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Explorando la ciudad fantasma más grande del mundo(megapost)

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Hola a todos, hoy les traigo un megapost sobre la travesía de un tipo en una ciudad abandonada que se encuentra en China. Aviso que el post no es apto para Taringueros nivel 5, ya que hay mucho para leer.

P.D.: El contenido no es de mi autoría y el link del blog del articulo esta en la fuente. Sin mas que decir empecemos.


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fantasma
Región de Mongolia Interior

La ciudad de Ordos fue diseñada para ser el logro más importante de Mongolia interior y se construyó para más de un millón de personas. Aunque estaba condenada a quedar incompleta, esta metrópolis futurista está relativamente vacía en los desiertos del norte de China. Sólo el 2% de sus edificios han llegado a llenarse; el resto en gran medida han ido decayendo, o han sido abandonados a mediados de su construcción. Es por esto que Ordos ha ganando el título de “La ciudad fantasma de China”.

El año pasado viajé a la región de Mongolia Interior, para conseguir una mirada más cercana de la extraña y fantasma metrópolis de Ordos… La experiencia y la forma en que la descubrí, era mucho más extraña que cualquier cosa para lo que pudiera estar preparado.


El Pueblo fantasma de Mongolia interior

El mercado inmobiliario de China se encuentra en un lugar muy extraño. Con una población estimada de 1351 millones de personas y subiendo rápidamente, el auge del desarrollo inmobiliario ha llevado a la formación de decenas de nuevos millonarios y a la creación de una clase de élite que sigue creciendo. Sin embargo, al mismo tiempo, los analistas temen que esta burbuja inmobiliaria pueda estallar. El país en sí tiene una deuda de un trillón de dólares.

Mientras tanto, millones de personas están alcanzando las posibilidades de obtener carros rápidos, teléfonos inteligentes, Internet de banda ancha y tarjetas de crédito.

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Las ciudades de China con desarrollo más rápido son prácticamente desconocidas en Occidente; pero por cada historia de éxito económico, parece que hay una franja oculta de accidentes, callejones sin salida y de quiebras. Sin embargo, fuera de todos estos fantasmas, nada se compara con la extrañeza de la ciudad fantasma de China: Ordos.

La ciudad de Ordos está situada cerca del desierto de Ordos, es una de las principales ciudades de Mongolia interior y tiene una población muy estilizada. Esta zona es famosa por sus áreas urbanas en desarrollo y de rápida expansión de la población; la región de Mongolia interior cuenta con un PIB incluso más alto que la propia ciudad de Beijing.

Esta región es un lugar muy interesante. Es el lugar de nacimiento de Gengis Khan, sólo el 79% de la población pertenece a la etnia Han, que es la predominante de China, mientras que el 17% son de origen mongol. Fue parte del área metropolitana de Mongolia, aunque la consecución de imperios chinos y la alta participación del Partido Comunista moldearon Mongolia, una y otra vez, como una provincia subordinada de China.

Sin embargo curiosamente, Mongolia Interior es uno de los únicos lugares en el mundo que sigue utilizando la escritura tradicional de Mongolia, aunque Mongolia como tal adoptó el alfabeto cirílico durante los años del comunismo. Tal vez los mongoles de China sentían que tenían que demostrar más; aferrándose fuertemente a su patrimonio, y a los caracteres antiguos, que hasta el día de hoy aparecen en las señales de las calles de Ordos y Kangbashi.

En 2003 un conjunto de promotores inmobiliarios comenzó a planear un nuevo centro urbano a las afueras de la ciudad de Ordos, en la Nueva Área de Kangbashi. Con este proyecto, Ordos parecía dispuesto a convertirse en la joya futurista de la corona de las ciudades-estado de China.

Aunque en ese momento, nadie anticipó la rapidez con la que este nuevo desarrollo fallaría. Los plazos no se cumplieron, los préstamos no se pagaron, y los inversionistas se retiraron antes de que los proyectos se pudieran realizar, dejando así, calles enteras de edificios sin terminar.
El costo ridículo de alojamiento en esta ciudad desanima a muchos posibles habitantes, por lo que también los apartamentos totalmente terminados son muy difíciles de vender.

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De acuerdo con un taxista local con el que hablé, muchas de las personas que se fueron a Kangbashi ya estaban abandonando sus casas y escapándose de la ciudad fantasma.

Mientras que algunos empresarios todavía trabajan con sus proyectos de construcción, otros están ocupados en reducir los precios. Los precios de las viviendas típicas de Kangbashi han caído desde $ 1,100 a $ 470 dólares por pie cuadrado, solamente en los últimos cinco años.

Hoy en día el distrito Kangbashi -que está planificada para acomodar una población de más de un millón- es el hogar de unas 20.000 personas, dejando el 98% de este sitio de 355 kilómetros cuadrados en construcción o abandonada por completo.

Un informe de noviembre de 2009 de AlJazeera, expuso la ciudad de Ordos a un nivel mundial, y la historia se llevó a cabo al siguiente año por la revista Times. Muy pronto, Ordos se había ganado el premio de “La Ciudad Fantasma de China”.

Los periodistas y fotógrafos que representan una serie de publicaciones de renombre mundial han capturado las calles vacías de Kangbashi, y las hileras de bloques de apartamentos abandonados a mediados de construcción.

