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El día que dejamos atrás (Historia zombi) [Capítulos 1 y 2]

El día que dejamos atrás (Historia zombi) [Capítulos 1 y 2]


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paranormal


Prólogo: Bestias de otro mundo.

Todo son problemas y ninguno de ellos desaparece. Al contrario, cuanto más tiempo pasa peor se vuelve la situación. Antes, cuando el tiempo aún era favorable, la esperanza de ser rescatados persistía. Pero en estos momentos en los que la nieve se amontona en las calles y las nubes cubren de forma permanente el cielo, nos hacemos varias preguntas:
¿Por qué seguir adelante? ¿De qué nos servirá sobrevivir al invierno? ¿Acaso encontraremos comida a tiempo?
Ojalá tuviera alguna respuesta a estas preguntas. Sin embargo, no es así, y por ahora lamentarse no nos llevará a ningún lado. En mi caso, aún tengo cosas importantes en mi vida que debo proteger.

Joel levantó la vista de la hoja para posarla en el rostro de Sara, su novia. Ella leía a la luz de una vela un viejo libro. No había mucho que hacer, y al quedarse en casa uno podía morirse de aburrimiento fácilmente.
Su rostro, sucio por la falta de cuidados, dejaba entrever unas marcadas ojeras que revelaban las pocas horas de sueño que había dormido en los últimos días.
Son tiempos difíciles. Pensó Joel al tiempo que encendía uno de los últimos cigarrillos de su paquete. Pero debemos aguantar.
¿Por qué era necesario seguir existiendo un día más?
Joel no se limitó a deshacerse de esa pregunta. Ser pesimista no le permitiría abrir los ojos a la mañana siguiente, y por lo tanto, no necesitaba pensar de esa forma.
–¿Cenamos ya? –Preguntó el joven con su característica voz grave–. Dentro de poco oscurecerá.
–No creo que pueda haber más oscuridad que ahora –Dijo Sara, cerrando en libro al tiempo que marcaba la página por la que había dejado a medias el escrito–. Por cierto, ¿qué hay para cenar? –Esbozó una cálida sonrisa que hizo que por un momento Joel dejara de sentir frío en la habitación.
– ¿A parte de las conservas rancias de siempre? –Se llevó el dedo índice al labio, como si estuviera pensando–. Una ración extra de frío invernal. ¿Te parece bien?
Sara hizo una mueca, pero se puso en pie antes de hacer nada más–. Bueno, tendré que conformarme con eso. Así que será mejor comer rápido para no congelarnos durante la noche. No quiero volver a repetir lo que ocurrió el otro día...
Ambos se dirigieron a la cocina, lugar en el que tras terminar el contenido de uno de los botes de fruta en almíbar colocaron sus respectivos sacos de dormir: se trataba de la estancia más cálida de la casa, por lo que debían aprovechar al máximo el calor para así no congelarse durante las gélidas noches de invierno.
– ¿Cuánto tiempo pasaremos aquí? –Susurró Sara, ya acostada, en medio de la negrura.
– No lo sé, pero no creo que aguantemos otra semana más –Joel se sorprendió al escuchar sus propias palabras. ¿Tenía acaso el derecho a decidir cuándo abandonarían la seguridad del bloque de apartamentos? ¿Tenía el derecho a poner una fecha exacta al día en el que todo podría llegar a su fin? ¿Y si a Sara le acababa ocurriendo algo, tendría el valor para enfrentarse a lo que sucediera?
El joven comenzó a temblar, más por miedo que debido al frío.
– No te preocupes, todo saldrá bien –Volvió a susurrar la joven–. Las cosas ya no pueden ir peor. Hemos tocado fondo.
Pero eso no tranquilizaba a Joel. Dudaba que las cosas fueran a mejorar. Es más, parecía que el mundo conspiraba para evitar que las cosas le salieran bien.
Sin querer tocar más el tema, cerró los ojos, intentado conciliar el sueño, aunque sabía que no iba a ser una tarea sencilla: de fondo, como si se tratara de una banda sonora que acompaña la escena, un leve pero constante murmullo provenientes de las calles se colaba en la vivienda. Un murmullo inhumano, que bien podría haber pertenecido a bestias de otro mundo. No obstante, esas bestias habitaban la Tierra, y se encontraban a escasos metros del lugar en el que ambos jóvenes intentaban dormir, aguardando a que el más leve sonido se dejara notar, para así comenzar con la pesadilla.

Capítulo 1: Batalla contra el tiempo.


