Quien era Osvaldo Soriano?

Osvaldo Soriano y los mitos argentinos.



osvaldo soriano



Nacio en Mar del Plata en 1943. Paso su adolescencia en Tandil. Dejo la secundaria en tercer año, y a los 26 se muda a Buenos Aires. Trabaja en la revista Primera Plana, donde comienza su carrera de periodista.
Participo en parte de las revistas y diarios mas emblematicos de la Argentina: Panorama, Confimado, El Cronista, La Opinion. Fue corresponsal para "Il Manifesto" y co-fundador de Pagina12.

En 1973 publica su primer novela: "Triste, Solitario y final".



triste solitario y final



Triste, solitario y Final

Triste, solitario y final (1973) es la primera novela de Osvaldo Soriano. Sus personajes, Stan Laurel y Philip Marlowe, aparecen entre otros motivos y referencias tomadas del cine y la televisión o la cultura de masas. Se alimenta de esa espesa nube de ficciones de la que habla Calvino, al igual que A sus plantas rendido un león o El ojo de la patria. En estas novelas pululan imágenes de los conflictos armados en el África, el espionaje internacional, la ceremonia de entrega del Osear, o simplemente Charles Chapín, Donald o Harrison Ford. Esta serie de imágenes que bien pueden sonar a zapping televisivo, son parte de los ambientes construidos por Soriano. Mundos virtuales urdidos en la red de los mass media, con existencia legítima y universal en un imaginario liberado de geografías, el de nuestra aldea global.. En esta situación, la intertextualidad adquiere un nuevo sentido: el ponderado diálogo entre textos se vuelve plural y vertiginoso. Una distorsión de diversoslenguajes que han perdido ya todo referente real, que hablan sobre sí mismos.


no habra mas penas no olvidos



Fragmento:

(...) El viejo Stan Laurel bajó del taxi. Miró el arrugado papel que guardaba en un bolsillo y comprobó el número del edificio. El tránsito era intenso como todas las mañanas en el Hollywood Boulevard. Se detuvo un instante en la vereda. El edificio que tenia frente a él no era nuevo, ni siquiera estaba muy cuidado: el gris de la fachada mostraba la suciedad de los años. Antes de tomar el ascensor se quito el sombrero. Nadie presto atención a su cara muy blanca y arrugada. Al llegar al sexto piso se había quedado solo. Salió a un pasillo mohoso, iluminado por un par de lámparas fluorescentes. Caminó unos pasos y se detuvo frente a una puerta de madera deteriorada que tenía un vidrio esmerilado. En el se leía: "Philip Marlowe, detective privado", y más abajo: "Entre sin llamar".
Entró sin hacer ruido. Se había vuelto cauteloso y no supo por que. Ante él había una pequeña sala de espera con dos sillones y una mesa muy baja sobre la que estaban tiradas algunas revistas viejas. Se sentó. Dejó el sombrero sobre la mesa y tomo una de las revistas, pero sus ojos miraban la habitación. Las paredes estaban absolutamente despojadas y no habían sido limpiadas en los últimos años, aunque alguien se encargara de pasar, de vez en cuando, un plumero que nunca había alcanzado el techo. Stan fijó sus ojos en la puerta entreabierta que tenía frente a él. Inclino el cuerpo, pero no alcanzo a ver el interior de la oficina. Alguien abrió la puerta por completo.




