Hola amigos, continuando con mis post sobre la cultura rusa, en esta ocasión les dejo un post sobre las principales artesanías made in Rusia. Espero les guste



Artesanía Rusa

VÁLENKI

cultura

La mayoría de los rusos relaciona la palabra “válenki” con algo muy antiguo o simplemente peculiar. Sin embargo, a pesar de las muchas nuevas tecnologías existentes, todavía no se ha inventado nada más cómodo y que caliente mejor durante los duros inviernos rusos que estas botas de lana. Los valénki son el calzado ruso tradicional, semejantes a las botas de media caña o las modernas botas de la marca Uggs.

Orígenes y usos de los válenki

Sin embargo, resulta que la procedencia de los válenki no es tan genuinamente rusa como pensamos. Según los historiadores, el origen de la invención de este tipo de calzado pertenece a los pueblos nómadas de las estepas de Asia central. Ellos fueron los primeros que inventaron el método de enfurtir (apelmazar) la lana. La lana no sólo resiste bien el frío, sino que también protege los pies de las piedras puntiagudas y de las plantas con espinas. Este cómodo calzado pasó de los nómadas a todo el territorio poblado por los eslavos orientales. Ahora los valenki son unos de los símbolos de Rusia.

Se considera, aunque hay otras versiones, que los válenki rusos son originarios de la localidad de Mýshkin, en la provincia de Yaroslavl, donde los artesanos empezaron a hacer este calzado tal y como lo conocemos hoy en día. Por cierto, Mýshkin cuenta con uno de los dos museos de válenki que hay en el país. Desde esa región, las botas se propagaron por todo el territorio de Rusia.

Lo que más se valora de los válenki es que están hechos sin una sola costura, son una sola pieza y gracias a eso resultan suaves y cómodos para el pie. Sólo tienen una desventaja bastante problemática: los válenki calan, por eso suele ponerse calzado de goma sobre ellos.

Los médicos confirman el efecto beneficioso de los válenki sobre la salud. La lana de oveja es capaz de absorber y disipar el agua y acumular el calor y por tanto puede ayudar a curar los resfriados, el reumatismo, la ciática y otras enfermedades de los músculos y articulaciones. Los válenki son muy beneficiosos para los que padecen de trastornos del aparato locomotor porque el pie no se deforma con ellos. Además, el calzado transpira, lo que impide las infecciones de hongos. Los válenki también pueden aliviar la tensión nerviosa, el cansancio y el dolor de piernas y espalda. Para lograr el efecto curativo es mejor ponerlos sobre los pies desnudos ya que la superficie rugosa del tejido estimula la circulación de la sangre.

Los válenki no deben estar ceñidos. Siempre deber haber un espacio libre para el aire, sólo así los pies estarán abrigados.

Antiguamente los válenki eran un objeto caro, razón por la cual los más ricos eran los únicos que podían permitirse tal lujo. La familia de campesinos en la que cada miembro tenía un par de válenki se consideraba adinerada. En otras casas se creían afortunados si por lo menos había un par para todos. Por ello eran un regalo muy valorado, hasta se solían heredar. Para el soldado que iba a la guerra, no había nada más preciado que un par de botas de lana, pues este calzado de calidad no sólo lo salvaba del frío, sino que también protegía los pies de los escombros y objetos puntiagudos durante el combate. Durante la Gran Guerra Patria (1941-1945) más de 100 millones de pares de válenki fueron enviados al frente. Este elemento del uniforme militar ruso desempeñó un papel muy importante en la derrota del fascismo. Basta con mencionar que para los soldados alemanes los válenki rusos eran uno de los botines más apreciados ya que la industria alemana nunca logró producir un calzado similar que protegiera a sus soldados del frío invernal ruso.

Incluso los mandatarios llevaban válenki. Por ejemplo, Pedro I se los ponía para combatir la resaca. Durante los fríos inviernos, las emperatrices Catalina II y Ana de Rusia combinaban los válenki, fabricados especialmente para ellas, con los lujosos vestidos de baile. Otro famoso aficionado a los válenki fue Lenin. Según una leyenda, los utilizaba antes de la Revolución para enviar libros prohibidos. Cuando ya estaba gravemente enfermo, andaba con sus válenki tanto en invierno como en verano. Incluso Stalin, que se había criado en el clima suave del Cáucaso y no estaba acostumbrado a los válenki, los empezó a usar tras recibirlos como regalo por su 70 cumpleaños. Se dice que lo que más apreciaba de este calzado era que le permitía acercarse sigilosamente a sus colegas.

Fabricación

Luego de mucho tiempo, su producción se extendió por las aldeas rusas. Este negocio resultó muy provechoso ya que todos necesitaban válenki. En la antigüedad los fabricantes de este calzado se consideraban la élite de los zapateros ya que un par costaba más que cualquier par de botas de cuero. La tecnología de la producción se heredaba de generación en generación y cada artesano tenía su propio secreto o su propia técnica.