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Sin embargo, ninguno de estos informes parecía ir muy lejos del centro de la ciudad y sus calles adyacentes; dando lugar a amplios paisajes urbanos post-apocalípticos, que dejan mucho a la imaginación. Cuanto más leía sobre Ordos, más quería saber qué había más allá de esas puertas y ventanas abandonadas; para realmente ver y analizar el interior de una ciudad que realmente nunca llegó a serlo.

El año pasado, mi sueño se hizo realidad. Me uní a Gareth de “Young Pioneer Tours”, un hombre casi tan loco como yo para compartir la fascinación por esta metrópolis fantasma de otro mundo, y juntos empezamos a planificar nuestro viaje a Mongolia Interior.



Nuestra llegada a Ordos

La llegada a la ciudad de Ordos es por medio del aeropuerto nuevo llamado “Eerduosi”. Desde el momento en que nos bajamos del avión, era evidente que alguien, en algún momento de la vida, había hecho grandes planes para esta ciudad.

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El edificio de la terminal futurista está adornada con fuentes de agua y cestas colgantes, cafeterías a la moda y escaleras mecánicas brillando en tonos de verde y azul.

Aunque la población de Ordos es ahora sólo el 10% de Mongolia y 90% Chinos, el aeropuerto estaba decorado con iconos de orgullo del patrimonio de Mongolia; efigies de caballos y trovadores mirando hacia abajo a través del cuerpo principal de la edificación, mientras que en la zona de salidas hay un gran mural de escenas pintadas., dónde se representa la vida de Genghis Khan.

A pesar de toda esta exuberancia, el aeropuerto estaba casi vacío.

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Tomamos el segundo vuelo de los dos que hay diarios desde Beijing a Eerduosi y salimos del antiguo aeropuerto militar más pequeño, en las afueras de la capital. Llegamos a Mongolia Interior por la noche y nos montamos en el autobús que nos dirigiría hacia el centro de la ciudad de Ordos.

Estuvimos en un lujoso carro por alrededor de media hora, en asientos suaves reclinables repletos de portavasos, con cojines de descanso para las piernas y con un canal de películas… Todo el rato, veíamos por nuestras ventanas edificaciones de hormigón y metal, distantes, y de oscuras formas que aparecían y desaparecían en la penumbra.

Me sentía enrejado por todas partes debido a las invisibles obras de construcción. En el tramo final hacia Ordos, pasamos por las ruinas de lo que iba a ser un estadio; la gran zona de sillas se parecía a un anillo que rodeaba el campo de juego central, iluminada por focos industriales y los resplandores revelaban cientos de herramientas de soldadura abandonadas.

Nunca en mi vida he visto nada que se parezca tan de cerca a la Estrella de la Muerte II (referencia a la Guerra de las Galaxias).

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Llegamos a Ordos en las primeras horas de la mañana, dejamos las maletas en el hotel, y compramos una cerveza para el camino. El centro de la ciudad no está muy lejos de la finalización: tiene tiendas y apartamentos, cafés, bares y restaurantes. Por todo esto la ciudad aparenta ser normal, sin embargo, el centro de Ordos está dominado por una serie de torres abandonadas, edificios de oficinas grises, apartamentos, centros comerciales, y la mayoría de ellos están completamente vacíos.

Caminamos por un par de horas, pasamos por restaurantes, bares, casinos y sex-shops. Las luces brillaban muy fuertes en todos los establecimientos, pero la gente no estaba por ningún lado. Caminando a través de una calle secundaria, pasamos por un burdel que tenía luces rosadas. El frente de la tienda era un ventanal ancho de vidrio, y dejaban al descubierto a un grupo de chicas jóvenes, como si estuviesen en un desfile de ropa interior. Estas diez o doce prostitutas, eran más que los que habíamos podido contar en peatones durante toda la noche.

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Parecía que en todas partes había un espectáculo de preparación; establecimientos con sus puertas abiertas de par en par, no sólo para recibir a los huéspedes, sino tal vez para probar algo y mostrar a esta ciudad como un destino acogedor, que tan desesperadamente quiere llegar a ser.

Tratamos de conseguir algo de comer en un restaurante de la calle que seguía, en el cual justo afuera de la puerta, los niños locales estaban peleando con una manguera de agua.

“¿Tienen comida?” les preguntamos.

“Entren, entren,” nos dijeron, señalando a una cabina con poca luz en el interior, junto a ella había una nevera abastecida con fideos y refrescos. No había ninguna señal que hubiese un adulto en el local, tampoco se veía ni se olía que hubiese un chef. Como con tantas otras cosas en Ordos, las luces estaban encendidas, pero no había nadie en la casa.

En el momento en que regresamos a nuestro hotel, con sus grandes camas de lujo y bares en las habitaciones que ofrecen whisky y maní, todavía estábamos luchando para poder familiarizarnos con este lugar y darle sentido a la ciudad.

Cada vez nos sentíamos más como si estuviéramos en un lugar de construcción: las cantinas hechas para una ciudad completa, llenas de constructores. Para los hombres de trabajo, habían abundantes comodidades primordiales; bares, snacks y burdeles, pero mientras que los restaurantes y casinos hacían una demostración de estar listos para los turistas, delegados, o mejor aún, los inversionistas, la mayoría de ellos no eran más que fachadas vacías y muestras sin sentido.

