JUAN DEL JARRO

La leyenda de juan del jarro leyenda potosina fabulosa

Para cualquier potosino, en cualquier tiempo y lugar donde se encuentre, oír el nombre de Juan del Jarro significa la bella y señorial ciudad de San Luis, porque Juan del Jarro, más que personaje legendario, se antoja histórico, por las anécdotas extraordinarias que sobre él voy a referir.

Eran aquellos románticos tiempos de mediados del siglo XIX cuando por las rúas de la capital sanluisense se escuchaba el trotar de los caballos enjaezados, tirando de lujosas carretelas sobre las que paseaban damas de alta alcurnia acompañadas de gentiles caballeros. Cuando las damas elegantes bajaban de los carruajes, el lacayo, ataviado con traje de librea, sombrero de copa y guantes blancos, ceremoniosamente abría la portezuela adornada con los escudos heráldicos de sus acaudalados poseedores; entonces los caballeros tendían su galante mano, para que las manos delicadas que despedían aromas de sutiles perfumes de Francia, sujetáranse y sus dueñas pudieran apearse sin tropiezo.

En tanto se sucedían estos momentos tranquilos, corrían de boca en boca por la ciudad las violentas noticias de que por los caminos carreteros, (llamados así porque por ellos transitaban carretelas tiradas por caballos o acémilas), una diligencia era asaltada por malhechores, ya fuesen estos los Capablanca, los Diezgutiérrez u otras gavillas que merodeaban los caminos para desvalijar las conductas, así llamadas porque conducían cargamentos de oro y plata con destino a España, embarcados en Tampico. El paso obligado hacia el puerto era Ciudad del Maíz, importante Municipio potosino que llegó a tener Casa de Moneda y de donde es originario el que fuera Presidente de México en el año 1835, Don Miguel Francisco Barragán.

Pues bien, Juan del Jarro, a quien me refería al principio, surgió en los tiempos del romántico y violento San Luis Potosí. Hurgando entre los vendedores de antigüedades y vejestorios, conseguí una descripción vivida de tan singular personaje.

Leyenda

Se le veía deambular por calles y plazas con actitud de mendigo, si bien su indumentaria no era lo que se dice andrajosa, aunque sí desaliñada. Usaba un sombrero de copa muy alta y ala corta, una camisa de lana gruesa con cuello que hoy sería tipo Mao, pesada chaqueta con botones y solapa angosta, pantalón holgado sostenido por tosco cinturón de cuero. El jarro, al que alude su nombre y por el que fue siempre identificado, no era precisamente un cántaro de barro, sino que se trataba de una especie de olla de lámina, recubierta con malla de palma tejida, semejante a un cesto con asa, que portaba en el brazo derecho y además traía siempre terciada al hombro; en suma, era una especie de cantimplora gran de, seguramente para que no le faltara agua en sus largas caminatas. Tenía un agradable rostro apacible y su edad frisaba entre los 28 y 35 años.

Juan del Jarro, el limosnero de los pobres, el pordiosero, el mendigo, el que pedía ropa, dinero y alimentos, para llevar a los pobres, a pesar de su notable humildad y aspecto de limosnero, poseía una personalidad vigorosa, proyectada en su mirada penetrante aunque dulce; de léxico sencillo que destilaba filosofía y, sin ser un religioso predicador, es evidente que era un iluminado, un visionario, un hombre de Dios; quiero decir con esto que una vibración divina emanaba de él, porque Juan del Jarro predecía el futuro de los acontecimientos hasta con siglos de distancia. También adivinaba sucesos de cumplimiento inmediato, que eran los que más impresión causaban porque se podían constatar en el momento. Narraré los hechos que más recuerda el pueblo potosino.



El Padre Jerónimo Buendía, oficiaba en el Templo de Tlaxcala, quizá el primero construido en esta ciudad por frailes franciscanos. En una de tantas veces en las que Juan iba por limosna o simplemente a charlar con el sacerdote, éste, que no pasaba de los cuarenta años y que se encontraba rebosante de salud, habló a Juan en los siguientes términos:

—Oye Juan, he pensado que sería bueno que dejaras de andar en las desastrosas condiciones en que te encuentras; yo te daré ropa y asilo para que no tengas necesidad de pedir limosna; en cambio tú me pondrás en guardia de los acontecimientos que estén por venir y que de alguna manera pudieran afectarme; esto me prevendría y yo tomaría las precauciones necesarias. Por otra parte, aquí no te faltaría qué hacer, tengo proyectado efectuar un viaje y a mi regreso establecer ciertos negocios propios de mi ministerio, en éstos apreciaría tu ayuda que, desde luego, sería remunerada. ¿Qué dices?