a sus plantas rendido un leon




-Pase, señor Laurel.
Marlowe era un hombre de unos cincuenta años, un metro ochenta de alto, cabello castaño oscuro, aunque las canas lo habían blanqueado demasiado. Sus ojos, también castaños, tenían una mirada dura pero melancólica. Vestía un traje gris claro al que hacia falta planchar.
Stan, pequeño y desgarbado, entró en la oficina. La habitación estaba iluminada por el sol que entraba a través del ventanal. Marlowe se acomodo en su sillón, tras el escritorio viejo y oscurecido por el polvo y el hollín.
-¿Cómo supo mi número? -preguntó el detective, mientras con un gesto invitaba a Stan a sentarse.
-En verdad, señor Marlowe, lo tome al azar de la guía.
Marlowe encendió un cigarrillo y echó su cuerpo hacia adelante.
-¿Pidió referencias? ¿Sabe al menos quien soy?
-No. No lo hice. ¿Qué importa eso? Usted anda en este trabajo desde hace muchos años, según me dijo por teléfono. Si me gusta lo contrataré.
-No es un buen procedimiento, señor Laurel. Usted es un hombre famoso. Podría pagar los servicios de una agencia.
-Soy un hombre famoso al que nadie conoce, señor Marlowe. Se equivoca. No puedo pagar una agencia. No tengo mucho dinero. ¿Cuánto me dijo que cobraba por su trabajo?
-Cuarenta dólares diarios y los gastos.
-Está dentro de mis posibilidades, siempre que los gastos no sean muchos.
-¿Está seguro de no ser un avaro?
-Estoy casi en la ruina si le interesa saberlo. Tal vez no le convenga perder su tiempo conmigo.
-Eso lo veré después. Antes quiero saber por que uno de los cómicos más famosos de Hollywood viene a visitar al viejo Marlowe. No me ocupo de divorcios ni persigo a jóvenes drogadictos.
-No es ese mi problema.
-Me encanta saberlo. Lo escucho.
-Me estoy muriendo, señor Marlowe.
-No se nota.
-Sin embargo, es así. Ollie tuvo suerte. Le falló el corazón y terminó con todo. Yo me estoy muriendo lentamente, pero creo que las cosas deberían ser mejores para un viejo actor.
-Usted no necesita un detective -gruño Marlowe-. Hable con un agente de seguros y con un sepulturero.
-No creo que tome en serio a sus clientes.
-Usted no es mi cliente, señor Laurel. Me parece un hombre desesperado ante la proximidad de la muerte y yo no me ocupo de esos problemas. Si me permite una sugerencia, hable con un cura; usted necesita un consejero espiritual. Tal vez lo metan en un asilo de ancianos.
-No necesito consejos. Se como recibir la muerte. Tengo setenta y cinco anos, filme más de trescientas películas, recibí un Oscar, conocí el mundo, me case ocho veces, varias de ellas con la mujer que ahora está a mi lado. No me importa morir. No vine aquí a pelearme con un detective impertinente que ni siquiera tiene su oficina limpia. Vine a contratarlo. No se ofenda, Marlowe, pero usted es un tonto. Con esos modales no lo alquilarán ni para cuidar el perro de un
ejecutivo. Y lo peor es que ya es demasiado grandecito para cambiar.
-No rezongue, señor Laurel. Me gano la vida como puedo. No tengo demasiado dinero porque me niego a atender las chocherias de los viejos.
-Muy bien -el actor se levanto de su sillón-, aquí tiene mi teléfono. Llámeme si cambia de idea. Usted es muy torpe, pero me parece decente.
Stan Laurel abandonó la oficina con la misma cautela con que había entrado. El detective lo siguió con los ojos. Cuando la puerta se cerró, echo una mirada a su reloj. Eran más de las doce. Bajo a la calle y caminó dos cuadras hasta el bar de Víctor. Comió un sándwich y tomo una Coca Cola. Se quedo un rato pensando en el viejo Laurel. Fumó lentamente un cigarrillo. Pidió un diario a Víctor y buscó la página de espectáculos. En un cine de segunda categoría daban un programa de cortos cómicos: Charles Chaplin, Laurel y Hardy, Buster Keaton, Larry Semon. Salió a la calle.
Un frió seco, cortante, extraño en Los Ángeles, obligaba a la gente a envolverse en sobretodos y a caminar con apuro. El sol había desaparecido detrás de la muralla de edificios. Marlowe volvió a su oficina. Del escritorio sacó una botella de whisky y un vaso. Se echó en el sillón, puso los pies sobre el escritorio y tomó algunos tragos. Encendió otro cigarrillo, pero lo apago en seguida. Intentó dormir. Cerró los ojos, pero fue inútil. Pensó que desde su divorcio apenas había trabajado en un par de casos. (...)



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Despues del golpe de 1976, se traslada a Bruselas.[
Y de alli a Paris, donde vivio hasta 1984, cuando regresa al país.
En 1983, publica "No habra mas pena ni olvidos", que es llevada al cine por Hector Olivera.

