Cuentos cortos

La Carreta


Gruesas gotas de sudor, corrían por la arrugada frente de don Lorenzo Sarmiento, llevaba varias horas empujando la carreta por el desolado camino. las pocas personas que a esa hora de la tarde transitaban por la vía, le miraban con extrañeza, sin embargo continuaban su marcha sin atreverse a preguntarle nada. Pero una anciana de nombre Carmen Julia, se detuvo a su lado y le preguntó: ¿Disculpe señor pero me puede explicar por qué usted empuja esa carreta tan pesada y con ese burro encima?. Don Lorenzo detuvo su marcha y arrugando el entrecejo respondió: ¡Mí doña es usted la única persona que se ha atrevido a preguntarme esa cosa, pero mí deber de buen ciudadano es responderle, mire yo empujo esta carreta con este pesado burro encima, porque le estoy muy agradecido, ya que por más de veinte años, este animal me ha cargado sobre su lomo sin nunca quejarse y yo en agradecimiento ahora que esta viejo y enfermo, lo llevo a la sabana para que se alimente y al río para que tome agua!. Al escuchar aquella respuesta tan honesta y sincera, doña Carmen Julia abrió los labios de par en par y una exclamación salió de su boca: ¡Caramba señor, lo felicito, de verdad que en este mundo hay poca gente tan agradecida como usted!. La anciana continuó su camino mientras don Lorenzo aceleró el paso empujando con fuerza la pesada carreta.

Las pulgas mira luna

Había una vez tres pulgas. A ellas les gustaba mirar mucho la luna. Ellas vivian en mi gato blanco con gris llamado Mr Yimbo.
Un día el gato se acostó y les tapó la luna y ellas se pusieron muy tristes. Las pulgas crearon un plan para llegar a la cabeza.
Pero había un gran problema en el camino también vivian garrapatas y ese no era el mayor problema!!!. Un perro llamado Pin lamía al gato y en alguna de esas lamidas las pulgas podian caer o peor aún, el perro las podía tragar.
Las pulgas se decidieron a actuar.Montadas sobre una hormiga avanzaron hasta la cabeza esquivando las lamidas del perro. Por fin llegaron con un poco de miedo por el perro, se sentaron en la oreja del gato a mirar la luna. Le dijeron gracias a lo hormiga y siguieron admirando la luna.


La abeja campeona


Estaban todos los insectos reunidos un día en el bosque, discutian entre ellos para determinar cual era el más trabajador, inteligente y útil de todos. En ese momento intervino el zancudo y dijo: ¡yo soy el más importante de todos ustedes, ya que con mí aguja puedo sacarle la sangre a las personas!. La garrapata que estaba cerca escuchando la discusión, solto una carcajada y dijo: ¡Que tonto es usted amigo, recuerde que yo también puedo realizar ese trabajo y de manera más eficaz!. Dando un salto, el piojo alzo la voz para decir: ¡Oigan señores, si de chupar sangre se trata, yo también puedo realizar ese trabajo!. Muy molesto por el giro que habia tomado la discusión la mosca dijo: ¡Disculpen amigos pero yo también soy importante, recuerden que me encargo de descomponer y dañar todos los alimentos que encuentro en mí camino!. Cerca de allí, muy seria la avispa grito: ¡Aquí estoy yo, si no me han visto, dispuesta a clavarle mí aguijón a todo el que se atraviese en mí camino!. la discusión continuaba tomando fuerza, cuando de pronto paso por el lugar una abeja, inmediatamente fue llamada para que diera su punto de vista, muy seria ella le dijo a todos los presentes: ¡Ustedes me van a perdonar señores, pero yo no puedo perder el tiempo en este tipo de discusion, tengo muchos hijos que alimentar, todabia me falta medio bosque por recorrer, recolectando el nectar de las flores, con el cual preparo una rica miel en mi panal. La hormiga que tambiçen se encontraba presente dijo: Soy testigo de lo que dice la amiga abeja, ya que he probado su miel y de verdad les digo, ella es la mças trabajadora, inteligente y util de todos nosotros, por lo que propongo se termine esta discusion y declaremos a la abeja como la campeona de todos los insectos del bosque. Acto sequido los presentes en la reunion levantaron la mano y por desicion unanime declararon a la abeja como la campeona, la cual muy contenta y alegre recibio su corona y se fue volando hacia su panal.


