia, por lo que su rendimiento dejaba mucho que desear.
En Acasusso fue suplente todos los partidos, entrando en algunos en el segundo tiempo. Solo fue titular en tres de los 19 partidos, haciendo solo una asistencia, y de casualidad.
Tenía la cabeza en otra cosa, el tema de Flandria lo había afectado muchísimo y no veía la hora de que llegara el fin del semestre para buscar otro destino.
Y así fue, Juan Leopoldo Flores Torteño esperó a que el semestre culmine, fue a las oficinas del club, dialogó con el presidente y abandonó la institución. Saló del mismo, y tenía toda la ciudad de frente. Se fue hasta pleno centro de la Ciudad de Buenos Aires y se tomó el subte sin conocer demasiado. Quería ir por ahí a ver un partido de fútbol, cualquiera, cuando el destino lo sorprendió.
Un hombre de saco, que subió al subte con cara de recién levantado y con un maletín en mano, abrió los ojos a más no poder al divisar a Juan Leopoldo Flores Torteño . Le empezó a contar lo que sentía por él de manera a alocada. Lo conocía de su paso por Flandria, le agradecía mucho haber llevado al equipo a la promoción y no le reprochaba para nada la ida a Acassusso, sino todo lo contrario: lo entendía como hincha.
Nuestro personaje no entendía mucho y no tuvo más que agradecer. Le contó que estaba sin club y, luego de una extensa charla luego de bajarse del subte, arreglaron para ir a comer a un restaurant en dos días, ya que se agradaban mutuamente.
En la cena, Juan Leopoldo Flores Torteño vio que el hombre venía de saco y con el maletín de nuevo. Le llamó la atención eso y el lenguaje avanzado que usaba el señor. Él no comentaba mucho de su trabajo, hasta que a nuestro personaje la duda lo atacó con todo y no tuvo más que preguntar cuál era su trabajo.
Él hombre miró alrededor, se acercó al fueguino y le susurró: "Trabajo en la dirigencia de All Boys, coordino las inferiores". Para ese momento, el Albo militaba el Nacional B. Luego, el hombre de nombre Mauricio, le comentó que sabía de lo que nuestro personaje era posible, y que le interesaba llevarlo a la reserva del club de Floresta, para que no esté sin trabajo y para el bien de la institución.
Juan Leopoldo Flores Torteño le comentó que venía de un año malo y no le prometía nada, pero como Mauricio insistía, no tuvo más que aceptar: Ese "sí", lo llevaría alto entre las posibilidades.