La fabricación de válenki es un proceso que requiere mucha paciencia y tiempo. A día de hoy el 60% del trabajo continúa haciéndose a mano. Al no tener costuras, el artesano debe trabajar la lana para que ésta se una en una sola pieza. El proceso es muy difícil, el zapatero debe tener mucha fuerza para apelmazar el material. Para darle forma se moja el zapato con agua caliente, se pone en la horma de madera, se golpea y se deja secar durante la noche.

Los válenki más baratos son los grises, que se hacen de lana mezclada. Los blancos y negros son más caros porque es preciso separar la lana según el color durante su producción.

Un artesano experto tarda casi seis horas en elaborar un par de válenki, pero para llegar a este punto ha de ser un maestro: se necesitan cinco años de práctica en este arte tradicional. Cabe mencionar que la tecnología de la fabricación casi no ha variado durante los últimos 300 años. Del mismo modo trabajaron los abuelos y bisabuelos de los maestros actuales.

Existen varias supersticiones sobre los válenki. Antiguamente los recién casados se los regalaban. Según la creencia popular, habría amor y armonía en el matrimonio hasta que se desgastasen. Al mudarse a una nueva casa, los dueños ante todo llevaban un válenok. Se creía que así entraba el espíritu de la casa —el domovói— que supuestamente ayudaba a los que eran amables con él.

Los válenki en la actualidad

Sigue habiendo demanda de válenki hoy día. Se producen unos 4 millones y medio en Rusia anualmente. Algunos de ellos incluso los hacen los diseñadores conforme a las últimas tendencias de moda y se pueden encontrar en los vestuarios de elegantes mujeres urbanas. Pero los consumidores más importantes de este calzado siguen siendo los habitantes de las poblaciones rurales, así como casi todos los trabajadores del petróleo, gas y ferrocarril.

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LAPTI

Rusia

Durante muchos siglos los lapti (en singular lápot), una especie de zapatos o alpargatas tejidos con corteza de árbol o líber, fue el principal calzado de la población rural, es decir, del 90 por ciento de los rusos. Son probablemente el calzado más conocido en el territorio del país y uno de los más antiguos. Las primeras alusiones a los lapti datan de los siglos XVI-XVII, aunque hallazgos en yacimientos neolíticos de agujas para tejer corteza hacen sospechar que ya entonces se pudieran utilizar.

Los zapatos se tejían con la corteza de diferentes especies de árbol: tilo, abedul, olmo, roble o sauce. Para su elaboración se usaba una horma de madera y una aguja especial de hierro o hueso.

Elaboración

Los lapti se tejían de diferentes maneras en función de las necesidades del futuro usuario y de la región donde viviera. Existían modelos de verano, de invierno, modelos que se ponían sólo para trabajar en el campo, o para las fiestas, etc. A veces tenían una suela de cuero, o incluso se pintaban si eran para los días festivos. En las temporadas frías se calzaban calcetines de lana y en verano, sobre medias.

Para encontrar el material necesario para su elaboración, los campesinos se dirigían en primavera a los bosques y extraían la corteza de los árboles. A menudo, los árboles resultaban dañados tras esa operación. Tal vez a eso se deba la típica expresión rusa “descortezar como a un tilo”, o sea, pelar, dejar sin nada.

La corteza se conservaba hasta el momento en que el campesino quisiera hacer un par de lapti ordinario. Antes de empezar el trabajo, la corteza se ponía en agua tibia, se dejaba macerar y luego se le quitaba la parte exterior. Se calcula que para hacer unos 300 pares de lapti se necesitaba una carreta de líber, unos 40-60 manojos.

En un día se podía hacer uno o dos pares de lapti. Normalmente, cada familia elaboraba su propio calzado en el tiempo libre o después del trabajo o durante las largas noches de invierno. Sólo con el tiempo en algunas regiones del país surgieron profesionales que se dedicaban al oficio. En la mayoría de los casos eran hombres. A los niños se les enseñaba este oficio a partir de los 7 u 8 años.

Los niños se iniciaban en el mundo del lápot con un pequeño ritual: El primer par hecho por sus manos se quemaba en una sartén en la estufa, luego las cenizas se mezclaban con miga de pan y se comían. Se creía que así al niño nunca se le olvidaría tejer.

La leyenda dice que incluso el emperador ruso Pedro el Grande aprendió este oficio y los lapti que él hizo se encontraban entre sus pertenencias en el Hermitage, pero se perdieron a principios del siglo XX o durante los acontecimientos de la Revolución de Octubre.

Sin embargo, este calzado artesanal no era muy duradero. Antes de emprender un largo viaje, el campesino tenía que preparar unos 5 o 7 pares. Normalmente un par se desgastaba en 4 días en la temporada de labranza estival, mientras que en invierno solía durar 10 días. Por eso los campesinos tenían que estar tejiéndolos continuamente. Debido a su alto precio, las botas eran un lujo inaccesible para la gente humilde.