En mi opinion, ninguna novela o pelicula argentina resume tan perfectamente el tragico enfrentamiento entre las alas del peronismo.
Y especialmente, esta escena:



link: http://youtu.be/watch?v=fiEusBbDeuA


triste solitario y final



Fragmento:

no habra mas penas no olvidos



Capitulo I:

—Tenés infiltrados —dijo el comisario.

—¿Infiltrados? Acá sólo trabaja Mateo, y hace veinticuatro años que está en la de-legación.

—Está infiltrado. Te digo, Ignacio, echaloporque va a haber lío.

—¿Quién va a hacer lío? Yo soy el delega-do y vos me conocés bien. ¿Quién va a joder?

—El normalizador

—¿Quién?

—Suprino. Volvió de Tandil y trae la or-den.

—Suprino es amigo, qué joder. Hace unmes le vendí la camioneta y todavía me debeplata.

—Viene a normalizar.

—Normalizar qué. Estás leyendo muchosdiarios, vos.

—El Mateo es marxista comunista.

—¿Quién te metió eso en la cabeza? Mateofue a la escuela con nosotros.

—Se torció.

—Pero si lo único que hace es cobrar losimpuestos y arreglar los papeles de la oficina.

—Yo te aviso, Ignacio, echalo.

—Cómo lo voy a echar, gordo. Se me va avenir el pueblo encima.

—¿Y para qué estoy yo?

—¿Para qué estás?

—Para cuidar el orden en el pueblo.

—Vamos, gordo, vos estás jodiendo. Andáa la mierda.

—Te digo en serio. Suprino está en el bar.Te va a ir a ver, te va a aconsejar.

—Que me pague lo que me debe antes. Sino, te lo voy a denunciar.

Ignacio salió de la comisaría. Dos agentesque estaban en la puerta, bajo un árbol, lo sa-ludaron. Montó en la bicicleta y pedaleó des-pacio. Iba pensativo. El sol calentaba contreinta y seis grados esa mañana. Cuando lle-gó a la esquina, aminoró la marcha y dejó quecruzara el camión de Manteconi que repartíalos sifones. Pedaleó hasta la otra cuadra, enpleno centro del pueblo, y paró frente al bar.Dejó la bicicleta en la vereda, a la sombra, y entró. Se sacó la gorra y saludó con unamano; le contestaron dos viejos que jugabanal mus. Fue hasta el mostrador.

—Hola, Vega. ¿Lo viste a Suprino?

—Recién se va. Está alborotado. Se fue averlo a Reinaldo a la CGT. ¿Va a haberhuelga?

—¿Dónde?

—Acá. Dice Suprino.

—Puta che, están todos locos. Dame unacoca cola.

La tomó de la botella, a tragos largos.

—¿Qué pasa, Ignacio?

—Qué sé yo. ¿Qué más te dijo Suprino?

—Poca cosa. Que vas a renunciar.

—¿Yo?

—Vos y Mateo. Dice que son traidores.

—¿Eso dijo?

—Sí.

—¡Hijo de puta!

—Que sos traidor. Lo dijo delante de Guzmán.

—¿Qué hacía el martillero acá?

—Lo estaba esperando, me parece. Se fue-ron juntos a la CGT.

—Vos sabés que Guzmán no es peronista.Nos cagamos a golpes por eso en el 66.

—En la plaza, me acuerdo.

—Me hizo meter preso por peronista cuan-do Soldatti era comisario. Cobrame.

—No —Vega sonrió con su dentadura ama-rillenta y despareja—. Si te vas a quedar sintrabajo.

—Bueno, chau.

Ignacio tomó la bicicleta y pedaleó fuerte.Un golpe de estado. Una sonrisa amarga apa-reció en su cara: «A mí me van a enseñar aser peronista.» De pronto sintió un extrañobrío. Nunca pensó que tendría que enfrentarun golpe de estado, como Perón, como Frondizi, como Illia. Llegó a la plaza. Dejó la bi-cicleta contra un banco y caminó hasta la ar-boleda más tupida. Eran las once y la plaza es-taba desierta por el calor. Se sentó en el césped y sacó un cigarrillo.