Solo una piedra

De forma alargada, con pequeñas grietas en el cuerpo y de color parecido a los granos de café; la pequeña piedra observaba placidamente, desde el fondo del riachuelo, la naturaleza que se extendía a su alrededor. Muchos pececillos nadaban, algunos gusanos se arrastraban, caracoles que se movían lentamente y musgo acumulado en sus costados.
Toda le iba muy bien a la piedrecilla, pero no obstante, ella quería más que aquella vida tan monótona. La pequeña sentía gran curiosidad por conocer las cosas que se encontraban fuera de las aguas del arroyo.
No se podía sacar de la cabeza aquellas palabras que, hacia ya un buen tiempo, había escuchado decir a una piedra viajera.
Fue una tarde cuando aquella piedra viajera llegó rodando hasta quedar a unos centímetros de la pequeña. Tenía el cuerpo ovalado de tanto recorrer, dando vueltas, el riachuelo. Aquella vez, la viajera, dijo a grandes voces que la vida lejos de las aguas era una verdadera maravilla.
—¡Hay muchos seres extraños! —dijo haciendo muecas con las manos—; unos pueden volar, otros caminar. Hay muchas flores coloridas que adornan los árboles. “La vida lejos de las aguas es asombrosa.”
Aquellas palabras bastaron para que la pequeña piedrecilla sienta, desde ese momento, una gran curiosidad por salir del fondo del riachuelo.
Solo una cosa le perturbaba. La viajera también había contado que en todo el esplendor de fuera se encontraban unos seres a los que les gustaba maltratar a las piedras; las pisaban, las pateaban, las golpeaban, las estrujaban y hasta quien más sabe que les hacían. Aquellos seres terribles tenían por nombre “Humanos”.
Una mañana de tantas, la pequeña se decidió. No viviría toda su vida en el fondo del arroyo, saldría a contemplar las maravillas de la superficie.
Habló con sus amigos los pececillos y los gusanos. Ellos estaban dispuestos a ayudarla. Los peces comenzaron a darle de empujones, mientras que los gusanos hacían pequeños surcos para que la piedrecilla pudiera ir en línea recta. Toda marchaba muy bien y ya estaban por acercarse a la orilla cuando de pronto, una fuerte correntada empujó a la piedrita muchos metros abajo haciendo que esta se entierre casi por completo.
La desilusión y la decepción la invadieron. Lejos de la orilla, las esperanzas que tenía de alcanzar la superficie estaban casi perdidas. La piedra quedó, por más de dos semanas, enterrada en el fango. Una mañana despertó más decidida que otras y se dijo:
—¡Yo no puedo quedarme aquí!, ¡Yo tengo que llegar a la superficie!, ¡Tengo que hacerlo!
Al decir esto, un arranque de fuerzas salió de lo más profundo de su débil cuerpo y, como por arte de magia, la piedrecilla salió expulsada hacia el exterior.
Aquella “Magia” había sido posible gracias a una cigüeña que se encontraba rebuscando el fondo del lago y, sin querer, le había dado una fuerte patada expulsándola afuera.
Por primera vez la pequeña sentía los rayos del sol que caían sobre todo su cuerpo.
Estaba asombrada por todas las nuevas cosas que veía. Era igual como había dicho la piedra viajera. ¡Todo un mundo nuevo! Con montones de seres que se abrían paso entre los verdes pastos y otros tantos que surcaban los cielos con vuelo esplendoroso.
La piedrecilla vivió muy alegre y por mucho tiempo, haciendo varios nuevos amigos.
Una tarde, llegó lo inesperado. La pequeña se hallaba contemplando el hermoso atardecer cuando de pronto, un fuerte movimiento la sacó de su lugar.
Eran los humanos que venían; unos corriendo velozmente y otros montados sobre el lomo de unas bestias peludas.
La pobre piedrecilla no sabía como defenderse y sufrió igual como había dicho la viajera.
La pisaron ferozmente, la patearon duramente, la levantaron y después la arrojaron muy lejos haciendo que parte de su cuerpo se agrietara cada vez más.
Fue a dar a los pies de un humano. Este la miró, la tomó y la estrujó entre sus manos.
La pequeña ya no tenía fuerzas, estaba moribunda, estaba en lo último de su vida.
—Yo no he molestado a nadie y no he hecho nada malo —pensó—, sin embargo me tratan como si fuera lo mas malvado del mundo.
El humano la guardo y se la llevó.
La piedra sintió después, unos martilleos que caían ferozmente sobre su cuerpo, luego un calor insoportable que la iba derritiendo, más tarde, la piedrecilla era sometida al agua helada de unas cubetas. Ella no sintió el agua, estaba desmayada presa del dolor y el daño que los humanos le habían causado. Durmió un largo tiempo.
Al despertar de su letargo, quedó totalmente admirada. No tenía grietas ni bordes toscos, no había señal de los martilleos ni de que hubiera sido sometida al fuego.
La piedrecilla tenía el cuerpo de color café porque el fango del arroyo se le había pegado. Aquellos golpes, patadas y estrujadas, habían servido para desprender de su cuerpo aquel barro y los martilleos y exposición al inmensurable calor habían servido para darle forma y brillo.
La pequeña ahora se hallaba formando parte de un altar magnifico, rodeada de asombrosas cosas brillantes.
La pequeña piedrita siempre había sido una pepita de oro.


Recuerdos en la arena


En una conferencia de prensa, un turista mexicano dijo,

"Me llamo Pedro, soy un hombre mexicano. Como muchos en Europa y en América, siempre he sentido fascinado por la cultura egipcia. Así que cuando terminé mis estudios en la universidad decidí viajar a Egipto. Allá visité el museo egipcio situado en el centro. También, visité todos los lugares turísticos en Luxur y Asuan… de verdad, me fascinó todo. ¡Y finalmente mi sueño! Frente a mí "Las Pirámides" ¡Qué impresionantes se ven! Jamás pensé que serían tan grandes.

Al final de la visita, pensé que ya había visto lo más emocionante, pero lo mejor aún estaba por venir…

A medio día, los guías turísticos nos llamaron al autobús para ir a comer. Pero yo, sin quererlo, me quedé viendo algunas cosas que me llamaron la atención.

Cuando de pronto, estaba perdido –o al menos así lo creía. Intenté correr, pero no era fácil correr en la arena. ¡De repente! Estaba en medio de una tormenta de arena… me sentía muy emocionado, pero claro, estaba más asustado que emocionado.

Y fue ahí donde encontré el más extraño tesoro que jamás imaginé.

Eran tres hojas de papel… muy raro papel… estaban escritas en árabe.

Entonces levante la mirada, me di cuenta de que había algunos turistas que vinieron conmigo en el grupo ¡Por fin alguien conocido! Así que corrí hacia ellos, y me subí en el autobús. Todos ahí me regañaron por haber tardado. Les dije que estaba en una tormenta de arena, pero a nadie le interesaba. También les conté sobre las hojas que encontré, pero parecían muy hambrientos, y nadie me hizo caso, excepto el conductor.

Me dijo que el tío del primo de su abuelo sabía leer lo que decía. Entonces me llevó a una casa pequeña, llegamos caminando entre calles apretadas del centro del Cairo. Estaba muy emocionado por saber lo que decían las hojas. El hombre comenzó a leerlas. Era increíble lo que relataba. Mi familia en México jamás me creería lo que me leyeron en ellas. Y bueno, tal vez tampoco lo hagan ustedes si lo leen. Pensarán que sólo es fantasía pero les aseguro que es verdad.

El anciano empezó a leer, y era esto lo que decía… … … …

Mi nombre es "Kiko".

Mi edad es de cincuenta años, aún soy un jovencito.

Nací en una ciudad egipcia, se llama "Shoubra" en una tienda pobre

Mis padres son de origen desértico, y sus padres eran descendientes de "Las Grandes Tortugas".

A la edad de cien años, los llevaron a las tiendas del centro, para que se casaran y empezaran su nueva vida. A mi me trajeron treinta años después.

Cuando llegué a los cuarenta y cinco, me llevaron a otra tienda mejor que la primera, en otra zona que se llama "Misr al Yadida". Allá, pasé cinco años, hasta que vino una familia para adoptarme.

Viví alegremente en la tienda sin molestias ni nada. Todo el día me daban lechuga de buena calidad y agua. Hacía los ejercicios de la mañana cerca de la puerta de la jaula, escalando las barras. Además, el hombre que siempre se sentaba allá viendo la televisión, nos dejaba ver a la gente que iba y venia caminando por la calle. Para nosotros era exactamente como la televisión. A veces me perturbaba y me despertaba a medio día, pero generalmente era un hombre amable y amistoso. También era divertido sentarme a charlar con mis hermanos y mis primos, algunos conmigo en la jaula, y otros de otro tipo de tortugas, viven en el agua… luego os explicaré la diferencia.