Los lapti en la actualidad

Los lapti fueron populares durante muchos siglos. Durante los primeros años de la época soviética se usaban mucho, hasta los soldados del Ejército Rojo los calzaban en verano y sólo en invierno usaban valenki (calzado hecho de fieltro). Los podemos encontrar incluso en épocas más recientes: tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el país estaba en ruinas y faltaba dinero, la vida debía continuar su actividad normal y esto hizo que en algunas aldeas se conservara la demanda de este calzado.

En la época anterior a la Revolución de Octubre, los lapti eran un símbolo de buena suerte como, por ejemplo, la herradura de los caballos, pero en la era soviética se convirtieron en el símbolo de la pobreza, de la cuna humilde y hasta de la ignorancia y falta de cultura, por eso a la Rusia de la época pre revolucionaria se le calificaba a menudo de “la Rusia de los lapti”, o sea, la Rusia atrasada.

Actualmente, los lapti son un souvenir. Los verdaderos maestros de este oficio ya casi no existen.

cultura rusa

MATRIOSHKA

Artesanía Rusa

Las matrioshkas son las tradicionales muñecas rusas de madera con múltiples figuras en su interior. Fueron inspiradas por un ejemplar de la muñeca japonesa Fukuruma traído a finales del siglo XIX a un taller de juguetes infantiles de Moscú. Serguéi Malyutin, tornero de madera inspirado por la belleza del juguete hizo unas figuras parecidas y otro pintor artesano, Vasili Zviózdochkin, las decoró como una niña vestida con la ropa tradicional del pueblo. El juguete tenía ocho figuras que se ponían una dentro de otra. En aquellos días el nombre Matriona era uno de los más populares para las niñas rusas y desde entonces el juguete lleva el nombre “Matrioshka”.

Simbología

La matrioshka aporta la idea de maternidad, fertilidad, riqueza y vida eterna y es un símbolo de la tierra rusa. La matrioshka, o madre, simboliza la familia grande y unida, la infinidad del mundo. La madre da a luz a una hija, la hija da a luz a otra hija y así… la cantidad de “nietas” dependía de la fantasía y paciencia del artista. La matrioshka refleja la cultura filosófica de Rusia, donde los mitos y los cuentos populares se proyectan en el arte, por eso un artesano que hace muñecas tiene que conocer muy bien el folclore ruso. Quizás, ahí se esconda la metáfora: para entender la verdad y la esencia del alma rusa uno tiene que quitar todas las “capas” que contienen a los descendientes de la memoria histórica del pueblo. Para entender a un ruso hay que ir “sacando” las capas superficiales para finalmente alcanzar el alma.

Hay diferentes creencias sobre las matrioshkas; por ejemplo, existe la idea de que si se pone dentro de una matrioshka una papeleta con un deseo, con toda seguridad se cumplirá, y que, cuanto más tiempo dedicó el artesano a crear el juguete, más rápido se cumplirá el deseo. También se dice que la matrioshka representa el calor del hogar y es un símbolo que lleva a casa amor y esperanza.

La muñeca se ha usado desde su aparición como un juguete creado para los niños pero no sólo podían los niños jugar con ella, también podían darle un uso muy práctico ya que a menudo ayudaban en el proceso de aprendizaje de cálculo en las aldeas rusas.

Elaboración de la matrioshka

La técnica básica de elaboración de las matrioshkas requiere mucho tiempo y esfuerzo y no ha cambiado con el tiempo. En pintarla a mano uno puede tardar de tres minutos a tres horas, o aún más, semanas o meses de trabajo. Al principio, las matrioshkas se enceraban, pero más tarde los artesanos empezaron a cubrirlas con laca que conservaba el color y las preservaba de desportillarse. En las primeras matrioshkas pirogrababan los elementos del traje y de la cara. A principios del siglo pasado, cada artista aportaba algo de su propio mundo a la muñeca que estaba haciendo: se dibujaban niñas con falda, con pañuelo en la cabeza, con cestas y ramilletes variopintos y además, la cantidad de figuras que llevaran dentro también era una marca personal del artista. En 1913 se talló una matrioshka que tenía 48 figuras y hoy en día hay juguetes con 100 muñecas dentro. A veces las matrioshkas llevaban un secreto adentro. Así, en las entrañas de la muñeca “Novio y novia” se encontraban múltiples parientes; otras estaban dedicadas a eventos o personajes históricos, o a los protagonistas de los cuentos rusos.

Las matrioshkas se modernizan, el juguete que nació como un objeto de artesanía y que en los tiempos soviéticos se producía en serie, ahora empieza una nueva etapa de su vida: se trata de los juguetes de autor, cada uno de los cuales es una verdadera obra maestra.