Flavio contempló en silencio las sombras que los edificios cercanos a su posición proyectaban, para finalmente decidir que había llegado la hora de descansar y comer algo antes de proseguir con la marcha.
Se descolgó la enorme mochila que llevaba sujeta a los hombros y comenzó a rebuscar en ella algo de comida que llevarse a la boca; la tarea le llevó unos cinco minutos, pues tuvo que rebuscar entre toda clase de herramientas y objetos varios que yacían desordenados dentro del macuto.
Sacó una enorme lata de sardinas y tras abrirla sin esfuerzo alguno, devoró el contenido del recipiente con las manos. Después de depositar la lata vacía en una pequeña papelera que se encontraba en la cocina, se dispuso a abandonar el apartamento. No obstante, un leve susurro hizo que se sobresaltara antes de siquiera tocar la manilla.
Pasados unos segundos, advirtió que el sudor empezaba a brotar a través de los poros de su piel.
Llevaba un rato esperando a que algo sucediera. Pero nada. El ruido no se repetía, y todo permanecía en un silencio absoluto.
Finalmente, con una mano sobre la manilla de la puerta y otra sobre el objeto contundente que llevaba en el cinturón de su cadera, abrió la puerta, dejando escapar un leve chirrido casi inaudible.
De un salto abandonó la seguridad de la vivienda para salir al pasillo del edificio. Miró velozmente hacia ambos lados. Primero a la izquierda, divisando a lo lejos una escalerilla que conducía a la planta inferior. Al girarse hacia el otro lado sintió una punzada de dolor en su pecho; una de las bestias olisqueaba con profundo interés el aire, como si estuviera tratando de decidir qué hacer.
Flavio quiso sacar el hacha de su cinturón y acabar con aquella cosa cuanto antes. No obstante, su intuición le impedía realizar tal acción. Quizá hubieran más monstruosas criaturas en el edificio. Llamar la atención mientras luchaba acabaría por matarlo. Sólo tenía una opción: correr.
Y así lo hizo. Dando grandes zancadas se impulsó hasta llegar a las escaleras. Las bajó de dos en dos mientras escuchaba a sus espaldas un aberrante grito proveniente de las entrañas de la bestia que momentos antes olfateaba en busca de alguna presa. Al parecer ella también había tomado una decisión.
El hombre continuó descendiendo hasta llegar a la planta baja del edificio. El sonido de sus botas alertó a una de las criaturas que trató de morderle en el vestíbulo.
Flavio no tuvo ninguna duda, y usó con extrema eficacia el hacha, decapitando de un golpe limpio a aquella cosa. Sin detenerse y escuchando toda clase de gritos y gruñidos salió a la calle, cargando su hombro derecho contra la puerta de cristal de la entrada del edificio, haciendo que el vidrio se fragmentara en mil pedazos y provocando también que muchos de ellos acabaran incrustados en la piel del hombre.
Ni siquiera pudo concentrarse en el dolor que sentía. Notaba cómo la sangre caliente recorría su brazo malherido, deslizándose entre sus dedos hasta caer al suelo, pero la adrenalina del momento le permitió proseguir con la marcha, avanzando precipitadamente en medio de un mar de seres nauseabundos, que trataban de darle caza mientras huía en dirección al bosque, situado a las afueras de la ciudad.
Los gritos cesaron con la caída del sol, y Flavio había conseguido zafarse de las criaturas justo antes de que la oscuridad secuestrara el cielo. Mareado y tambaleándose por culpa de la pérdida de sangre, se escondió tras uno de los árboles de mayor tamaño de la zona. Se deshizo de los trocitos de cristal incrustados en su brazo y trató las heridas con alcohol y un par de vendas esterilizadas que llevaba en la mochila. A continuación, habiéndose asegurado de que nadie ni nada se encontrara rondando los alrededores, usó su enorme mochila a modo de almohada. Después, cerrando los ojos lentamente, dejó que el sueño se apoderara de él.
¿Y si realmente no se encontraba a salvo? ¿Y si lo habían seguido hasta aquel lugar? ¿Y si no volvía a abrir los ojos?
No pudo pensar en nada, pues antes siquiera de poder valorar la situación con algo de objetividad perdió el conocimiento, adentrándose en las tinieblas de la incertidumbre.