A la luz de la mañana siguiente, tuvimos nuestra primera impresión de la magnitud de abandono de esta ciudad. Paramos para tomar desayuno en un restaurante de comida rápida, el restaurante se veía apagado en las sombras del centro de negocios de la ciudad. El lugar era rodeado de edificios de oficinas industriales, sin embargo, una serie de estructuras vacías se veía en las alturas; los cuerpos de lo que algún día iban a ser torres, una tras otra, fila tras fila, desaparecían en la distancia.

Por encima de nosotros se alzaba una edificación que podría haber sido la sede de un banco importante, cuarenta pisos de oficinas, envueltos en una capa de paneles de espejos. Sin embargo, en su estado de no mantención, estas escalas reflectantes se caían en grandes extensiones, chocando contra el cemento de abajo. Todavía no se habían terminado, y ya necesitaban que se volvieran a reconstruir.

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Encontramos una mezquita cerca del centro de la ciudad, un edificio moderno de estilo cubismo con bloques limpios y de color blanco. Al acercarnos con más detalle, parecía como si el templo nunca se hubiese utilizado; mirando a través de las puertas de cristal, no vimos nada en su interior más que un espacio abierto y las puertas todavía estaban envueltas en plástico, como si recién hubiesen salido de un almacén en algún lugar cercano, y se hubiesen ensamblado rápidamente.

Antes de proceder a nuestro destino principal, decidimos tener una mejor visión en torno al viejo centro de Ordos, dónde hay mayor densidad de población en la zona.

Encontramos a un taxista muy amable, que estaba más que feliz para llevarnos a algunas de las atracciones principales de la ciudad. Él nos condujo de largo por un boulevard que estaba lleno de lámparas ornamentales elaboradas en 1930 de estilo art deco; más allá había un parque cubierto de maleza, y filas y filas de láminas de hormigón. Finalmente llegamos a donde terminaba el camino y nos paramos al frente de una rotonda en la cual en toda la mitad, había una gran estatua de un caballo.

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La inscripción de la estatua decía, “Ordos, La excepcional Ciudad Turística de China.”

Era casi demasiado para procesar… pero igual, hasta ahora sólo habíamos visto la punta del iceberg. Nada podría habernos preparado para conocer la extrañeza del distrito Kangbashi.


La nueva área de Kangbashi

La nueva zona residencial de Kangbashi fue construida en la orilla norte del río Wulan Mulun, donde su amplia distribución, innovadores y llamativos monumentos y sus rascacielos esculpidos parecen la metrópolis del siglo 21; o podría ser, si alguien hubiese estado viviendo en ellos.

La gente va a venir”, nuestro taxista siguió insistiendo, mientras manejaba en el viejo corazón de Ordos. “¿No creen que nuestra ciudad es hermosa? Ya lo verán. La gente va a venir.

Su confianza era igual para casi todos los locales con los que hablamos en ese viaje; un ciego nos garantizó que los hermosos edificios de Ordos no podían quedarse vacíos para siempre. Era inconcebible que todo el trabajo duro haya sido en vano.

Regresamos a la autopista que une el antiguo Ordos con Kangbashi, antes de continuar hacia el noreste al aeropuerto de Dongsheng. En el camino pasamos por el estadio de nuevo, fue menos dramático al verlo a la luz del día. Desde ambos lados de la carretera, se veía un conjunto de torres inacabadas y polvorientas sobre el desierto. Había grúas que estaban de ronda sobre algunas de estas obras, muchas de ellas con cuarenta o cincuenta pisos de altura. Por el contrario, el camino por el que íbamos era bueno y estaba bien cuidado; tenía arbustos que estaban bien regados y motivos artísticos de caballos.

El taxi nos dejó en el extremo superior de Genghis Khan Square, desde donde contemplamos la desolación de Kangbashi. A nuestro alrededor se elevaban las figuras de khan y sus consejeros reales, de hombres, mujeres y caballos con vestimentas de gala tradicionales de Mongolia.

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Alrededor de unos 200 metros hacia el sur en el centro de un jardín muy amplio, se levantaban dos estatuas de caballos, que quizás era el monumento más emblemático de Kangbashi. Más allá de los caballos, esta plaza central tenía a un parque con arena polvorienta en lugar de césped y con unas particulares rutas que se desplegaban de forma tal que se creaba la imagen de un rayo de sol.

Torres residenciales y de oficinas se veían en todas las direcciones, se podía apreciar una alineación realmente simétrica de bloques y torres. Las obras más notables de la arquitectura Kangbashi se alineaban en los caminos de Genghis Khan Square. Por el lado izquierdo del parque, encontramos un edificio muy curioso, su forma fue inspirada supuestamente en la forma de las prendas tradicionales de Mongolia que se utilizan para la cabeza.

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A nuestra derecha veíamos la biblioteca de la ciudad, el edificio se parecía a un conjunto de libros inclinándose. Asu lado, estaba el Museo de Ordos que se veía como… bueno, es difícil de explicar exactamente. La empresa detrás del proyecto “Arquitectos Mad”, han sugerido que el diseño refleja “la encrucijada que enfrenta la comunidad, que se esfuerza por interpretar sus tradiciones locales dentro del nuevo contexto urbano que se construye.”

Interpreta ese comentario como quieras.

