Presidencia de Perón

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Introducción:
Juan Domingo Perón (1895-1974), militar y político argentino, presidente de la República (1946-1955; 1973-1974), fundador del peronismo (movimiento político actualmente aglutinado bajo la denominación de Partido Justicialista), y una de las figuras latinoamericanas más destacadas del siglo XX, que influyó decisivamente en la historia política de Argentina.
Nacido en Lobos (provincia de Buenos Aires) el 8 de octubre de 1895, desde 1911 hasta 1913 estudió en el Colegio Militar. En 1924 ascendió a capitán y entre 1926 y 1929 completó su formación en la Escuela Superior de Guerra. En 1930 participó a las órdenes del general José Félix Uriburu en el golpe de Estado militar que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen, y fue nombrado secretario privado del ministro de la Guerra (1930-1935). Más tarde impartió clases en la Escuela Superior de Guerra, pasó un año en Chile como agregado militar, publicó cinco libros sobre historia castrense y viajó a Italia para estudiar métodos militares para la alta montaña. A su regreso a Argentina en 1941 recibió el ascenso a coronel.
La política:
La irrupción del peronismo:
A principios de la década del 40, el panorama político presentaba un vacío de poder producto del agotamiento del Estado neoobligárquico instituido en 1930. Este vacío lo llenaría un fenómeno político nuevo, el peronismo. Juan Domingo Perón fue funcionario del gobierno militar instaurado con la revolución de 1943, y entre ese año y 1946 fundó un movimiento que lo llevaría a la presidencia de la Nación. Se convirtió en la figura central de la política argentina y el acceso al poder de su movimiento implicaría profundas transformaciones en el panorama sociopolítico del país.
Según la concepción que Perón tenía del poder, el Estado debía jugar un papel esencial. Su función era colocarse por encima de todos los sectores sociales y mediar entre ellos como árbitro. Para esto era preciso incorporar a la discusión política a todos los grupos que hasta ese momento permanecían excluidos: en la Argentina de la década del 40, esto significaba integrar a la clase obrera en el sistema político. Y precisamente la estrategia que Perón llevó adelante entre 1943 y 1946 consistió en articular su proyecto de poder con el reconocimiento explícito de un lugar para la clase trabajadora. Esto fue una innovación total en la historia de la política argentina, ya que el movimiento obrero nunca antes había tenido protagonismo. Por primera vez, desde el poder se apelaba a los sectores populares no como meros votantes, sino como principal sustentación de un nuevo movimiento político. A partir de la estrategia peronista llevada acabo entre 1943 y 1946, las mejoras concretas llegaban antes y no después de haber obtenido el apoyo obrero, algo inédito en la historia argentina. Por otra parte, los obreros obtuvieron la posibilidad de participar en las decisiones gubernamentales como trabajadores agremiados y no en tanto “tropa” de un partido político. Se trataba de un proceso tan novedoso que la primera reacción de los dirigentes gremiales fue de desconcierto, pues no lograban comprender cabalmente como cambiaban con todo ello el campo político y su posición en él.
Perón practicó un estilo de hacer política muy singular, que consistía en estimular conflictos para luego aparecer como el mediador imprescindible, y organizó su movimiento dentro de los lineamientos del populismo.
Al igual que en otras experiencias populistas, el proyecto social del peronismo partió de una concepción del Estado como interventor. El Estado debía planificar la economía a fin de promover el desarrollo industrial y asegurar el bienestar general. Para ello debía regular la economía de forma de definir una política de redistribución del ingreso. Así asumía un papel empresario y tomaba a su cargo actividades que antes estaban en manos de la iniciativa privada (y en gran parte extranjera).
En este sentido, la experiencia peronista puso en práctica un tipo política económica que había teorizado el británico John Maynard Keynes luego de la crisis mundial de 1930. Keynes planteaba que el Estado podía utilizar su poner económico, su capacidad de gasto, sus impuestos y el control de la moneda para paliar o eliminar los ciclos de expansión y depresión de las economías capitalistas. Según este economista, durante una depresión económica el gobierno debía aumentar el gasto público, aun a costa incurrir en déficits presupuestarios, a fin de compensar la caída del gasto privado. Estas ideas encajaban perfectamente con políticas de Estado de bienestar.
La revolución de junio y el ascenso de Perón:
El 4 de junio de 1943 un golpe de Estado derrocó al presidente fraudulento Castillo y llevó al poder al general Pedro P. Ramírez. El desprestigio del gobierno conservador había llegado a tal punto que la asonada militar fue recibida con alivio apoyada por buena parte de la población y la mayor parte de la clase política.
Hacia fines de 1943, notorios nacionalistas ocuparon importantes puestos de gobierno. En ese marco, el entonces coronel Perón ocupó el Departamento Nacional de Trabajo, en octubre de 1943.
Juan Domingo Perón fue uno de los militares con más injerencia en el golpe militar. Comenzó su carrera política como secretario de Edelmiro Farrell, quien reemplazaría a Ramírez en la presidencia a partir de 1944. Pese a su papel activo en la revolución, Perón pareció conformarse con ese puesto de segunda línea y aparentemente insignificante. Un mes más tarde, logró transformar el Departamento Nacional de Trabajo en Secretaría de Trabajo y Previsión. Otras secciones pasaron pronto a depender del organismo a su mando, como la Dirección Nacional Salud Pública y la Caja Nacional de Jubilaciones y Pensiones. Perón armaría desde estas funciones el entramado que lo convertiría en la figura clave de la política argentina.
En principio, cimentaría en la Secretaría de Trabajo los contactos entre el gobierno y los dirigentes gremiales, a partir de la propia iniciativa gubernamental. Perón organizó, pese a tendencias contrarias dentro del mismo gobierno, una política de decidido apoyo a los sindicatos en los conflictos sociales. Estos últimos lograban, con la ayuda gubernamental, éxitos antes impensados; la efectividad de las medidas de fuerza hasta 1943 era mínima.
Paralelamente al contacto con los gremialistas y el apoyo a los obreros en los conflictos específicos, Perón implementó desde la Secretaría una extensa legislación laboral. Al mismo tiempo exigió el cumplimiento de las leyes existentes (disposiciones legales referidas a despidos, horarios de trabajo y vacaciones anuales). Durante esta etapa, logró verdaderas mejoras laborales para la hasta entonces olvidada clase obrera.
Las medidas tendían a la valorización social de los trabajadores, y a tales efectos se crearon instituciones para la defensa de sus intereses, como los tribunales laborales. Se establecieron controles para los artículos de primera necesidad y una rebaja de los alquileres, a fin de resguardar el valor real de los salarios. Perón apoyo la constitución del sistema jubilatorio de los empleados de comercio y el mejoramiento del de los ferroviarios. Por otra parte, se decretó una rebaja del 20% en los arrendamientos rurales.
En octubre de 1944, se sancionó una de las medidas sociales más importantes, el Estatuto del peón, que incorporaba al trabajador agrario al mundo de la protección legal. La Secretaría estimuló la sindicalización de los obreros azucareros de Tucumán y los trabajadores vitivinícolas de cuyo. La lista de medidas continúa: reglamentación del trabajo de los telegrafistas, aumento del salario mínimo en la industria del vestido, mejores condiciones de trabajo para los panaderos, incremento vacaciones pagas para los ferroviarios, aumento salarial para los judiciales, mayor cantidad de días de asueto para los empleados públicos, subsidios cuantiosos para construcción de policlínicas gremiales, etc.
“Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar” fue el eslogan de la Secretaría desde la que Perón construía su movimiento, con la colaboración del coronel Domingo Mercante y Juan A. Bramuglia (ex abogado de la Unión Ferroviaria). El grupo liderado por Perón se presentaba entonces ante la clase obrera como el actor con capacidad real para concretar las esperanzas trabajadoras, y la efectividad de sus medidas desprestigiaba al mismo tiempo a socialistas y comunistas.
Al mismo tiempo que desarrollaba su acción social y aumentaba sus contactos con el sindicalismo, Perón iba escalando posiciones en el gobierno militar. En mayo de 1944 fue designado ministro de Guerra y al poco tiempo llegó a la vicepresidencia durante la gestión de Edelmiro Farrell. Este ascenso meteórico le granjearía enemigos tanto dentro de las filas militares como en un amplio espectro de los partidos políticos.
La oposición a Perón y el 17 de octubre:
La mayor parte de los partidos políticos y las organizaciones empresarias habían reaccionado favorablemente al golpe militar de 1943. Algunos de ellos tenían la secreta esperanza de influir en la flamante administración. Sin embargo, ese clima favorable iba a durar pocos meses: no sólo se suspendieron las actividades de los partidos, sino que algunos dirigentes fueron encarcelados y otros terminaron desterrados o autoexiliados en Uruguay. Sumidos en el desprestigio, fruto de su relación con el depuesto régimen conservador, poco pudieron hacer en los primeros meses de 1943 para torcer el rumbo de los acontecimientos. No obstante, el desarrollo de los sucesos nacionales e internacionales dio nuevos aires a la vieja dirigencia
Los más decididos opositores al gobierno comenzaron a jugar su papel a fines de ese año, sobre todo los comunistas, los socialistas, los demoprogresistas y algunos conservadores. Juntos comenzaron a conformar organizaciones pluripartidarias contra el régimen militar, que constituirían el principal antecedente de la futura Unión Democrática, coalición que enfrentaría a Perón en las elecciones de 1946.
La UCR tenía una posición más ambigua con respecto al gobierno. Algunos grupos minoritarios ya habían dejado el partido y pasarían a integrar el frente encabezado por Juan Perón. Entre estos grupos se hallaba la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), agrupación radical conformada por una serie de intelectuales descontentos con la conducción de la UCR. También afluyeron al peronismo otras figuras de segunda línea, como el dirigente correntino Hortensio Quijano, futuro vicepresidente de la Nación.
La ambigüedad de los dirigentes radicales también se debía a que la acción del gobierno militar, además de haber terminado con el régimen neoobligárquico, tenía muchos puntos en común con los postulados del ala intransigente, sobretodo en materia de política exterior y social. Sin embargo, la UCR se integraría a fines de 1944 a la oposición.
A comienzos de 1945, el frente opositor de izquierda a derecha, desde el Partido Comunista hasta los sectores dominantes, estaban tomando forma.
En ese entonces el gobierno se encontraba en decidida retirada. Se restablecieron las libertades públicas y se permitió el libre funcionamiento de los partidos. Sin embargo, el gobierno estadounidense no estaba dispuesto a permitir la supervivencia del régimen militar a través de su heredero, Perón. Un fuerte activismo atravesó algunos sectores de la civilidad: los centros de estudiantes y las entidades ganaron las calles, en muchos casos al margen de los partidos.
Al mismo tiempo, el conjunto de las organizaciones corporativas había pasado de la desconfianza a una manifiesta hostilidad. El 16 de junio, unas trescientas asociaciones patronales integrantes de la Cámara de Comercio y la UIA dieron a conocer el “Manifiesto de las Fuerzas Vivas”, en el que condenaban a la Secretaría de Trabajo y Previsión por su política social. Allí pusieron de manifiesto sus quejas contra Perón.
La reacción sindical no tardaría en producirse: el 12 de julio, la CGT y la Comisión de Unidad Sindical organizaron un acto multitudinario de rechazo a las declaraciones patronales y apoyo a Juan D. Perón.
Lo que se produjo en esos meses fue una intensa politización de los conflictos sociales. Es decir, los enfrentamientos entre capital y trabajo, patrones y obreros, propios de una sociedad capitalista, se trasladaban al campo político. La opción era cada vez más tajante: se estaba a favor de Perón o en contra.
Durante los meses de agosto y septiembre fueron las fuerzas de la oposición las que ganaron la calle. Estas protagonizaron el 19 de septiembre la multitudinaria “Marcha de la Constitución y la Libertad”.
La ofensiva opositora tuvo éxito al aprovechar la división entre los militares: el 9 de octubre Perón debió renunciar a todos sus cargos, merced a la poderosa presión de la guarnición Campo de Mayo. Esa noche se reunieron dirigentes de segunda línea que decidieron colocarse en alerta debido a la confusa situación política, y movilizaron sus huestes ante la Secretaría de Trabajo y Previsión, aunque reconociendo implícitamente la derrota. El 12, Perón fue trasladado a la isla Martín García, en lo que parecía ser el fin de su carrera política. Al poco tiempo, algunos de sus partidarios lograron que fuera al Hospital Militar.
La presión de las bases sindicales pudo más que las dudas y las divisiones de la cúpula de la CGT, que finalmente lanzó una huelga general para el día 18 y organizó la movilización mediante los sindicatos.
Los primeros grupos de trabajadores arribaron en forma dispersa a la Plaza de Mayo por la mañana del 17, pero los grupos mayoritarios llegaron en forma coordinada y conjunta durante la tarde, para pedir la libertad de Perón. Manifestaciones similares se estaban produciendo en la mayoría de las principales ciudades del país.
La indecisión del gobierno para dispersar la creciente concurrencia culminó finalmente a media tarde cuando el general Ávalos propuso que Perón saliera del Hospital Militar y lo impulsó a presentarse ante la multitud trabajadora que vitoreaba su nombre. Así se inauguró una relación personal destinada a durar casi treinta años, y un movimiento político con más de cincuenta de trayectoria.
Hacia las elecciones:
Una vez resuelta la coyuntura de octubre, Perón, el gran triunfador de la jornada, se lanzó a la organización de sus seguidores para enfrentar las elecciones fijadas para febrero de 1946. El frente electoral quedó conformado por el Partido Laborista, integrado por los representantes de los sindicatos. Otra agrupación fue la UCR-Junta Renovadora, un grupo de dirigentes experimentados pero de segunda línea encabezados por Hortensio Quijano, a la postre candidato a vicepresidente. Finalmente, Perón logró el apoyo de algunos dirigentes conservadores del Interior.
La coalición opositora integró su fórmula presidencial con José Tamborín-Enrique Mosca, dirigentes radicales. Junto con los partidos Socialista, Demócrata-Progresista, Comunista y la mayoría de los dirigentes conservadores de primera línea, conformaron la Unión Democrática.
Las medidas sociales que tomó el gobierno entonces continuaban, por un lado, con la política de alianza con los sindicatos que Perón estableciera desde la Secretaría y, por otro, buscaban un efecto electoral tildado de demagógico por la opositora Unión Democrática. El 20 de diciembre de 1945, el coronel Mercante, en ese entonces secretario de Trabajo y Previsión, anunció por medio del decreto 33.302 que los empleadores debían pagar un salario mínimo según el costo de vida y un aguinaldo equivalente al sueldo de un mes.
Perón fue elegido presidente en febrero de 1946 con el 52,4% de los votos, en elecciones que pueden definirse como las más limpias de la historia argentina hasta ese momento.
La primera presidencia (1946-1952)
En los primeros meses de su gestión, Perón transformo en leyes buena parte de las medidas sociales adoptadas en el período previo. Su acción de gobierno se centró entonces en el afianzamiento de las transformaciones que acompañaron la formación de su movimiento político.
En el plano de la política exterior, uno de sus objetivos centrales fue el acercamiento a los EEUU. Las relaciones entre ambos países habían llegado a su punto más bajo, sobre todo con la actuación de Braden en la Argentina. Para mejorar las relaciones se contó con la ayuda del nuevo embajador en nuestro país. El ejemplo más claro de este acercamiento lo constituyó la firma de las Actas de Chapultepec y el Tratado de Río de Janeiro. Este intento de acercamiento no impidió sin embargo el inicio de relaciones diplomáticas y comerciales con la Unión Soviética.
Este movimiento entre las dos principales potencias de la posguerra constituía lo que se denominó la Tercera Posición, idea rectora de la política exterior peronista. Según esta, la Argentina debía mantenerse equidistante tanto del capitalismo como del comunismo, y transitar una senda intermedia de independencia. Llevar a la práctica estos principios resultó mucho más difícil debido a la complicada coyuntura internacional que enfrentaba a las dos superpotencias en la denomina “guerra fría”.
En ese marco, el peronismo realizó acciones que mostraron cierta independencia en su política exterior. La ayuda económica a la aislada España franquista a través del envió de carnes y cereales. Otras medidas tendieron, en cambio, a la reconciliación con la comunidad internacional, como por ejemplo el rápido reconocimiento del Estado de Israel o el apoyo político a la intervención estadounidense en la Guerra de Corea.
En el plano interno, Perón intento homogeneizar y unificar las fuerzas políticas que lo habían llevado al gobierno. Ordenó la disolución de los partidos que habían apoyado, debido en parte a disensiones internas que estos partidos revelaron desde antes de las elecciones. Pero la razón fundamental radicaba en la resistencia de sus dirigentes a hacer del partido el patrimonio exclusivo de Perón. Laboristas como Gay o Reyes pretendían un partido sindical, mientras que Perón buscaba crear un partido peronista con sindicatos subordinados. La resistencia de estos dirigentes fue pronto neutralizada, incluso con el encarcelamiento. El sometimiento de las dirigencias sindicales al gobierno no generó reacciones en el conjunto de la clase trabajadora. Perón también disolvería el resto de las organizaciones, como la Junta Renovadora, para conformar en 1947 el Partido Peronista.