Las matrioshkas en el mundo y el Museo de la Matrioshka

Las primeras matrioshkas tuvieron mucho éxito en países europeos tales como Francia y Alemania y se vendían ahí a precio muy alto. Hace 100 años ganaron en la Feria Internacional de París su primera medalla de oro por su originalidad. Ahora son los extranjeros los que poseen las colecciones más completas de matrioshkas. Se conoce que un coleccionista norteamericano tiene unas 6.000 muñecas y que hay grandes colecciones de matrioshkas en Austria.

Sus precios varían desde unos moderados cinco dólares hasta los 2.500. Entre los souvenires rusos, las matrioshkas son de obligada adquisición. Los turistas las compran para llevar a casa un pedacito de la verdadera Rusia. Los políticos soviéticos, extranjeros y las figuras contemporáneas quedan inmortalizados en madera. Así, los rusos promueven y renuevan la tradición de las matrioshkas.

En 2001, abrió en Moscú el Museo de la Matrioshka, el único en el mundo. Expone copias de las primeras matrioshkas rusas que se pueden comparar con las modernas, con las de finales del siglo XIX con ocho “hijos” adentro y con las figuras japonesas de Fukuruma. En el museo se realizan excursiones guiadas, en las que se puede entender la diferencia entre las matrioshkas de diferentes regiones de Rusia e informarse sobre la vida de sus pintores y artesanos.

Los diferentes motivos que adornan a las matrioshkas reflejan la vida cotidiana de las jóvenes en un pueblo ruso típico. Por eso, el elemento clave de las pinturas es el traje popular. Estos dos fenómenos de artes aplicadas —los juguetes y el vestuario— reflejan el mundo íntimo de cualquier familia rusa del siglo XIX-XX. Las primeras matrioshkas estaban vestidas con trajes de acuerdo con la moda moscovita de aquellos tiempos, pero con el tiempo y con el cambio de la región donde se producían, el atuendo cambiaba. En este museo se puede ver toda la variedad de la ropa que usaron. La colección del Museo de la Matrioshka cuenta con 70 trajes de diferentes épocas (desde finales del siglo XIX-XX), que los coleccionistas buscaron por todas las regiones de Rusia.

cultura

LOS JUGUETES DE DÝMKOVO

artesanías

Los juguetes de Dýmkovo son figuritas, frecuentemente silbatos, de animales y personas modeladas a mano en barro, pintadas de colores vivos y hechas normalmente por las mujeres de la aldea del mismo nombre, cerca de la ciudad de Kírov (antiguo Viatka), a unos 900 km de Moscú.

Los silbatos en forma de caballo, oso o pájaro se remontan a los antiguos rituales de magia relacionados con las fiestas agrícolas. Poco a poco fueron perdiendo su significado mágico y se convirtieron en juguetes para niños y productos de artesanía.

Aunque se estuvieron fabricando hasta el siglo XX en vísperas de la feria de primavera para darles salida en ese mercado, lo cierto es que desde finales del siglo XIX este tipo de artesanía se encontraba en decadencia debido, principalmente, a la expansión de las figuritas de yeso que imitaban porcelana.

Durante la época soviética la artesanía se recuperó. En 1933 se organizó la cooperativa Juguete de Viatka, donde al principio trabajaban sólo algunos artesanos, pero que con el tiempo logró que sus esfuerzos por conservar el oficio de sus antepasados dieran frutos y que la producción, además de obtener muchos premios, adquiriera gran popularidad.

La fabricación tradicional de los juguetes sigue un proceso muy artesanal: las figuras se modelan en barro rojo de la localidad con añadidos de arena fluvial que se adhieren con barro líquido. Después de secarse y cocerse en el horno, los juguetes se blanquean con creta disuelta en leche y se pintan en al menos cuatro colores con diseños geométricos, como ondas o círculos, que en el último paso del proceso se cubren con oropel.

Los motivos de las figuras han evolucionado con el tiempo y afortunadamente hoy se pueden encontrar temas de todas las épocas. Los más tradicionales son los motivos animales; en el siglos XIX eran populares las damas, caballeros, aguadoras, bufones o niñeras con niños; y a partir de los años treinta del siglo XX se ampliaron los temas y aparecieron personajes de los cuentos populares, escenas de la vida moderna, grupos de bailarinas grandes —de más de 30 cm de altura— y otros.

Las formas grandes y algo grotescas se acentúan con detalles como los volantes y los collares opulentos. La pintura viva tiene carácter improvisado y subraya la expresividad de la plástica.

Ahora ya nadie usa estas figuritas como juguetes pero se han convertido en elementos de decoración y en los souvenires preferidos de los extranjeros.

Rusia

LOS JUGUETES DE BOGORÓDSKOYE

cultura rusa

Los juguetes de Bogoródskoye o el tallado de Bogoródskoye es una variedad de artesanía popular rusa que consiste en hacer juguetes y figuras talladas en maderas blandas (tilo, alisos).

El oficio existe en el pueblo de Bogoródskoye, en el distrito de Sérguiev Posad (región de Moscú), aproximadamente desde el siglo XVII.

