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Miedo a los muñecos

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Miedo a los muñecos
“En la penumbra de su habitación un niño observa la silueta de una muñeca… El pequeño intenta vencer el miedo, sin embargo, se refugia una vez más en la cama de sus padres”. ¿A cuántos críos les ha ocurrido esto alguna vez? ¿Por qué, incluso ya de adultos, hay quienes no soportan la presencia de las muñecos? ¿Es cierto que algunos han cobrado vida…?

En tiempos muy remotos, las muñecas poseían un carácter mágico, espiritual, y se confeccionaban con propósitos diversos, desde representar la fertilidad hasta acompañar a los fallecidos en sus tumbas.
A medida que fueron adquiriendo una mayor apariencia humana y atrajeron la atención de los niños, sus intenciones místicas dieron paso al puro entretenimiento. Hoy, no obstante, en algunas culturas las muñecas se siguen utilizando con fines mágicos y ciertas religiones, como el vudú, practican con ellas la hechicería, provocando en ocasiones el bien y, casi siempre, el mal.
En esta identificación de las muñecas con lo maligno podría radicar el motivo del temor que despiertan en algunas personas, aunque, quizás, este se encuentre directamente en esa misma fisonomía que las emparenta con los seres humanos.
Los muñecos de juguete, las estatuas antropomórficas de cera o los cristos y vírgenes de madera, provocan el mayor desasosiego cuanto mayor parecido tienen con nosotros y cuanto más reales resultan, dando la sensación de que van a echar a andar en cualquier momento. Son como los tan temidos cadáveres, cuya quietud, aún sabiéndose inquebrantable, despierta la duda en el subconsciente.
Sea como fuere, proceda la causa de donde proceda, lo cierto es que mucha gente padece pediofobia y/o automatonofobia, miedos emparentados que se asocian a los muñecos –muñecas, sobre todo– el primero, y a las figuras articuladas el segundo –en este grupo entrarían los maniquíes de ventrílocuo, por ejemplo–.
Una colección de muñecas de porcelana, especialmente sugerentes, puede convertirse en la más terrible exposición para un paciente de pediofobia, y un espectáculo de Mari Carmen y Doña Rogelia erizaría el pelo al sufridor de automatonofobia.
Pero no hace falta llegar al extremo de las fobias, pues no a pocos nos resulta perturbadora la mirada inerte de una muñeca, realidad de la que se ha servido la literatura y el cine de terror para agitar el corazón del lector y el espectador.
Un juguete nada deseado, Si me lo permiten, contaré una experiencia personal que, durante unos días veraniegos de los controvertidos años 80, viví en mi barrio gaditano de Guillén Moreno. Por aquel entonces, la chavalería, muy al contrario de lo que sucede en estos días, pasaba gran parte del tiempo en la calle inventando los más imaginativos pasatiempos.
En cierta ocasión, mientras mis amigos y yo jugábamos al escondite en las instalaciones de una vieja cancha deportiva y los más atrevidos nos ocultábamos en los vestuarios abandonados, un muchacho apodado “el Chino” tuvo a gusto asustarnos a través de una historia que él aseguraba verídica.
Su relato se centraba en una muñeca que se encontraba sobre el tejado de una casita aledaña a los vestuarios. Según él, el alma de una toxicómana asesinada en el lugar se había introducido en ella.
El bulo, pues no era más que esto, fue de boca en boca y todo aquel que transitaba por las instalaciones deportivas miraba de reojo a la muñeca. Se aseguró incluso que alguien la había escuchado pedir auxilio.
Más de uno tuvimos pesadillas, así que nos propusimos exorcizar nuestros miedos bajándola del tejado y quemándola en un remedo de ritual.
De una certera pedrada, uno de los niños consiguió hacerla caer y fue transportada, como si de una bruja medieval se tratara, al centro de la plazoleta, donde, para jolgorio de todos nosotros, fue incinerada…
No se sabe si llegó a maldecirnos antes de perecer entre las llamas, pero tiempo después, en las ruinas de la vieja asociación, encontramos una muñeca exactamente igual.
Y el ritual volvió a repetirse… Esta macabra aventura infantil ilustra bien la capacidad que poseen las muñecas para evocar el mal.
Por aquel entonces el cine aún no había creado a Chucky, que podría habernos influido, pero todos y cada uno de nosotros ya habíamos zozobrado alguna vez .
Pero, ¿cuáles son las muñecas más temidas? Sin lugar a dudas, las de porcelana encabezan el ranking, y cuanto más antiguas, vestidas con ropajes de otros tiempos, mucho peor.
Así lo asegura Marcos, que padece pediofobia y cuya abuela debe esconder su colección si quiere que su nieto la visite:
“Es superior a mis fuerzas. No puedo verlas, ni siquiera llevo bien que estén en algún lugar de la casa. Se me erizan los pelos y me dan escalofríos”.
Y no es el único en reaccionar así. De hecho, podría decirse que su caso es paradigmático, no ya de la pediofobia sino de todas las fobias.