La “peronización” de la sociedad y la actitud ante la oposición:
Paralelamente a la democratización de la política que el peronismo encaró con la incorporación de los sectores populares-lo que constituyó el inicio de una verdadera democracia de masas-, desplegó desde el poder una estrategia de hostigamiento a los sectores de la oposición, revelando un escaso apego por los mecanismos formales de la democracia política. Avalado por la mayoría, hecho que se repetiría en cada lid electoral, el partido gobernante se sentía con derecho adquirido a “peronizar” cada rincón de la vida nacional. Retomaba así la forma plebiscitaria de pensar la política que el yrigoyenismo había ensayado desde el poder, excedía ese campo para avanzar sobre la sociedad.
La peronización de la sociedad y el silenciamiento de la oposición eran dos procesos que iban de la mano.
Por un lado, se presionó sobre la sociedad civil, en particular intentando acallar los medios de prensa. Tanto La Prensa como La Nación, dos de los diarios más poderosos de la Argentina de entonces, tuvieron una posición crítica hacia Perón desde el comienzo de su accionar. En todo eso proceso, La Prensa y su dirección se convirtieron para algunos sectores de la Argentina y el extranjero en un símbolo de la lucha por libertad y por la democracia, aunque en experiencias autoritarias previas de su actitud había carecido del mismo celo democrático. Desde 1949, el gobierno ejerció una presión cada vez más manifiesta hasta lograr la expropiación del diario en 1951. Como consecuencia de aquella medida, La Nación optó por una prudente política de autocensura.
Por otro lado, acallada la sociedad civil y cercados los ámbitos donde podía expresarse la oposición, el Congreso se transformó en el principal ámbito de discusión pública, pese a que el peronismo había conquistado la mayoría en ambas cámaras. En la de Diputados, 49 bancas pertenecían a las fuerzas de la oposición, de las cuales 44 respondían a la UCR. El “Grupo de los 44”, tal como se lo denominó, estaba constituido por capaces intelectuales y brillantes oradores como Emilio Ravignani, Ricardo Balbín y Arturo Frondizi, entre otros. Desde el comienzo, la estrategia radical consistió en obstruir y oponerse a toda medida proveniente del Ejecutivo. Se intentaba de esta forma colocar cualquier tipo de frenos a un gobierno al que en su fuero íntimo consideraban ilegítimo. De hecho, algunos radicales sostenían que Perón no podía haber asumido la presidencia de la Nación legalmente pues su candidatura se había gestado desde su gobierno de facto.
Como contrapartida de esta actitud, el peronismo intentó doblegar el Congreso y transformarlo en un aparato controlado por el Ejecutivo. Así, alentó la sanción de la Ley de Desacato, que permitió la expulsión de Ricardo Balbín y Eduardo Sanmartino, entre otros, de la Cámara de Diputados y la pérdida de sus fueros parlamentarios. Las tácticas empleadas consistieron en alterar las normas de funcionamiento y publicación de los debates parlamentarios, de forma de obstaculizar la expresión de las ideas. Paradójicamente, mientras el gobierno confirmaba su supremacía en las sucesivas elecciones, se veía compelido a acallar a unos partidos opositores cada vez más impopulares y con un respaldo electoral progresivamente menor.
Perón intentó neutralizar también cualquier otro tipo de obstáculo que le impidiera proseguir su política. A tal efecto, removió a jueces de la Suprema Corte que le eran contrarios.
Desde el gobierno, también se hizo uso del recurso constitucional de las intervenciones federales a las gobernaciones provinciales. Durante las gestiones de Yrigoyen, este mecanismo le había permitido al gobierno contrarrestar en parte la oposición conservadora que se hacía fuerte en los poderes ejecutivos de las provincias. En cambio, durante la gestión peronista, cuando la mayoría de las gobernaciones habían sido ganadas por el oficialismo en las elecciones, las intervenciones cumplieron casi exclusivamente el papel de disciplinar a las propias fuerzas peronistas del Interior.
Las universidades fueron otro ámbito donde el peronismo halló resistencias y procedió a aplicar mecanismos de control, como la intervención de sus autoridades y el nombramiento de catedráticos provenientes del nacionalismo católico.
Las transformaciones que vivía el país alcanzaron el ámbito constitucional. En el año 1948, la Cámara de Diputados aprobó la ley de convocatoria a una Convención Constituyente para reformar la Constitución Nacional. La convocatoria electoral para elegir a los delegados destinados a la Constituyente no hizo más que confirmar la preeminencia de los candidatos peronistas, quienes triunfaron por amplio margen. La convención reunida desde principios de 1949 (sin la presencia de la oposición, optó por retirarse) reformó el texto de la Constitución en algunos de sus puntos. Se habilitó la reelección del presidente de la república por dos períodos consecutivos de seis años y por voto directo de los ciudadanos. Filosóficamente asestaba un duro golpe a los principios del liberalismo político que regían la Constitución anterior, sobre todo haciendo referencia al papel social de la propiedad privada y ampliando los márgenes de acción del Estado nacional. Asimismo, profundizaba los derechos del Estado en materia de expropiaciones.
Hacia 1950 algunas nubes amenazaban el horizonte: las primeras dificultades obligarían a un viraje en la política económica. Además, comenzaron a surgir algunos descontentos, como lo manifestaba la huelga de los ferroviarios de 1951. A esta altura, sin embargo, el peronismo se había fortalecido en el poder merced a su política social: el símbolo más claro lo constituía el trabajo de la segunda esposa del presidente, María Eva Duarte, en el ámbito de la Fundación Eva Perón.
La política social y la organización de multitudinarios eventos infantiles y juveniles formaron parte de los intentos del gobierno para confirmar su predominio en la sociedad. Paralelamente, las figuras de Perón y su esposa comenzaron a poblar los textos escolares. Al mismo tiempo que las políticas gubernamentales ampliaban los horizontes de la educación para buena parte de la sociedad argentina, también se le daba una fuerte impronta ideológica que se profundizó en el segundo gobierno. Los medios fueron varios, pero los libros de texto ocuparon un primer lugar, con contenidos explícitamente favorables al peronismo.
Asimismo, Evita –así la denominarían sus seguidores- se había convertido en una intermediaria decisiva entre Perón y la conducción de la CGT. El enorme prestigio que Eva Duarte había obtenido provocó que desde la misma Central Obrera se promoviera su candidatura a vicepresidenta, en vísperas de las elecciones de 1951. En un multitudinario “Cabildo Abierto del Justicialismo”, tal como se lo denominó, el 22 agosto de 1951 se reunieron cerca de 2.000.000 de personas. Allí la multitud exigió a Eva Perón que aceptara el cargo. Sin embargo, el 3 de septiembre renunció a su candidatura. El discurso con que anunció su renuncia fue emitido por la cadena nacional de radiodifusión.
Si bien se mencionó como razón principal de la renuncia su estado de salud-que en ese momento era más que precario-, la razón principal fue la presión que ejercieron las Fuerzas Armadas sobre Perón. De hecho, este debía cuidar más que nunca ese flanco, donde algunos descontentos ya se habían producido.
Hasta ese momento, el presidente había mantenido una política cautelosa respecto de las tres armas, contentándose con obtener la neutralididad política de la mayoría de los oficiales, mientras organizaba una discreta campaña de capacitación en el rango de los suboficiales. En este contexto, la intentona del general Benjamín Menéndez en septiembre de 1951 apareció como una acción relativamente aislada. En aquella ocasión, un reducido grupo de militares intentó un golpe de Estado. Luego de declinar su participación militares de alta graduación como el general Eduardo Lonardi, Menéndez se lanzó al golpe, pero fracasó en cuestión de horas. El frustrado movimiento no sirvió para recalentar la escena política a poco tiempo de las elecciones.
El episodio sirvió también para demostrar la definitiva ruina política de la oposición, dada su aceptación tácita o explícita del golpe. Lo cual significaba que una parte de ella había renunciado a toda forma de oposición legal.
Voto Femenino
La eliminación de esta discriminación se efectuó recién en la década del 40, durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón, con la sanción de la Ley 13.010, que otorgó los derechos políticos a las mujeres, creándose a tal fin el padrón electoral femenino de la Nación.