Una leyenda dice que a mediados de ese siglo un campesino talló en madera un juguete de tilo para sus hijos. Cuando los niños se aburrieron del nuevo juguete, su padre lo llevó a una feria y se lo vendió a un mercader. Al comerciante le gustó la obra y pidió al hombre que le hiciera una serie de juguetes de madera.

Esta es la leyenda, pero en cuanto a las verdaderas raíces de este oficio, cabe mencionar que en el siglo XVII, en el monasterio de la Santísima Trinidad de San Sergio (situado actualmente en la ciudad de Sérguiev Posad) ya existía el oficio del tallado en madera. Los habitantes de las aldeas que se encontraban cerca del monasterio empezaron a dedicarse al tallado de juguetes.

Los juguetes tradicionales de Bogoródskoye representan figuras de personas, animales o aves y escenas de la vida cotidiana de los campesinos rusos. Entre las figuras más famosas está “el hombre y el oso”. Normalmente se representan como dos herreros. En este caso se trata de un juguete móvil: si se tira de un extremo, las figuras se inclinan, dando con el martillo en el yunque. Otro tipo de figuras móviles elaboradas en Bogoródskoye son los “juguetes de balanceo”. El juguete más conocido de este tipo es el de las gallinas que pican semillas.

La mayoría de las obras artesanales de Bogoródskoe no está pintada, aunque algunas son de colores llamativos. En caso de que la figura se policrome, normalmente se usa acuarela, de manera que todo se elabora con materiales naturales y ecológicos.

A principios del siglo XX los maestros tallistas se unieron en un taller que a partir de 1923 recibió el nombre de “El tallador en madera de Bogoródskoye”. En 1960 el taller creció tanto que se transformó en una fábrica. En la época soviética trabajaban cerca de 300 personas en la producción de juguetes artesanales y existía también una escuela profesional de oficios.

Los juguetes suelen hacerse de madera de tilo. Primero la madera debe secarse al aire libre. Luego el tallador labra el taco de tilo con un hacha o con una sierra. La otra etapa es el tallado en sí, que se hace con la ayuda de un escoplo y un instrumento similar a un cuchillo muy afilado. Después, el juguete se lija y barniza. Si la pieza no se hace a mano, entonces primero se elaboran los elementos de la futura figura en el torno, luego se ensamblan y, si es necesario, se pintan.

Los maestros artesanos de Bogoródskoye participaron en muchas exposiciones y fueron premiados con las medallas de oro en las exposiciones internacionales de París, Nueva York y Bruselas.

El tallado en madera de Bogoródskoye forma parte de la cultura artesanal rusa y conserva las antiguas tradiciones del oficio.

Artesanía Rusa

LUBOK

cultura

El lubok es una especie de arte figurativo de tipo tradicional. Durante mucho tiempo fue considerado un arte popular pero en el siglo XX aparecieron pintores profesionales que empezaron a trabajarlo. No se trata de un invento ruso ya que obras artísticas de este tipo existían en China, Turquía, India y Europa Occidental; sin embargo, precisamente en Rusia este arte obtuvo gran popularidad gracias a su peculiar e inconfundible estilo.

Lo más probable es que el término “lubok” provenga de la palabra rusa "lub", la parte exterior sólida de la madera de tilo que se usaba como base de las tablas sobre las que se estampaban las imágenes en las imprentas en el siglo XVII; por eso “lubok”, además de designar el estilo, se refiere a la pieza, a la imagen gráfica estampada que puede ser en blanco y negro o en color.

El lubok representa una imagen fácil de descifrar, a veces es toda una historia con texto, comentarios y réplicas de los personajes. El texto y la imagen gráfica son inseparables en este tipo de arte; en cierto sentido, se parecen a los cómics modernos. Los temas de las historietas representadas solían ser escenas bíblicas, cuentos, fábulas con moralejas, sátira social y política, etc. Lubok es un pozo de conocimiento y de humor popular.

Las peculiaridades técnicas de este tipo de arte son la sencillez, el sincretismo y la desproporcionalidad (el protagonista de la historia suele ser hasta 10 veces mayor que los demás participantes de la escena) recordando a veces a los dibujos infantiles.

En el norte de Rusia, donde solían vivir los viejos creyentes que escaparon de la persecución de las autoridades en los siglos XVII-XVIII, el arte lubok era muy popular. Allá las imágenes se hacían a mano y solían ser obras únicas. Los dibujos eran mercancías muy populares en las ferias rusas de esos siglos; servían de diversión y a la vez que de una especie de fuente de información para el pueblo. Asimismo, con las obras de lubok se decoraban las casas de campesinos, mercaderes y burguesía.