Lo más importante es que vino una familia muy pequeña para que me adoptaran -de verdad jamás vi una familia tan pequeña así, eran sólo cuatro miembros… nosotros y mis hermanos éramos treinta, cinco se murieron, entonces quedamos sólo veinticinco. Yo estaba muy emocionado, pues, me llevarían a un lugar nuevo, saldríamos a pasear y me traerían lechuga y pepino.

Oí a una mujer mayor, y al lado de ella había un hombre que parecía bien educado, preguntando al hombre de la tienda sobre alguna cosa que no entendí. Él les respondió con un número… cincuenta creo.

Y vinieron otros humanos, menores que los otros de estatura. Me despedí rápidamente de mis parientes en el agua y mis familiares en la jaula, y ya me llevaron. Uno de ellos me llevó, y andaban hasta que llegaron a algo enorme que se parecía a la jaula pero más grande y sin barras. Entraron, se sentaron, y de repente esa cosa empezó a moverse.

Los pequeños humanos peleaban al principio sobre quien me lleva. Realmente me sentía muy feliz y orgulloso.

Luego, esta enorme jaula se paró, y todos salieron de ella. Los pequeños me llevaron, y anduvieron hasta que llegaron a una tienda enormísima… pero, estaba tan vacía, sin gente que fuera y viniera ni nada.

Tiempo después, me pusieron en una jaula grande de color marrón, pero sin barras. ¡Qué raro! Es muy floja… no sé de qué está hecha. ¡Qué lástima! Ya no podré hacer los ejercicios de la mañana… pero no hay problema, encontraré alguna forma. De momento, pusieron algo debajo de mí, que no sé que es. Algo largo que cuando se pliega o se extiende hace ruido. Estaba lleno de arena negra extendida… pero ¡Qué extraño! Cuando la tocaba, no la encontraba… como si hubiera fusionado en esa larga cosa.

Y ya, me pusieron dos platos de lechuga. Tomaron la jaula, y la pusieron en una parte de la tienda donde hacía frío… pero no importaba, me escondí debajo de mi caparazón. ¡De repente se fue el sol! No supe cuándo vino ni cuándo se fue… pero bueno, me dejaron, me comí la lechuga, hice pipi, y ya me dormí.

Así, empezó mi nueva vida con esa familia.

***


El primer día:


Desperté por la mañana por la bonita luz del sol. Salí del caparazón, y bostecé fuertemente. Lo mejor de esta jaula es que estaba abierta al cielo. Veía todos los lindos colores y a nuestro vecinos, los pájaros, cantando arriba. De verdad, era una escena preciosa.

Miré alrededor, y encontré que la lechuga se había acabado, y nadie me había traído nada de desayunar. Me quedé esperando tantito, hasta que vino uno de los pequeños humanos, que me llevó…. ¿hasta dónde? No sabía.

Lo grité:

-" ¡Tengo hambreeee!"

Pero no me hizo caso.

Esta tienda se veía grandísima, tenía muchos suburbios aquí y allá, que estaban completamente vacíos. No vi ni un género de los animales, nuestros amigos. Me parecía que a las personas aquí les gustaba la soledad.

Bueno, me llevó a un lugar pequeño y me puso sobre algo liso y demasiado frío. Y ¡De repente! Encontré agua-de la que bebemos- cayendo sobre mi cabeza. Me asusté mucho, y le dije,

-"¡Suficienteeee! Llévame fuera de aquííí… mamá míaaaaa… aaayyyy".

Pero actuó como si no hubiera oído nada.

Entonces, puso algo de color extraño sobre mi caparazón… me parecía que quería tomarlo para sí mismo, pero le grité fuertemente:

-"¡¡Déjalo… es mío!!".

Y ¡que bien! Creo que se asustó por mis gritos, pues lo dejó inmediatamente… pero… agarró una cosa grande con muchísimos dientes que me dio miedo

-"¡AY!"

Entonces la movió varias veces por todos lados. De tanto mover, vi burbujas saliendo de esta cosa, se veían como aquellas de que me contaron mis primos en el mar… me alegré mucho

-"Yupiiii yupiiii".

Intentaba acercar mi cabeza a las burbujas, y apenas me tocaron los ojos… ¡me ardieron tantísimo!

-"¡Mamá míaaaa! aaayyy".

Pero poco después, el pequeño me puso debajo del agua, y ya se fueron las burbujas, aunque me quedaron ardiendo mis ojos.

-"Yaaaa… llevadme de aquí… ¿qué estás haciendo aún, chiflado?... devuélveme a mi jaulita… ¡tengo hambreee!".

El pequeño rodeó mi caparazón, y siguió haciendo lo mismo

-"¡Dioooos! Es increíble… deja ya mis manos y mis pieees".

De hecho, se quedó moviéndome tanto tiempo hasta que me causó vértigo. De verdad, no sé por qué hizo eso. Finalmente, cuando ya acabó, me agarró y me puso sobre una cosa suave y muy tierna. Me secó los pies, las manos, y el caparazón.

-"Ah si, así es. Te empezaba a odiar, pero volví a quererte de nuevo. Aunque todavía no te daré mi caparazón”.

Cuando por fin mis pies tocaron la tierra, me empecé a relajar, y a sentir ganas de dormir.

Pero lamentablemente, no me dejaron. Vino su hermano y empezaron las molestias.

-"Tengo hambreeee…. Dejadme dormir".

Pero ni modo. Se quedaron agarrándome, poniéndome en todos lados y viéndome todo el tiempo como si fuera un pez ornamental que saltaba en el agua.

Por fin, pasaron las horas y vino la noche, y me pusieron en la caja (así les oí llamarla). Me trajeron lechuga, y me la comí como si fuera la última vez que comía en toda mi vida. Luego ya no me sentía, y me caí dormido.

***

El Segundo día:


Por la mañana, me sentí demasiado débil como si hubiera estado corriendo toda la noche. Tenía un horrible dolor en la cabeza, tan fuerte que ni me di cuenta del canto de los pájaros ni del color azul claro del cielo. No tenía ganas de comer… ¡ay que día fue ayer!... ¡cuánto extraño a mi jaulita y al hombre sentado!

Temía mucho que este día pasara igual que el otro. Me escondí adentro del caparazón y ya no quería salirme. Me sentí tan triste, y con mucha nostalgia por la tienda. Ya no quería quedarme en esa tienda, aunque fuera enorme.

Pero lo que pasó después, me hizo cambiar mi opinión.

Un poco después de despertarme, uno de los pequeños humanos vino a verme, y a cambiar lo que estaba debajo de mí. Cuando ya todo estaba listo, me llevó y salió de la gran tienda donde vivía con los otros humanos.

