El porteño medio







El porteño medio cree que él es el Ser Argentino, que en el resto del país no se iza la celeste y blanca sino pabellones extraños con plumas, franjas rojas y demás símbolos bárbaros.



Que las provincias del noroeste no son soberanía argentina sino boliviana o peruana (indistintamente). Que el “interior” es terra incógnita, un indefinido lugar donde habitan seres inocentes, ingenuos e ignorantes pero “amables”. Que los entrerrianos son uruguayos que colonizaron la banda occidental del río trayendo sus costumbres de mate amargo y cordialidad rayana con el servilismo.



Algunos creen que Punta del Este es un protectorado de la ciudad de Buenos Aires y otros creen que Punta del Este es la República Oriental del Uruguay y que el resto del territorio uruguayo no existe. Por lo tanto, creen que Uruguay es un país donde no existe la inseguridad porque no dejan entrar a ningún pobre ni a ningún vago, donde la gente transita en autos importados, morfa en lugares donde cobran 150 dólares el cubierto y asiste a conferencias del rabino Bergman en el Conrad donde aplauden metáforas y aforismos estúpidos que no son más que falacias y mentiras envueltas para regalo.



El porteño medio cree que si llueve en Buenos Aires es una noticia que merece ser reproducida en noticieros que llegan hasta Abra Pampa. Cree que si hace frío en invierno o calor en verano nunca es normal, siempre es una ola, un fenómeno excepcional, algo que amerita ser destacado en grandes titulares, explicado por científicos de la NASA, debatido en paneles de climatólogos y repetido en taxis, ascensores, peluquerías, mesas de entradas, salas de espera y demás sitios de privación de la libertad.



Si hay una epidemia, un terremoto, un tsunami, un accidente aéreo, ferroviario, atómico, un atentado masivo, una erupción volcánica en algún remoto lugar del mundo el porteño se preocupa... por saber si había algún porteño en el lugar del hecho o si la nube, la nieve, la radiactividad, la ola, la ceniza, la réplica o la enfermedad puede llegar a Buenos Aires para convertirse en una verdadera noticia importante.



El porteño medio viaja por el mundo en cuanto puede, pero en vez de nutrirse de distintas realidades y culturas, pretende contagiar al resto de la humanidad de porteñismo. Generalmente en Miami se siente como en casa. Pero como da grasa ir siempre a Miami, a veces se le ocurre hacerse el alternativo y viajar a la India o a Turquía o a Tailandia o a Cuba o a Marruecos. Ni bien llega, se sienta en un restaurante típico y -a grito pelado- intenta explicarle al mozo en castellano básico que quiere un bife de chorizo a punto con papas bastón.



Tiende a invadir lugares, sobre todo de la costa sur brasilera. Van en caravana por la BR 101, porque así se sienten protegidos frente a los malhechores brasileros que acechan en las rutas prestos a asaltarlos y quitarles todas sus pertenencias (sombrillas, reposeras, tablas de surf, ojotas havaianas de la temporada pasada, gorras, conservadoras, latas de Quilmes, camisetas de Boca, yerba y demás vituallas que cargan para hacer la estadía más confortable y económica); y cuando llegan a esos pueblitos de ensueño, con pescadores en barquitos y el lema ‘no stress’ no pueden con su genio, la emprenden a bocinazos, se saludan a los gritos y copan los barcitos con sus insólitos pedidos: ¿Milanesa a caballo tenés? ¿Qué son las lulas? ¡Yo quiero rabas! ¿Es lo mismo? ¿Asado de tira de ternera hay? ¿Cómo Skol, no tenés Quilmes? Traeme un fernet con Coca. O aprenden dos palabras en portugués y quieren fanfarronear ante sus amigos y dicen: “dejame que yo le pido: traeme yelo, cerveya, yelada, brigado” (no sé por qué extraña razón no entienden que es obrigado si uno es hombre y obrigada si es mujer y que de todos modos el mozo entiende el castellano y si le dicen “gracias” le suena mejor que un “brigado” descolgado en medio de una conversación en porteño elemental).



El porteño del que hablo cree que lo que no sale en la televisión no sucede, y si sale en la tele el mundo entero tiene que estar pendiente de: un asalto, un embotellamiento, un pelotudo que se disfraza de hombre araña, un paro del subte, un piquete. Considera que Tinelli es un “genio” y no un ex gordito que la pegó en algo; que Fort es un “excéntrico millonario” y no un pobre pelotudo; que Mirtha y Susana son “divas” y no wandas naras de la tercera edad y que Macri tiene “buena onda” y no es un hijo de puta al cubo.



Creen que en lo que ellos llaman “el interior” no se trabaja, se duerme la siesta todo el día, se vive sin estrés y no se gasta dinero en nada. Por lo tanto, cuando se hartan del ritmo loco de lo que también llaman “La Ciudad” (como si fuera la única del mundo), venden o alquilan sus cosas y aterrizan en la sierra, se calzan las alpargatas, se dejan el pelo largo, compran un almacén rural y ponen un restó gourmet con Wi Fi y aire acondicionado frío calor, donde puedan tener un enclave el resto de los porteños que viajan y puedan sentarse y pedir un ojo de bife jugoso con papas rústicas y ensalada de radicheta de la huerta.



Esos porteños creen que River o Boca no pueden jugar en la B con todos los equipos de cuarta de lo que llaman “el interior”. El hincha de River no puede acompañar al equipo al estadio de Patronato de Paraná, transitando 500 kilómetros por territorio ocupado por pueblos originarios. No puede sufrir la humillación de medirse con Sportivo Desamparados de San Juan. No importa el esfuerzo que hayan hecho los clubes de provincias para ascender a la primera categoría del fútbol. Si un gran equipo porteño desciende, es simple: se elimina la B y acá no ha pasado nada.



Al porteño ese lo desvela saber qué se dice de nosotros “afuera” y no entiende que en realidad al resto del mundo le importe un carajo, y que para un europeo o un norteamericano, el cono sur de América sea una tierra remota y deshabitada, tan incomprensible como África, Asia o Neptuno.



También creen que los provincianos les tenemos envidia, que queremos parecernos a ellos, triunfar en su ciudad, salir en sus radios, en sus canales de televisión, publicar en sus diarios, pulir cualquier arista de provincianía y aporteñarnos, seducir a algún actor de Hollywood o a algún príncipe europeo, votar al PRO, llenar el país de globos amarillos y slogans vacíos.



El porteño suele comprar buzones por esnobismo, un período es ‘Progre’ y al siguiente es ‘Pro’ y cuando ya le sobran porquerías, intenta revenderla en las provincias, tal como vende ropa y tecnología pasada de moda a precio de temporada: agarra un payaso exitoso, lo pone de candidato a gobernador, lo sienta en el living de Susana, le hace una campaña mediática y logra preocuparnos y hacernos pensar si Fito no se habrá quedado corto y no será que a la mitad de la sociedad del mundo entero, le de asco o miedo o vergüenza o lástima, conjunta o alternativamente, la otra mitad; y viceversa.

Fuente:LA COLUMNA DE NATACHA MATZKIN http://www.miercolesdigital.com.ar/