—Padre Buendía, en esta ciudad hay muchos pobres, creo que hay mil pobres por un rico y ellos esperan la limosna que les llevo y la ropita que las buenas gentes me dan; es por esta causa por la que no puedo aislarme en su parroquia, aunque le agradezco su caridad.

—Pero Juan, si tú eres mucho más pobre que aquéllos a quienes llevas el socorro.

—Sí Padre, mas como ellos no saben pedir, yo pido en su nombre y así seguiré mientras el buen Dios me lo conceda. Pero borre usted de su mente el proyectado viaje y no piense en establecer negocios, porque dentro de tres días estará usted dándole cuentas al Creador.

Se escuchó una sonora y alegre carcajada del Padre Buendía.

—Pero si estoy rebosante de salud, jamás he tenido el menor achaque y además no pienso morirme tan pronto; ahora sí fallaste en tus pronósticos, mas no por eso te voy a negar la limosna acostumbrada; ve con Dios y que El te bendiga.

Tres días después los habitantes del poblado se conmovieron ante la fatal noticia de la muerte del Padre Buendía. Juan del Jarro asistió a la Misa de Réquiem del Siervo de Dios, quien podando los rosales del jardín del curato, el inocente piquete de una débil espina le ocasionó un mal que la gente llama de arco: el virus del tétanos iba con el estiércol del abono.

Mucha gente se burlaba de Juan el taumaturgo. En una ocasión en que se construía una de las pocas casas de dos pisos que por entonces se levantaban, y que hoy ocupa un conocido hotel en las calles de Iturbide, uno de los jóvenes albañiles que estaba trepado en un alto andamio, le gritó en son de burla:

—Oye Juan, dime cuándo me voy a morir, para hacer mi testamento, porque te quiero dejar la mitad de mi gran fortuna.

A lo que Juan, el pordiosero, le contestó también a gritos, pero con un dejo de tristeza y compasión: —Ya no tendrás tiempo de hacer testamento alguno, porque estás agonizando.

No bien acababa de decir Juan del Jarro estas palabras, cuando dio un traspiés el albañil y cayó de tan gran altura que, por supuesto, encontró una muerte instantánea.

Otra de las cualidades de nuestro héroe, es que era todo bondad, al mismo tiempo que ingenuo, sin intenciones de malquistarse con nadie, como corresponde a un hombre con las virtudes y videncias con que la naturaleza lo dotó. Cuando le hacían preguntas capciosas o con el único propósito de burlarse de él, Juan contestaba según los dictados de su poder intuitivo y adivinatorio. Ocurrió así que una noche en que andaba por las encrucijadas callejuelas de la zona de tolerancia, en donde era muy solicitado por las mujeres de vida galante para que les dijera algo sobre su futuro, a cambio de lo cual le daban algunos centavos que, como de costumbre, llevaba para aliviar las más ingentes necesidades de sus pobres, como él los llamaba, se encontró de mañosa boca con unos soldados entrados en copas, que pertenecían a las fuerzas acantonadas en la ciudad y que estaban de guarnición, bajo las órdenes del general Vidaurri, preparándose para ir a combatir a los "mochos" que se acercaban pretendiendo tomar la plaza; lo atajaron cogiéndolo de la solapa del saco arrugado:

— ¡Eh, tú!. . . infeliz mendigo, ahora nos vas a decir cuál será el resultado contra las fuerzas reaccionarias ¿les vamos a dar en todita la madre o nos va a llevar la tostada?

El andrajoso limosnero, tras de serenarse un poco y acomodarse el saco estrujado, contestó:

—Señores de uniforme, de galones y charreteras, esta alegría que ahora gozan pronto se tornará en tristeza, porque dentro de pocos días en un lugar a veinte leguas de aquí, habrá un encuentro en donde ustedes serán diezmados, aniquilados, en una palabra mis buenos soldados, derrotados.

