Cada 16 de septiembre, se cumple el aniversario del momento más penoso en el conflicto árabe-israelí, que ya dura seis décadas, la masacre de Sabra y Chatila.

En ese día en 1982, milicianos falangistas libaneses con respaldo israelí (en árabe: al-Kataeb) entraron a los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila en Beirut Occidental, y masacraron a su voluntad. No tomaron en cuenta ni la edad ni el sexo, pues los ancianos, las mujeres, los niños, incluso niños menores de dos años, fueron presa fácil.

La cifra de muertes nunca se verificó, varía entre 800 y 3.500, lo que da testimonio de la destrucción causada por los falangistas pues algunos cuerpos nunca vieron la luz.

La masacre ocurrió durante la vigilancia de las Fuerzas de Defensa israelíes, que en ese tiempo habían adquirido el control de Beirut Occidental, cuidaban las entradas de los campos, y bengalas encendidas durante la noche dieron visibilidad a sus aliados libaneses.

Una investigación israelí, la Comisión Kahan, encontró personalmente responsable al entonces Ministro de Defensa de Isarel, Ariel Sharon, y recomendó su renuncia al gobierno israelí.

La blogósfera se vio llena de tributos a las víctimas de la masacre.

DesertPeace publicó un tributo en video [ADVERTENCIA: contenido gráfico]:

El blog político Pulse volvió a contar la espantosa tragedia:

Seis de la tarde del jueves. En la primera penetración, trescientos veinte hombres fueron traídos en treinta camiones. Cuatro pandillas invadiendo desde cuatro accesos. Estos eran los milicianos más adictos a la sangre, más felices con las violaciones, más adictos a la batalla, hombres excedidos en indignación, hombres que requerían cada vez mayores atrocidades extremas para conducir sus abundantes sentidos. Cada vez más salvajes, más bruscos.

Israel encendió el cielo para ellos. Bengalas blancas de fósforo siguiendo la pista y bailando. Fuego encima como un terrible sol en el techo, un sol encendido con rabia, mientras los niños dormían…

Sin ningún cuidado, les dispararon a los niños pequeños también, y a sus fastidiosas madres. Más cosas que chillaban y cosas que corrían. De casa en casa, al cuarto interior, a la pared más lejana. Trabajo duro. Pronto dispararon con mayor cuidado, disfrutando el deporte, acuchillando y cortando y apuñalando también. Tomaban whisky y araq, resoplaban cocaína de la carne y hojas de cuchillos. A lo largo de la noche del jueves, buldózers nivelaron los edificios más cercanos a la entrada del campo. Mandaron una máquina para cavar trincheras. Ululando y disparando se arremolinaban en las calles. Las personas se encerraban, esperando. Murmuraban entre ellos, adivinando la dirección de la masacre, o inventando excusas para la bulla. Algunos todavía no sabían su extensión, o no lo creían. Mañana los haría creyentes.

Se acurrucaban en la oscuridad más oscura. Afuera el sol nocturno brillaba; adentro ni una sola vela. Oscuro tan oscuro como la ignorancia. El alba trajo humo y el olor de la sangre.

El viernes la masacre se intensificó. Llegó a su punto más feroz en el área alrededor del hospital de Gaza. Finalmente decayó en un goteante alto a eso de las 8.00 a.m. de la mañana del sábado. Una larga perversión. Más de 36 horas.

Christof Lehmann ofrece su tributo en el Sabbah Report :

Veintinueve años han pasado, mi Dios. Nunca los olvidaré, maravillosas personas. Ni olvidaré los extremos de inhumanidad y compasión humana, la fealdad y la belleza, la risa y y las sonrisas mientras asesinaban con desprecio por la humanidad y la vida imposible de comprender, y las lágrimas y llantos de la más profunda desesperación y sufrimiento que ningún ser humano, ni siquiera un animal, debería atravesar. Los días de terror que tuve que compartir con ustedes fueron también la mayor lección de grandeza humana y la más profunda belleza de Espíritu Palestino colectivo, que alguna vez tuve que soportar.

¿Confundido? Igual que yo.

Incluso años después, todavía no puedo comprender el total impacto que la experiencia ha tenido en mí, ni en ustedes. Al menos yo tuve el privilegio de irme después que fue posible salir de las ruinas de Sabra y Shatila. Ustedes no pudieron. Eso me entristece. Tanto que nunca regresé para enfrentar los demonios de mi memoria y mi mala conciencia por haberlos dejado atrás. Hay tanto que no sé porque los dejé, golpeados, sangrantes en cuerpo, mente y alma. Vidrios rotos que brillan como un diamante al sol, gritando al mundo “déjennos vivir en paz”. Lo único que sé con absoluta certeza es esto:

Ni ustedes, ni yo, ni nadie nunca debe experimentar la inhumanidad de la pura maldad liberada, y hasta mi último aliento haré lo que pueda para evitar que cualquier cosa como Sabra y Shatila vuelva a ocurrir.

Autoun Issa.