La plaza que nos rodeaba no estaba completamente vacía. Un hombre que estaba cerca, y su hijo que volaba una cometa; miraban como ésta flotaba elegantemente por encima de las cabezas de las estatuas de los kanes. Había muy poco tráfico alrededor, pero el carro o la bicicleta que de vez en cuando pasaba junto a nosotros, no parecía tener ninguna prisa en particular.

Hubo un movimiento constante de gente entrando y saliendo del Museo de Ordos, y vimos a un poco más de gente que se ponía alrededor de los cascos de los caballos. Al acercarnos más, nos dimos cuenta que estas personas iban vestidas con uniformes grises de barrendero. A lo largo del día, nos volvimos a encontrar con estos equipos de mantenimiento de Kangbashi, los cuales superaban la cantidad de peatones en la calle.

Deambulando por los senderos que bordeaban el centro de la ciudad, pasamos por calles donde había pequeños parlantes tocando la música popular de Mongolia. Más abajo en la plaza, más allá de los caballos y el teatro, los letreros anunciaban una cafetería y decidimos echar un vistazo adentro. Tomamos el ascensor hasta la planta superior de la cafetería, donde al abrirse las puertas, nos esperaban unas niñas de colegio riéndose sin parar, de pie en una línea para saludarnos. Se veía lo mismo que en el burdel que habíamos pasado la noche anterior, excepto que esta vez las chicas estaban completamente vestidas.

Una oleada de sorpresa y curiosidad demostró el personal cuando dos extranjeros salieron del ascensor. Nos llevaron a un asiento en la ventana, desde donde miramos hacia abajo a través de la gran extensión de Genghis Khan Square. Kangbashi, sin lugar a dudas, fue la ciudad más extraña que había visto jamás.

Nos tomamos un café y luego una cerveza, mientras charlábamos concentrados sobre las calles vacías y los monumentos extraños debajo de nosotros. Esto era todo lo que habíamos visto en las fotografías, surrealistas, de metrópolis desoladas; la antigua Mongolia empalmada con escenas de un futuro lejano, en contraste con los remolinos de arena del Desierto Mu Us. Hasta este punto sin embargo, sólo habíamos visto la ciudad desde las calles, desde sus caminos y senderos peatonales… Era el momento de ir más profundo. Terminamos nuestras bebidas, y nos pusimos en marcha para hacer una exploración más adecuada.

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Era el momento de ver la realidad de Ordos, para ver lo que la BBC, Al Jazeera, el New York Times y otros, en mi opinión, no habían mostrado… Era el momento de salir de las sendas peatonales, para empezar a abrir algunas puertas y hacer caso omiso a las señales de no entrada, y así trataríamos de infiltrarnos en el pueblo fantasma más grande del mundo.


En los techos de Ordos

De la plaza de Genghis Khan giramos al este, cruzando un trozo de monte árido que sólo puedo suponer que en algún momento habían tenido la intención de sembrarlo y ponerle matas y plantas. Luego, pasamos por un edificio cuadrado altísimo, con crestas complejas y decorado con vigas de diferentes texturas a lo largo de su estructura. Pensamos que podría ser para un supermercado, aunque desde el exterior había pocas pistas sobre lo que el edificio podría tener… si aún tenía algo.

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A lo largo de esta carretera, de a poco pasaban vehículos hacia el este en camino hacia Dongsheng y su aeropuerto. Sin embargo, teníamos que salir de los carros, llegar a los bosques de torres inconclusas, ver las estructuras de los apartamentos que se levantaban de la arena como árboles muertos en una sequía.

Saliéndonos de la carretera principal y metiéndonos en callejuelas estrechas y pequeñas, encontramos nuestro camino hacia una zona residencial. Los edificios estaban unidos unos con otros por una serie de senderos serpenteantes, los caminos se desviaban alrededor de los bloques para dejar un espacio peatonal en el centro. Adoquines de cemento formaban una pista de enlace de un edificio con otro en medio de pilas de muebles de exterior envueltos en plástico; implementos de aseo sin utilizar se apilaban en cada esquina, como si recién los hubiesen sacado de la parte trasera de un camión.

Al girar en la esquina a un patio que daba a las torres, pasamos una estatua volteada, acostada y olvidada detrás de una pila de materiales de construcción: una figura moderna y estilizada de una madre y un niño.

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Estaba claro que habían previsto que la pequeña plaza fuera una zona ajardinada comunitaria, los apartamentos modernos de gran altura que la rodeaban. Quizás hubiera tenido flores, fuentes y bancas cuando se completara – quizás algún día, todavía las podrá tener. Imposible saberlo.

De vez en cuando entre los edificios, aparecían cajas con paneles de vidrio en la tierra; cada una de ellas con un hueco de ascensor o de escaleras rumbo. Caminando, encontramos un hueco del ascensor con un panel de cristal roto en la parte trasera.

Bajo la calle principal, en un subterráneo, parecía que una zona completa había sido reservada para estacionamientos. Tenía sentido, mantener los carros fuera de las zonas residenciales redirigiendo el tráfico a niveles subterráneos en su lugar. Cada vez más, queríamos ver hasta qué punto el pensamiento y la planificación había entrado en la Nueva Área de Kangbashi.

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Cuando entramos se encendieron las luces, y por delante del largo y ancho túnel brillaban tonos de color verde y plata. Había dos, tal vez tres carros estacionados a la vista, que se veían costosos. Sin embargo, a pesar de estos pocos residentes solitarios, el lugar todavía tenía el olor y la presencia de estar nuevo: ni una huella, ni una marca de neumáticos a la vista.