Jamás les hubiera contestado en tal forma nuestro humilde y beatífico pordiosero, pues los borrachos uniformados pusiéronse furiosos y lo golpearon a más no poder, dejándolo tinto en sangre, tirado a media calle.

Poco tiempo después, el 29 de septiembre de ese mismo año, 1846, día de San Miguel Arcángel, al enfrentarse las fuerzas de Vidaurri y Miramón en un sitio llamado "Puerto de Carretas", las primeras fueron derrotadas, tal como el profeta Juan lo pronosticó.

Pasados algunos días, uno de los soldados que participaron en la tremenda golpiza que le propinaron al del Jarro, vestido de civil para no ser reconocido y ocultando una herida que ya empezaba a infectarse, se llegó a Juan pidiéndole perdón y le contó los pormenores de la derrota sufrida, a lo que el beatífico taumaturgo contestó:

—Te perdoné desde hace tres días, porque sé que me andabas buscando; ya que estás sanado de la herida del alma, déjame curarte la herida del cuerpo que también te martiriza.

Juan cortó hojas de una planta silvestre que allí cerca crecía, las estrujó en la palma de su mano para molerlas y aplicó esa pasta sobre la herida; minutos después el soldado se curó como por arte de magia.



En cierta ocasión, una dama encopetada llamada Niní

Berlanga, pretendió divertirse con las predicciones del hombre de nuestra historia. Al término de dos días ella contraería matrimonio con un apuesto galán, don David de la Peña; la aristocracia potosina estaba pendiente de tal boda, esperando concurrir para lucir sus galas, que por aquellos tiempos distaban mucho de ser minifaldas, pues había trajes que se llevaban una pieza entera de los más finos brocados importados de Europa, en seda y razo, con encajes de filigrana de oro. Había quienes adornaban sus vestidos con diamantes auténticos y perlas de fino oriente; los vestidos de las damas linajudas, rozaban las alfombras de los salones, iluminados con candiles de cristal checoeslovaco, cuyos prismas centelleaban con mágico encantamiento. Pues bien, la futura novia que miraba la calle asomada por una ventana de su casa, vio a Juan que en ese momento pasaba por allí y le preguntó graciosa pero con sorna, al tiempo que le tiraba una moneda de oro, que por aquellos tiempos era de uso común y corriente:

—Dime cuándo me caso, Juan.

—Niña mía, mis pobres agradecen tu limosna, pero tú nunca te casarás.

Profundamente disgustada, la dama cerró con furia la ventana; contó iracunda a sus familiares lo sucedido; ellos rieron del mendigo juzgándolo como un charlatán.

En esa época las reyertas no tenían semejanza con las de ahora, pues la mayoría terminaban en duelo.

Para despedir de la soltería a don David de la Peña, sus amigos organizaron una fiesta que acabó en farra. Estaban todos entrados en copas, y Tirso Grande, que era uno de los concurrentes, soltó palabras atrevidas sobre la persona de Niní Berlanga, futura cónyuge de David; por supuesto que éste no pudo soportar tal ofensa y al momento retó a duelo a Tirso Grande, reconocido por su certera puntería. Tal duelo fue funesto para el novio, ya que David perdió la vida.

Ese lance conmovió a la ciudad, que enterada de lo ocurrido, al mismo tiempo que lamentaba los hechos, confirmaba una vez más que el mago de San Luis no se equivocaba en sus videncias.



No todo lo que decía Juan, era predicción de muerte y de tristeza; había muchos acontecimientos saludables que advertía a la gente pobre, a los labriegos, a los campesinos, ya que les vaticinaba muchos acontecimientos meteorológicos y de otra índole que les beneficiaba.

Ya hemos dicho que mucha gente adinerada obsequiaba a Juan del Jarro con buenas prendas de vestir, pero él siempre las regalaba a los demás, dejando para sí solamente lo indispensable. Cierta vez un señor de nombre Gabriel Espinosa, le regaló a un humilde trabajador un traje que guardó en un baúl y que nunca usó.