Niños
A Luisa, por su parte, le horrorizan las muñecas que abren y cierran los ojos cuando se mueven. A su vez, Marcos y Alicia confiesan que, a pesar de todo, nunca han visto que las muñecas se movieran o hablasen, fraguándose su miedo más en sus capacidades imaginativas que en la propia realidad.
Sin embargo, otras personas no pueden decir lo mismo… Cuando las muñecas “cobran vida” La historia de la parapsicología está repleta de casos con muñecos de por medio, si bien suelen estar presentes como uno más de los accidentes que se producen en los casos poltergeist.
En España hay registrados varios sucesos de cierta notoriedad, como el ocurrido en 1991 a la familia Gutierrez Lázaro, residente en Vallecas, cuando falleció la joven Estefanía Rodríguez después de practicar la oui-ja.
A partir de la tragedia, la familia comenzó un calvario de encuentros violentos con lo desconocido que conoció uno de sus clímax cuando las dos hermanas de la víctima vieron algo parecido a un hombre arrastrándose por el dormitorio, instante en el que todas las muñecas de la pared fueron arrojadas por una mano invisible al otro extremo de la habitación.
Si bien estas muñecas no cobraron vida, parece que sí fue así en el caso más reciente de Arcos de la Frontera.
En 2005, los medios de comunicación se trasladaron a este pueblo gaditano para hacerse eco de los sucesos que estaban padeciendo María Josefa Tejada, su esposo Cristóbal y sus hijos Elena y José Manuel.
Dentro del torbellino de fenómenos extraños que vivieron en su casa, destaca el que tuvo como protagonista a una muñeca. José Manuel, el pequeño de la familia, aseguró entre sollozos que una de las muñecas de la pared del dormitorio le hacía gestos con las manos.
Cuando Cristóbal la cogió y la golpeó en un arrebato de cólera, todos pudieron oír, según dijeron, la queja del juguete: “¡No me maltrates!”.
Viajando ahora hasta la localidad de Cutún, en Chile, nos encontramos con un misterio aún no resuelto que se remonta al año 1976.
Entre los muchos y sorprendentes fenómenos de la “casa embrujada”, como se vino a llamar el hogar del matrimonio formado por Nicasio Torres y Rosa Sarriá, testigos de todo lo acontecido, nos incumbe la increíble animación de un muñeco de trapo.
Según los testimonios, entre ellos el de Gabriel Orrego, vecino que pudo presenciar el suceso, el muñeco, que servía para que Rosa clavara sus agujas de coser, saltó de la pared, rebotó en la hija del matrimonio y salió de la casa brincando.
Al parecer, un sacerdote, Rogelio Bóxer, visitó el lugar y se llevó el muñeco a la iglesia de San Francisco de la Serena, donde podría haber sido quemado.