La llegada de Juan Leopoldo Flores Torteño a All Boys ya era todo un hecho. Luego de una reunión imprevista en un restaurant con un dirigente del Albo, nuestro personaje aceptó irse al club de Floresta, en la B Nacional por aquel entonces, a pesar de su período de inactividad para demostrar de qué estaba hecho.
La pretemporada fue igual que todas. No hubo ningún suceso raro en ella y Juan Lepoldo Flores Torteño se llevaba bien con sus compañeros, solo amistades de trabajo.
Por ser nuevo, comenzó los primeros partidos en el banco. El equipo mantenía una regularidad que lo dejaba entre las cinco primeras posiciones.
Juan Leopoldo Flores Torteño comenzó a entrar en los segundos tiempos. No jugó de central, sino que de número cinco. Nuestro protagonista se dio el gustito de marcar un par de goles y de hacer una que otra asistencia.
Terminó el primer semestre y All Boys era una de las sorpresas del campeonato. Ocupaba la sexta posición y Juan Lepoldo Flores Torteño jugó los últimos partidos de titular, siendo el tercer goleador del equipo y el segundo máximo asistidor.
Juan Leopoldo Flores Torteño no pensaba en otra cosa que no fuera convertirse en un hombre importante en All Boys y tener algún logro aparte del sentimental que tuvo en Acasusso.
Entrenaba en triple turno, se quedaba pateando después de hora, y era buen compañero, hacía todo lo posible para ser algo más de lo que era.
Y así fue como comenzó el segundo semestre, el último de la temporada, con el objetivo más que claro.
Al Albo los partidos no se le hacían fáciles. Terminaba superando al rival, por posesión de pelota, ya sea en calidad y cantidad. Era sólido en defensa y efectivo en ataque. No goleaba, pero ganaba.
Y Juan Leopoldo Flores Torteño encajaba casi a la perfección en ese sistema. Con un par de apariciones por partido, hacia que All Boys se llevara los tres puntos en la mayoría de los partidos.
Las últimas fechas llegaban y el Albo intercalaba entre puestos de ascenso y promoción. La promoción era algo que nuestro personaje quería obviar totalmente. Una la alcanzó y no la pudo jugar, y otra la jugó y la ganó. Pero el sufrimiento sentido en esos momentos era indescriptible.
Y así fue como los de Floresta llegaron a la última fecha ante Tigre, quien también militaba en la Segunda categoría del fútbol argentino en aquel entonces, con chances de ser segundo y ascender directamente. Con el equipo que luchaba por ese puesto era justamente el Matador de Victoria. El destino los juntó en una especia de final que sería inolvidable.
Era un partido que estaba igualado 2-2, alterándose el ganador en el marcador en dos oportunidades.
Cerca del final, Juan Leopoldo Flores Torteño siente un tirón. El equipo no tenía más cambios, por lo que deciden que un mediocampista se retrase y que nuestro personaje se clave de nueve de área, por lo menos para molestar.
Y le llega una pelota a Juan Leopoldo Flores Torteño, se acomoda y le pega con la derecha, la pierna que no había sufrido la lesión, pero la pelota se va alta.
Un córner llega y el oriundo de Tolhuin se ilusiona, pero el cabezazo que ejecuta se va directo a las manos del arquero.
La tercera es la vencida, dice el dicho. Y acá tiene razón. Juan Leopoldo Flores Torteño se pone un rato en la piel de un goleador y, medio cojo, sale del offside, levanta la mano y le llega la pelota en el área grande. Remata con fuerza y el arquero se tira para donde va la pelota, o para donde iba, mejor dicho, ya que Juan Leopoldo Flores Torteño le pifia y el balón toma un efecto raro, sale para otro lado y el arquero no tiene chances. La bocha se clava al ladito del palo derecho, gol, victoria sobre la hora y ascenso directo para All Boys, que tuvo a un Juan Leopoldo Flores Torteño clave hasta el último minuto y querido por todos.