A lo largo de los túneles, entre los estacionamientos que se conectan unos con otros a través de una red de puertas idénticas, vimos los ascensores que te conducen de nuevo hacia la superficie. Queríamos probar uno. Al entrar, las luces se encendieron de inmediato, y nos montamos en un ascensor hasta en el edificio anterior.

Si te estás imaginando un ascensor de acero inoxidable, tal vez incluso equipado con un espejo, entonces estás equivocado. Este ascensor fue poco más que una jaula de madera contrachapada, un cuadro aterrador que parecía tambalearse y que crujía al subir… como si hubiese estado sujetado por una cuerda que cuelga en la rama de un árbol.

Primero echamos un vistazo alrededor de la planta baja del edificio; hecho de hormigón en su mayor parte y todas las luces se encendieron al entrar. En la esquina de un pasillo, una caja grande de fusibles estaba contra la pared. Abrí la caja, y esta crujió al ser desbloqueada. Encontramos un arsenal extenso de soldadura y de cables sueltos. Rápidamente cerré de nuevo con la palma de mi mano.

A continuación, armándome de valor, toqué la puerta de un apartamento. No hubo respuesta. Esperé un rato, volví a tocar y luego volteé lentamente el mango de la puerta. Se abrió la puerta sin necesidad de una llave, entré y eché un vistazo en el interior. Los pisos estaban sin terminar y llenos de polvo, las paredes de yeso formaban los cimientos básicos de lo que tenía el potencial de ser un espacioso piso familiar. En la habitación más grande, debajo de la ventana, habían puesto una mesa y sillas para niños, con sus tasas, envases y palillos de plástico.

Antes de subir al piso más alto, probamos lo mismo en un par de casas más y en todas pasó lo mismo. Al salir del ascensor en el piso 12, me encontré instintivamente en puntillas en el pasillo… como si estuviéramos entrando a escondidas a un edificio normal, ocupado. Por supuesto, las posibilidades de que hubiese alguien en casa eran casi nulas; pero entonces, los carros estacionados abajo tenían que pertenecer a alguien.

Dando la vuelta al final del pasillo, había un tramo pequeño de escaleras que te guiaba hacia arriba a una simple puerta de madera. Parecía demasiado grande para caber en su marco, y así en lugar de bloquear la salida, fue sujetada firmemente con alambre; una larga maraña de cables rígidos se había torcido alrededor de la manilla de la puerta, un bucle alrededor de una barandilla de la escalera y después atado en un revoltijo agudo y punzante. Nos tomamos unos minutos de flexión, de maniobras y de tener los dedos ensangrentados antes de finalmente estar en la azotea del edificio de apartamentos.

Hasta ese momento habíamos estado protegidos; contemplando sólo calles vacías unas tras otras. Desde esa altura, sin embargo, por fin empezamos a tener una idea de la escala de dimensiones de esta ciudad. Filas tras filas tras filas de torres se extendían a nuestro alrededor, muchos de ellos no más de esqueletos con asistencia de grúas oxidadas, comencé a darme cuenta por primera vez, lo bastante grande que se suponía que esta ciudad debía ser.

Aunque la vista era muy buena, todavía estábamos escudados por todos lados por las construcciones más altas. Lo que vimos de la ciudad, con el desierto atrás, nos hizo vislumbrar las inminentes construcciones que ejercen presión por todos lados. Quería llegar aún más alto, para poder mirar desde el horizonte, la ciudad fantasma en su conjunto.

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Pero para eso, íbamos a necesitar un edificio más alto.


Las calles de Kangbashi

De vuelta al nivel de las calles, paseamos un rato por las urbanizaciones. Aparecían torres de viviendas en torno a una serie de cuencas o depresiones de tierra consecutivas. Cada una de ellas sembrada con semillas de la utopía, cada una de ellas condenada a una cosecha marchita. Al llegar al final de la zona nos montamos a una cerca y cruzamos la carretera; supongo que a esas alturas nos dirigíamos en dirección noreste.

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Caminamos a lo largo de una carretera principal, rodeados por todos lados por tiendas, edificios de apartamentos, edificios escolares de colores y el gran hospital de Kangbashi. Los carros o las bicicletas pasaban de vez en cuando, pero alrededor de nosotros, las aceras estaban vacías salvo por los equipos ocasionales de barrenderos. En ese momento, era difícil entender la idea de que todo esto era deshabitado.

A nuestra derecha, pasamos por una estación de policía. Se mostraba el típico diseño chino: un edificio cuadrado, rígido, detrás de un patio con una garita todo el frente. Parecía difícil de creer que incluso esta estación estaba desocupada.

No sabíamos qué camino tomar, estábamos consumidos por un deseo de explorar todo. Sin embargo, entrar a la estación de policía parecía un salto demasiado lejos, así que preferimos probar con el hospital.

Era imposible saber si el edificio había tenido un uso, o si al igual que gran parte de la ciudad, hasta ahora sólo les había dado la bienvenida a los equipos de construcción. Decidimos ponerlo a prueba.