Juan del Jarro el bondadoso, fue a la penitenciaría a visitar a los presos; un hombre pálido en cuyo rostro se asomaba dolor, angustia y miseria, se acercó a Juan diciéndole:

—Notables son los beneficios con que colmas a tus protegidos; mucha gente no cree en tus profecías, pero yo sí creo, por eso quiero pedirte ayuda; puesto que todo lo adivinas, con seguridad tú sabes que estoy aquí injustamente, porque mi poderoso patrón me acusó de haber robado una valiosa joya con brillantes, esmeraldas y rubíes, que dicen vale una fortuna; ya tengo aquí dos años y sabrá Dios cuánto tiempo más, si es que puedo resistir este tormento de saber a mi familia abandonada y yo sin libertad para trabajar y poder probar mi inocencia. Ayúdame, buen hombre, habla con mi patrón, porque a ti te guarda consideraciones; dile por favor que soy inocente.

Juan meditó un momento, miró fijamente el rostro del presidiario y le contestó con estas alentadoras palabras, que el preso recibió con alegría inmensa:

—Tu patrón tampoco en mí confiará, porque sabe que ayudo a los desvalidos; solamente creerá que eres inocente ante pruebas definitivas; pero de todas maneras Anselmo, antes de tres días estarás libre.

El optimismo se reflejó en el rostro del pobre hombre que sabía que de no probar su inocencia, se pudriría en la cárcel.

Al día siguiente Juan se dirigió a la casa de Don Gabriel Espinosa y le dijo:

—Señor, su criado Anselmo Gárate, está padeciendo en la cárcel por una injusticia; él no robó la valiosa joya que se perdió en esta casa.

— ¿Te refieres al peto de diamante, rubíes y esmeraldas? Sospechaba que algún día vendrías con esa embajada; no me duele tanto la pérdida de la joya, que ciertamente es valiosa, sino el haber perdido un buen sirviente, en quien yo confiaba; pero por desdicha nadie más que él pudo efectuar ese robo; eso está comprobado.

—Mire Don Gabriel, tal vez usted no recuerde, pero hace más de un año, usted regaló este traje aun sirviente suyo, traje que jamás usó, guardándolo en un viejo baúl, porque se sentía incómodo al vestir un lujo que a él no le quedaba, pues según sus propias palabras, la gente se hubiese reído de él. Ayer fui al cuartucho donde viven los familiares de Anselmo, me permitieron buscar donde yo sabía y encontré la joya perdida; mire usted, en el mismo lugar donde tanto tiempo estuvo guardada; meta su propia mano en los bolsillos.

Con gran sorpresa, vergüenza y alegría, el señor Espinosa encontró la joya en uno de los bolsillos interiores del saco, así como un documento del cual se había olvidado. No le cupo la menor duda de que él mismo los había puesto ahí tiempo atrás, pues así lo evidenciaba el polvo acumulado en todo el traje arrugado, en el que nadie antes había metido la mano. De inmediato el preso salió libre y nuevamente fue recibido y recompensado en la casa de su antiguo patrón, quien le dio disculpas y de ahí en adelante lo trató con mucha solicitud.



Una leyenda más de Juan del Jarro, es la que a continuación voy a relatar:



Cierto día del mes de enero, cuando en San Luis Potosí hace un frío intenso, Juan del Jarro se llegó hasta la casa de un humilde trabajador, quien al verlo se alegró y le dijo con júbilo:

— ¡Qué te traes por aquí, Juan! Pasa a esta tu humilde casa pues como yo, tú también debes tener mucho frío, y no se siente tanto aquí adentro; el fuego está encendido y tengo algo de comer que bien puedo compartirlo contigo.

Juan aceptó la invitación de Anacleto Elizalde y comió con él y su familia compuesta por la esposa y sus dos hijos; durante la comida todos charlaron amigablemente. Cuando terminaron de comer, dijo Juan:

—Cleto, vengo a que me ayudes con algún dinero para que remedie en parte las necesidades de tanto pobre del barrio del Montecillo; aunque donde quiera hay pobres, parece que allí ha sentado sus reales la pobreza.