a sus plantas rendido un leon


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Cuarteles de Invierno

triste solitario y final


La historia es sencilla, de esa sencillez con que se tejen los mitos, esos mitos tan griegos compuestos de héroes, odios, un coro, un concepto del bien que comparto, una batalla y un desenlace trágico. Andrés Galván, cantor de tangos y el bueno de Rocha, boxeador confiado pero entrado en años, arrivan en Colonia Vela para participar en los festejos organizados más que nada para homenajear a las fuerzas armadas y esto es Argentina cerca del 76. Galván, que está de vuelta de casi todo, sin embargo no encuentra buenas razones para sentirse a gusto en ese lugar, niega un autógrafo a un milico, se niega a participar en esa “estrategia de la reverencia, el codazo y la palmada” de la que Soriano se quejaba en una entrevista y le echan del pueblo. Antes descubre que al inocente Rocha le montaron una encerrona, va a combatir con un oficial local y tiene pocas posibilidades de salir por su propio pie de la pelea. Arriesgando su vida, volverá para advertir al boxeador, que entre medias se enamoró de la hija del cacique.


no habra mas penas no olvidos




link: http://youtu.be/watch?v=CEMx5K74PLI

a sus plantas rendido un leon



La novela de Soriano se prestó pues, en los recovecos de sus páginas, en esos diálogos magistrales y vivos, para explorar otros temas que merecen ser reconocidos. Así la presentación de la amistad de esos dos personajes antagónicos, ingenuos, cervantinos, remedos de Oliver y Hardy, personajes de slapstick, de novela de aventuras y sin embargo tan entrañables, tan verídicos, tan aciagos. Esa amistad tan improbable encuentra su resorte, como ocurre en el origen de cualquier afecto, en un misterio indescifrable, irracional. Uno de esos tipos de amistad que, sin embargo, parece justificar cierta confianza en la bondad del género humano, presupuesto que en general viene a ser complicado de mantener. Sí, cuando Andrés Galván vuelve al pueblo para advertir a Rocha aun a riesgo de su propia vida, a uno no le queda más remedio que suspender la creencia de que conceptos como el coraje, la dignidad y la lealtad desinteresada se perdieron del todo en este deshilachado mundo.


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En 1984 apareció "Artistas locos y criminales" y en 1988, "Rebeldes, soñadores y fugitivos" y su novela de mayor éxito editorial: "A sus plantas rendido un león", considerada una bisagra en su obra por el fuerte tono paródico.
Dos años más tarde se publicaría "Una sombra ya pronto serás", llevada al cine en 1994, una vez más por Olivera, y con el protagónico a cargo de Miguel Angel Solá.

Once libros en total integran la producción literaria del escritor: todos ellos se vendieron en forma superlativa y fueron traducidos a más de quince idiomas y publicados en veinte países, al punto de que en 1995 el Grupo Editorial Norma llegó a pagar medio millón de dólares para quedarse con los derechos de su obra.



Sin paraguas ni escarapelas (articulo publicado en Pagina12)

