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Ninguna condenación: el Espíritu y la ley

I. Ninguna condenación: el Espíritu y la ley

parte 1

ROMANOS (8.1–4) Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Tenga presente que aquí Pablo no analiza la salvación, sino el problema de cómo el creyente puede alguna vez hacer algo bueno cuando tiene una naturaleza tan pecadora. ¿Cómo puede un Dios santo aceptar alguna cosa que hacemos cuando no tenemos «nada bueno» morando en nosotros? ¡Tal parece que tendría que condenar todo pensamiento y obra! Pero no hay «ninguna condenación» puesto que el Espíritu Santo que mora en nosotros cumple la justicia de la ley. La ley no puede condenarnos porque estamos muertos a ella. Dios no puede condenarnos, porque el Espíritu Santo capacita al creyente «a andar en el Espíritu» y por consiguiente a satisfacer las exigencias santas de Dios.
Es un día glorioso en la vida del cristiano cuando se da cuenta de que los hijos de Dios no están bajo la ley, de que Dios no espera que hagan «buenas obras» en el poder de su vieja naturaleza. Cuando el cristiano comprende que «no hay ninguna condenación», se percata de que el Espíritu que mora en él agrada a Dios y lo ayuda a agradarle. ¡Qué gloriosa salvación tenemos! «Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud», advierte Pablo en Gálatas 5.1.

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