Juan Leopoldo Flores Torteño estaba lleno de felicidad por haber conseguido el ascenso con All Boys, pero algo ocurrió.
El tirón que había tenido en la pierna durante la última fecha de cara al ascenso, se terminó transformando en un desgarro más que grave, por el esfuerzo realizado en el partido, y estaría de cuatro a seis meses sin jugar.
Al Albo esto no le servía, por lo que decidió rescindirle el contrato al jugador pagándole lo debido.
Juan Leopoldo Flores Torteño no podía jugar en Primera, siempre algo se lo impedía, y ahora estaría casi medio año alejado de las canchas.
Se volvió a Tolhuin, su ciudad natal, para pasar estos seis meses que serían casi inaguantables. Luego de un par de semanas, se empezó a entrenar solo, despacito, como para estar a punto a la hora de volver a jugar.
Y así pasaban los días, las semanas, los meses. Juan Leopoldo Flores Torteño estaba con su familia, con sus conocidos de siempre, contándoles un poco lo que había vivido en el fútbol, pero muy pocos le creían.
Un día, nuestro personaje no se sentía con ganas de ir a entrenarse, y decidió no ir. Se puso a ver televisión, a leer unos libros, a disfrutar más con los seres queridos, y se le cruzó algo impensado por la cabeza: el retiro. Con la plata justa y necesaria para vivir, una carrera ya hecha, una vida prácticamente a la mitad, y con la alegría de estar rodeado de sus seres queridos, esto no le parecía una mala idea.
Pasaron los primeros seis meses de la lesión y durante los últimos seis meses del año no hacía prácticamente nada si de esfuerzo físico hablamos, solo salir a correr unas dos veces por semanas, casi por necesidad.
Así fue como pasó las fiestas con su familia y todo estaba más que bien. Hasta que un día, la última oportunidad en el fútbol se le presentaría.
Deportivo Tolhuin, club en el que él había jugado cuando era chico, cumplía 84 años y el centro estaba colmado de gente, ya que este era un club familiar más que nada, por lo que las madres, niños, niñas y mayores abundaban en los festejos.
Juan Leopoldo Flores Torteño se sumó en la caravana hasta la sede del club, y su entrenador de Baby fútbol lo reconoció y se perdieron en un inmenso abrazo.
Luego de una charla común de amigos que pasan un tiempo sin verse, su exentrenador dijo, en broma, si no quería ponerse la camiseta del club y jugar aunque sea unos seis meses.
Juan Leopoldo Flores Torteño negó totalmente, pero luego terminó por pensarlo, le presentó su propuesta a su familia y no lo vieron con malos ojos, ya que quedaba cerca de casa y le permitían ir a entrenar solamente tres días a la semana, por su edad.
Deportivo Tolhuin jugaba el torneo del interior, y quería clasificarse al Argentino C, más allá de estar en mitad de tabla a mitad de temporada.
Así fue como Juan Leopoldo Flores Torteño se terminó de poner a punto físicamente, se calzó la pilcha del club y comenzó a entrenar en las instalaciones, contento de poder disfrutar del fútbol, la familia y los amigos.
Los días pasaron, el protagonista jugaba algunos partidos, y se notaba su larga trayectoria, aunque lo negativo era la edad. Metió algún que otro gol y asistencias.
Estaba feliz a más no poder, y se le sumó otro motivo de felicidad: posibilidades de ascenso en las últimas fechas, como pasó siempre en todos los clubes en los que jugó. ¿Será algo de él?



Con la casualidad o la causalidad de llevar a todos los equipos a zona de ascenso, Juan Leopoldo Flores Torteño llevó a Deportivo Tolhuin, club de su ciudad natal, a esos puestos privilegiados.
Era un pilar del equipo, Juan Leopoldo Flores Torteño era ese hombre que aportaba experiencia y generaba miedo en los demás.
A pocas fechas de final todo marchaba como lo planeado. Nuestro personaje era máximo asistidor y goleador y el equipo iba derechito al ascenso.
Los días pasaban y él disfrutaba de los entrenamientos, de los partidos, del cariño de la hinchada y, por supuesto, de su familia.
Hubo varios problemas en la Federación sobre el final del torneo, y los partidos no llegaban a disputarse y los árbitros no daban las planillas de los partidos completas o las mismas no llegaban a destino.
El torneo, por lo menos desde las oficinas, no llegó a finalizarse, pero los hinchas aseguraban que sí, como también los jugadores, y que Deportivo Tolhuin había ascendido primero dos fechas antes de terminar el campeonato.
Juan Leopoldo Flores Torteño también me lo aseguró. Dijo que hubo festejos en la ciudad, pero como llovía no mucha gente se sumó a la caravana.
Nunca nadie sabrá si fue verdad o no, si Juan Leopoldo Flores Torteño consiguió un ascenso.
Él dice que todo fue verdad, como también así su exitosa carrera -por lo menos para él-.
Su rara posición en la cancha, su cantidad de goles, sus asistencias, los equipos por los que pasó, los momentos que vivió, ascensos, descensos, partidos heroicos.
Nunca nadie sabrá absolutamente nada, yo solamente les cuento lo que él me contó. Él sabe absolutamente todo sobre su vida y su supuesta carrera. Papeles no existen, la historia es más que remota. Está en cada uno creer o no.
Es una historia única, como cada una en el mundo del fútbol. Este deporte magnífico da lugar para absolutamente todo lo que uno se pueda llegar a imaginar, como en este caso, para una historia que nunca nadie sabrá si sucedió.
Este fue, señores. el desconocido caso de Juan Leopoldo Flores Torteño.



Eso fue todo, espero que les haya gustado.
Este cuento y otros textos propios, están en mi blog. Si quieren la dirección, pídanmela por MP.
Muchas gracias a todos.

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