Así, el 23 de septiembre de 1947 se logró el voto femenino obligatorio, gracias a la actuación de Eva Perón. A partir de entonces, las mujeres compartieron junto a los hombres la construcción de una sociedad mejor en las últimas décadas del segundo milenio. Y el derecho al voto, al permitir elegir y ser elegida, fue el principal instrumento para la participación política de la mujer.

La Muerte de Eva Perón
Los días siguientes a los comicios se realizaron una serie de homenajes en honor a Eva Perón, quien se encontraba convaleciente. El 1° de mayo de 1952 alcanzó a pronunciar su último y apasionado discurso desde el balcón de la Casa Rosada.
Acompañó a su esposo el 4 de junio en la ceremonia de juramento al cargo de Presidente de la Nación, fue su última aparición en público con vida.
El 26 de julio falleció, siendo aún muy joven, y el dolor popular no la abandonó en un velatorio que duró 14 días. Sus restos pasaron una noche en el Congreso Nacional y fueron luego depositados en la CGT. hasta la revolución de septiembre de 1955.
Sin embargo, en vísperas de las elecciones presidenciales, los radicales, cuyos destinos eran manejados por el grupo de los intransigentes, no renunciaban totalmente a dar pelea en el frente electoral. Presentaron la fórmula Balbín-Frondizi, que obtuvo 2.400.000 votos, contra 4.700.000 de la fórmula Perón-Quijano.

La segunda presidencia (1952-1955)
Al iniciarse la segunda gestión de Perón, el enfrentamiento peronismo-antiperonismo ya había traspasado todas las fronteras del debate político. Por un lado, el Estado peronista avanzó a partir de 1952 sobre zonas de la sociedad no controladas hasta entonces, como la Iglesia y la juventud. Por otro lado, los demás sectores –impotentes para granjearse el voto popular- utilizaban la vía ilegal para derrocar al peronismo. La crisis de legitimidad, en la que cada facción negaba entidad a la contraria, estaba llegando a su punto más alto en la Argentina de esos tiempos.
En abril de 1953, en una concentración convocada por la CGT, explotaron bombas que costaron la vida de 5 personas e hirieron casi un centenar. La reacción de la multitud ante esta acción terrorista no se hizo esperar: se quemaron el Jockey Club y la Casa del Pueblo, perteneciente al Partido Socialista. Otros grupos atacaron las sedes del Partido Demócrata Nacional y la UCR. Se trataba de una acción claramente simbólica, que no dejó saldo de víctimas fatales. Los blancos de los ataques peronistas eran los representantes de la oposición social y política, quienes, por otra parte, sufrieron pocas horas después la represión gubernamental. Muchos políticos e intelectuales fueron encarcelados o deportados.
Hacia 1954, la estabilidad del peronismo parecía asegurada. Recompuesta la economía del país y con el salario en plena alza, el terreno de la política aparecía como realmente propicio para el afianzamiento del gobierno. Los partidos políticos se encontraban debilitados y carecían en una estrategia clara para enfrentarlo. En efecto, no surgirá de este sector la nueva oposición al régimen, sino desde la Iglesia.

