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Cuentos para pasar el rato - 1

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Un viento frío le revuelve los rizos en el preciso instante en que se le acerca: ‘’Hola. Me anoté para la visita guiada. ¿Eres tú el guía? Es que veo otros grupos…’’ y deja la frase en el aire. Él la observa: el viento, ahora más frío, juega con los rizos de la chica; los ojos, aunque oscuros, tienen un brillo especial; los labios finos y delicados esbozan una sonrisa tímida. ‘’Soy el guía, sí, pero te puedes unir a cualquier grupo. Si gustas, quédate en este’’. La chica asiente delicadamente y se les une.

El guía se presenta y cuenta a los participantes: 13 en total. El recorrido por el gran caserón de fines del siglo 18 empieza entonces por la planta baja. ‘’Este edificio se construyó como vivienda familiar…’’. El chico va narrando, como tantas otras veces, la historia del lugar. De vez en vez observa a la muchacha, que ahora le parece más bonita que al principio. La recorre con la vista a ráfagas. No quiere mostrarse interesado y tampoco quiere distraerse. Al término de la visita, ¿tal vez un café?

‘’Detallen las columnas y los ornamentos de las mismas’’ continúa. Mientras recita su parlamento arquitectónico, el guía observa cada vez más detenidamente a la chica y nota nuevas características en ella: las facciones, que al principio le parecieron delicadas, se muestran ahora duras y decididas; las manos, que le parecieron pequeñas, son en realidad manos de dedos largos; el cabello, que le pareció larguísimo, le llega solo a los hombros. Constata que le sigue pareciendo bonita. Mucho. Muy bonita. Una suerte de belleza de otra época, que no exótica. Concluye, al tiempo que la visita a la planta baja, que esa chica es de otra época y vuelven de nuevo las ganas de invitarla a tomar algo cuando finalice el recorrido.

‘’Vayamos entonces al primer piso, pero hagámoslo por las escaleras. Noten que el pasamanos está todo trabajado en hierro forjado…’’ y continúa con la historia, solo que esta vez no sube de primero como siempre lo ha hecho, sino que se queda de último para escoltar a la chica. Todos suben lentamente. La muchacha va de último, más lenta que el resto. Roza con sus largos dedos uno de los tantos diseños de hierro del pasamanos. ‘’¿Te parecen bonitos?’’, le pregunta el guía. La chica lo mira, sonríe a medias y asiente delicadamente.

Una vez en el primer piso, el guía se ubica en medio del grupo y les indica que deben mirar hacia arriba, donde está el gran rosetón de vitrales de colores que es un espectáculo los días de sol. Todos miran extasiados el diseño del rosetón y comentan la magnificencia del trabajo. El guía aprovecha para contarlos a todos de nuevo. 12 esta vez. Falta la chica. ‘’Tal vez esté en el pasillo o en el baño’’ piensa. ‘’Que raro. Hace un segundo estaba aquí’’. Responde mecánicamente un par de preguntas de los asistentes y les indica sin ganas la próxima parte del recorrido.

‘’Entremos en el que era el salón principal’’ y va explicando las piezas del mobiliario, los diferentes usos que fue teniendo el salón a lo largo de los tiempos, qué personalidades concurrían. Deja que el grupo vague un rato y con disimulo se dirige a la entrada para buscar a la muchacha. Camina por el pasillo, abre un par de salones pequeños e incluso se toma el atrevimiento de asomarse en el baño de mujeres. Nada. Nadie.

Regresa al salón y ve a la chica parada frente al gran ventanal. ‘’¿Por dónde pasó?’’ piensa intrigado. La muchacha nota la mirada azul del guía y se da la vuelta. Esta vez le sonríe por completo. Él, asombrado, le devuelve la sonrisa y se le acerca. ‘’Pensé que te habías perdido’’ le dice en voz baja. ‘’Siempre estuve aquí’’ le responde ella en el mismo tono. Cuando iba a preguntarle dónde se había metido, algunos se le acercan para comentarle sus impresiones del lugar y aclarar las dudas típicas de todo turista y lo apartan de la chica. El guía sonríe, más por educación que por gusto, y pacientemente responde una a una las preguntas.