Farid entornó los ojos para observar un diminuto punto que se movía con rapidez en la distancia. Con el paso de los segundos, el punto iba aumentando de tamaño, hasta que Farid pudo discernir lo que era; una de esas tantas criaturas que deambulaban ahora por todo el país, en busca de alimento.
– ¿Has conseguido arrancar ya el coche? –Preguntó un tanto inquietado.
– Estoy tratando de conseguirlo, pero no es tan fácil –Dijo Kaled, tratando de solucionar el problema que impedía al vehículo funcionar–. Puede que me lleve unos cinco minutos.
– ¿Cinco minutos? ¡No tenemos tanto tiempo! –Exclamó otra voz–. Esas cosas se acercan, van a acabar con noso...
– Deja que tu hermano trabaje en paz y llama a tu prima. Hay que acelerar todo esto, porque de lo contrario...
Nadira quiso protestar. No obstante, un grito proveniente de la lejanía impidió que dijera nada, además de eso, consiguió que se asustara y desapareciera al momento.
– Estará aquí en menos de dos minutos –Anunció el hombre subido a uno de los tantos vehículos desperdigados por la carretera mientras su hermano seguía intentando encontrar solución al problema.
– Si quieres que me dé prisa, no lo estás consiguiendo –Kaled se mordió el labio inferior mientras manipulaba el motor del vehículo. Creía haber encontrado el problema, y ya estaba terminando de solucionarlo. Pero... ¿que ocurriría si eso no era lo que realmente impedía el arranque del automóvil?
No pensó en ello, y una vez terminada la rápida tarea giró la llave para poder arrancar el motor. No funcionó.
– ¡Ya estoy aquí! –Exclamó Nadira.
– Entonces... ¿nos vamos ya? –La prima de la joven, un par de años mayor que ella, contempló en silencio cómo se iban acercando varias bestias a su posición. Sintió un escalofrío, pero no dijo nada.
Observó cómo su primo trataba de poner en funcionamiento el vehículo, sin éxito.
– Menos de un minuto –Anunció nuevamente Farid, esta vez en un tono fatalista impropio de él.
– Lo intento, lo intento –Las gotas de sudor comenzaban a acumularse en la frente de Kaled, exasperado por no poder conseguir lo que tanto ansiaba–. Vamos, ¡vamos! ¡Arranca de una maldita vez!
Finalmente, como si el automóvil hubiera decidido obedecer las órdenes del hombre, el motor comenzó a rugir, mientras que la familia, ansiosa por escapar del lugar, entró en el vehículo a toda prisa.
– ¡Sube, Farid! –Gritó Kaled mientras el coche empezaba a acelerar.
El hermano del conductor corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron, y mientras oía gritos inhumanos a sus espaldas saltó en la parte trasera del vehículo, ayudado por su prima.
– Ha sido un día emocionante, ¿no? –Dijo Ardah, con una radiante sonrisa en su rostro–. ¿Lo repetimos mañana?
– Oh, por favor, cierra la boca –Le instó Farid.

Capítulo 2: Esperanza.