Y en un momento, llegamos a donde no vi –porque estaba escondido aún en el caparazón- y me dejó en la tierra. Me quedé asustado sin ganas de salir un tiempo. Pero como sentía el calor del sol y el aire refresco, empecé a salir poco a poco. Y ¡Dios mío! Me encontré en un huerto grandísimo, donde había flores y plantas verdes por todos los lados. Me salí completamente y ¡VAYA! La zona verde estaba extendida a la vista y no podía ver dónde terminaba. Me emocioné muchísimo, y empecé a caminar entre las plantas y las flores.

Me dijeron antes que las flores saben riquísimas. Así que decidí comprobarlo. Me acerqué a una flor amarilla y me la comí. Y era verdad, sabía muy muy rica. Vi las mariposas volando en el cielo, hacían tan bonita escena con sus colores. Una de ellas de color naranjo con azul, se me acercó, y se paró sobre mi nariz.

Caminé tan feliz, ¡Cuándo de repente… … … … … … … … …"

El turista dejó de leer unos segundos, pero después dijo,

"Por desgracia, esta hoja no está completa. Tampoco el diario está completo, pues son sólo tres hojas. Le pedí al Ministerio de la Cultura que buscasen en la arena cerca de las pirámides a ver si encuentran más. La petición está en correo. La hoja que falta cuenta el último día en la vida de la gran tortuga. Dice así… …


Cien años después:

Estoy ahora sentado en mi cama. Ya veo venir la muerte… ¡qué alegría! Ya me voy con mis abuelos "Las Grandes Tortugas".

Recuerdo ahora cuando conocí a mi esposa por primera vez. Hace muchos años… dejé la casa de los humanos pequeños, donde viví días tristes y felices. Luego fui a otra casa de un humano mujer con su hermano. Me trataron muy bien.

Ya he citado todo eso antes, pero como creo que éste ya es mi último día en la vida, me gusta recordarlo todo. Por fin… me llevaron al lugar de mi patria… "El Gran Desierto"…

Aquí conocí a una hermosa preciosa tortuguita, con los ojos azules y el caparazón rubio. Me robó el corazón… me casé con ella y diez años después trajimos treinta y cinco niños guapísimos, ya se casaron y todos están en sus casas tranquilos.

Gracias al Dios inmenso… me dio todo, me bendijo y me recompensó. Estoy acostado ahora esperando que venga mi mujer con el médico. Ya los veo. Siento algo extraño… mi alma está volando… pero… respiro difícilmente y mi pecho está cerrado… estoy… yo… estoy… es… … …

"Pedro… Pedro… venga hombre… despiértate… así vas a llegar tarde al trabajo"

La voz sonó en sus orejas.

Se levantó y… …

¡Qué sueño!

El sueño de karen


Karen era una niña muy soñadora, le gustaba imaginarse que estaba sentada sobre la luna, y que a su lado pasaban cientos de estrellas, y que en cada estrella viajaba un hada que les concedía deseo a todos los niños que creían en ellas. Vivía con sus abuelitos por que su madre se tuvo que ir a trabajar lejos para poder darle de comer a ella y a sus abuelitos.
Una noche, salió a jugar al jardín de su casa, cuando de pronto se encontró con una escalera muy alta, y ella sintió curiosidad de saber hasta dónde llegaba, y empezó a subir y subir y cuando se dio cuenta había llegado a la luna.
Ella no lo podía creer, siempre lo había soñado pero nunca pensó que le pudiera suceder.
De pronto de la nada, vio venir una lluvia de estrellas, era algo tan hermoso que ella estaba muy feliz. Todo brillaba a su alrededor, era una gran fiesta de luces.
En cada estrella había un hada del tamaño del dedo meñique, eran hermosas de cabellos dorados y ojos grises. Una estrella se detuvo frente a ella y un hada se le subió al hombro derecho y le dijo:
__ Hola Karen
__ ¿Cómo sabes mi nombre? Dijo Karen.
__las hadas lo sabemos todo, y como tú eres una niña buena quisimos cumplirte el deseo de estar en la luna, y ver las estrellas. Ahora cierra los ojos y pide un deseo.
La niña cerró los ojos, y cuando los abrió se dio cuenta que estaba en su cama. Todo había sido un hermoso sueño. ¡Pero que linda sorpresa! Cuando se asomó por la ventana vio la silueta de una mujer. Era su madre que había regresado.la niña corrió a abrazarla, y por la noche cuando se disponía a dormir cerró sus ojitos y le dio gracias a las hadas por haberle traído a su mamita. y siguió tan soñadora como siempre.