Pasados varios minutos, informa que la visita está por finalizar y que deben dirigirse al salón de juegos, última parada del recorrido. Aguarda a que todos salgan y vuelve a contarlos: 12. Falta nuevamente la chica. Regresa sobre sus pasos y recorre con rapidez el gran salón. No hay nadie. ‘’¡Que manera de perderse!’’ piensa, un tanto desconcertado. Se dirige al salón de juegos en cuya puerta está el grupo esperándolo. Los hace pasar y les cuenta a grandes rasgos lo que están viendo. Necesita desembarazarse ya de todos y volver a buscar a la muchacha; sin embargo, no lo logra. La gente le hace preguntas, le habla, le comenta y no tiene otra salida que contestarles.

Se resigna: la chica se escabulló y no tendrá manera de contactarla nuevamente. Da entonces por terminada la visita antes de lo previsto y se las arregla para sacar rápidamente al grupo del lugar. Está fastidiado. La desaparición repentina de la chica lo alteró un poco. Tenía ganas de hablarle, de saber su nombre, de invitarle un café.

Recibe las gracias del grupo, algunos aplausos, lo mismo de tantas otras veces. Justo cuando va a descender por la escalera, divisa a la chica que está sentada al principio de la misma. Tiene que contenerse para no bajar corriendo y hablarle, pedirle unos minutos, invitarla a tomar algo.

La alcanza y las palabras le salen como una metralla: ‘’¡Ey! Estás aquí. ¿No te gustó la visita? ¿Me esperarías unos segundos mientras termino con el grupo y vuelvo contigo? Me gustaría saber tus impresiones sobre el recorrido’’ y le sonríe esperanzado. La muchacha lo observa y asiente delicadamente con la cabeza.

El chico acompaña al grupo a la salida y no les da tregua para las últimas preguntas: ‘’Gente, la visita terminó. Gracias por venir’’ y se escabulle lo más rápido que puede. Se dirige a las escaleras, pero de repente oye que lo llaman: ‘’¡Jordi! ¡Ven a llenar los papeles de la visita de hoy, que después te olvidas!’’. ‘’En un rato, en un rato’’ responde enérgico, casi malhumorado. La voz insiste, en un tono ya de mandato: ‘’¡Ahora Jordi! ¡Que estoy por cerrar las actividades de hoy. ¡Son solo cinco minutos, hombre!’’. El guía bufa y cambia el rumbo. Ya en la secretaría, llena lo más rápido que puede los papeles de siempre y los entrega.

El encargado da una rápida ojeada. ‘’¿13 personas? Tenías 12 anotadas, como siempre’’, le dice. ‘’Una chica, que me está esperando en las escaleras, llegó tarde’’ explica impaciente. ‘’¡Imposible! Todos pasan primero por aquí y ahí decidimos si los dejamos pasar o no. Es verdaderamente imposible que se te haya presentado y si así fue, tenías que avisarnos antes de continuar con la visita. ¿Acaso no recuerdas las reglas?’’. El chico bufa de nuevo y ya visiblemente molesto explica de nuevo la situación. Termina con un ‘’me tengo que ir’’ airado y duro.

Corre hasta las escaleras. La chica ya no está. Recorre todos los salones del caserón, los patios, los baños, los jardines. No le queda ningún sitio por revisar. Vuelve a la secretaría y exige ver las cámaras de seguridad. ‘’Te digo que esta chica está jugando a las escondidas. Estaba en las escaleras y ya no está y tampoco en todo el edificio’’ dice. ‘’¡Pero te volviste loco de repente!’’ responde impresionado el encargado. El chico insiste tanto que al cabo de unos minutos, le dejan ver las grabaciones. Desde las 17:00 hasta las 17:55, hora en que baja con su grupo, no hay nadie en las escaleras. ‘’Te lo dije’’, dice el encargado. ‘’¡Te estás volviendo loco, loco, loco! No hubo nunca nadie ahí, en ningún momento. ¡Te volviste loco! ¡Vámonos ya!’’.

El encargado casi saca a rastras al muchacho. Al cerrar el caserón, el guía se queda parado, totalmente descentrado, enfrente de la imponente estructura. ‘’No estoy loco’’ dice en voz alta. ‘’¡Estás ahí!’’ y el eco de su grito se cuela por toda la vieja casa. Desde el primer piso y parada en la ventana, casi oculta entre las sombras de la tarde, está la chica. Escucha las palabras del guía y sin sonreír, asiente delicadamente con la cabeza.

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2 comentarios - Cuentos para pasar el rato - 1

@jscarafia
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