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El 24 de mayo por la noche, el coronel Saavedra y el doctor Castelli atraviesan la Plaza de la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares. Van a jugarse el destino de medio continente después de tres siglos de dominación española. Uno quiere la independencia, el otro la revolución, pero ninguna de las dos palabras será pronunciada esa noche. Luego de seis días de negociación van a exigir la renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra, jefe del regimiento de Patricios, ha sido cauto: "Dejen que las brevas maduren y luego las comeremos", aconsejaba a los más exaltados jacobinos.
Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos y a veces aman a las mismas mujeres, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros se inclina, cuanto más, a presidir una junta en la que haya representantes del rey Fernando Vll &endash;preso de Napoleón&endash;, y algunos americanos que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan armados y Domingo French, teniente coronel del estrepitoso regimiento de la Estrella, está por sublevarse. Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: "Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora", les dice a los jacobinos reunidos en casa de Rodríguez Peña. De allí en más los acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que no hubo paraguas ni amables ciudadanos que repartieran escarapelas.
El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué memorialista se consulte. Todos, por supuesto &endash;salvo el pudoroso Belgrano&endash;, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el 24 todo Buenos Aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo. "Un inmenso pueblo", recuerda Saavedra en sus memorias, y deben haber sido más de cuatro mil almas si se tiene en cuenta que más tarde, para el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus amigos han reunido esa cifra en la Plaza y sólo la califica de "crecido pueblo".
La gente anda con el cuchillo al cinto, cargando trabucos, mientras Domingo French y Antonio Beruti aumentan la presión con campanas y trompetas que llaman a los vecinos de las orillas. Esa noche nadie duerme y cuando los dos hombres llegan al Cabildo, empapados, los regidores y el obispo los reciben con aires de desdén. Enseguida hay un altercado entre Castelli y el cura. "A mí no me han llamado a este lugar para sostener disputas sino para que oiga y manifieste libremente mi opinión y lo he hecho en los términos que se ha oído", dice monseñor, que se opone a la formación de una junta americana mientras quede un solo español en Buenos Aires. A Castelli se le sube la sangre a la cabeza y se insolenta: "Tómelo como quiera", se dice que le contesta. Cuatro días antes ha ido con el coronel Martín Rodríguez a entrevistarse con Cisneros que era sordo como una tapia. " ¡ No sea atrevido ! " le dice Cisneros al verlo gritar, y Castelli responde orondo: "¡Y usted no se caliente que la cosa ya no tiene remedio!"
Al ver que Castelli llega con las armas de Saavedra, los burócratas del Cabildo comprenden que deben destituir a Cisneros, pero dudan de su propio poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel Belgrano esperan afuera, recorriendo pasillos, escuchando las campanadas y los gritos de la gente. Saavedra sale y les pide paciencia. El coronel es alto, flaco, parco y medido. El rubio Belgrano, como su primo, es amable pero se exalta con facilidad. Paso es hombre de callar pero luego tendrá un gesto de valentía. Entrada la noche, cuando French y Beruti han agitado toda la aldea y repartido algunos sablazos a los disconformes, Belgrano y Saavedra abren las puertas de la sala capitular para que entren los gritos de la multitud. No hay más nada que decir: Cisneros se va o lo cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel cruzan la Plaza y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último intento del español por formar una junta que lo incluya, pero Castelli, que tiene 43 años y está enfermo de cáncer, se opone. Los "duros" juegan a todo o nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el coronel ya acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en George Washington mientras Castelli se imagina en la comuna francesa. Su Robespierre es un joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace en lo de Nicolás Peña.
Entre tanto French, que teme una provocación, impide el paso a la gente sospechosa de simpatías realistas. Sus oficiales controlan los accesos a la Plaza y a veces quieren mandar más que los de Saavedra. Por el momento la discordia es sólo antipatía y los caballos se topan exaltados o provocadores. Al amanecer, Beruti, por orden de French, derriba la puerta de una tienda de la recova y se lleva el paño para hacer cintas que distingan a los leales de los otros. Alguien toma nota y nace la leyenda de la escarapela en el pecho.
Al amanecer, para guardar las formas, el Cabildo considera la renuncia de Cisneros, pero la nueva Junta de gobierno ya está formada. Escribe el catalán Domingo Matheu: "Saavedra y Azcuénaga son la reserva reflexiva de las ideas y las instituciones que se habían formado para marchar con pulso en las transformaciones de la autognosia (sic) popular; Belgrano, Castelli y Paso eran monarquistas, pero querían otro gobierno que el español; Larrea no dejaba de ser comerciante y difería en que no se desprendía en todo evento de su origen (español); demócratas: Alberti, Matheu y Moreno. Los de labor incesante y práctica eran Castelli y Matheu, aquél impulsando y marchando a todas partes y el último preparando y acopiando a toda costa vituallas y elementos bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el consejo sereno y abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin contemplación a cosas viejas ni consideración a máscaras de hierro; de aquí arranca la antipatía originaria en la marcha de la Junta entre Saavedra y él." Matheu exagera su importancia. Todos esos hombres han sido carlotistas y, salvo Saavedra, son amigos o defensores de los ingleses que en el momento aparecen a sus ojos como aliados contra España.



