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La importancia de no hacer nada

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La importancia de no hacer nada
Permitirse divagar es un lujo que hoy muy pocos se dan. Aunque se trata de sentarse a hacer nada y dejar que la mente vuele a su antojo, cada vez la gente le dedica menos tiempo, y los principales obstáculos parecen ser el exceso de trabajo, la vida acelerada y la sobrecarga de información.

Estudios recientes afirman que en un día normal la gente es bombardeada con información equivalente a 174 periódicos, cinco veces más que en 1986. Otro sondeo reveló que en promedio los empleados gastan más de la mitad de su semana laboral recibiendo datos irrelevantes. Las personas hoy trabajan horas extras porque la tecnología los conecta a sus asuntos pendientes por donde quiera que vayan. La gente vive bajo la consigna de no hay tiempo que perder.

Ese panorama de gente ocupada las 24 horas del día y los siete días de la semana inquieta a los psicólogos, porque cada vez más hay evidencia de la importancia de darle recreos a la mente. Cuando la gente la deja vagabundear, tal y como sucede en los ratos de ocio, esta se involucra en uno de los procesos más interesantes de la inteligencia: el de la creación. No tener ni un segundo para desengancharse estaría impidiendo a la gente generar ese tipo de procesos que son la base para el desarrollo personal y social.

Según Daniel Levitine, profesor de psicología de la Universidad de McGill, en Canadá, y autor del libro The Organized Mind, el cerebro no está capacitado para manejar tanta información y solo puede poner atención a una cosa a la vez. Con la sobrecarga de datos su foco debe saltar constantemente de un tema a otro y el resultado de esa intermitencia es una fatiga mental que no parece resolverse ni siquiera con muchas noches de sueño.

El experto explica que el cerebro tiene dos modos dominantes de atención: el positivo y el negativo. El primero se activa cuando el individuo se enfoca en una tarea y para ello evita todo tipo de distracciones. El negativo toma el mando cuando la mente está divagando. Las dos redes funcionan como un sube y baja: cuando el uno está activado, el otro está en reposo.

Los científicos aseguran que gracias al modo vagabundo del cerebro, y no al enfocado, la humanidad logró hitos como el fuego, las pirámides, la penicilina, el ADN y otras maravillas. En este estado de la mente, asegura Levitine, hay un flujo de información entre ideas y pensamientos no organizados que es responsable por los grandes y pequeños eurekas del ser humano. La gente lo vive a diario cuando hace algo que no requiere una atención enfocada y sostenida. “De repente aparece la respuesta a un problema”, dice Levine en un escrito suyo publicado en el New York Times.

La evidencia científica señala que el estado natural de la mente humana es la divagación y aun en ese modo nunca deja de trabajar, por lo que el ocio mental está lejos de ser el desierto cognitivo que muchos creían. Daniel Gilbert, psicólogo de la Universidad de Harvard, pudo comprobarlo luego de un experimento en el que constató que la mayoría pasa el 46 por ciento del día con su mente en el modo contemplativo.

En esos momentos, según el periodista científico Ferris Jabr, se dan los chispazos de creatividad. Pero además de eso, las pausas mentales sirven para afirmar la propia identidad, entender el comportamiento humano y generar códigos éticos. Es la oportunidad para comprender lo aprendido, consolidar los datos recientemente acumulados, memorizar la información más sobresaliente y repasar habilidades importantes, así como dejar que las tensiones que no han sido resueltas surjan a la superficie y la persona establezca cómo resolverlas.

Sin embargo, esos minutos para soñar despiertos cada vez son más escasos ante los nuevos estímulos tecnológicos. “Estos aparatos están diseñados para reemplazar nuestro tiempo libre con ‘contenido’ y distracción general. Cuando permitimos que esto pase, dejamos que las posibilidades de desarrollar un mundo interior o de pensar diferente a las multitudes digitales desaparezcan”, dice a SEMANA Michael Harris, autor de The end of Absence. En este libro, que toca tangencialmente este tema, Harris manifiesta que la sociedad actual se está moviendo hacia un tipo de pensamiento más superficial porque “si solo se alimenta con videos de Beyoncé, únicamente responderá a ese tipo de estímulos”.

Además de la tecnología, otro obstáculo es que el tiempo libre tiene una connotación negativa en la sociedad moderna. “El discurso dominante es que hay que estar ocupados, o al menos parecerlo, porque eso es visto como sinónimo de productividad”, dice María Claudia Peralta, directora de la maestría en psicología organizacional de la Universidad de la Sabana. Estas ideas se inculcan desde la niñez cuando los papás tratan de llenar el tiempo libre de sus hijos con actividades extracurriculares para que nunca se aburran. Seguramente ellos no saben que el tedio, según los científicos, es la ventana por la cual la mente sale a divagar y en lugar de cerrarla hay que dejarla bien abierta.

Tal vez por eso la gente se siente culpable cuando no hace nada. Recientemente, investigadores de las universidades de Harvard y Virginia, en Estados Unidos, encontraron que a la mayoría le genera incomodidad quedarse inmersa en sus propios pensamientos aun por un tiempo corto. Algunos prefirieron recibir electrochoques que quedarse solos echando globos con su mente. Al explicar a SEMANA ese resultado, Timothy Wilson, autor del trabajo, señaló que “es posible que al ser tecnologías de fácil acceso, la gente las prefiera a estar inmersa en sus propios pensamientos”.

Según Manfred Kets De Vries, autor de Doing nothing, poco a poco las compañías más importantes del mundo están aceptando la noción de hacer la pausa. Google, Facebook, Apple, Coca Cola, Ford y otras de la lista de 500 de la revista Fortune, han hecho alianzas con Energy Project, una empresa cuyo mantra es opuesto al de más horas más productividad. “Tienen como pilar de su trabajo la idea de tiempo de desconexión”, dice de Vries.

Levitin recomienda hacer siestas de diez minutos para evitar la fatiga cognitiva y partir la jornada de trabajo en períodos de 30 a 50 minutos. “El ‘email’ y las redes sociales se debe revisar a horas destinadas para ello”, dice. Agrega que es importante convencerse de que el concepto de multitareas es una falacia. El cerebro tiene un interruptor para pasar del sistema de atención enfocada al de la mente distraída. Cuando hay interferencias –timbres del celular, alarmas del computador, mensajes, etcétera.–, ese interruptor se activa y mientras más lo haga, más cansado estará el cerebro.

Nada mejor para inducir la mente a ese estado divagador que escuchar música o hacer una caminata por un parque. Algunos recomiendan tomar nota después de estos periodos de divagación para que las nuevas ideas no queden en el olvido. Las vacaciones, pero las completamente desconectadas de la tecnología y el trabajo, también son cruciales para darle un respiro a la mente.

Aunque muchos no lo vean, la simple idea de que los problemas necesitan tiempo libre para ser resueltos puede llevar a tener impacto en la sociedad. “Cada actualización del estado en Facebook, cada trino o mensaje electrónico compite por recursos en el cerebro con otros dilemas de la vida como dónde invertir sus ahorros o cómo reconciliarse con su mejor amigo”, dice Levitin. Después de todo, no fue precisamente enfocado y concentrado sino totalmente disperso en una bañera donde Arquímedes comprendió el principio de la flotación. Y fue en una tarde relajada en su jardín cuando Isaac Newton concibió la teoría de la gravitación universal, mientras que Paul McCartney compuso Yesterday en el misterioso mundo de sus sueños.

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