El zar Pedro el Grande usó los lubkí como medio de propaganda; para ello, creó una imprenta especial en San Petersburgo a la que fueron invitados los mejores maestros de todo el país, algunos de los cuales se habían formado en Europa occidental. Casi todas las obras de este arte hechas en San Petersburgo tuvieron desde entonces carácter oficial ya que en ellas se representaban escenas históricas, moralejas, retratos de los zares, etc. Sin embargo, en Moscú y en el resto de Rusia, los lubkí seguían estando llenos de humor y sátira, incluso algunos recibieron críticas de la Iglesia. Cabe mencionar que ya a principios del siglo XVII la Iglesia intentó controlar la producción de los lubkí que contenían escenas religiosas, pero no fue posible establecer una censura total en toda la producción.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el arte de lubok empezó a decaer. Por un lado el control de la producción de lubok por parte del Estado y la Iglesia se hizo más fuerte; por otro, los productores utilizaban las formas del arte popular llenándola de su propio contenido. Como consecuencia se perdió la esencia inicial del lubok. Estos procesos originaron una nueva actitud de desprecio hacia este fenómeno, como si se tratase de un arte falso o kitsch (de mal gusto). Sin embargo, el lubok siguió siendo bastante popular entre la gente sencilla, aunque la aristocracia no lo reconociera como arte debido a su origen popular.

En siglos pasados nadie se preocupaba por conservar las imágenes de lubok porque a nadie se le podía ocurrir que los ejemplares de este arte popular conservados hasta nuestros días serían tan altamente valorados, pues son considerados reflejo de la pintura popular, del talento de los artistas, del humor y de la historia de la antigua Rusia. Sólo en el siglo XX, los historiadores, etnógrafos y coleccionistas revisaron su concepción de esta forma de expresión y empezaron a estudiarla y coleccionar las obras que han sobrevivido hasta nuestros días.

La pintura dio inicio al fenómeno conocido como “literatura de lubok”, donde ya los textos eran más extensos que los dibujos, y aparecieron pequeños libros sobre los temas típicos de los lubkí.

El lubok en Rusia dio inicio a carteles, caricaturas y cómics modernos.

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GZHEL

Rusia

Desde antaño el nombre de Gzhel se asocia con una región situada en el sureste de la provincia de Moscú que está formada por decenas de pueblos y aldeas. Sus habitantes fueron maestros de la cerámica, y el proceso de cocción del barro (en ruso el verbo “cocer” es zhech, obzhigat) terminó dando nombre a la propia región. Gzhel es la profesión artesana del pueblo que conservó sus tradiciones autóctonas y les dio continuidad con las generaciones; creó sus peculiaridades actuales de estilo y fundó su propia escuela.

La palabra gzhel hoy en día es increíblemente popular, se asocia con la belleza, la armonía y lo misterioso de los cuentos. La porcelana adornada con dibujos azules y la mayólica (loza esmaltada en metal) de muchos colores tiene gran fama y no solamente en Rusia, sino en muchos países del mundo. Los artículos de Gzhel atraen a todos los que aprecian lo maravilloso y fantástico y a los conocedores de la pintura internacional.

Los estudios arqueológicos en esta región confirman la existencia allí del oficio de alfarero desde principios del siglo XIV. Los terrenos de Gzhel siempre fueron ricos en macizos forestales, ríos y arcillas tan finas como el caolín.

Durante siglos, los campesinos de Gzhel fabricaron diferentes artículos como azulejos y tejas. A partir del siglo XVII la región se hizo famosa por la fabricación de vajilla de mayólica (que eran artículos hechos de arcilla con dibujos de diferentes colores hechos sobre esmalte blanco). En el siglo XIX todos los maestros de Gzhel inventaron una nueva tecnología: hacían semifayenza (material cerámico de acabado exterior vítreo), posteriormente fayenza y, finalmente, porcelana. Numerosas fábricas pequeñas y empresas importantes comenzaron a producir porcelana.

El periodo entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX resultó ser de crisis profunda. Parecía que el arte de Gzhel moriría para siempre.

Después de la guerra resurgió el oficio y la búsqueda de su propio estilo. Para eso hubo que trabajar mucho y dar formación a nuevos maestros. El resultado fue exitoso y en el año 1972 se fundó la asociación llamada “Gzhel” con seis talleres ubicados en diferentes pueblos. Los grupos que la crearon elaboraron artículos nuevos y concibieron nuevas formas. La pintura llegó a ser más llena y ahora responde a todas las exigencias del arte contemporáneo. Hoy, en la fabricación de la porcelana se siguen todavía las tradiciones antiguas rusas: los maestros hacen los dibujos con cobalto, que a lo largo del proceso tecnológico obtiene el característico color azul, y pintan cada artículo a mano con su propio estilo, con los matices azules y con el fondo blanco.

Jarras, estatuas, juguetes, chimeneas, lámparas y muchos otros objetos de porcelana son el resultado, no sólo de un proceso esmerado de fabricación, sino de siglos de tradición artesana y cultura popular.

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JOJLOMÁ

Artesanía Rusa

La pintura de Jojlomá es un tipo de artesanía rusa popular que surgió en la provincia de Nizhni Nóvgorod en el siglo XVII y recibió el nombre de un gran pueblo comercial, Jojlomá, al cual llegaban todas las obras elaboradas de madera.