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El delirio y la compasión


La mañana del 25, cuando muchos se han ido a dormir y otros llegan a ver "de qué se trata", el abogado Juan José Castelli sale al balcón del Cabildo y, con el énfasis de un Saint Just, anuncia la hora de la libertad. La historiografía oficial no le hará un buen lugar en el rincón de los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que arroja los dados de la Historia.
Aquellas jornadas debían ser un simple golpe de mano, pero la fuerza de esos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente. Dice Saavedra: "Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del interior mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos, (...) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra (...) En el mismo Buenos Aires no faltaron (quienes) miraron con tedio nuestra empresa: unos la creían inverificable por el poder de los españoles; otros la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión no dudando que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español".
La audacia desata un mecanismo inmanejable. Saavedra es un patriota, no un revolucionario, pero no puede oponerse a la dinámica que se desata en esos días El secretario Moreno, un asceta de la revolución, dirige sus actos y sus órdenes a forzar esa dinámica para destrozar el antiguo sistema. Habla latín, inglés y francés con facilidad; ha leido &endash;y hace publicar&endash; a Rousseau, conoce bien la Revolución Francesa y es posible que desde el comienzo se haya mimetizado con el fantasma de un Robespierre que no acabará en la tragedia de Termidor. El ateo Castelli está a su izquierda, como French y el joven Monteagudo que maneja el club de los "chisperos". Todos ellos celebran en los templos del Norte el culto de La mort est un sommeil éternel, que Fouché y la ultraizquierda francesa usaron como bandera desde 1792. Belgrano, que es muy creyente, no vacila en proponer un borrador con apuntes sobre economía para el Plan terrorista que en agosto redactará Moreno.
En la primera junta gana la gauche (la acepción de "izquierda" se pronuncia, todavía, en francés): Moreno, Castelli y Belgrano son un bloque sólido con una política propia a la que por conveniencia se pliegan Matheu, Paso y el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan las ventajas que puedan sacar y simpatizan con el presidente Saavedra que a su vez los desprecia por oportunistas. Las discordias empiezan muy pronto, con las primeras resoluciones. Castelli parte a Córdoba y el Alto Perú como comisario politico de Moreno, que no confiaba en los militares formados en la Reconquista. Es él quien cumple las "instrucciones" y ejecuta a Liniers primero y al temible mariscal Vicente Nieto más tarde. Belgrano, el otro brazo armado de los jacobinos, va a tomar el Paraguay; no hay en él la cólera terrible de su primo, sino una piedad cristiana y otoñal que lo engrandece: en el Norte captura a un ejército entero y lo deja partir bajo juramento de no volver a tomar las armas. Manda a sus gauchos desharrapados con un rigor insostenible y no mata por escarmiento sino por extrema necesidad. Sufre sífilis, cirrosis y tiene várices, pero conserva la fe cristiana y el sentido del humor. Las victorias de Castelli en Suipacha y la suya en Tucumán afirman la posición de Moreno en la Junta, pero las catástrofes de fines de año aceleran su caída.
Frente a frente, uno de levita y otro de uniforme, Moreno de Chuquisaca y Saavedra de Potosí, se odian pero no se desprecian "Impío, malvado, maquiavélico", llama el coronel al secretario de la Junta; y cuando se refiere a uno de sus amigos, dice: "El alma de Monteagudo, tan negra como la madre que lo parió". El primer incidente ocurre cuando los jacobinos descubren que diez jefes municipales están complotados contra el nuevo poder. En una sesión de urgencia Moreno propone "arcabucearlos" sin más trámite, pero Saavedra le responde que no cuente para ello con sus armas. "Usaremos entonces las de French", replica un Moreno siempre enfermo, con el rostro picado de viruela, que acaba de cumplir 30 años. Al presidente lo escandaliza que ese mestizo use siempre la amenaza del coronel French, a quien hace espiar por sus "canarios", una especie de soplones manejados por el coronel Martín Rodríguez. Los conjurados salvan la vida con una multa de dos mil pesos fuertes, propuesta por el presidente. "¿Consiste la felicidad en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres impunemente hagan lo que su capricho e interés les sugieren? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y en decir con toda franqueza me cago en Dios y hago lo que quiero?", se pregunta Saavedra en carta a Viamonte que lo amenaza desde el Alto Perú.
Desde fines de agosto, Moreno ha hecho aprobar por unanimidad el Plan secreto de operaciones que recomienda el terror como método para destruir al enemigo emboscado. Ese texto feroz, por momentos descabellado, no se conoció hasta que a fines del siglo XIX. Eduardo Madero &endash;el constructor del puerto&endash; lo encontró en los archivos de Sevilla y se lo envió a Mitre. Para entonces, los premios y castigos de la historia oficial ya estaban otorgados y Moreno pasaba por un periodista y educador romántico influido por las mejores ideas de la Revolución Francesa. Pero es la aplicación de ese método sangriento lo que garantiza el triunfo de la Revolución. Hasta la llegada de San Martín la formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la conspiración de Alzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron en suplicio y los españoles descubrieron, entonces, que los patriotas estaban dispuestos a todo: "Nuestros asuntos van bien porque hay firmeza y si por desgracia hubiéramos aflojado estaríamos bajo tierra. Todo el Cabildo nos hacía más guerra que los tiranos mandones del virreinato", escribe Castelli antes de ser llevado a juicio.