Perón y la Iglesia:
Desde el comienzo de la gestión peronista, la relación con la Iglesia había sido estrecha, basada en un compromiso mutuo. Una parte importante de la jerarquía católica había llamado a votar con Perón en las elecciones de 1946; por su parte, el gobierno militar había reinstaurado la enseñanza religiosa en las escuelas y Perón daba señales claras de continuar con esa política. Sin embargo, los avances sucesivos del Estado sobre la sociedad preocupaban cada vez más a la jerarquía católica. Esto provocó su progresivo distanciamiento del régimen. La Iglesia consideraba algunos ámbitos de su propia incumbencia, como la juventud y las mujeres, cuya organización encaraba ahora el peronismo. Así, la creación de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) tenía el objeto de alcanzar influencia sobre este grupo a través de actividades deportivas; asimismo, se apuntaba a las mujeres mediante la creación del Partido Peronista Femenino.
Desde 1954, Perón desconfiaba de los órganos directos o indirectamente relacionados con la Iglesia. Según el presidente, el Partido Demócrata Cristiano-recientemente fundado- y las actividades de la Acción Católica Argentina constituían los dos principales focos de amenaza a su régimen.
La denuncia formal de la acción de la Iglesia contra el gobierno fue realizada en la reunión de gobernadores en noviembre de ese año. Este hecho creó un frente de tormenta que con el tiempo se revelaría como un claro error político.
Posteriormente, Perón decretó una batería de medidas contra la influencia de la Iglesia en la sociedad: suspendió la enseñanza religiosa en las instituciones educativas, decreto la Ley de Profilaxis (que legalizaba la prostitución) y estableció el divorcio vincular. También expulsó del país a sacerdotes, encarceló a militantes de la Acción Católica e impulsó un proyecto de reforma constitucional para separar la Iglesia del Estado.
La respuesta eclesiástica se tradujo en numerosas movilizaciones callejeras que, con la excusa de festividades religiosas como la de Corpus Christi, se transformaron en manifestaciones opositoras. La débil oposición partidaria se plegó a este inesperado espacio abierto por la Iglesia y se colocó detrás de ella para ganar la calle por primera vez desde el año 1945.

La caída de Perón
Este enfrentamiento con la Iglesia creó un verdadero cisma en el seno del gobierno y las Fuerzas Armadas. Así, los militares antiperonistas se sintieron respaldados para realizar una nueva intentona y derribar el gobierno.
El 16 de junio de 1955, aviones de la Marina, en un verdadero acto de barbarie, bombardearon la Plaza de Mayo con la intención de asesinar a Perón y alzarse con el poder. El golpe se frustró debido a la neutralidad que mostró el Ejército, cuyos cuadros no se habían animado a actuar. El resultado fueron casi cuatrocientos muertos, en su mayoría civiles. La respuesta de los “descamisados” no se hizo esperar: se quemó parte de las principales iglesias de BS. As. Y la Curia metropolitana, aunque sin víctimas fatales.
A los pocos días, la difícil situación política hizo que Perón convocara a la pacificación nacional, señalando su condición de “presidente de todos los argentinos, amigos o adversarios”. Para ello permitió el acceso de la oposición a los medios de comunicación. El intento de descomprimir la situación no tuvo eco: los militares ya habían entrado en estado deliberativo y los partidos políticos utilizaron aquellos medios de comunicación para defenestrar a Perón.
El fracaso del golpe llevó al presidente a un nuevo intento por recuperar el espacio de poder perdido, apelando a los trabajadores. El 31 de agosto, un Perón lleno de ira no dio por culminada la tregua política para lanzar violentas amenazas contra sus adversarios: “La consigna de todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con otra más violenta. ¡Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de ellos!”. Esta verdadera declaración de guerra no hizo más que decidir a los indecisos dentro de las Fuerzas Armadas.
El 16 de septiembre estallo una rebelión en Córdoba, al mando del general Lonardi. A pesar de que las guarniciones militares de la Capital Federal permanecían en manos leales, la asonada tuvo éxito, en primer término gracias a la intervención de la Marina de Guerra. Esta había amenazado con bombardear las destilerías de combustible de La Plata con la posibilidad de grandes pérdidas humanas, amenaza que no podía desestimarse dados los antecedentes del 16 de junio. Perón prefirió no dar batalla y, si bien no renunció formalmente, las tropas rebeldes fueron llamadas a conferenciar y tomaron el poder. Perón se refugió en la embajada de Paraguay y luego salió del país hacia un exilio que duraría dieciocho años.
El 21 de septiembre de 1955 una multitud llenó la Plaza de Mayo, festejando la rebelión militar que había puesto fin a diez años de gobierno peronista. La composición social de esa concentración era, sin embargo, diferente de la de las que se habían realizado hasta ese momento bajo la égida peronista. Estaba compuesta sobre todo por las clases medias y altas. Los golpistas se llamaban a sí mismos “libertadores” y se disponían a borrar todo lo que el peronismo había hecho en un decenio. La empresa se revelaría muy dificultosa.