Aunque al principio la elaboración de los utensilios se realizaba únicamente en monasterios y era para uso exclusivo de la corte del zar, con el tiempo su fabricación se extendió a diferentes talleres.

La tecnología del dorado de los objetos hechos de madera, que encuentra sus raíces en la creación de los iconos, se ha conservado hasta nuestros días casi sin modificaciones. Consta de cinco procesos fundamentales. Antes de llegar a ser doradas, las vasijas de madera pueden parecer de barro o plateadas.

Primero, se talla en el torno la madera de tilo secada: se obtienen vasijas, floreros, cucharas, cucharones, tazas, etc. Luego se secan y se cubren con una imprimación de un color rojo oscuro o marrón oscuro que los hace parecer de barro. A continuación todos los objetos se cubren con aceite de linaza y se frotan con un polvo de aluminio con el que obtienen un color plateado mate. Y finalmente empieza la etapa de la pintura. El motivo típico del ornamento de la vajilla son las flores y las bayas. El adorno se distingue por su policromía y su llamativo diseño. Los colores esenciales que se usan son el dorado, el negro, el rojo y con menos frecuencia, el verde. Tras ser pintados, los utensilios se cubren de laca unas tres veces y luego se meten en un horno a una temperatura de 120-130 grados centígrados. La laca le da a la superficie plateada un brillo dorado y así la madera se convierte en "oro".

La vajilla de Jojlomá puede ser utilizada en la vida cotidiana para comer y beber, de manera que no es sólo una obra de artesanía tradicional, sino un utensilio que tiene una aplicación práctica.

En el siglo XIX se podía encontrar la vajilla de Jojlomá en cualquier parte de Rusia, así como en Persia, la India, Asia central, EE. UU. y Australia. Después de la Feria Internacional celebrada en París en 1889, la exportación de las obras artesanales de Jojlomá aumentó.

En 1916, en la ciudad de Semiónov se abrió la Escuela de Talla Artística en Madera. En 1931 los graduados de esta escuela crearon una pequeña asociación que con el tiempo se convirtió en la fábrica La Pintura de Jojlomá.

A partir de mediados de los años 60 y hasta nuestros días esta fábrica es la mayor productora de obras artesanales de madera de Jojlomá en la que se respetan las antiguas tradiciones del oficio.

La sofisticada imaginación artística de los maestros de Jojlomá, junto con la altísima calidad de fabricación de los utensilios, hace que estas obras de artesanía sean demandadas por miles de ciudadanos rusos y turistas extranjeros dentro de Rusia y tengan un amplio mercado fuera del país.

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SAMOVAR

artesanías

El té con el samovar es una de las imágenes más difundidas de la vida tradicional rusa. Es difícil encontrar un a ruso que no haya oído hablar de este utensilio o no tenga al menos una idea de lo que es. Sin embargo, el samovar no sólo es un curioso sistema para calentar el agua y mantener su temperatura. Es un vistoso fenómeno del arte decorativo y la producción manufacturera.

"La dueña se instaló ante el samovar y se quitó los guantes. Los invitados, tomando sus sillas con ayuda de los discretos lacayos, se dispusieron en dos grupos: uno al lado de la dueña, junto al samovar; otro en un lugar distinto del salón, junto a la bella esposa de un embajador". Sólo un párrafo de la inmortal novela Anna Karenina, de Lev Tolstói, muestra la importancia de este utensilio en la vida cotidiana de Rusia.

Aparición e historia del samovar

El término “samovar” viene de dos palabras rusas: samo, que significa “por sí mismo”; y varit, que significa “hervir”. Básicamente se trata de una caldera que cuenta con un tubo central en el que se aloja el combustible con el que se mantiene la bebida a una temperatura constante y caliente. En el pasado dentro de esa chimenea se quemaba carbón o piñas de pino, manteniendo la llama con ayuda de un bote que ponían en la parte interior del tubo.

La aparición del samovar está estrechamente relacionada con el sbiten, la bebida rusa más popular desde la antigüedad, una infusión de miel y especias. Los vendedores de esta bebida inventaron el sbítennik, artilugio que servía para mantener la temperatura de la bebida. A diferencia del samovar, aquel recipiente no tenía grifo. Además, un samovar clásico se usa para calentar el agua, mientras que el sbítennik sólo mantenía la temperatura.

Poco a poco el té, que llegó a Rusia en 1638, alcanzó popularidad y se empezó a extender el uso del samovar para el consumo de la nueva bebida. Por tanto, los rusos adoptaron el ritual de tomar té con sus propias peculiaridades. Al principio preparaban el té en una tetera pequeña, después echaban el líquido a las tazas y añadían agua en proporciones de 1:3 o 1:4 (depende de la intensidad deseada). Precisamente por eso apareció en Rusia la necesidad de un recipiente que calentara el agua.

