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El dictador


El dictador


EL DICTADOR

Rodolfo González Pacheco

El triunfo de este animal consiste en no permitir que se le discuta. Es, lo que es, por sus cabales. Barbariza porque puede, manda porque tiene fuerza, pega porque los otros son flojos. Y en esta zona moral, que oscila desde el matonismo raso hasta la imbecilidad cascabeleante, se identifican hermanos el dictador del soviet con el del gremio y el del imperio. Son cachorros de una misma lechigada.


Mas he aquí que donde un anarquista se alza hay siempre un dictador venido al suelo. Es matemático. Una palabra que diga, y el andamiaje de hierro se desarticula y cae. Por ello, instintivamente, a lo primero que atinan los dictadores es a que aquél les deje y se calle.


Pero esto no puede ser, compañeros. El mundo sube por horas hacia un plano de claridad y cultura. Todos queremos saber, explicarnos, ser conscientes. Los anarquistas no habían de quedar abajo en esta alzada de la vida hacia la luz. Y hablan, razonan, dan sus ideas también.


Sus ideas... ¡Cómo las temen algunos! Y el dictador más que nadie; se fortifica contra ellas hasta en la piel de los dientes, y no se da, ni con eso, por seguro. Y es valeroso y osado y fuerte, por lo común. Sería capaz de rendir un toro de un puñetazo, de atropellar un ejército con el pecho descubierto, de recoger en su pañuelo una bomba con la mecha ardiendo. Pero –¡por favor, caramba!– que no le vengan con cosas de discurrir o explicar. Es superior a todo su coraje eso.


Él es un tipo de acción, nacido para poner en orden cuanto hay revuelto. Por vaya a saber qué divinas sendas, a él le bajó la inspiración de organizar, y organiza. Y usted, en lugar de andar por ahí, charlando, lo que ha de hacer es entregarle la vida para que él se la arregle en dos patadas.


Por otra parte, ¿qué quieren?... ¿No lo ha dicho él ya mil veces?... Su mandato es transitorio: un sacrificio del que él es el primero en querer librarse. Pero, antes, dejen que triunfe la huelga, o la burguesía se doble, o el Estado se le entregue. Ya están al caer. ¡No le estorben!


Sin embargo, esto es histórico: a todos los dictadores hubo que sacarlos a puntapiés, a garrotazos o a tiros de sobre su dictadura. No quieren largar más una vez que agarran. Siempre les falta un detalle, un toque de luz de genio –¡eh! ¡oh! ¡ah!– en su monumental obra.


El dictador es un pesimista de la libertad ajena. No la comprende más que a través de su libertinaje. No cree –¡qué va a creer, si él no es romántico, ni tonto, ni retardado!– que ella podría curar hasta de su locura a los locos.


Y así es, poco más o menos –o más que menos– este animal por dentro. Por fuera es su animalada: la dictadura que impone. Negra o blanca o roja.

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