El angelito rebelde


Hace mucho tiempo cuando todo en la tierra no tenía un orden DIOS mando a llamar a sus ángeles y a cada uno de ellos le dio una tarea: tu rayas el alba, tu mantienes el aire y tu vigilarás las noches, tu cuentas las estrellas todos los días y así sucesivamente le fue dando a cada uno su tarea pero había entre ellos un angelito que era muy travieso e irresponsable al que Dios no le había dado algo para hacer, pero no porque se hubiese olvidado sino porque tenía un trabajo especial para él.
Entonces el angelito fue ante su presencia y le dijo -¿Señor te has olvidado de mí y yo porque no tengo un deber? El señor lo quedo viendo y entonces le dijo - ah es que para ti tengo una tarea muy especial que solo lo pueden hacer los ángeles responsables y en los que confío y pensé en ti porque creo que tu puedes y sé que no me fallarás. El angelito se quedó maravillado, el señor no se había olvidado de él y tendría una tarea más especial que la de los otros ángeles -¡cual es señor!- preguntó con mucho interés.
El señor, le explico que bajaría a la tierra y a todos los niños del mundo pobre, rico, y de la raza o el color que fuera le llevaría un juguete. Pero solo tendría un día para hacerlo y debía llegar al cielo antes de que el ángel de la mañana rallara el alba y antes de que la última estrella se metiera porque de no ser así sería castigado. El angelito muy emocionado tomó el saco de juguetes y bajó a la tierra y empezó a repartir uno por uno los juguetes a los niños pobres, a los que estaban tirados en la calle, a los ricos que tenían muchos juguetes. Fue por cada rincón de la tierra hasta que vio que todos los niños del mundo tenían su juguete y pensó: -el señor estará muy orgulloso de mí, he terminado a tiempo y todos tienen sus juguetes, no creo que se enoje si veo que es lo que hacen los humanos, total faltan un par de horas para que amanezca. Y el angelito se fue y anduvo espiando a los humanos y metiéndose en sus problemas, tratando de solucionarlos y así se pasó el tiempo cuando solo le quedaba como media hora decidía volver al cielo, iba de camino a casa cuando de repente miró a la tierra y a lo lejos vio aun niño muy pero muy pobrecito, la noche era cruelmente fría y la inocente criaturita estaba bajo una casita de palitos como pared y el techo de palmera, dormía sobre un pedazo de cartón y se tapaba con unas poquitas hojas de periódicos. Al verlo, el angelito quedó muy conmovido pero más se impresionó, cuando vio que no tenía ningún juguete a su lado inmediatamente empezó a buscar uno dentro de su saco de regalos pero para su sorpresa todos los juguetes ya los había repartido, el angelito estaba en serios problemas no tenía un regalo para el niño más pobre del mundo, las estrellas se estaban metiendo y pronto amanecería no sabía qué hacer y pensó -si me voy pues nada va a cambiara total no se lo diré al señor así que no me castigaría, pero cuando había tomado la decisión de irse miró a la tierra y sin saber que hacer, apunto ya casi de amanecer cuando las estrellas ya estaban ocultas vio a una de ellas y fue rápidamente al cielo, la tomó y la bajo a la tierra; la llevó hasta donde estaba aquel niño y se la puso de techo. Cuando el niño abrió los ojos, frente a él estaba el más grande regalo; él podía ver y tocar una estrella, era lo más maravilloso que le estaba pasando después el angelito lo dejo dormir y cuando el ángel del cielo contó sus estrellas, noto que una le hacía falta pero ya era tarde para buscarla pues ya casi había amanecido. El angelito mientras tanto subió al cielo lo más deprisa que pudo con la estrella pero cuando la coloco era demasiado tarde ya estaba rallado el alba no podía hacer nada entonces ese día la última estrella en ocultarse fue la del angelito travieso.
Cuando llegó al cielo, el señor lo mandó a buscar y le preguntó- ¿cómo te ah ido en la tierra? ¿Qué tal te fue con los niños? - El angelito sabiendo lo que había hecho, le contó al señor todo lo ocurrido y le suplicó que lo perdonara, pues él no podía dejar a un niño tan pobre y solito sin un regalo a pesar de ser tan travieso no tenia mal corazón, el señor le dijo: - lo que has hecho, se que lo has hecho de corazón y por eso te perdono pero hay un pequeño problema, la estrella que tomaste fue la última en ocultarse y tú te harás responsable de eso. Todos los días saldrás con ella y te meterás hasta lo ultimo con ella y así cuidaras y le darás calor a todos los niños desamparados del mundo, esa es la tarea que tú te pusiste te dijo el señor también te dije te acuerdas que solo los ángeles mas capases y especiales lo podrían lograr.
Desde entonces puedes ver que a las seis de la mañana cuando ya casi amanece y cuando todas las estrellas se ocultaron siempre hay un hermoso lucero más brillante que todos que se queda a lo último y después se mete.
Sin duda alguna, es el angelito que está cuidando de todos los niños pobres y desamparados de la tierra y se queda hasta la mañana como diciendo que desobedecer no es bueno.

El Príncipe enamorado.


Hace mucho tiempo vivía un Príncipe en un enorme castillo, que buscaba princesa con quien casarse y tener muchos hijitos.

Su padre el rey hizo el anuncio que todo el reino esperaba.

- El día del cumpleaños del Príncipe, que será dentro de catorce días y catorce noches, la muchacha que le haga a mi hijo el mejor regalo y por tanto el que más le guste a él, la eligirá como esposa para acabar siendo la reina de este castillo.

La sorpresa fue mayúscula y creó una gran espectación y alegría allá donde la noticia se escuchaba.

Todas las muchachas del reino, de algunas ciudades del alrededor e incluso de algunos paises extranjeros, se dieron cita el gran día del cumpleaños del Príncipe.

Los regalos eran espectaculares, joyas, cofres repletos de oro y diamantes, caballos traidos de Arabía, Toneles del mejor vino español y otros muchos y de los más variados de todo el continente.

Pero el Príncipe se fijó en un regalo que era una simple caja, a decir verdad era una caja muy bonita de madera, pero lo que más le llamó la atención al Príncipe fue que la caja estaba abierta y dentro no había nada, estaba completamente vacía y por supuesto el Príncipe no entendió nada. Hizo llamar a su mayordomo y le pidió que localizara a la muchacha que se estaba burlando de él y que su regalo había sido nada.

Pocos minutos después el mayordomo se presentó anunciando a la muchacha que no le había hecho ningún regalo y por supuesto el Príncipe le preguntó:

- Me puedes explicar porque te has querido burlar de mi no regalándome nada. Dijo el Príncipe dándole la espalda a la muchacha.

Con voz temblorosa la muchcha pudo decir:

- Lo siento Príncipe, pero por el camino me encontré con tanta gente que lo necesitaba más que usted, que lo repartí todo.

El Príncipe solo escuchando la voz dulce de la muchacha y su grandiosa generosidad, se dió media vuelta, se arrodilló y sin mirarle el rostro dijo:

- No me importa como seas por fuera, porque por dentro he visto que quiero que seas la madre de mis hijos y la reina de mi castillo y mi corazón. ¿Te quieres casar conmigo?.

- Ella se arrodilló junto a él y por primera vez se miraron a la cara y descubrieron lo bellos que eran y lo mucho que se amaban.

Se besaron dulcemente y anunciaron el compromiso. Juntos repartieron todos lor regalos del Príncipe y todo el reino lo agradeció.

Fueron muy felices y reinaron con sabiduría y justicia, hasta el final de sus días.


