El post que buscas se encuentra eliminado, pero este también te puede interesar

Otra Vez Hitler Tiende La Mano II Guerra Mundial

OTRA VEZ HITLER TIENDE LA MANO

Otra Vez Hitler Tiende La Mano II Guerra Mundial

Un hecho de la más extraordinaria importancia había ocurrido en las
postrimerías de la campaña germano-polaca. El 15 de septiembre, cuando ya el
ejército polaco se encontraba copado entre los dos grupos de ejércitos de von Bock —
en el norte— y von Rundstedt — en el sur—, y cuando Varsovia había sido flanqueada,
la URSS invadió a Polonia por el oriente. El Ejército Rojo avanzó sin resistencia en la
retaguardia de los polacos y ocupó la mitad del país.
La invasión alemana se había originado en el desacuerdo germano-polaco sobre
la vinculación de Prusia Oriental con el resto de Alemania, esencial para la
proyectada campaña alemana contra la URSS. ¿Y cuáles
Concentración de cien mil hombres en el Estadio de Nuremberg. Hitler insiste
en que no quiere guerra con Occidente,
eran los orígenes de la invasión soviética de Polonia? Precisamente en ese año de
1939 Stalin publicó un libro, «Problemas del Leninismo», reiterando la meta
marxista de la dominación mundial. Decía que la victoria del régimen bolchevique en
Rusia no era sino el preludio de otras victorias en todos los demás países de la tierra.
Citaba las siguientes palabras de Lenin: «Vivimos no sólo en un Estado, sino en un
sistema de Estados, y es inconcebible la existencia de la República Soviética por un
tiempo largo, junto a Estados imperialistas. A la postre, aquélla habrá de vencer a
éstos, o éstos a aquélla».
Inglaterra y Francia habían iniciado la guerra bajo la bandera de que estaban
defendiendo a Polonia. Cuando Stalin atacó por la espalda a los polacos vencidos y les
arrebató la mitad de su país, un sospechoso silencio se hizo en Occidente. Ese hecho
lo refiere Churchill en sus Memorias con una suavidad de terciopelo:
«El gobierno británico se encontró desde el principio con un dilema. Habíamos
ido a la guerra con Alemania como resultado de la garantía que dimos a Polonia... Y
Rusia se negaba a garantizar la integridad de Polonia».
¿Podría creerse en la sinceridad de los estadistas occidentales cuando hablaban
de defender principios de libertad si los polacos eran atacados por los alemanes, y
callaban si los atacantes eran bolcheviques? ¿Podría creerse en esa sinceridad cuando
se empeñaban en cerrarle a Hitler el paso hacia Moscú y en cambio no tomaban
ninguna providencia contra la amenazante expansión del marxismo soviético hacia el
mundo occidental?
Con una inconsciencia sólo explicable por su odio personal contra Hitler —odio
que se evidenció desde el verano de 1932, cuando por primera vez se negó a hablar
con él—, Churchill hasta se regocijó en cierto modo por la invasión soviética de
Polonia y escribió: «Los rusos han movilizado fuerzas muy grandes y han demostrado
capacidad para avanzar lejos y con prontitud». No procedía Churchill como estadista,
porque la cualidad elemental del estadista es buscar el beneficio de su patria, y no
podía ser benéfico que la URSS se desbordara sobre sus fronteras, ya que
esencialmente la doctrina bolchevique era contraria al Imperio Británico. Mil veces
menos dañoso para Inglaterra era el movimiento alemán hacia el Oriente, con sus
metas claramente proclamadas: conquistar territorio soviético, cimentar la amistad
con el Imperio Británico e incluso concertar una alianza con él. Es indiscutible la
habilidad de Churchill como líder y como orador. Pero su ceguera o su mala fe como
estadista es un hecho que la Historia no podrá soslayar. Es un hecho que está
sufriendo en carne propia el mismo Imperio Británico, el cual al terminar la guerra
comenzó a desgajarse como si fuera un vencido y no un vencedor. Al concluir la
campaña polaca, y por fin ya en la frontera de la URSS, Hitler hizo otro llamado de
amistad a Francia y a la Gran Bretaña, que un mes antes le habían declarado la
guerra. En sus palabras no había el menor rastro de odio y sí un visible deseo de que
el Occidente se reconciliara con Alemania, cuyo propósito no era otro que combatir el
bolchevismo, o sea el auténtico enemigo de la Civilización Occidental. El 6 de octubre
de 1939 Hitler dijo:
«Ofrecí a los detentadores del poder en Varsovia dejar salir por lo menos a
la población civil... Ofrecí después no bombardear un barrio entero de la ciudad,
el de Praga, reservándolo para la población... No obtuve respuesta. Entonces
ordené para el 25 de septiembre el comienzo del ataque... »
La devolución del Sarre era la única exigencia que consideraba yo como una
condición plena e ineludible para un acuerdo germano-francés. Una vez que Francia
misma ha resuelto ese problema, desapareció toda exigencia alemana a Francia. Hoy
no existen más exigencias de esta especie ni volverán a hacerse valer nunca... Francia
lo sabe así. Es imposible que se levante un hombre de Estado francés y pueda
manifestar que he planteado jamás una exigencia a Francia cuyo cumplimiento
hubiese sido incompatible con su honor o sus intereses. En lugar de una exigencia tal,
lo que he dirigido siempre a Francia ha sido el deseo de enterrar para siempre la vieja
enemistad. He hecho todo lo posible para extirpar del pueblo alemán la idea de una
enemistad hereditaria e ineludible, inculcándole en lugar de ella el respeto por los
grandes hechos del pueblo francés y de su historia, y todo soldado alemán guarda el
máximo respeto por las proezas del ejército francés. » No menores han sido mis
esfuerzos para llegar a un acuerdo germano-inglés e incluso a una amistad germanoinglesa...