—Te vienes a burlar de mí, Juan, o estás de muy buen humor y me quieres hacer reír, aunque ninguna gracia tiene que me pidas ayuda económica conociendo mi extrema pobreza; estoy tan miserable como tus pobres del Montecillo, aun cuando ahora fue buen día porque tuve comida qué compartir contigo.

— Lo sé, —contestó nuestro héroe—, pero dentro de muy pocos días serás más rico que tu patrón, que hoy te tiene trabajando como barrendero, y conste que él tiene la mejor tienda del barrio, además de algunas casas que renta.

—¿Y cómo será que voy a tener tanto dinero?

— No sé la manera, pero tú serás muy rico; para entonces prométeme que me ayudarás.

—Si es como dices Juan, te prometo que te daré la mitad de la gran fortuna que me anuncias.

—No prometas lo que no podrás cumplir, pero sí te pido que me ayudes para mis pobres.

—Te lo prometo Juan, pero te aseguro que me vas a tener sin poder dormir muchos días, pues no veo por qué tendré ese dinero del que me hablas.

Anacleto Elizalde era hijo natural de un hombre muy rico, propietario de una gran hacienda en San Luis Potosí, quien antes de morir había dejado un legado consistente en muchos miles de pesos en oro; dicho hacendado dio la orden de que se buscara a su hijo a quien jamás había vuelto a ver desde que la madre, en un tiempo sirvienta de la casa, había desaparecido con el fruto de su romance. Ya muerto el hacendado, su fiel administrador comisionó a uno de sus confianzas para localizar al hijo de su patrón, a quien una vez identificado como Anacleto Elizalde, le fue entregada la cuantiosa herencia.

Anacleto cumplió la promesa que hizo a Juan del Jarro. Si el barrio del Montecillo se benefició en mucho o en poco, no es el objeto de nuestro relato, sino el puntual cumplimiento de la palabra del profeta de San Luis.



Al buen Juan del Jarro lo asediaban las damas casaderas para hacerle preguntas acerca de su futuro; una vez una bella y distinguida muchacha de la aristocracia potosina, cuyo nombre callo para no inquietar a sus descendientes que aún viven, preguntó al vidente:

—Juan, quiero que me digas si voy a ser casada o me voy a quedar para vestir santos.

—No, bella señora; tú no te quedarás para vestir santos, si con eso te refieres a quedarte soltera toda la vida; tú te casarás, pero aún casada, muchos santos vestirás; mas ten por seguro que tu marido no será el padre del hijo que ya llevas en las entrañas.

Como la pregunta había sido hecha en presencia de numerosas amistades, ya se comprenderá la molestia que causó a toda la concurrencia lo dicho por Juan, a grado tal que por algunos años la dama linajuda abandonó la ciudad a la cual regresó, ciertamente casada y con un hijo que no era de su marido. Pasando el tiempo, el hijo de la dama, ya viuda, se ordenó Sacerdote y ella estuvo encargada del guardarropa de la Parroquia del pueblo al cual fue enviado el Sacerdote por el Obispo de la Diócesis para el desempeño de su ministerio. Ella, confeccionaba los vestidos de los santos.

En la ciudad de San Luis Potosí, como también en sus alrededores, especialmente en la zona norte, siempre ha sido notoria la escasez de precipitaciones pluviales, y la falta de presas para contener el poco líquido que cae en épocas de lluvia; la falta de agua ha sido una constante calamidad para la población. Por estas circunstancias, aún ahora no es posible el establecimiento de grandes factorías.

En aquellos remotos tiempos, el preciado líquido llegaba a la ciudad por el rumbo de la Merced, mediante un estrecho acueducto que iba de un bello paraje a unos ocho kilómetros llamado "La Cañada del Lobo", donde brota un manantial que forma poco más abajo una pequeña laguna azul donde los escolares suelen ir de excursión.

El acueducto, construido de tabique de barro, desciende con suma facilidad, pues empieza su curso desde gran altura; continúa sobre unos pequeños arcos que el pueblo ha dado en llamar "Los Arquitos" y sigue por la lomita hasta llegar a la ciudad, donde por fin el cristalino líquido desemboca en la famosa "Caja del Agua", obra en cantera rosa de la época colonial construida por un famoso Arquitecto, joya digna de ser admirada.