El Pajaro Carpintero


Estaban todas las aves del bosque reunidas un día debajo de un frondoso árbol, cuando de pronto escucharon un ruido, parecian martillazos, intrigadas salieron a curiosear. vaya sorpresa, observaron a una pequeña ave, desconocida hasta entonces, la cual parada sobre el tronco de un árbol, martillaba con su pico insistentemente, el loro decidió acercársele y le pregunto: ¿Hola pequeño amigo que estas haciendo?. Deteniendo por unos momentos su labor, el ave trabajadora le respondio: ¡estoy construyendo un nido para imilia amigo!. El loro continuo la conversación: ¡Es muy extraño lo que haces,nosotros construimos los nidos sobre las ramas de los arboles!. Soltando la risa, el ave trabajadora respondio: ¡Vaya error amigo, es por eso que se mojan cuando llueve y me imagino que también pasan mucho frío en las noches, amen del peligro que corren ya que estan expuestos a que alguna fiera del bosque les haga daño mientras duermen, yo en cambio duermo muy protegido en este nido y mis polluelos no pasan frío y no se mojan, comprendes las ventajas que tienen estos nidos!. Sorprendido por aquellas palabras, el loro le propuso un trato: ¡Caramba amigo reconozco que tienes mucha razón, te propongo un trato, si me construyes un nido como el tuyo, estoy dispuestoa pagar lo que me pidas!. El ave trabajadora aceptó el trato y le respondió: ¡Esta bien amigo loro, prometo entregarte este nido dentro de tres meses, para cuando comience el verano, mientras tanto deberas traerle comida a mi mujer y a mi hijo por el tiempo que yo este ausente lejos de casa trabajando!. Contento el loro acepto las condiciones y la pequeña ave continuo trabajando. Ansiosas las demás aves del bosque esperaban el regreso del loro, cuando este por fin llegó, la guacamaya se le acercó y le preguntó: ¿Oye primo que fue lo que hablaste con esa extraña ave?. El loro respondió en voz alta para que los demás escucharan: ¡No se preocupen, es un ave amiga y muy trabajadora, esta construyendo un nido para su familia y lleque a un trato con él, prometió entregarme ese nido dentro de tres meses y a cambio me comprometí a alimentarle a su familia por el tiempo que este ausente trabajando en el bosque!. La guacamaya exclamó: ¡Es un trato justo, veré si puedo hablar con él. Pasaron unos días y ya la extraña ave habia terminado de construir el nido y se encontraba cómodamente instalada con su pareja, en ese momento llegó hasta ellos la guacamaya y les preguntó: ¿Buenas tardes como estan por aquí, quisiera poder hablar con usted amigo, cuanto me cobra por construirme un nido como este?. Saliendo por unos momentos del nido, la pequeña ave le respondió: ¡Eso depende del tipo de nido y del árbol en que lo quieras amigo, mientras más duro sea el árbol, más caro te costará el nido!. La guacamaya se quedo pensando por unos momentos, entonces la pequeña ave le dijo: ¡Bueno hagamos una cosa, en vista de que he notado que eres una buena ave y haz venido en son de paz a mi casa, prometo construirte un nido, si a cambio te comprometes a venir todas las tardes a entretener con tu canto a mi hijo mientras yo este ausente!. Complacida la guacamaya acepto el trato y regresando al bosque les contó a las demás aves lo sucedido. Transcurrieron los meses y la pareja de extrañas aves tuvieron su cría, el loro les traia comida todos los días y en las tardes la guacamaya los entretenía con su alegre canto. Muy lejos de aquel lugar, la pequeña ave trabajadora construia el nido para la guacamaya, pero el fuerte ruido atrajo hacia el lugar a un enorme gavilán quien parandose sobre una rama preguntó: ¿Se puede saber con que permiso el amigo esta construyendo un nido en este árbol?. Soprendido por la pregunta, la pequeña ave trabajadora respondió: ¡Bueno que yo sepa el bosque no tiene dueño y en todo caso el amigo debería preguntarle a la guacamaya quien me contrato?. Al escuchar aquella respuesta el fiero gavilán exclamó: ¡Miren pues asi que a usted lo contrato la guacamya, que raro ella no me informo nada al respecto, bueno ya arreglaremos cuentas en su momento!. El enorme gavilán continuo su vuelo vigilando el bosque mientras la pequeña ave continuo con su trabajo. A los pocos minutos llegó a su lado el tucán y le dijo: ¡Escuche buen amigo tenga mucho cuidado con ese gavilán, es muy peligroso y de paso se cree el dueño del bosque!. Al escuchar aquellas palabras de advertencia, la pequeña ave trabajadora tuvo más precaución y de vez en cuando quitaba los ojos del palo para mirar el cielo. Transcurrido un mes termino de construir el nido y buscando a la guacamaya le hizo entrega de la nueva casa muy contenta esta le dio las gracias y dio por concluido el trato. Entonces la pequeña ave trabajadora regresó a su nido a dormir con su familia. Al día siguiente el loro se presentó con la comida y la pequeña ave le dijo: ¡Escucha buen amigo, mañana salgo para el bosque a construir otro nido ya que se acerca el verano y debo cumplir con el trato que acordamos!. Muy de mañana el ave trabajadora se marchó al bosque a construir el nuevo nido y sucedió que mientras trabajaba se le acercó el tucán con el cual habia conversado días atrás, este le preguntó: ¿Oiga buen amigo cuanto me cobraría usted por construirme un nido asó como ese para mi familia, ya que no tengo casa, anoche el gavilán me destrozó la que tenía?. la pequeña ave le respondió: ¡Comprendo su angustia amigo y quisiera ayudarlo, le propongo un trato, después que construya este nido, me mudaré para acá con mi familia, entonces podría comenzar a construirle su nido, pero a cambio usted se debe comprometer a alimentar a mi familia mientras yo este trabajando!. Contento el tucán acepto el trato y voló al bosque a informar a su familia mientras la pequeña ave continuó con su trabajo. Pasaron unas semanas y por fin estuvo listo el nido, entonces la pequeña ave voló hasta el bosque en busca de su familia y ya lista la mudanza le entregó el antiguo nido al loro, quien muy contento aceptó la nueva casa. Mientras la pequeña ave estuvo ausente, el enorme gavilán trató de destruir el nido, pero el valiente tucán en compañía de otras aves lo enfrentaron y lo hicieron retirar. Al llegar la pequeña ave con su familia, fue informada de la situación, esa noche todas las aves del bosque durmieron cerca del nido para protegerlo del ataque del gavilán. Al día siguiente las aves del bosque se reunieron en asamblea y decidieron que la lechuza se encargara de la vigilancia nocturna a cambio de comida y agua gratis todos los días. En ese mismo momento también decidieron por unanimidad darle un nombre a la pequeña ave trabajadora, a partir de ese instante la llamarían pajaro carpintero, el cual se convirtió en el ave más querida y protegida del bosque, pues su trabajo y habilidad para construir nidos era insuperable y muchas aves contrataban sus servicios por lo que tenía trabajo todo el año.


EL PRINCIPE Y EL MENDIGO


Erase un principito curioso que quiso un día salir a pasear sin escolta. Caminando por un barrio miserable de su ciudad, descubrió a un muchacho de su estatura que era en todo exacto a él.


-¡Sí que es casualidad! - dijo el príncipe-. Nos parecemos como dos gotas de agua.

-Es cierto - reconoció el mendigo-. Pero yo voy vestido de andrajos y tú te cubres de sedas y terciopelo. Sería feliz si pudiera vestir durante un instante la ropa que llevas tú.

Entonces el príncipe, avergonzado de su riqueza, se despojó de su traje, calzado y el collar de la Orden de la Serpiente, cuajado de piedras preciosas.