a sus plantas rendido un leon


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El coronel manda parar


A principios de diciembre dos circunstancias banales sirven de pretexto a la ruptura entre Moreno y Saavedra que será nefasta para la Revolución. En la plaza de toros de Retiro el presidente hace colocar sillas adornadas con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve, Matheu hace un escándalo y argumenta que ningún vocal merece distinción especial. Pocos días más tarde, el 6, el regimiento de Patricios da una fiesta a la que asisten Saavedra y su mujer. En un momento un oficial levanta una corona de azúcar y la obsequia a la esposa que la entrega al Presidente, Moreno se entera y esa misma noche escribe un decreto de supresión de honores. Saavedra se humilla y lo firma, pero el rencor lo carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre, mientras los Patricios se agitan y reclaman revancha por la afrenta civil, el coronel llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la Junta. Moreno &endash;que intuye su fin&endash; no puede oponerse a esa propuesta "democratizadora". El único que tiene el valor de votar en contra es el tímido tesorero Juan José Paso.
Moreno renuncia y el 24 de enero de 1811 se embarca para Londres. "Me voy, pero la cola que dejo será larga", les dice a sus amigos que claman venganza. También pronuncia un mal augurio: "No sé qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje". En alta mar se enferma y nada podrá convencer a Castelli y Monteagudo de que no lo asesinaron. "Su último accidente fue precipitado por la administración de un emético que el capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento", cuenta su hermano Manuel, que agrega en la relación de los hechos el célebre "¡Viva mi patria aunque yo perezca!"
Saavedra ha liquidado a su adversario, pero la Revolución está en peligro. El español Francisco Javier Elío amenaza desde la Banda Oriental y no todos los miembros de la Junta son confiables. El 5 y 6 de abril el coronel Martín Rodríguez,con los alcaldes de los barrios, junta a los gauchos en Plaza Miserere y los lleva hasta el Cabildo para manifestar contra los morenistas. Saavedra, que jura no haber impulsado el golpe, aprovecha para sacarse de encima al mismo tiempo a jacobinos y comerciantes corruptos. Renuncian Larrea, Azcuénaga, Rodríguez Peña y Vieytes. Los peligrosos French, Beruti y Posadas son confinados en Patagones. Belgrano y Castelli pasan a juicio por desobediencia y van presos.
Pero Saavedra sólo dura cuatro meses al frente del gobierno. Ha acercado a Rivadavia al poder, pero el brillante abogado y los porteños se ensañan con éI y lo persiguen durante cuatro años por campos y aldeas; se ensañan también con Castelli, que muere deslenguado durante el juicio; con el propio San Martín que combate en Chile; con Belgrano que muere en la pobreza y el olvido gritando el plausible "¡ Ay patria mía! " Pese a todo, la idea de independencia queda en pie levantada por San Martín, que se ha llevado como asistente a Monteagudo, "el del alma más negra que la madre que lo parió". Los ramalazos de la discordia duran intactos medio siglo y se prolongan hasta hoy en los entresijos de una historia no resuelta.



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Devoto del cine y los gatos, noctámbulo incorregible, fanático del fútbol y fascinado por las sombras del peronismo, "El Gordo", como lo llamaban sus amigos, murió el 29 de enero de 1997, a los 54 años, después de lidiar con un cáncer de pulmón.


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