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Al acercarnos por un lado del edificio del hospital probamos con una pequeña puerta, que se encontraba abierta, y pasamos debajo de la cortina que colgaba en todo el interior. Ante nosotros había una escalera estrecha y sucia que llevaba a varios niveles bajo el suelo. Dimos un paseo adentro y pasábamos por debajo de lámparas eléctricas que no prendían, queríamos averiguar que había para arriba y para abajo del edificio.

Pero nunca pudimos. Unos gritos rodaron por la escalera detrás de nosotros, era un guardia de seguridad muy enojado. Intentamos razonar con él, “sólo unas cuantas fotos, ¿no?”. Pero estaba claro que no iba a suceder.

Después de ser echados a la calle por un hombre que podría haber pasado como un tipo duro de una sociedad secreta en cualquier película de Hollywood, cruzamos la carretera y nos dirigimos a nuestro próximo destino.

Uno de los letreros en el edificio opuesto decía algo acerca de oficina de abogados, aunque esa estructura de hormigón caía muy por debajo de una oficina que estuviese en funcionamiento. La planta baja era un desastre, pero había un pequeño agujero perforado a través de la chapa de madera fina, por lo que me metí en el interior del edificio.

Me quedé en silencio al entrar, era un espacio polvoriento que bien podría haberse convertido en un centro comercial en el tiempo. Esta primera sala nos llevó a un espacio más grande allá a través de una puerta de entrada. Al dar la vuelta en la esquina, caí casi de cabeza frente a un equipo de trabajadores. Al más puro estilo chino, dos hombres operaban con herramientas pesadas, mientras que otros cinco fumaban y los miraban. Uno de ellos levantó la vista y me llamó la atención, le sonreí cálidamente y luego me devolví rápidamente por el mismo camino que había llegado.

A estas alturas habíamos caminado una buena distancia de la última azotea y las torres que nos rodeaban ahora eran significativamente más altas que las anteriores; unos buenos 20 pisos o menos. Decidimos darle otra oportunidad y seguimos caminando por la torre hasta que nos encontramos con la vista de un jardín vacío.

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Esta vez, había caminos que unían los edificios, un par de coches estacionados en las esquinas e incluso había uno en movimiento en el que con desconfianza nos miraron sus ocupantes cuando pasaron cerca a nosotros. Nos acercamos a una de las torres más cercanas, intentamos con la puerta, la encontramos abierta y entramos.

Este edificio estaba en mucho mejor estado que el último bloque de apartamentos. Los muros habían sido terminados, y varias puertas estaban decoradas con símbolos chinos para la suerte y la fortuna. Fuimos directamente hacia el ascensor y nos subimos a la parte superior.

Arriba, una puerta abierta nos condujo a un gran apartamento adornado con candelabros y papel tapiz de diferentes texturas; una suite o pent-house bien opulento. Había sonidos de actividad en el interior por lo que nos fuimos rápidamente para realizar el último tramo de escaleras hasta la azotea. La puerta se abrió con un empujón y ya estábamos ahí con la vista hacia la ciudad.

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Esta azotea era más pequeña que la anterior, era sólo un cuadrado, el espacio abierto, y una segunda puerta que daba a un oxidado mecanismo que alimentaba el ascensor. Sin embargo, si la vista desde la parte superior del otro bloque había sido impresionante, éste fue espectacular.

Teníamos la vista a Ordos debajo de nosotros: un amplio terreno baldío, calles silenciosas llenas de torres vacías y abandonadas.
Traté de mirar hacia fuera en busca de señales de movimiento, que son claves para la vida en una metrópoli. El carro extraño se movió lentamente a lo largo de la carretera principal, pasó por alrededor del centro de Kangbashi para cruzar el puente de Ordos, y luego se dirigió hacia Dongsheng. Kangbashi desde esta altura en su mayor parte, parecía una ciudad modelo; se veía su arquitectura radical basada en un conjunto de adornos novedosos y sus torres inconclusas dispersas como ladrillos rotos a través de un cajón de arena.

Quizás el mayor problema que se nos presentaba ahora, era decidir sobre nuestro próximo destino en esta ciudad. Miramos a nuestro alrededor, girando en 360 grados, vimos el puente, los rascacielos, el centro de la ciudad en la Plaza de Genghis Khan, el centro de exhibiciones futurista, las torres aspirantes a residencias que estaban fila tras fila en el desierto … y entonces nuestros ojos se enfocaron en el recién construido centro deportivo Kangbashi.

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El tono verde de la cancha parecía brillar a través de la ciudad gris, los asientos de color brillante se desplegaban alrededor de ella como los pétalos de una extraña orquídea en el desierto. Hicimos una nota mental de la dirección y de los puntos de referencia que nos conducirían, calle por calle, al centro de deportes de la ciudad; entonces nos dirigimos de nuevo a la calle.


El Centro de Deportes

Al salir de las urbanizaciones, de regreso a la carretera principal, al principio retrocedimos nuestros pasos; fuimos hacia atrás más allá del hospital, las obras de construcción y de la estación de policía, para tomar la dirección hacia los campos deportivos.

Antes, cuando habíamos pasado la comisaría de policía, todavía estábamos muy incrédulos, tratando en vano de procesar la desolación y el vacío absoluto de Kangbashi. Simplemente no nos parecía posible. Además, lo que he aprendido sobre valores sociales durante toda la vida me había dicho que no podía infiltrarme a una estación de policía que podría ser real.