-Eres exacto a mi - repitió el príncipe, que se había vestido, en tanto, las ropas del mendigo.

Pero en aquel momento llegó la guardia buscando al personaje y se llevaron al mendigo vestido en aquellos momentos con los ropajes de principe.
El príncipe corría detrás queriendo convencerles de su error, pero fue inútil.

Contó en la ciudad quién era y le tomaron por loco. Cansado de proclamar inútilmente su identidad, recorrió la ciudad en busca de trabajo. Realizó las faenas más duras, por un miserable jornal. Era ya mayor, cuando estalló la guerra con el país vecino. El príncipe, llevado del amor a su patria, se alistó en el ejército, mientras el mendigo que ocupaba el trono continuaba entregado a los placeres.

Un día, en lo más arduo de la batalla, el soldadito fue en busca del general. Con increíble audacia le hizo saber que había dispuesto mal sus tropas y que el difunto rey, con su gran estrategia, hubiera planeado de otro modo la batalla.

- ¿Cómo sabes tú que nuestro llorado monarca lo hubiera hecho así?

- Porque se ocupó de enseñarme cuanto sabía. Era mi padre.

Aquella noche moría el anciano rey y el mendigo ocupó el trono. Lleno su corazón de rencor por la miseria en que su vida había transcurrido, empezó a oprimir al pueblo, ansioso de riquezas.

Y mientras tanto, el verdadero príncipe, tras las verjas del palacio, esperaba que le arrojasen un pedazo de pan.

El general, desorientado, siguió no obstante los consejos del soldadito y pudo poner en fuga al enemigo. Luego fue en busca del muchacho, que curaba junto al arroyo una herida que había recibido en el hombro. Junto al cuello se destacaban tres rayitas rojas.

-Es la señal que vi en el príncipe recién nacido! -exclamó el general.

Comprendió entonces que la persona que ocupaba el trono no era el verdadero rey y, con su autoridad, ciñó la corona en las sienes de su autentico dueño.

El príncipe había sufrido demasiado y sabía perdonar. El usurpador no recibió mas castigo que el de trabajar a diario.

Cuando el pueblo alababa el arte de su rey para gobernar y su gran generosidad él respondía: Es gracias a haber vivido y sufrido con el pueblo por lo que hoy puedo ser un buen rey.


FIN



EL BOSQUE ENCANTADO



Había una vez, un bosque bellísimo, con muchos árboles y flores de todos colores que alegraban la vista a todos los chicos que pasaban por ahí. Todas las tardes, los animalitos del bosque se reunían para jugar.

Los conejos, hacían una carrera entre ellos para ver quién llegaba a la meta. Las hormiguitas hacían una enorme fila para ir a su hormiguero. Los coloridos pájaros y las brillantes mariposas se posaban en los arbustos. Todo era paz y
tranquilidad.


Hasta que... Un día, los animalitos escucharon ruidos, pasos extraños y se asustaron muchísimo, porque la tierra empezaba a temblar. De pronto, en el bosque apareció un brujo muy feo y malo, encorvado y viejo, que vivía en una casa abandonada, era muy solitario, por eso no tenía ni familiares ni amigos, tenía la cara triste y angustiada, no quería que nadie fuera felíz, por eso... Cuando escuchó la risa de los niños y el canto de los pájaros, se enfureció de tal manera que grito muy fuerte y fue corriendo en busca de ellos.


Rápidamente, tocó con su varita mágica al árbol, y este, después de varios minutos, empezó a dejar caer sus hojas y luego a perder su color verde pino. Lo mismo hizo con las flores, el césped, los animales y los niños. Después de hacer su gran y terrible maldad, se fue riendo, y mientras lo hacía repetía:

- ¡Nadie tendrá vida mientras yo viva!


Pasaron varios años desde que nadie pisaba ese oscuro y espantoso lugar, hasta que una paloma llegó volando y cantando alegremente, pero se asombró muchísimo al ver ese bosque, que alguna vez había sido hermoso, lleno de niños que iban y venían, convertido en un espeluznante bosque.


- ¿Qué pasó aqui?... Todos perdieron su color y movimiento... Está muy tenebroso ¡Cómo si fuera de noche!... Tengo que hacer algo para que éste bosque vuelva a hacer el de antes, con su color, brillo y vida... A ver, ¿Qué puedo hacer? y despues de meditar un rato dijo: ¡Ya sé!


La paloma se posó en la rama seca de un árbol, que como por arte de magia, empezó a recobrar su color natural y a moverse muy lentamente. Después se apoyó en el lomo del conejo y empezaron a levantarse sus suaves orejas y, poco a poco, pudo notarse su brillante color gris claro. Y así fue como a todos los habitantes del bosque les fue devolviendo la vida.


Los chicos volvieron a jugar y a reir otra vez, ellos junto a los animalitos les dieron las gracias a la paloma, pues, fue por ella que volvieron a la vida. La palomita, estaba muy feliz y se fue cantando.

¡Y vino el viento y se llevó al brujo y al cuento!


FIN



EL GIGANTE EGOISTA

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

“¡Qué felices somos aquí!”, -se decían unos a otros.


Pero un día el Gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.

“¿Qué hacéis aquí?”, surgió con su voz retumbante.


Los niños escaparon corriendo en desbandada.

“Este jardín es mío. Es mi jardín propio”, dijo el Gigante; “todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.”

Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA
BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES


Era un Gigante egoísta


Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar a la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.

“¡Qué dichosos éramos allí!”, se decían unos a otros.

“La Primavera se olvidó de este jardín”, se dijeron, “así que nos quedaremos aquí el resto del año.”


Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.

Los únicos que se sentían a gusto allí eran la Nieve y la Escarcha. La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.

“¡Qué lugar más agradable”, dijo.“ Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.”


Y vino el Granizo. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.

- "No entiendo porqué la Primavera tarda tanto en llegar aquí”, decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, “espero que pronto cambie el tiempo.”

Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
“Es un gigante demasiado egoísta” decían los frutales. De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte, el Granizo, la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.

Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.


“¡Qué bien! Parece que por fin llegó la Primavera” dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.

¿Y qué es lo que vio?


Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón se mantenía el Invierno. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niño, pero era tan pequeño que no lograba alcanzar las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas, que parecían a punto de quebrarse.


“¡Súbete a mí, niñito!”, decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.
El Gigante sintió que el corazón se le derretía.

“¡Cuán egoísta he sido!” exclamó. Ahora sé porqué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a tirar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.


Estaba realmente arrepentido por lo que había hecho.


Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo quedó aquel pequeñín del rincón más alejado, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo cogió suavemente entre sus manos y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño se abrazó al cuello del Gigante y le besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera volvió al jardín.