Tictac. Tictac. Joel abrió los ojos y permaneció acostado, escuchando en silencio el sonido del reloj que marcaba la hora en la cocina. Las manecillas generaban ese ruido desquiciante que comenzaba a resultar un completo fastidio.
Tictac. Tictac. De todos modos guardó silencio. No quería despertar a Sara, ella necesitaba descansar el máximo de horas posible en los días siguientes, para así abandonar la ciudad con rapidez. Pero para ello era necesario hacer acopio de todas las fuerzas posibles, lo que a largo plazo sería decisivo, lo que después de mucho tiempo acabaría equilibrando la balanza de la vida hacia un lado (luz) o hacia el otro (oscuridad).
El joven comenzó a recapitular los hechos ocurridos hasta el momento. Lo que les había llevado a él y a su novia hasta un punto de no retorno en el cuál las cosas se tornaban vacías y carentes de sentido. ¿Acaso vivir otro día más serviría de algo?
No, claro que no. Pensó Joel, mirando fijamente el techo, como si más allá de él fueran a encontrar la libertad o la seguridad que aquel pequeño piso de poco más de sesenta metros cuadrados no les había proporcionado en todo ese tiempo. Después desvió la mirada hacia el rostro de Sara. Sus labios carnosos y rojizos dibujaban una mueca de disgusto, mientras los párpados que escondían aquellos ojos azules hipnotizantes temblaban cual terremoto de máxima magnitud.
Está teniendo una pesadilla. Se dijo el joven para sus adentros, pero no fue capaz de despertarla, porque en aquel rostro apenas quedaban secuelas del insomnio que durante semanas había hecho mella en su salud, deteriorándola hasta un punto alarmante.
Sonrió, ya que ahora era él el que tenía problemas de salud, y más le valía cuidarse si no quería acabar convertido en uno de los tantos demonios andantes que pululaban a través de la ciudad, sin importarles lo más mínimo qué condiciones atmosféricas hicieran. Eso sí, por alguna extraña razón preferían la oscuridad de la noche antes de que la luz del día. Cosa que no tenía ninguna lógica...
Súbitamente un grito acabó con la calma del amanecer. Joel dio un respingo que casi lo hizo caer de la cama, y Sara había dejado atrás la pesadilla de su sueño para adentrarse en la pesadilla que estaba teniendo lugar en la realidad.
Ambos permanecieron en silencio, quietos, esperando un nuevo grito que no llegaba. Todo quedó nuevamente en calma, excepto los pensamientos de Daniel.
Quedan supervivientes en esta ciudad. Pero están incluso más desesperados que nosotros. Ese grito no ha hecho más que confirmar lo que ya sospechaba. La muerte está mucho más cerca de lo que pensamos.
Volvió la vista hacia Sara, esta le lanzó una mirada cargada de inseguridad. Pero él no se encontraba en una situación mucho mejor.
– Nos iremos mañana al amanecer –Dijo en un tono de voz tan débil que parecía un susurro–. Debemos viajar al sur.
– ¿Y luego qué? ¿Qué ocurrirá cuando lleguemos a la costa? –Preguntó Sara, expectante.
Joel miró fijamente aquellos ojos tan parecidos a la aguamarina, para luego acabar agachando la cabeza –. No es seguro que consigamos llegar al sur. No es seguro siquiera que consigamos escapar de la ciudad.
– No puedes rendirte antes de empezar –Dijo la joven, al tiempo que su postura se recomponía–. Eso no es propio de ti. ¡Tenemos que ser optimistas! –El grito proveniente de la misma persona se dejó escuchar en la distancia, oponiéndose a las palabras de Sara, que terminó llorando, derrumbándose sin tan siquiera creer en sus propias palabras.
– Aún no estamos muertos –Anunció el novio de la chica–. Aún hay esperanza.
– ¡¿Cómo puedes decir eso de una manera tan cínica?! –Sara elevó los brazos mientras gritaba ya fuera de sí–. ¡No se trata de tener esperanza! ¡Eso es algo que ya no existe en este mundo! ¡Estamos jodidos, muy jodidos, y eso no lo va a solucionar la esperanza! ¡Lo único que podemos hacer es esperar el momento adecuado para escabullirnos del edificio como si fuéramos ratas, para huir de esos monstruos! –La joven se tranquilizó, pues sabía que gritar atraería a las bestias ya mencionadas–. Joel. No se trata de nada de eso. Estamos aquí, sentados, consumiéndonos lentamente y viendo cómo nos llega la hora sin tan siquiera tener una vía de escape –Se mordió el labio inferior, intento mantener una compostura casi deshecha –. Pero... no puedo más, estoy llegando al límite.
¿Cómo no me di cuenta antes? Pensó el joven, observando aquel rostro que un día fue hermoso y radiante, pero que ahora sucumbía a la más profunda negrura, a la de la desesperación. ¿Acaso creí que bastaba con encontrarse bien físicamente? ¡Por Dios! ¡Cómo demonios no me había dado cuenta antes! Se enjugó las gotas de sudor de su frente con la manga del jersey que llevaba puesto sin dejar de prestar atención a la inconcebible imagen que tenía ante él: la de su novia llorando.
– No tienes el derecho a llorar de esa manera –Dijo él en un tono alto y claro–. Se supone que la fuerte de espíritu en la relación eres tú.
Sara soltó una carcajada.
– Si Dios realmente existe, creo que se ha cansado de nosotros. Puede que tengamos que pedir ayuda a Batman o a Superman.
Ambos comenzaron a reír, de forma histérica, ante la idea del desamparo total. Si realmente no había nada en la Tierra o el cielo que velara por ellos, estaban más que condenados al rotundo fracaso a la hora de llevar a cabo el plan descabellado que estaban tramando.
Más nos vale creer. Pero no en ningún dios, a ellos no les debe importar en absoluto los asuntos de unos simples humanos. En estos momentos necesitamos creer en nosotros mismos. Es lo único que nos queda. Sara vio cómo Joel se levantaba, también pudo observar sus ojos centelleantes y por un momento volvió al pasado. Esa mirada que antes del colapso era algo frecuente en él; había desaparecido, llevándose una parte de su novio, a un lugar recóndito y apartado. Sin embargo, de alguna manera él había conseguido recuperarla, y eso la reconfortaba, porque sabía que Joel volvía a ser el de antes: un hombre que cuando se proponía algo, era capaz de luchar contra el mundo entero para conseguirlo. Esa era la persona de la que se había enamorado. Y por fin, después de tanto tiempo, volvía a estar con ella.
Esbozó una sonrisa para sus adentros. Quizá debía replantearse su discurso anterior.

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