Pero ahora sin embargo, pasamos por la etapa de tentarnos de incredulidad a una de libertad absoluta, la lenta realización que prácticamente todo en Kangbashi estaba abierto a ser explorado
. Así que, cruzando el camino hacia las puertas que estaban abiertas, revisamos bien que la calle a nuestro alrededor estuviese vacía, antes de entrar en el umbral de la estación de policía. Estaba tan vacía como lo que esperábamos, ni un solo vehículo, ni un solo oficial a la vista.

Sólo estábamos deambulando a través del edificio principal, cuando una voz detrás de nosotros gritó algo en chino. Al principio, supusimos que instintivamente nos habían pillado… pero como nos dimos cuenta después, la voz pertenecía a un cuidador. Más que nada, el hombre se había sorprendido simplemente por ver las caras de extranjeros en Ordos.

Mi acompañante hablaba un poquito de chino, por lo que fuimos capaces de mantener una conversación con el hombre. Nos dijo que era parte del equipo de mantenimiento, y se ofreció a darnos un recorrido por el lugar. Parecía que la novedad de mostrar a los visitantes alrededor de sus pequeños rincones de la Ciudad Fantasma, era una experiencia demasiado emocionante como para dejarla pasar. Caminamos, y nuestro nuevo amigo se complacía en señalar las características de las cosas de nuestro alrededor y en explicar cuánto había costado instalar cada una de estas cosas.

“Cuatro mil Quai!” dijo entre risas, señalando una gran olla de cerámica con incrustaciones de figuras tradicionales de Mongolia. Eso es alrededor de £ 400.

Estaba claro que este hombre veía a Kangbashi como una locura enorme. Citaba los precios, movía los brazos y sus gestos hacían mucho para comunicar la locura de tal inversión en un pueblo fantasma. Lo seguimos por la estación, había ventanales de cristal que daban a oficinas vacías; la estación de policía se rodeaba de edificios vírgenes y a través de la parte trasera, daba a una escuela.

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Una serie de esculturas de colores había sido colocada en un rincón del patio, aparentemente representados por la temática de las manzanas. El rostro de Isaac Newton aparecía grabado en un fruto de metal gigante y otra instalación llevaba el perfil de Steve Jobs.

“Diez mil Quai!” decía y se reía nuestro guía. Él parecía encontrar el concepto de Kangbashi chistosísimo; aunque a juzgar por su aspecto pulcro, sus ropas elegantes y confortables, sin embargo, la ciudad fantasma mantuvo sus trabajadores con salarios decentes.

El hombre nos llevó a través de un patio, en la parte trasera de los edificios de la escuela, y de repente vimos que el patio de césped se abría hacia un amplio campo de juego que tenía unas gradas por el costado lateral.

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En el borde del campo de césped, que es cortado regularmente pero nunca lo usan, nos mostraron una serie de estatuas de bronce. Las figuras mostraban a niños en el vestido tradicional chino, congelados en el juego con pañuelos de seda rosa atados al cuello los cuales agitaban ruidosamente contra el viento.

“Cincuenta mil Quai!” el hombre se rió, antes de explicarnos que los pañuelos de seda se lavaban y se reemplazan de forma semanal.

En este punto nuestro guía se despidió, explicándonos que tenía otras obligaciones que atender. Sin embargo, él nos dijo que nos sintiéramos bienvenidos y nos invitó a explorar el resto de las instalaciones. Le aseguramos que lo haríamos, antes de emprender camino hacia mirar las gradas y el edificio que quedaba debajo.

Era una sensación extraña pasar por las filas de asientos plásticos y saber que nunca nadie se había sentado en alguno de ellos; más allá del césped verde claramente marcado con líneas blancas y zonas limítrofes de penalización, se veía un campo bien cuidado que aún no había conocido una pelota.

Había un pasadizo por debajo y entre las filas, el cual nos llevó a un lugar dentro del bloque de asientos. Seguimos el pasillo a través de un par de puertas de vidrio, que estaban marcadas con un cartel que decía: “Sala de actividades de Jóvenes Pioneros”. Mi amigo Gareth, el dueño de “Tours de jóvenes Pioneros” estalló con una sonrisa infantil mientras posaba para una foto debajo. Como era de esperar, la puerta estaba abierta (todavía estábamos esperando encontrar una sola puerta que estuviese cerrada en Ordos), y así nos dirigimos a su interior.

La primera habitación en la que entramos, extrañamente, parecía ser un estudio de ballet. La luz se filtraba a través de las cortinas de seda, de color rosa, para reflejarse en los espejos de las paredes y los pisos eran pulidos en un aura casi sobrenatural de opulencia. Al lado, una sala de trofeos; estantes forrados de figurillas moldeadas en miniatura, con libros en blanco y listos para recibir inscripciones.

Paseamos de habitación en habitación, admirando las instalaciones. Este fue un centro deportivo con todas las reglas, listo para abrir sus puertas en cualquier momento. Una habitación contenía una caja de pelotas de baloncesto, todo nuevo y con el olor a goma que todavía se aferraba a ellas.

La siguiente habitación fue un estudio de música; en una esquina había un computador conectado a un pequeño sistema PA de interior, con micrófonos y una mesa de mezclas de ocho pistas. Esparcidos por las distintas mesas yacían un surtido de trompetas, tambores y guitarras.

