Aleph (paulo coelho ) I capitulo

Rey de mi reino
¡No!
¿Otro ritual? ¿Otra invocación de las fuerzas invisibles
para que se manifiesten en el mundo visible? ¿Qué tiene eso
que ver con el mundo en que vivimos hoy en día? Los jóvenes
salen de la universidad y no encuentran trabajo. Los mayores
llegan a la jubilación sin dinero para nada. Los adultos no tienen
tiempo para soñar; se pasan desde las ocho de la mañana
hasta las cinco de la tarde luchando para mantener a su familia,
pagar el colegio de sus hijos, afrontando lo que todos conocemos
con el nombre de «dura realidad».
El mundo nunca ha estado tan dividido como ahora:
guerras religiosas, genocidios, falta de respeto por el planeta,
crisis económicas, depresión, pobreza. Todos quieren resultados
inmediatos para resolver al menos algunos de los
problemas del mundo o de su vida personal. Pero las cosas
parecen cada vez más negras a medida que avanzamos hacia
el futuro.
¿Y yo aquí, intentando avanzar en una tradición espiritual
cuyas raíces están en un pasado remoto, lejos de todos los desafíos
del momento presente?

Junto a J., al que llamo mi maestro aunque empiece a tener
dudas al respecto, camino hacia el roble sagrado, que lleva ahí
más de quinientos años, contemplando impasible las agonías
humanas; su única preocupación es entregar las hojas en invierno
y volver a recuperarlas en primavera.
Ya no soporto escribir sobre mi relación con J., mi guía en la
Tradición. Tengo decenas de diarios llenos de anotaciones de
nuestras conversaciones, que nunca releo. Desde que lo conocí
en Amsterdam en 1982, aprendí y desaprendí a vivir un centenar
de veces. Cuando J. me enseña algo nuevo, pienso que tal
vez sea ése el paso definitivo para llegar a la cima de la montaña,
la nota que justifica toda la sinfonía, la palabra que resume el libro.
Paso por un período de euforia, que poco a poco va desapareciendo.
Algunas cosas quedan para siempre, pero la mayoría
de los ejercicios, de las prácticas, de las enseñanzas acaban
desapareciendo en un agujero negro. O, al menos, eso parece.
El suelo está mojado, imagino que mis zapatillas deportivas,
meticulosamente lavadas hace dos días, estarán otra vez
llenas de barro cuando dé algunos pasos más, a pesar del cuidado
que pueda tener. Mi búsqueda de sabiduría, paz de espíritu
y conciencia de las realidades visible e invisible se ha convertido
en una rutina que ya no da resultado. Cuando tenía
veintidós años, empecé a dedicarme al aprendizaje de la magia.
Pasé por diversos caminos, anduve al borde del abismo
durante muchos años, resbalé y caí, desistí y volví. Imaginaba
que, cuando llegase a los cincuenta y nueve años, estaría cerca
del Paraíso y de la tranquilidad absoluta que creía ver en las
sonrisas de los monjes budistas.


Al contrario, parece que estoy más lejos que nunca. No
estoy en paz, de vez en cuando entro en grandes conflictos
conmigo mismo, que pueden durar meses. Y los momentos en
los que me sumerjo en una realidad mágica duran tan sólo
unos segundos. Lo suficiente para saber que este otro mundo
existe, y lo bastante para dejarme frustrado por no ser capaz
de absorber todo lo que aprendo.
Llegamos.
Cuando acabe el ritual voy a hablar seriamente con él.
Ambos colocamos las manos sobre el tronco del roble sagrado.
J. pronuncia una oración sufí:
«Oh Dios, cuando presto atención a las voces de los animales,
al ruido de los árboles, al murmullo del agua, al gorjeo
de los pájaros, al zumbido del viento o al estruendo de un
trueno, percibo en ellos un testimonio de Tu unidad; siento
que Tú eres el supremo poder, la omnisciencia, la suprema
sabiduría, la suprema justicia.
»Oh Dios, Te reconozco en las pruebas que estoy pasando.
Permite, oh Dios, que Tu satisfacción sea mi satisfacción. Que
yo sea Tu alegría, esa alegría que un padre siente por un hijo.
Y que yo me acuerde de Ti con tranquilidad y determinación,
incluso cuando sea difícil decir que Te amo.»
Generalmente, en este momento yo debería sentir —durante
una fracción de segundo, pero me bastaba— la Presencia
Única que mueve el Sol y la Tierra y mantiene las estrellas en
su sitio. Pero hoy no quiero hablar con el Universo; basta con
que el hombre que está a mi lado me dé las respuestas que necesito.

Él retira las manos del tronco del roble, y yo hago lo mismo.
Me sonríe y yo le sonrío. Nos dirigimos, en silencio y sin
prisas, a mi casa, nos sentamos en la terraza y tomamos un
café, todavía sin hablar.
Contemplo el árbol gigante en el centro de mi jardín, con
una cinta alrededor de su tronco, puesta allí después de un
sueño. Estoy en el pueblo de Saint Martin, en los Pirineos
franceses, en una casa que ya me arrepiento de haber comprado;
acabó poseyéndome, exigiendo mi presencia siempre que
es posible, porque necesita alguien que cuide de ella para
mantener viva su energía.
—Ya no consigo evolucionar —digo, cayendo siempre en la
trampa de hablar en primer lugar—. Creo que he llegado a mi
límite.
—Qué interesante. Yo siempre he intentado descubrir mis
límites y hasta ahora no he podido llegar hasta allí. Pero mi
universo no colabora mucho, sigue creciendo y no me ayuda a
conocerlo totalmente —me provoca J.
Está siendo irónico. Pero yo sigo adelante.
—¿Qué has venido a hacer hoy aquí? Intentar convencerme
de que estoy equivocado, como siempre. Di lo que quieras,
pero que sepas que las palabras no van a cambiar nada. No
estoy bien.
—Es justo por eso por lo que he venido hoy aquí. Presentí
lo que estaba pasando hace tiempo. Pero siempre hay un momento
exacto para actuar —afirma J., mientras coge una pera
de la mesa y la gira en sus manos—. Si hubiésemos hablado
antes aún no estarías maduro. Si hubiésemos hablado después
ya te habrías podrido. —Le da un mordisco a la fruta, saboreándola—.
Perfecto. Es el momento justo.