Tras investigar los procesos que se dan en el samovar clásico, los científicos afirman hoy que es un mecanismo ideal para calentar el agua y que al mismo tiempo la suaviza y filtra. Se dice que el té obtenido con un samovar resulta más intenso y ofrece distintos matices de sabores. Para los rusos de los siglos XVIII y XIX el samovar era atractivo sobre todo porque permitía calentar más rápidamente el agua, ya que en aquel entonces para cocinar utilizaban los hornos de piedra, que había que calentar con leña.

La misma idea de un recipiente de este tipo viene de antiguo. Existían análogos del samovar ruso en la Antigua Roma y China, donde los usaban para preparar la comida. Pero el samovar es para calentar y mantener caliente el agua y ahí radica la diferencia principal, por eso necesita un grifo.

Los primeros samovares aparecieron en los Urales en la segunda mitad del siglo XVIII. El invento ganó popularidad muy rápido por ser muy fácil de manejar: para su utilización servía no solo el carbón vegetal, sino también cualquier yesca. La velocidad de calentamiento del agua en el samovar era más alta que en la tetera y además la temperatura del agua se mantenía durante mucho tiempo, por lo que el ama de casa no tenía que preocuparse por hervir más agua. Finalmente, era más cómodo servir el té desde este recipiente. Por todas estas causas el samovar se convirtió en un atributo insustituible de la vida cotidiana rusa.

Pasado poco tiempo empezaron a producirse samovares en Rusia Central: en Moscú, Perm, Yaroslavl, Arjángelsk y sobre todo en Tula. En el siglo XIX esta ciudad llegó a ser un símbolo de la producción de samovares, "una capital del samovar". Anualmente se producían en Tula más de 100.000 de estos utensilios. ¡Y todos hechos a mano!

En aquel entonces la producción de samovares y cafeteras ocupó un lugar importante en la industria metalúrgica del país. Generalmente se fabricaban de cobre verde, rojo y amarillo, hierro, acero de Tula y latón. La gente adinerada tenía samovares de oro y plata que eran auténticas piezas de arte.

Tradicionalmente los samovares se hacían a mano y en la producción de cada uno participaban varias personas. Por eso, por lo general se ocupaban de la producción de los samovares cuadrillas de artesanos. No fue hasta finales del siglo XIX, cuando las máquinas de vapor llegaron a Rusia, que se empezaron a usar éstas para la producción de los samovares. Entonces los recipientes se estandarizaron y las formas se simplificaron considerablemente. Sin embargo, incluso en la actualidad se puede encargar un samovar hecho a mano, por ejemplo, en Tula.

Con el correr del tiempo, a la par que cambiaban los gustos, se modificó el diseño de los samovares. Así, al comienzo de su existencia reproducían la forma de las copas rusas de cobre. A finales del siglo XVIII los samovares imitaban los recipientes del mundo antiguo: ánforas, urnas… el estilo clásico estaba de moda. A principios del siglo XIX, en la época del estilo imperio, solemne y recargado, se producían samovares con ese carácter. Otros tenían detalles del Barroco, Rococó, Clasicismo, Modernismo, etc. La mayor diversidad de los samovares en formas y decoraciones se dio a mediados y a finales del siglo XIX.

En este mismo siglo aparecieron samovares de petróleo y de alcohol, y se llegó a inventar el denominado "samovar combinado", que funcionaba con tres tipos de combustible: alcohol, petróleo y carbón vegetal. Sin embargo, esta innovación no gozó de popularidad entre los compradores.

A mediados de los años 50 del siglo XX apareció otra novedad en la técnica: el samovar eléctrico. Aunque las costumbres se pierden, en el país todavía hay quien disfruta de una taza de té con tal samovar, muchos turistas compran estos hermosos ejemplos de tradición Rusa para llevar con ellos de regreso a sus países.

Algo más que un utensilio para calentar agua

La particularidad del samovar ruso radica en que refleja la tradición rusa de tomar té y corresponde a una auténtica forma de vida. Nunca, en ningún otro lugar del mundo, un utensilio de cocina ha gozado de tal respeto como en Rusia. Ningún otro recipiente ha tenido ese colorido y espiritualidad. Sólo en Rusia se ha creado un culto peculiar del samovar.

En cada casa, en cada familia el samovar ocupaba el mejor lugar en las habitaciones y siempre estaba en el centro de la mesa. Lo llamaban con respeto “amigo de la familia” o “el general de la mesa”. Y sólo en Rusia se convirtió en una parte integrante de la historia del pueblo, de su cultura y su modo de vivir.

Algunos datos curiosos:

El samovar activo más grande del mundo se produjo en 1995 en la fábrica de construcciones mecánicas de Tula "Shtamp". El peso de este gigante es de 500 kilos y su volumen, de 450 litros.
El samovar más pequeño del mundo lo realizó el cerrajero del Instituto de Radiotécnica y Eleсtrónica de la Academia de Ciencias de la URSS, Vasili Vasurenko. En ese pequeño recipiente de 3,5 mm de altura sólo se puede calentar una gota de agua.


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