La economía:
La política industrialista
La política peronista significaba el funcionamiento de un Estado planificador que promoviera el bienestar de la población, a fin de lograr una expansión del mercado interno necesaria para el desarrollo de la industria. Pero estas políticas de Estado de Bienestar, con sus aumentos salariales y mejoras para la clase obrera, podían afectar las ganancias de los industriales, generando así el efecto contrario al deseado.
Por ello, el gobierno encaró una política activa de promoción industrial que dirigió las inversiones hacia áreas determinadas. Se favorecía la inversión orientando el crédito, controlando la tasa de cambio y por medio de la política impositiva y el gasto público.
En octubre de 1946, Perón dio a conocer el Primer Plan Quinquenal para el período 1947-1951, cuyo objetivo principal era promover la industrialización. Esta última debería producir importantes beneficios económicos, sociales y financieros: más empleo, mejores salarios, mayor estabilidad de los precios internos, aumento del ingreso nacional, absorción de la superproducción agrícola no exportable, nuevas oportunidades de inversión mayores y más estables ingresos fiscales para la Nación.
El gobierno peronista decía favorecer financiariamente a las pequeñas y medianas empresas, que empleaban mayor cantidad de mano de obra que las grandes.
Aspectos claves de esta época fueron la nacionalización de una serie de compañías y la inversión directa del Estado en algunas ramas de la producción industrial. Así se crearon las grandes empresas estatales que explotaban los recursos energéticos, como Yacimientos Carboníferos Fiscales y Gas del Estado. El área de transporte fue otra rama particular interés para el gobierno: la campaña electoral se había sustentado en gran medida sobre la idea de nacionalizar los servicios que estuviesen en manos extranjeras.
Así se creó Ferrocarriles Argentinos, sobre la base de las nacionalizadas empresas británicas de ferrocarriles. La operación fue presentada como un éxito nacional.
También en el área del transporte se crearon la Empresa de Líneas Marítimas Argentinas (ELMA) y la Flota Aérea Mercante Argentina (FAMA), futura Aerolíneas Argentinas.
Otro rubro donde el Estado actuó como empresario fue el de la industria mecánica, con la fundación de Industrias Mecánicas del Estado. Fabricaba aviones, automotores, material ferroviario e invertía también en astilleros que abastecían a ELMA. El gobierno propuso la inversión estatal en la industria siderúrgica con la creación de la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (SOMISA). El Estado también invirtió en la industria química con Fabricación Nacional de Productos Químicos.
Otro servicio nacionalizado fue el teléfono, mediante la creación de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel), sobre la base de la ITT estadounidense.
Durante el desarrollo del Plan Quinquenal, el Producto Bruto Interno aumentó aproximadamente un 29%. En líneas generales, se puede decir que este plan fue exitoso hasta 1948. Esta etapa aparece dominada por preocupaciones de corto plazo. La coyuntura internacional que se planteaba por el fin de la Segunda Guerra Mundial fue menos favorable que lo que los contemporáneos consideraban y esperaban. En la práctica, los países devastados por la guerra, si bien necesitaban alimentos que la Argentina podía proveer, no contaban con medios de pagos suficientes.
La industrialización que presenciaron estos años fue una profundización de la sustitución de importaciones que el país experimentaba desde la década del 30, basada principalmente en la industria liviana. El desarrollo de este tipo de industria se conectaba directamente con el aumento del nivel de vida de los asalariados, por cuanto estos constituían su principal mercado. Fue así que entraron en los hogares de la clase media y baja los productos industriales que hacían al bienestar de la sociedad moderna, principalmente los electrodomésticos. Las dificultades que experimentó la industria para superar la etapa fácil de sustitución de importaciones marcarían luego los límites del económico peronista.
Perón se apoyo en principio en el sector de los empresarios industriales que orientaban su producción al mercado interno. Otros, en cambio, se veían perjudicados por las políticas monetaria y salarial del gobierno. Los empresarios industriales adquirieron sólo durante el primer gobierno peronista mediante representantes de la industria liviana como Miguel Miranda, ministro de Hacienda. Pero este sector, que formó en 1952 la Confederación General Económica (CGE), no llegó a convertirse en una elite dirigente.

La política agraria
La principal ruptura con el pasado que provocó el Estado peronista fue la de atribuirse la reasignación del ingreso nacional entre clases. Tal como fue definida la política industrial, requería que crecieran tanto la tasa de ganancia de los empresarios como los salarios de los obreros. La solución que se halló consistió en usar al Estado para reasignar el ingreso nacional. El desarrollo industrial dependería de la transferencia de ingresos de los sectores agrarios hacia las industrias urbanas.
El mecanismo que utilizó el gobierno fue la monopolización del comercio cerealero a través del Instituto de Promoción del Intercambio (IAPI). Este compraba el 80% de la cosecha de trigo y el 50% del resto de los cereales, para luego exportarlos. Los precios de venta de los cereales al extranjero eran mayores que los precios que pagaba el IAPI a los productores agrarios. De esta manera, el Estado se quedaba con la diferencia y los recursos así obtenidos podían ser reasignados a la industria por medio de subsidios o cualquier otra medida de promoción.
Durante esta primera etapa del gobierno peronista, el sector más perjudicado en términos relativos fue el agropecuario. La producción de los terratenientes ya no era considerada la “rueda maestra” de la economía argentina, y esto se apreciaba en diversas medidas de la política económica: manipulación de precios, aumento de salarios como efecto del Estatuto del peón, políticas monetarias que protegían a los consumidores más que a los exportadores.
Pero esta situación no afectó a la totalidad del sector agrario, pues así como los terratenientes especializados en la agricultura y el comercio agroexportador se veían perjudicados, otros sectores de la producción agrícola se beneficiaron con las medidas peronistas o bien no fueron alcanzados por ellas.
La ganadería, por ejemplo, no fue tan afectada como la agricultura por esta política de manipulación de precios. Entre los beneficiados por las medidas estuvieron los arrendatarios agrícolas, desde el momento en que se congelaron los cañones de arrendamiento. Cada año que pasaba se apropiaban de una renta mayor. Es decir que también en el campo se producía una transferencia de ingresos.
Salvo rara excepciones, no hubo expropiaciones masivas en la época peronista. La política agraria osciló entre eslóganes revolucionarios como “La tierra es para quien la trabaja” y reformas en el arrendamiento y la aparcería, pero no se pretendió transformar el régimen de tenencia de la tierra.
La política de ingresos era desfavorable para la producción agrícola, pero el estancamiento que vivió el campo en esta época tenía raíces más profundas. El mercado mundial había cambiado irreversiblemente desde la crisis del 30. La ganadería no podía contar más con el otrora extenso mercado británico. La agricultura, que podía haberse beneficiado con los hambrientos mercados europeos de posguerra, debió enfrentar la fuerte competencia estadounidense, que copaba el mercado con cereales cuya explotación subsidiaba el Estado. La Argentina había dejado de ser hacía tiempo el “granero del mundo” y el fin de la expansión fácil de la frontera agropecuaria en los años 20 hacía sentir sus efectos en los 40. En esta época, la agricultura viviría un proceso de contracción que duraría cerca de dos décadas, fruto, entre otras cosas razones, de la escasa tecnificación de las tareas agrícolas.