En los tiempos de Juan del Jarro, San Luis Potosí se reducía como casi todas las provincias de la época, a muy poco territorio; los barrios se encontraban aislados del centro de la ciudad. Santiago y Tlaxcala fueron los primeros lugares habitados y, por tanto, los más populosos.

Después de una sequía de varios años, el ganado habíase diezmado y la gente apenas tenía para beber. Entonces Juan del Jarro pronosticó que San Luis se acabaría por una inundación. Los incrédulos se rieron.

Sucede que mucho tiempo después, fue construida la "Presa de San José", hermosa obra orgullo de la ingeniería de la época, adornada en la parte superior por una balaustrada. De la compuerta que casi constantemente está abierta y que desemboca en el canal de distribución, atravesando una serie de escalinatas, el agua brota a raudales y forma una cascada. Al frente de una de las compuertas están grabadas estas palabras: "Dominar las fuerzas naturales es el triunfo del espíritu humano".

Posteriormente, en una angostura que se encuentra siguiendo el curso del río de Santiago, se construyó una represa que, aun cuando no quedó terminada, sí fue suficiente para contener muchos miles de metros cúbicos de agua.

En una temporada de lluvias septembrinas, la represa no pudo contener la avalancha de agua y ocurrió el trágico suceso: Al sonar las once campanadas de la noche del 15 de septiembre del año de 1933, en los momentos en que el Gobernador daba el tradicional Grito de Independencia, la inundación sorprendió a los habitantes del barrio de Santiago, pues la mayoría estaban dormidos. La represa reventó arrasando el poblado, fueron cientos los muertos entre mujeres, hombres y niños. Luto y desolación embargó a Santiago y a toda la ciudad.

Juan predijo "San Luis acabará por una inundación algún día". ¡Sería en esa ocasión cuando se cumplió la profecía!

La pintoresca figura del célebre Juan del Jarro, personaje de los tiempos de la Colonia, es parte de la historia potosina. Son famosos los vaticinios que profetizó durante su vida beatífica y piadosa. Juan, el superdotado de virtudes que sólo les son dadas a los predestinados.

Sin embargo, llegó el día en que Juan murió. Fue una tarde en que su cuerpo físico dejó de existir; dicen que se vio en el cielo una claridad que despedía reflejos brillantes, cuando se eclipsaba una vida que dejaba detrás una estela de luz, de amor, de bondad; luz que jamás se extinguirá porque la gente recordará siempre a Juan del Jarro, tanto que cuando lo fueron a sepultar, el pueblo humilde condujo el cadáver a su última morada terrestre; era una multitud tal, que parecía romería; todos rezaban en voz alta y entonaban cantos religiosos. Mas el descanso mortuorio de Juan fue breve, porque su cuerpo peregrinó por diversos panteones, pues cuando demolieron el pequeño panteón del barrio del Montecillo, donde primero fue sepultado, algunas damas piadosas trasladaron su cuerpo al panteón del Saucito del cual, por causas desconocidas fue robado, dejando únicamente su calavera, misma que una rica familia potosina depositó en una cripta, a la vista de todo aquel que por ahí pasara. Hubo testimonios de que despedía luminosidad, que algunos atribuyeron a la fosforescencia natural del hueso humano; sin embargo, tiempo después fue secuestrada la calavera y el sitio del piso de la cripta donde reposó, aún sigue vertiendo luz, puesto que se observa por las noches una luminosa mancha blanquecina.

En la Cripta de la familia Teissier, en el Panteón del Saucito se encuentra una placa de mármol que a la letra dice: Al Gran Bienhechor de los pobres Juan de Dios Asios, "JUAN DEL JARRO". Nació en Matehuala, S.L.P. falleció en esta Ciudad el 8 de Noviembre de 1855 a los 53 años. D.E.P. San Luis Potosí, S.L.P.

Alguna familia piadosa, ocultó los restos de Juan del Jarro, apóstol del más bello ideal como es el de servir y amar al prójimo. En San Luis Potosí no falta quien todavía lo invoque, solicitando su ayuda para remediar tribulaciones, llevando al sitio donde estuvieron sus restos, flores y lámparas de aceite.

misterio


Bibliografía:

Leyendas Potosinas; Aguilar Martínez, Mariano, Páginas 41-57.