Verdad

Nunca ni en ningún lugar me he opuesto realmente a los intereses
británicos. Si este esfuerzo mío ha fracasado, ha sido porque había en algunos
hombres de Estado y periodistas británicos una enemistad personal contra mí. »
Es también perfectamente claro para mí que cierto capitalismo y periodismo
judaico-internacional no sienten en absoluto el compás de los pueblos cuyos intereses
dicen representar, sino que, como Eróstratos de la sociedad humana, ven el máximo
éxito de su vida en la provocación de un incendio. »¿Alemania ha hecho a Inglaterra
alguna reclamación que amenace quizá al Imperio británico o ponga en duda su
existencia? No; al contrario. Ni a Francia ni a Inglaterra les hizo Alemania
reclamaciones semejantes... Esta guerra en el Oeste no arregla ningún problema ni
mucho menos, a no ser el de las malparadas finanzas de algunos industriales de
armamentos».
Respecto a Polonia, Hitler estaba anuente en que resurgiera como país libre
mediante la previa resolución del problema de las minorías alemanas, y mediante la
comunicación de Prusia y la solución del problema judío. Refiriéndose a la guerra que
Francia e Inglaterra habían declarado a Alemania, agregó:
«El mantenimiento del actual estado en el oeste es inconcebible. Un día
quizá Francia bombardee por primera vez Saarbruck y la deje demolida. La
artillería alemana, por su parte, destruirá en represalia Mülhausen... Se
instalarán después cañones de más alcance y la destrucción se irá haciendo
mayor... Y el capital nacional europeo reventará en granadas y la energía de los
pueblos se desangrará en los campos de batalla. Y un día, empero, volverá a
haber una frontera entre Alemania y Francia, pero en vez de ciudades
florecientes se extenderán por ella campos de ruinas y cementerios. »
En la historia no ha habido jamás dos vencedores y muchas veces no ha habido
más que vencidos. Ojalá que tomen la palabra los pueblos y los gobernantes que son
del mismo parecer. Y que rechacen mi mano los que creen ver en la guerra la mejor
solución».
Su mano fue rechazada. No ciertamente por los pueblos, que querían la paz,
sino por los estadistas occidentales; por Roosevelt, por Churchill y por Daladier.
Incluso el Intelligence Service Británico organizó una minuciosa conjura para
asesinar a Hitler en la Cervecería de Munich, durante la ceremonia del 8 de
noviembre. Pero el acto duró menos de lo que se suponía porque Hitler sintió una
indefinible premura y salió del edificio minutos antes de que estallara la bomba de
tiempo colocada para matarlo. Churchill refiere en sus memorias que ciertamente
Hitler se había visto sorprendido por la declaración de guerra de Francia y la Gran
Bretaña, con quienes no quería pelea, pero que había supuesto que al terminar
rápidamente la campaña de Polonia, su oferta de paz brindaría a Mr. Chamberlain y a
Daladier la oportunidad de llegar a un arreglo decoroso. «Nunca se le ocurrió, ni por
un momento —añade Churchill—, que Mr. Chamberlain y el resto de la comunidad de
naciones que forman el Imperio Británico, tenían la resolución inquebrantable de
darle muerte o perecer en la demanda». En verdad era difícil suponer que el odio
contra una persona —en este caso Hitler— fuera más poderoso en Londres que la
conveniencia del Imperio Británico, y que se prefiriera aniquilar a Alemania, aunque
nada pedía de Inglaterra, que dejarle el camino libre para que se lanzara contra la
URSS, cuya doctrina marxista era hostil a todo principio de libertad, hostil al Imperio
Británico y declaradamente enemiga del mundo occidental. Churchill fue cegado
por ese odio y automáticamente se convirtió en instrumento de otras fuerzas que
desde la Casa Blanca de Washington trataban a todo trance de salvar a la URSS.
Sobre este punto el escritor norteamericano Robert E. Sherwood dice en su libro
«Roosevelt y Hopkins» que cuando la guerra empezó, Roosevelt evidenció una grave
preocupación de que fuera a llegarse a una paz negociada. Transmitió esa inquietud
al gobierno inglés e inició su «histórica correspondencia con Winston Churchill».