hijos
Historias, sin duda, muy atractivas para el cine de terror, tan atento siempre a todos aquellos elementos que puedan causar pavor en el espectador.
En efecto, los directores han recurrido a los muñecos en numerosas ocasiones, otorgándoles casi siempre las peores cualidades humanas para hacer la historia más vistosa.
Los muñecos diabólicos en el cine Es curioso comprobar que cuando casi todos los casos de pediofobia y todas las historias paranormales están protagonizados por muñecas, el cine ha dedicado una mayor atención a los muñecos.
Existe, sí, alguna producción, como la mexicana El triángulo diabólico de las Bermudas (1977), de René Cardona Jr., donde es la muñeca, en femenino, la que concentra toda la maldad pero, por lo general, la gran pantalla ha sido machista hasta en esta cuestión…
En la película Poltergeist (1981), de Tobe Hooper, se aúnan dos de los más llamativos temores infantiles: la pediofobia y la coulrofobia –miedo a los payasos–. Efectivamente, Robbie, el hermano de la protagonista, Carol Anne, se las tiene que ver con el muñeco de un payaso con tendencias criminales.
Producida por Steven Spielberg, lo que le confiere ese empalagoso regusto familiar tan contrario, paradójicamente, al talante demoledor de Hooper, el muñeco fue tan eficaz que las secuelas posteriores llegaron a darle mayor protagonismo.
Es el caso de El secreto de Joey (1985), de Roland Emmerich, cinta alemana que se acoge sin pudor al tono blanco de la anterior en un intento de llevar a las salas al mayor número de familias posibles.
La historia narra el enfrentamiento entre Joey, un niño que acaba de perder a su padre y un muñeco de ventrílocuo con muy malas pulgas.

miedo
Pero el más popular de los juguetes demoníacos que nos ha legado la pantalla es el Chucky de Muñeco diabólico –Child’s play– (1988), de Tom Holland. Poseído por el alma del asesino Charles Lee Ray, tiroteado en la fábrica de los Good Guys, Chucky, con su irresistible humor negro, llegará a hacer de las suyas en cinco títulos, conociendo incluso una novia de plástico, Tiffany –La novia de Chucky (1998), de Ronny Yu– y un hijo que le sale rana –La semilla de Chucky (2004), de Don Mancini–.
Pero si esta saga es la preferida del gran público, quienes frecuentan los suburbios del celuloide prefieren las andanzas del titiritero André Toulon, capaz de conferir vida a sus marionetas a través de un ritual egipcio por arte y gracia de Charles Band, guionista y productor de todas las entregas, la primera de ellas La venganza de los muñecos –Puppet master– (1989), dirigida por David Schmoeller.

muñecos
Compuesta de casi una decena de títulos, el aficionado puede elegir a su autómata asesino preferido, pues los hay diversos: Leech Woman, Retro Pinhead, Totem, Tunneler, Mephisto, Six Shooter… Dentro de la Serie B también podríamos destacar Dolls (1987), de Stuart Gordon, donde un grupo de personas sufre las consecuencias de haberse refugiado en la mansión de un matrimonio que se dedica a fabricar marionetas, ya que éstas, por supuesto, tienen vida propia y unas ganas terribles de matar.
Ya hemos mencionado a los muñecos de ventrílocuo, especialmente terroríficos por la identificación, a menudo demencial, que se produce entre la figura y su manipulador.
Este mismo año, los creadores de la serie Saw, que cuenta también con la aparición de un extraño espantajo, han estrenado Dead silence (2007), de James Wan, donde Mary Shaw, una ventrílocua ajusticiada por sus vecinos, se cobra venganza de ultratumba a través de uno de sus muñecos.
La historia se repite, con matices, en casi todas las películas de este tipo, por ejemplo en el episodio “Ventroloquist’s dummy”, de Alberto Cavalcanti, insertado en el largometraje Al morir la noche –Dead of night– (1945) y en el que un ventrílocuo confunde su propia personalidad con la de su muñeco, dejándose llevar por senderos poco amistosos; y en Living doll (1964), de Lindsay Shonteff, con el Gran Vorelli queriendo transferir su alma a la marioneta que maneja.
A pesar de lo bien que puedan hacerlo los directores y creadores de efectos especiales de estas películas, ninguna de ellas puede llegar a ser tan horrible como un encuentro nocturno con una muñeca real.
Quienes padecen pediofobia, saben que Chucky siempre será más peligroso convertido en un juguete tridimensional que en una imagen plana.
Aún así, ninguno de ellos verá Muñeco diabólico y tampoco podrá leer este reportaje. Quienes no sientan este miedo, piensen que esta noche habrá muchos niños vigilando a sus muñecos, y que, quizás, alguno de estos parezca reír aún teniendo las pilas gastadas.
Así que, por favor, si tienen hijos y esta noche quieren meterse en sus camas, compréndanles y acuérdense de cuando también fueron niños.
Por si acaso…

chucky

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