LO ESENCIAL

Amigos de TARINGA les dejo un escrito de un escritor hondureno, Don Alfonso Guillen Zelaya,

Nació el 27 de junio de 1887 en Juticalpa, Olancho, y fue durante medio siglo un ciudadano del mundo, periodista, intelectual, cosmopolita y sensible observador del hombre y su entorno.

DE MUCHAS FACETAS. Como escritor, Alfonso Guillén Zelaya incursionó en muchos géneros. Ensayos, poemas, composiciones y editoriales se fueron alternando con el tiempo y en todos demostró su firme convicción social.

Abrazó la visión unionista de Morazán, los derechos universales de los enciclopedistas franceses, el panteísmo filosófico y el marxismo social, contribuyendo al fortalecimiento del movimiento sindical. Como poeta, estuvo influenciado por el modernismo literario, como se puede apreciar en su ensayo Lo esencial, donde se aprecian reminiscencias de Gabriela Mistral.

Uno de los trabajos más importantes de este olanchano fue su ensayo La inconformidad del hombre, que leyó por primera vez en 1945, con motivo de la inauguración de la Facultad de Humanidades de Guatemala.

En él, Guillén Zelaya aborda varios pensamientos que sesenta años después siguen tan vigentes como en aquel entonces. “Hemos perfeccionado los métodos de cultivo... y aumentado el rendimiento de las cosechas, pero hemos limitado en escasa medida el esfuerzo de trabajo... el pan de cada día escasea en millones de hogares y hasta en pueblos enteros...”.

EXILIO. Es innegable el fervor patrio que inspiraron en Guillén Zelaya encendidos editoriales. Pero también es cierto que su pensamiento trascendió más allá del espacio y tiempo, con ensayos que develaban una visión humanística y universal.

A través de sus múltiples artículos fustigó el fascismo, el nazismo, la intromisión extranjera y la desigualdad social. También mostró un vivo interés y claro discernimiento en temas como la pena de muerte, el divisionismo en Centroamérica, el imperialismo, guerrilla, democracia, derechos de las mujeres, libertad de prensa, y tópicos de actualidad en el viejo mundo.

No toleró la represión que ya había presagiado meses antes si Tiburcio Carías Andino llegaba al poder. Y ese día llegó. Fue así como en 1933 se exilió en México de manera definitiva junto a su esposa Isabel Alger Paz. En su acta de defunción se establece como causa de su muerte la hipertensión arterial y una angina de pecho.

A las 2:15 de la tarde exhaló su último aliento. Falleció el 4 de septiembre de 1947 en México. “Señores -escribió el poeta Constantino Suasnavar-: el alto Comisario del Verso, Alfonso Guillén Zelaya, ha muerto”. Mientras vivió en el país azteca continuó derrochando el verso y el pensamiento que hacen de este hondureño una vida digna de contar.

Lo Esencial


Lo Esencial


Lo esencial no está en ser poeta, ni artista ni filosofo. Lo esencial es que cada uno tenga la dignidad de su trabajo, la conciencia de su trabajo.

El orgullo de hacer las cosas bien, el entusiasmo de sentirse transitoriamente satisfecho de su obra, de quererla, de admirarla, es la sana recompensa de los fuertes, de los que tienen el corazón robusto y el espíritu limpio.

Dentro de los sagrados números de la naturaleza, ninguna labor bien hecha vale menos, ninguna vale más. Todos representamos fuerzas capaces de crear. Todos somos algo necesario y valioso en la marcha del mundo, desde el momento en que entramos a librar la batalla del porvenir.

El que construye la torre y el que construye la cabaña; el que siembra ideas y el que siembra trigo; el que teje los mantos imperiales y el que cose el traje humilde del obrero, el que fabrica la sandalia de sedas imponderables y el que fabrica la ruda suela que protege en la heredad el pie del jornalero, son elementos de progreso, factores de superación, expresiones fecundas y honrosas del trabajo.

Dentro de la justicia no pueden existir aristocracias del trabajo. Dentro de la acción laboriosa todos estamos nivelados por esa fuerza reguladora de la vida que reparte los dones e impulsa actividades. Solamente la organización inicua del mundo estanca y provoca el fracaso transitorio del esfuerzo humano.


El que siembra el grano que sustenta nuestro cuerpo, vale tanto como el que siembra la semilla que nutre nuestro espíritu. Ambos son sembradores y en la labor de ambos va in vivito algo trascendental, noble y humano: dilatar y engrandecer la vida.

Tallar una estatua, pulir una joya, aprisionar un ritmo, animar un lienzo, son cosas admirables. Tener un hijo y luego cultivarlo y amarle, enseñándole a desnudarse el corazón y a vivir a tono con la armonía del mundo, es también algo magnífico y eterno. Tiene toda la eternidad que es dable conquistar al conquistar al hombre, cualquiera que sea su capacidad.

Nadie tiene derecho de avergonzarse de su labor, ninguno de repudiar su obra, si en ella ha puesto el afecto diligente y el entusiasmo creador.

Nadie envidie a nadie, que ninguno podrá regalarle el don ajeno. Lo único necesario es batallar porque las condiciones del mundo sean propicias a todos nuestros semejantes y a nosotros mismos para hacer que florezca y fructifique cuanto hay en ellos y en nosotros.

La envidia es una carcoma de las maderas podridas, nunca de los árboles lozanos. Ensanche y eleve cada uno lo suyo, defendiéndose y luche contra la injusticia predominante, en la batalla están la satisfacción y la victoria.

Lo triste, lo malo, lo criminal es el enjuto del alma, el parásito, el incapaz de admirar y querer, el inmodesto, el necio, el tonto, el que nunca ha hecho nada y niega todo, el que obstinado y torpe cierra a la vida sus caminos; pero el que trabaja, el que gana su pan y nutre con su esfuerzo su alegría y la de los suyos, el noble, el bueno, para esa clase de hombre tarde o temprano dirá su palabra de justicia el porvenir, ya tale mentes y cincele estatuas.

No tenemos derecho a sentirnos abatidos por lo que somos. Abatirse es perecer, dejar que la maldad nos arrastre impune al desprecio, a la miseria y a la muerte. Necesitamos vivir en pie de lucha, sin desfallecimientos ni cobardías. Ese es nuestro deber y esa es la mayor gloria del hombre.


No maldigamos, no desdeñemos a nadie. No es esa la misión de nuestra especie; pero no tengamos tampoco la flaqueza de considerarnos impotentes.

Nuestra humildad no debe ser conformidad, ni renunciamiento, ni claudicación, sino grandeza de nuestra pequeñez que tiene la valentía de sentirse útil y grande frente a la magnitud del Universo. Esa es la cumbre espiritual del hombre.



Publicado en El Popular, Méjico, 19 de febrero de 1940. Tomado de Alfonso Guillén Zelaya, conciencia de una época.


Y aqui una muestra de su verso:
LA CASITA DE PABLO

La casita de Pablo, era verde y tendida
como un ala en el mar;
y en las grandes mareas semejaba una vida
que por miedo al naufragio se pusiera a rezar.

La casita de Pablo, siempre estuvo vestida
de bejucos del monte y en flor: era el altar
donde el sol y los pájaros en cada amanecida,
celebraban la misa primera del lugar.

La casita de Pablo, después quedó desierta,
sin misas y sin flores ¡Como una rosa muerta!
De Pablo ahora dicen que yerra sin parar.
Y del espacio humilde donde hicera su nido,
que perduran apenas, impidiendo el olvido,
cuatro postes rebeldes a los golpes del mar.



Tomado de "La Tribuna", del sábado 19 de marzo de 1994.