Y es
que si Alemania llegaba a una paz negociada contra Inglaterra y Francia, quedaba con
las manos libres para realizar su anunciada ofensiva contra el marxismo.
El pueblo americano no quería la guerra. El propio Sherwood dice que ya
fuera por la experiencia de 1918 o por simpatía a la ciencia alemana, el sondeo de
Roper reveló en 1939 que sólo un 2.5% de la población de Estados Unidos deseaba la
intervención occidental contra Alemania, e incluso había un movimiento que
proclamaba a Hitler como el adalid del antibolchevismo. Pero a pesar de que Estados
Unidos era una democracia, Roosevelt no actuaba de conformidad con su pueblo,
sino siguiendo los consejos prosoviéticos del grupo israelita que lo rodeaba: Wise,
Baruch, Morgenthau, Frankfurter, Untermeyer, Rosenman, etc.

II Guerra Mundial

historia


Y los inconfesables propósitos de este grupo son parcialmente revelados por el
mismo Sherwood, quien agrega que el consejero Hopkins «afirmó que la cuestión de
Polonia no era, en sí, tan importante por sí misma como por representar un símbolo
de nuestra posibilidad de entendernos con la Unión Soviética. Dijo que nosotros no
teníamos ningún interés especial en Polonia, ni propugnábamos allí una clase
concreta de Gobierno». Polonia era sólo un buen pretexto para defender al marxismo
judío que desde 1917 reinaba en la URSS.
Naturalmente que la defensa de Polonia no era lo que se buscaba, y los
acontecimientos posteriores así lo evidenciaron claramente. No se permitía que
Alemania construyera una ferrovía a través del Corredor Polaco, pero sí iba a
permitirse que Rusia absorbiese al país entero. El embajador norteamericano en
Polonia, Arthur Bliss Lañe, se dio cuenta de la inconcebible maniobra y renunció para
escribir libremente «Yo vi traicionar a Polonia», donde refiere cómo Roosevelt,
Churchill y Stalin se confabularon para subyugar al pueblo polaco. Dice que «El 90%
de la población polaca se opone al comunismo, pero un Gobierno pelele hecho en
Moscú fue trasplantado a Varsovia». Agrega Bliss Lañe que él se esforzó por que se
garantizara el resurgimiento libre de Polonia, pero que «fue objeto de desaires que
equivalían a insultos premeditados a Estados Unidos». Y sin embargo, Washington
no lo apoyaba.
Los polacos Jan Chiechanowski y Stanislaw Mikolajoyk también refieren
pormenorizadamente que los estadistas occidentales sacrificaron a Polonia para
favorecer los intereses de la URSS. ¿Era acaso que había relaciones espirituales o
raciales entre el pueblo norteamericano y el bolchevismo soviético? Evidentemente
no.
Pero sí había relaciones espirituales y raciales entre los israelitas de la Casa
Blanca y los que habían impuesto al pueblo ruso la doctrina del israelita Marx.
Aunque la tradición le impedía jugar por tercera vez como candidato