A medida que exploramos, traté de calcular el valor total de los elementos que se hallaban esparcidos alrededor del centro: cuando llegué a los miles de dólares, me rendí tratando.
Fue simplemente desconcertante pensar que cualquiera podría haber entrado desde la calle, intentar con una de las puertas abiertas, y seguir la escalera interna; exactamente como lo habíamos hecho nosotros. La falta de seguridad en todo el centro de deportes o alrededor de Kangbashi como un todo, era algo que no había visto nunca.

Pero igual, simplemente no había nadie en las calles para entrar por la escalera interna. Kangbashi es tan remoto, tan aislado, que parecía que había una suposición general de que nadie podría estar aquí sin una muy buena razón. Después de todo, ¿por qué los ladrones y vándalos viajarían a una ciudad vacía en el desierto de Ordos?

Después del campo de deportes nos dirigimos al norte, pasamos por estatuas inacabadas del pasado, pasamos por un vasto monumento erigido por encima de nosotros: un globo de plata, adornado por una sospechosa estrella soviética. Finalmente salimos a la carretera principal, llegando a donde estaban las cúpulas de plata de la era espacial del Centro de Exposiciones Kangbashi.

Tomando una mirada rápida en el interior, nos tropezamos con los lugareños que participaban en torneos rápidos de ping-pong. Cogí un folleto del suelo que promocionaba a Ordos como la “La ciudad valiente del futuro”.

Nuestra última parada fue en un restaurante: habíamos estado caminando por un día completo y ya era hora de recargar energías. Un letrero cerca del centro de exhibiciones señalaba hacia un restaurante de comida rápida lo que nos guió hasta un edificio aparentemente inacabado, sin embargo, cuyas puertas automáticas se abrieron con nuestra llegada.

Caminamos por dentro para ser recibidos por el silencio. El lugar estaba listo para el servicio, había mesas con sus manteles y luces brillando fuerte… pero no había nadie a la vista. Gareth inspeccionó el menú mientras me metí detrás de la barra, para mirar la amplia gama de bebidas que se ofrecían. Aunque la noción de tener barra libre era divertida, los dos estábamos dolorosamente hambrientos y así que decidimos probar subiendo otro piso.

megapost

El ascensor nos llevó a un nivel superior, a una oficina de planta abierta: escritorios y computadoras, refrigeradores y plantas en sus maceteros, pero ningún signo de vida. Ya casi habíamos renunciado a la idea de comer en un restaurante hasta que llegamos al tercer piso. Las puertas del ascensor se abrieron en silencio, y de repente estábamos siendo recibidos por un equipo de personal uniformado. Me pregunté cuánto tiempo habían permanecido parados como autómatas, a la espera de que llegara un cliente.


Explorando una ciudad de fantasmas


Mientras esperábamos para nuestros fideos y después de eso, en el vuelo de regreso a Beijing, reflexionamos sobre nuestro tiempo en la Ciudad Fantasma.

A lo largo de nuestras 24 horas en Ordos, habíamos intentado todas las puertas a nuestro alcance, y ninguna de ellas había sido cerrada. Habíamos visto a casi nadie fuera de uniforme, y no había indicio alguno de presencia de las autoridades. Incluso los pocos guardias de seguridad que conocimos habían estado tan sorprendidos por la aparición de los extranjeros, que más o menos tenían olvidado sus deberes. Las casas y las instalaciones, por su parte, iban de láminas de hormigón a puro lujo y sin embargo, en todo ese tiempo aparentemente, no vimos que viviera gente allí.

Sin embargo lo que realmente me puso a pensar, fue el gran tamaño de la ciudad. Si la libertad que habíamos experimentado para mirar de tan cerca, tomaría semanas o incluso meses para explorar toda la metrópoli. Nos habíamos gastado nuestro día en azoteas de edificios, en oficinas y canchas de deporte… pero si simplemente hubiéramos tomado otra dirección, podría haber sido fácilmente fábricas, colegios o tribunales de justicia; iglesias, mezquitas, centros penitenciarios, piscinas, centros comerciales o estaciones de trenes.

He estado en pueblos fantasmas antes, y ésta es de los más grandes. Por ejemplo, el pasado septiembre hice un recorrido en Pripyat, en la Zona de Exclusión de Chernobyl en Ucrania. Sin embargo, Kangbashi es como ninguna otra. Aunque tal vez esta ciudad sin terminar es menos elegante, menos histórica, menos trágica, menos decaída o por otra parte menos fotogénica de sitios como Pripyat, la sensación de libertad que ofrece es única.


Para mí, como estoy interesado en todos los aspectos de la exploración urbana, el énfasis ha estado siempre en la parte de exploración… y no sólo es Ordos 200 veces más grande que la ciudad infame de Pripyat, pero es prácticamente desconocida para los extranjeros. Para un explorador urbano entonces, Ordos es sólo una zona de juegos, que no ofrece nada más que el descubrimiento.

Explorando la ciudad fantasma más grande del mundo(megapost)

Basta con decir que pronto me veo visitando Ordos de nuevo.





ciudad

3 comentarios - Explorando la ciudad fantasma más grande del mundo(megapost)

cainyx
Que cool seria vivir en un sitio asi...por cierto, no me quedo claro, la ciudad queda en Mongolia o en China?
CarrerasP +1
queda en China, en una regíon llamada "Mongolia Interior" dejé una imagen al principio del post para que te ubices el lugar