Crisis y Segundo Plan Quinquenal
La expansión económica perdió impulso en 1949. En ese año se produjo un estrangulamiento de la balanza de pagos. 1949-1952 fueron dos años de crisis económica. Las reservas de oro cayeron de 1.600 a 500 millones de dólares. Las exportaciones disminuyeron, pero también empeoraron los precios internacionales. A ello deben sumarse graves sequías en el período 1949-52. El síntoma de la crisis fue una persistente inflación.
La crisis del sector externo ponía en evidencia la precariedad del modelo basado en la sustitución fácil de importaciones. Debe agregarse a esto el hecho de que el contexto mundial frustró las expectativas gubernamentales: el gobierno preveía el estallido de un tercer conflicto mundial entre los bloques occidental y soviético en que se dividía entonces el mundo. Este eventual conflicto bélico habría repuesto las condiciones económicas que la Segunda Guerra había originado. Algunos signos favorecían esta hipótesis, como el desencadenamiento de la Guerra de Corea en 1950.
Con la crisis, el mercado de trabajo se saturó y disminuyó la demanda de mano de obra. En 1950, bajo el impacto de la inflación, aumentó la conflictividad gremial. Una serie de huelgas realizadas por portuarios, ferroviarios, bancarios, trabajadores de la carne y tranviarios dio lugar a que el presidente ordenara la intervención de militares. La inflación siguió subiendo, y en 1952 estaba próxima al 40% anual. Esto implicó el aumento de los precios y el deterioro de los sueldos.
Fue entonces que Perón cambio su discurso ante la clase trabajadora, a la que instó a “consumir menos y producir más”. Los sueldos fueron congelados y los comerciantes se vieron forzados a mantener estables los precios. La difícil situación que afrontaba el gobierno se traslucía en los esfuerzos del Estado para mantener a la sociedad dentro de los parámetros que había previsto. La difícil coyuntura económica constituyó un factor adicional en el progresivo debilitamiento del peronismo en esta etapa.
Esta situación obligó al gobierno a reacomodar su política económica. Se había agotado la posibilidad de dirimir los conflictos entre empresarios industriales y trabajadores mediante la transferencia de ingresos desde el campo. El sector agrario estaba muy deprimido para seguir subvencionando la actividad industrial.
A partir de los primeros años 50, la transferencia de ingresos cambió de signo y fueron los sectores urbanos los que soportaron el mejoramiento de los precios rurales.
En 1953 se puso en marcha el Segundo Plan Quinquenal, que hacía hincapié en el incremento de la producción agrícola en lugar de la industrial. Los lineamientos fundamentales eran: aumentos salariales sólo en función de incrementos de productividad; precios favorable para los productores del agro; contención del gasto público; modificación de la actitud frente al capital extranjero: ahora se promovía su radicación en el país.
La tasa de inflación bajó a un solo dígito a partir de 1953 y los salarios reales recobraron su nivel. Sin embargo, los logros de este Segundo Plan Quinquenal fueron modestos: en el momento de la caída del gobierno peronista, la Argentina importaba el 90% del carbón que consumía, casi todo el hierro necesario para la obtención de acero y el 60% del petróleo. La industria liviana no lograba superar el desarrollo que había alcanzado durante el Primer Plan y la agricultura no recuperó los niveles que había tenido en épocas pasadas. Y si bien el gobierno logró la radicación de algunas empresas extranjeras, esta actitud fue vista como “entreguista” por la oposición y fue motivo de discusión en el partido gobernante.
En consonancia con la reorientación de la política económica peronista de estos años, el gobierno realizó a principios de 1955 el Congreso Nacional de la Productividad, convocando a la CGT y los empresarios nucleados en la CGE. Perón abrió las sesiones diciendo: “se ha repartido lo posible, para más hay que producir. Este es el punto de partida de este momento y de este Congreso”. Los empresarios y los obreros revelaron en aquel congreso disparidad de criterios acerca de qué entender por aumento de productividad y cómo lograrlo. El golpe de 1955 puso fin a estos intentos de concertación económica.


La sociedad:
La clase obrera
La clase obrera se modificó profundamente con la expansión sin igual de la industrialización y la llegada de aquella importante masa laboral del interior del país. En 1935, el valor de la producción industrial superó por primera vez el correspondiente a la actividad agropecuario. En 1938, la mano de obra empleada en la industria llegaba a los 2,6 millones de personas, mientras que la población empleada en la actividad agropecuaria llegaba sólo a un millón. De la mano de esa transformación socio-productiva, el capital industrial pasó a ocupar un lugar central en la economía argentina.
Asimismo, el mercado de trabajo urbano adquirió que estos años características muy definidas, que estaban llamadas a perdurar. Por un lado, una fuerte homogeneidad con bajas tasas de desocupación; no existía una reserva de mano de obra marginal.
Ahora bien, el crecimiento numérico de los asalariados no se correspondió con un aumento similar del número de obreros sindicalizados. A principios de la década del 40 sólo un tercio de los trabajadores industriales se hallaban sindicalizados y si nos referimos a la masa total de trabajadores en relación de dependencia, el porcentaje se reducía a un 10%.
La migración interna provocó cambios en la composición de la masa de trabajadores urbanos de más antigua data. Estos cambios fueron especialmente visibles en las nuevas ramas de la industria, como la textil, la frigorífica y la construcción.
Según los estudios recientes, como los de Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, pusieron tela de juicio tales aseveraciones hasta revertirlas totalmente. Estos sostienen que, lejos de generar divisiones insalvables entre unos y otros, la experiencia laboral en la década del 30 soldó de hecho ambos contingentes de trabajadores, que sufrieron por igual explotación económica, la represión política y la exclusión social.
A principios de la década del 40, una crítica coyuntura política modificaría el destino y la vida de los trabajadores y el resto de los sectores sociales por los siguientes cuarenta años.

La construcción del movimiento peronista
El primen núcleo de gremialistas dispuestos a confiar en Perón fue el de los ferroviarios, gracias a la buena relación lograda por Mercante. El apoyo de la Unión Ferroviaria era crucial ya que se trataba de la principal organización sindical del país. En marzo de 1944, los ferroviarios reunieron 40.000 personas en la Plaza de Mayo para apoyar a Perón y este siempre les reconoció. Luego de los ferroviarios, dieron su apoyo la Unión Tranviarios, la ATE y los afiliados de la Confederación General de Empleados de Comercio (CGEC). Entre los gremios grandes, sólo los de la construcción y la alimentación, en manos de comunistas, se mantuvieron irreductibles.
Este apoyo de los principales gremios pone en cuestión una versión habitual de la historia que presenta el peronismo asentándose sobre el sector menos organizado de la clase obrera, el formado por los trabajadores de reciente origen migratorio. Estos últimos fueron fundamentales en la configuración de una identidad popular peronista que marcaría la política argentina en las siguientes décadas. Pero lo cierto es que Perón armó su proyecto de poder sobre las organizaciones sindicales existentes, aprovechando sus divisiones internas.
También apoyaron a Perón los telefónicos de la Federación Obreros y Empleados Telefónicos que eran el corazón de la Unión Sindical Argentina. Su secretario general, Luis Gay, fue uno de los primeros contactos de Perón en el movimiento obrero.
A principios de 1945, casi la totalidad del movimiento obrero apoyaba a Perón.
Hasta agosto de 1944, aunque en la práctica favorecía a los trabajadores, Perón volvía en sus discursos sobre muchos de los temas de los enemigos del movimiento obrero, como los del temor a la anarquía y las huelgas. En esta tónica se articulaban las ideas de Perón acerca de la comunidad organizada, una concepción organicista de la sociedad en la que cada sector debía cumplir un papel determinado, complementándose con los demás. Dentro de esta concepción, la lucha de clases debía ser reemplazada por la alianza de clases. Su discurso en la Bolsa de Comercio en agosto de ese año respondía a estas ideas, pero representó una línea divisoria entre dos etapas.
En efecto, desde aquella fecha y a causa de la cada vez más creciente oposición de los sectores patronales, las “ideologías extrañas” y los tópicos anticomunistas cederían paso en sus discursos a un “nuevo enemigo”: los sectores capitalistas. Según Perón, el país se dividía entre los que trabajaban y los que vivían del trabajo ajeno. El capital debería humanizarse o sería declarado indeseable por el Estado y así quedaría fuera del amparo de las leyes. La Secretaría se presentaba a fines de 1944 como un instrumento para la defensa de las masas sufridas y laboriosas. La elite económica, por su parte, se sentía perjudicada. Los industriales vieron lesionados sus intereses por los aumentos salariales otorgados por decreto y porque, además, se veían forzados a negociar las condiciones laborales con los representantes sindicales.
Perón, que llevaba adelante tanto una retórica anticapitalista como un discurso que se asentaba en las ideas de una comunidad organizada, actuaba como lo haría un “bombero piromaníaco”, como lo describiera el historiador Alain Rouquié. Es decir, daba impulso e intensidad al conflicto social, para presentarse luego como el único capaz de sofocarlo.