presidencial, Roosevelt lo hizo disfrazado de pacifista para engañar a los votantes. Y
hablando de paz, porque al fin las palabras no son actos, pero actuando para
precipitar a Occidente a la guerra, volvió a burlar al pueblo americano. Un testigo de
ese doble juego, testigo valioso por su prominente ingerencia en el Gobierno
Norteamericano, dice:
«Sus consejeros de la Casa Blanca lo convencieron (a Roosevelt) de que si
decía la verdad perdería en las elecciones de 1940. El Presidente sabía que la
guerra se acercaba —supuesto que él mismo la propiciaba-—, pero en su
discurso de campaña política, dijo: "Ahora que hablo a ustedes, madres y
padres, les diré algo más que los tranquilizará: he dicho esto antes, pero lo
repetiré una y otra vez: los hijos de ustedes no serán enviados a ninguna guerra
en el extranjero". La moralidad presidencial llegó así a su nivel mínimo, pero el
señor Roosevelt ganó las elecciones (2a. reelección)» Además, cada día
destinaba mayores cantidades del presupuesto para nutrir el «New Deal» y creó
la WAP, que teóricamente serviría para ayudar a los cesantes, pero que en la
práctica era un arma disfrazada a fin de asegurarse la reelección. Hopkins (el
discípulo del judío Dr. Steiner) manejaba los fondos de esa institución, pese a
que según confiesa Sherwood, compañero de aquél en la Casa Blanca, «no cabe
atribuir a Hopkins las virtudes de un hombre sano en cuestiones de manejo de
dinero...» Pero seguro del «Poder Secreto del Mundo», Hopkins decía: «Habrá
impuestos y más impuestos, gastos y más gastos, y seremos elegidos una vez y
otra».

Hitler decía a su Ministro Speer: «La forma en que Inglaterra se ha deslizado
hacía la guerra, es algo singular. El hombre que llevó toda la intriga es Churchill,
títere de la judería que mueve los hilos. Al lado suyo, el pretencioso Edén, bufón
sediento de dinero, y el ministro judío de la Guerra, Hore Belisha»
Roosevelt y Hopkins. Robert E. Sherwood.
«Cómo los Estados Unidos Ganaron la Guerra y Por qué Están a Punto de
Perder la Paz». — William C. Bullit.


Fuente Derrota Mundial Salvador Borrego http://www.vho.org/aaargh/fran/livres9/BORREGOdermund.pdf

Fuentes de Información - Otra Vez Hitler Tiende La Mano II Guerra Mundial

Dar puntos
0 Puntos
Votos: 0 - T!score: 0/10
  • 1 Seguidores
  • 749 Visitas
  • 7 Favoritos

5 comentarios - Otra Vez Hitler Tiende La Mano II Guerra Mundial

@luisruiz2010 Hace más de 3 años
muy buen post!!!!sigume k te sgoooo!!!
@crack199613 Hace más de 3 años +1
buen post
@abogadoninja Hace más de 3 años +1
Gracias por el aporte.
@kitu82 Hace más de 3 años +1
Salvador Borrego

buen libro
@LuchOZG Hace más de 2 años +1
desprecio a fascistas y neo nazis, pero no tengo mas que decir: que buen analisis.