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La ciudad de los Césares

La ciudad de los Césares

La Ciudad de los Césares es una leyenda que persistió durante siglos y dio lugar a innumerables expediciones de los conquistadores.

En 1527, el navegante Sebastián Caboto, cuando arribó a las costas del Brasil, se encontró con tripulantes de la malograda expedición de Solís que le informaron sobre la existencia de un poderoso imperio. Cuando llegó al Río de la Plata estuvo con un tripulante de la expedición Solís que convivía con los indígenas que le ratificó la versión de la existencia de una ciudad con enormes riquezas.

En junio de 1527 Caboto fundó el fuerte Sancti Spiritu, en la desembocadura del Carcarañá. Desde allí ordenó al capitán Francisco César, hombre de su confianza, que remontara el río en busca de la famosa ciudad.

César partió en noviembre de 1528 con quince hombres y regresó dos meses más tarde sólo con siete. Trajo noticias de un lugar en el que había riquezas de oro, plata y piedras preciosas. No se ha podido precisar con certeza dónde llegó la expedición, algunos afirmaron que fueron las sierras de Córdoba, otros las de San Luis.

Lo concreto es que el lugar no fue encontrado y que desde entonces se convirtió en un mito que ha pasado a la historia como la Ciudad de los Césares, nombre atribuido por ser el capitán César quien encabezó su primera búsqueda.

La leyenda se fue difundiendo en todo nuestro territorio, en el Paraguay, en Chile y en el Perú, lo que tentó a muchos conquistadores a lanzarse a buscar las inmensas riquezas que poseía la ciudad.

Se decía que tenía calles muy largas, edificios de piedras, iglesias y que estaba protegida con una muralla con cañones. Además, que la habitaban aventureros perdidos, náufragos cuyas naves se habían hundido en el Estrecho de Magallanes, en las costas de la Patagonia y de Chile, delincuentes escapados de la horca, mujeres raptadas, antiguos incas huidos del Perú para no caer en manos de los españoles.

Había también piratas franceses e ingleses, misioneros, de los cuales nunca se había vuelto a hablar. Las inmensas riquezas que poseía la ciudad tenían su origen en los tesoros que habían trasladado los refugiados incas y los cofres de los piratas con sus monedas y joyas. Se decía que quienes entraban en la ciudad no morían jamás, otros que olvidaban su idioma y sólo recordaban el nombre del Papa y del Rey... En fin, todo lo que se decía siempre estaba adornado por una gran dosis de imaginación.

Todos coincidían en que la ciudad debía existir porque su gran difusión no podía ser sólo fruto de la imaginación, en especial la de los indígenas, pero había discrepancias en cuál era su ubicación. Dispares versiones la ubicaban en distintos lugares de gran parte de América del Sur, que tenían por extremo Cuzco al norte y el Estrecho de Magallanes al sur.

El territorio de nuestra provincia cumplió un papel importante en la frustrada búsqueda, que dejó como saldo positivo el conocimiento de tierras que posteriormente fueron pobladas.

Hernandarias y Cabrera fueron dos conquistadores que recorrieron estas tierras hechizados por el mito. El primero, entonces gobernador del Río de la Plata, partió de Buenos Aires con una numerosa expedición en noviembre de 1604. Por la descripción que hizo del viaje, puede suponerse que habría llegado al río Colorado, al que bautizó como Turbio y de allí alcanzó la isla de Choele Choel en el río Negro y seguramente hasta lo que es en la actualidad la ciudad de General Roca.

Fatigada la tripulación, especialmente por la aridez del terreno y por la hostilidad de los indios, sin descartar la existencia de la ciudad, decidieron regresar.

Jerónimo Luis de Cabrera, hijo del fundador de Córdoba, partió de esa ciudad rumbo a Mendoza en 1620, se internó en la precordillera y alcanzó el río Negro o tal vez las límpidas aguas del Limay, sin avanzar más allá. Un incendio, seguramente intencional, que afectó a las carretas los instó a volver.

El padre Mascardi creía ciegamente en la misteriosa ciudad. Distribuyó entre los indios cartas destinadas a los españoles establecidos al sur del lago Nahuel Huapi para que le dieran algún indicio sobre la existencia de la ciudad. Un día se le presentó un indio con una carta de un español que hablaba de un cacique llamado Molicurá; desilusionado, comprobó que no hacía referencia a ningún lugar poblado, sólo mencionaba la existencia de tribus dispersas en nuestro territorio.

Un padre llamado Menéndez, que habitaba en la zona del Nahuel Huapi, tuvo noticias que al final del río Negro había una ciudad con casas e iglesias con campanas. Hombres con calzones blancos que hacían pan y explicó cómo lo hacían. Agregó que el "cacique" de los españoles se llamaba Basilio. El misionero murió convencido de que los césares existían al final de aquel río. Así era, pero en vez de césares eran pobladores de Carmen de Patagones. El "cacique" Basilio se llamaba Basilio Villarino, conocido explorador del río Negro.

Los indios también le hicieron la misma historia a Villarino, quien con datos precisos no tardó en identificar a las "ciudades misteriosas" como San Juan y Mendoza. Es indudable que la historia de la Ciudad de los Césares fue un reflejo múltiple y alucinante de ciudades reales cuyos nombres los indios ignoraban.

No se tiene noticias en la historia de la humanidad de la existencia de una ciudad que haya generado un caudal de tantas fantasías, ni originado tantos movimientos de conquistas en busca de una población que nunca hubo.

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