Los sindicatos y Perón
Luego de las elecciones de 1946 y la disolución del Partido Laborista, las relaciones entre Perón y los sindicatos se volvieron crecientemente asimétricas. Los sindicatos vivieron entonces un proceso de subordinación al Estado que, sin embargo, nunca fue total ni generalizado. Durante los primeros años del gobierno peronista, los sindicatos tuvieron la suficiente fuerza y autonomía para imponer los convenios colectivos más favorables a los trabajadores de toda su historia y encabezar conflictos de forma exitosa. Después de 1950, la cantidad de huelgas disminuyó, en parte porque las demandas obreras ya habían sido satisfechas y en parte porque el Estado comenzó a presionar a las direcciones sindicales para que evitaran los enfrentamientos con los patrones. Si bien las huelgas disminuyeron en los últimos años del peronismo, tuvieron lugar algunos conflictos que no contaron con el visto bueno del gobierno, como el ferroviario de 1951 y el metalúrgico de 1954.
A pesar de la subordinación al Estado, este le otorgó un arma formidable para su consolidación como clase social. La Ley de Asociaciones Profesionales determinó la existencia de un solo sindicato por rama de actividad. Este sindicato único contaba así con un fuerte poder de negociación ante los empresarios. Además, permitía a la presencia gremial en las plantas fabriles, a través de las comisiones internas, cuya organización y funcionamiento le cupo a los sindicatos y no al Estado.
El crecimiento de las organizaciones sindicales en aquellos años fue tan notable como inédito. En 1950, el número de gremios se había triplicado respecto de 1941, mientras que la cantidad de afiliados creció de aproximadamente medio millón en 1945 a cinco millones en 1950. La afiliación sindical era promovida desde el Estado. Si bien el sindicalismo se había peronizado, nunca se convirtió en una mera parte del Estado. La prueba más palpable fue el mantenimiento de las estructuras sindicales una vez caído el gobierno.
Tras la asunción de Perón, se produjo la lenta y silenciosa disolución de la mayor parte de los gremios antiperonistas. Sin embargo, algunos sindicatos opositores como La Fraternidad o la Federación Gráfica Bonaerense (FGB) lograron sobrevivir.

Presidencia de Perón
Perón

Comentarios Destacados

@fastlinkeros06 +12
AgenteProhibido dijo:Una sola cosa que tenemos gracias a Perón:

Universidad Pública


tambien tenes aguinaldo, vacaciones pagas , jornadas de 8 horas.
el voto de la mujer
@Reinx +9
10 puntines porque me hiciste safar para mi ultimo tp de la secundaria

26 comentarios - Presidencia de Perón

@AgenteProhibido +4
No dudo de la riqueza de información que pueda existir en este post, pero, sería mucho pedir que pongas imagenes
@Wasde
no todo lo q hizo fue bueno pero si el pais crecio muchisimo
@AgenteProhibido +5
Una sola cosa que tenemos gracias a Perón:



Universidad Pública
@Nacho_bajo -3
no se olviden que muchas personas se tuvieron que exiliar por pensar diferente

ejemplo cortazar, era un facho, es asi. Hizo cosas buenas. no lo niego. pero a que precio?
@Satyricon6
aguante el peronismo... todo la vida
@Ceko3K -4
gracias a peron tenemos a d\'elia y a muchos como él comiendo de nuestro trabajo..



no digo que no hizo cosas bien, como la educacion publica y otras cosas, pero hizo cosas mal, y muchas.
@Chynshiu +2
gracias por la info me viene de 10!! soy peronista y aficionada a la historia, admito que hizo cosas mal, pero muchas de las cosas que tenemos actualmente, es gracias a su ideal y a evita! por que si no fuera por que él existio, aun tendriamos un regimen oligarca en nuestro actual gobierno, aunque no se, cada uno tendra su opinion, espero que respeten la mia de nuevo! GRACIAS!
@Lea_Sala -5
Peron hijo de un gran...
@Reinx +9
10 puntines porque me hiciste safar para mi ultimo tp de la secundaria
@Sistern2 +2
Sos el mejor. muchas gracias, me ahorraste estar buscando como bldo por todos lados. si pudiera te dejo puntos. pero soy novato
@facuguzmi1995 +2
CUALQUIERA. esta sacado de google copiado y pegado. así nunca la gente va a poder pensar libremente como el q escribio esto q escribe cosas sin saber solamente copia ideas.
@efedeeme +2
seria buenisimo si pones la bibliografia.. si no es un texto cualqueira... lo hiciste vos buscando en varios lugares o copiaste completo de algun lugar ?? en cualquiera de los dos casos sería bueno saber el autor..
@ArcticFloyd +3
con peron argentina er la 8va economia mundial, y todavia hay muchos que lo denostan..
@fastlinkeros06 +12
AgenteProhibido dijo:Una sola cosa que tenemos gracias a Perón:

Universidad Pública


tambien tenes aguinaldo, vacaciones pagas , jornadas de 8 horas.
el voto de la mujer
@litocostafebre +5
los dias mas felices siempre fuernon peronistas.
@fedepuentes -5
peron fue un viejo cagador y un hijo de puta
@tatasoala1500 +2
fedepuentes dijo:peron fue un viejo cagador y un hijo de puta


Pendejo pelotudo no podes ser tan básico y parcial, es una idiotez y un insulto al raciocinio que digas eso. Peron reactivo el país en su primer gobierno para llevarlo a una verdadera potencia de la región, permitio que los hijos de los trabajadores puedan acceder a una obra social, a una universidad, a mayor dignidad y derechos en el trabajo. Las personas que son tan parciales carecen de toda subjetividad y es ahí cuando se nota que tan pelotudos son, en tu caso bueno...sos un virgo que ni sabe donde esta parado.
@thenahuel1997 -2
lo unico bueno que hizo peron fue poner las jornadas de 8 horas y morirse
@franngu
aguante el radicalismoo y alfonsin