“Desde ahora el jardín será para vosotros, hijos míos”, dijo el Gigante, y asiendo un hacha enorme, echó abajo el muro.

Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás. Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.


“Pero, ¿dónde está el más pequeñito?”, preguntó el Gigante, “¿ese niño que subí al árbol del rincón?”


El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.

“No lo sabemos” respondieron los niños, “se marchó solito.”
“Decidle que vuelva mañana” dijo el Gigante.


Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.


Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más pequeñito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños, pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.


“¡Cómo me gustaría volverlo a ver!” repetía.


Fueron pasando los años, y el Gigante envejeció y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.


“Tengo muchas flores hermosas”, decía, “pero los niños son las flores más hermosas de todas.”


Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno, pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando. Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…


Lo que estaba viendo era realmente maravilloso. En el rincón más alejado del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.
Lleno de alegría, el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño, su rostro enrojeció de ira, y dijo:


“¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?” Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.


“¿Pero, quién se atrevió a herirte?”, gritó el Gigante. “Dímelo, para coger mi espada y matarlo.”


“¡No!”, respondió el niño. “Estas son las heridas del Amor.”


“¿Quién eres tú, mi pequeño niñito?”, preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.


Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:


“Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en mi jardín, que es el Paraíso.”


Y cuando los niños llegaron esa tarde, encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba enteramente cubierto de flores blancas…



FIN



LA HILANDERA

Érase una vez un molinero muy pobre que no tenía en el mundo más que a su hija. Ella era una muchacha muy hermosa. Cierto día, el rey mandó llamar al molinero, pues hacía mucho tiempo no le pagaba impuestos. El pobre hombre no tenía dinero, así es que se le ocurrió decirle al rey:

-Tengo una hija que puede hacer hilos de oro con la paja.

-¡Tráela! -ordenó el rey.

Esa noche, el rey llevó a la hija del molinero a una habitación llena de paja y le dijo:

-Cuando amanezca, debes haber terminado de fabricar hilos de oro con toda esta paja. De lo contrario, castigaré a tu padre y también a tí. La pobre muchacha ni sabía hilar, ni tenía la menor idea de cómo hacer hilos de oro con la paja. Sin embargo, se sentó frente a la rueca a intentarlo. Como su esfuerzo fue en vano, desconsolada, se echó a llorar.

De repente, la puerta se abrió y entró un hombrecillo extraño.

-Buenas noches, dulce niña. ¿Por qué lloras?

-Tengo que fabricar hilos de oro con esta paja -dijo sollozando-, y no sé cómo hacerlo.

-¿Qué me das a cambio si la hilo yo? -preguntó el hombrecillo.

-Podría darte mi collar -dijo la muchacha.

-Bueno, creo que eso bastará -dijo el hombrecillo, y se sentó frente a la rueca.

Al otro día, toda la paja se había transformado en hilos de oro. Cuando el rey vio la habitación llena de oro, se dejó llevar por la codicia y quiso tener todavía más. Entonces condujo a la muchacha a una habitación aún más grande, llena de paja, y le ordenó convertirla en hilos de oro. La muchacha estaba desconsolada.

"¿Qué voy a hacer ahora?" se dijo.

Esa noche, el hombrecillo volvió a encontrar a la joven hecha un mar de lágrimas. Esta vez, aceptó su anillo de oro a cambio de hilar toda la paja.Al ver tal cantidad de oro, la avaricia del rey se desbordó. Encerró a la muchacha en una torre llena de paja.

-Si mañana por la mañana ya has convertido toda esta paja en hilos de oro, me casaré contigo y serás la reina.

El hombrecillo regresó por la noche, pero la pobre muchacha ya no tenía nada más para darle.

-Cuando te cases -propuso el hombrecillo- tendrás que darme tu primer hijo.

Como la muchacha no encontró una solución mejor, tuvo que aceptar el trato.

Al día siguiente, el rey vio con gran satisfacción que la torre estaba llena de hilos de oro. Tal como lo había prometido, se casó con la hija del molinero.

Un año después de la boda, la nueva reina tuvo una hija.

La reina había olvidado por completo el trato que había hecho con el hombrecillo, hasta que un día apareció.

-Debes darme lo que me prometiste -dijo el hombrecillo.

La reina le ofreció toda clase de tesoros para poder quedarse con su hija, pero el hombrecillo no los aceptó.

-Un ser vivo es más precioso que todas las riquezas del mundo -dijo.

Desesperada al escuchar estas palabras, la reina rompió a llorar. Entonces el hombrecillo dijo:

-Te doy tres días para adivinar mi nombre. Si no lo logras, me quedo con la niña.

La reina pasó la noche en vela haciendo una lista de todos los nombres que había escuchado en su vida. Al día siguiente, la reina le leyó la lista al hombrecillo, pero la respuesta de éste a cada uno de ellos fue siempre igual:

-No, así no me llamo yo.

La reina resolvió entonces mandar a sus emisarios por toda la ciudad a buscar todo tipo de nombres.

Los emisarios regresaron con unos nombres muy extraños como Piedrablanda y Aguadura, pero ninguno sirvió. El hombrecillo repetía siempre:

-No, así no me llamo yo.

Al tercer día, la desesperada reina envió a sus emisarios a los rincones más alejados del reino.
Ya entrada la noche, el último emisario en llegar relató una historia muy particular.

-Iba caminando por el bosque cuando de repente vi a un hombrecillo extraño bailando en torno a una hoguera. Al tiempo que bailaba iba cantando: "¡La reina perderá, pues mi nombre nunca sabrá. Soy el gran Rumpelstiltskin!"

Esa misma noche, la reina le preguntó al hombrecillo:

-¿Te llamas Alfalfa?

-No, así no me llamo yo.

-¿Te llamas Zebulón?

-No, así no me llamo yo.

-¿Será posible, entonces, que te llames Rumpelstilstkin? -preguntó por fin la reina.

Al escuchar esto, el hombrecillo sintió tanta rabia que la cara se le puso azul y después marrón. Luego pateó tan fuerte el suelo que le abrió un gran hueco.

Rumpelstiltskin desapareció por el hueco que abrió en el suelo y nadie lo volvió a ver jamás. La reina, por su parte, vivió feliz para siempre con el rey y su preciosa hijita.




FIN





COMENTEN Y UNOS PUNTOS SI ME DAS MUCHO MEJOR GRACIAS . . .

7 comentarios - Cuentos cortos

@ivanuy
gato sucio, pulgas, hormiga y garrapatas, faltaron ladillas, chinches, guzanos etc
@undersalo
BUENO AMIGO MAS 10 SUERTE Y BUEN POST.