Asientos reservados: ¿duermes, finges leer o te levantas?





Entre los usuarios del transporte público, y sobre todo del metro, abunda una especie, de aspecto ensimismado, que solo da indicios de estar despierta cuando queda un asiento libre. Cuando esto ocurre, sale de su letargo y se mueve con inaudita rapidez, como la lengua de un camaleón frente a una mosca.



En el ecosistema del transporte público, el sitio libre es un recurso escaso, y a veces se producen disputas territoriales; por lo general, estas no pasan de unos pocos, aunque ruidosos, sonidos guturales, también conocidos como insultos o malos modos.



El caso es que mientras unos, sin necesitarlo, codician el asiento como Gollum el anillo: “Mi tesssoooooro…”,



para otros --ancianos, personas con problemas de movilidad, embarazadas o papás con bebés-- , es simplemente una necesidad. Ellos son quienes deberían ocupar los asientos reservados que existen en cada vagón. Pero la realidad no es así.

En una versión anterior del post se podía leer que una encuesta realizada entre 300 usuarios del metro de Madrid indicaba que la mitad de los viajeros no cedía el asiento, y que además, el 75% de ellos eran jóvenes. Pido disculpas a los jóvenes a los que pueda haber ofendido: digan lo que digan los sondeos, la mala educación no conoce edades, como apunta Javier Marías en el excelente artículo La perversión de viejos.

Discrepo con el comentario de Aleix: yo sí veo a menudo a embarazadas o abueletes aguantando de pie nueve estaciones de la línea 5 sin que nadie haga amago de levantarse. También he constatado, y esto no es de ninguna encuesta, sino conocimiento empírico (viajo casi a diario en el metro de Madrid), que pocos adolescentes ceden el sitio.

El truco más extendido es hacerse el despistado. ¿Cómo? No levantando la cabeza del libro, por ejemplo. Otros fingen dormir: cierran los ojos en cuanto ven asomar un bastón, una barriga o cuatro canas por las puertas del vagón, y los abren cuando el peligro ha pasado o justo antes de llegar a su estación. También hay quien alega no ver los letreros que señalan los sitios reservados; o no entender los pictogramas, como si fuesen jeroglíficos egipcios.



Hace unos meses, Metro de Madrid puso en marcha una campaña para que sus usuarios respeten los asientos reservados. Para ello está cambiando las antiguas pegatinas por otras más grandes y en lugares más visibles, de forma que no queden ocultas cuando alguien se siente, como ocurre con las anteriores, que todavía permanecen en muchos trenes. En ellas, además de los pictogramas, se pueden leer estas recomendaciones: "Respeta los asientos reservados", y "Cuando veas esta señal (el pictograma) respeta los asientos reservados cediéndolos a quienes más los necesitan". También se están colocando en los ascensores de las estaciones pegatinas como esta:



En algunos metros, como en el de Tokio, los han estampado en la tapicería de los asientos, para que no haya dudas.





¿Creéis que hace falta reservar un número de plazas por vagón y colocar pegatinas en ellas para que levantemos nuestras mullidas posaderas? A mí me parece que no: quienes habitualmente ceden el sitio, seguirán haciéndolo; y quienes no lo ceden, seguirán durmiendo. Tengan la edad que tengan.