Acerca del Gran Chaco
El Gran Chaco es una planicie de tierras bajas de aproximadamente 1.000.000 de kilómetros cuadrados que abarca sectores de Argentina, Bolivia, Paraguay y Brasil. Su nombre viene de un vocablo quechua que significa “tierras de caza”. Es el segundo ecosistema en tamaño de América del Sur, después de la Amazonía, siendo la única zona forestada en el mundo sobre el Trópico de Capricornio. El 90% de las precipitaciones cae en verano, siendo notoria la escasez de agua durante el resto del año. Es la región más cálida de Sudamérica, registrando temperaturas de hasta 50º C. Desde hace miles años es el habitat de diversos pueblos cazadores recolectores que han sabido aprovechar sosteniblemente las reservas alimenticias de un ambiente de gran biodiversidad.
El chaco argentino supone más del 50% de la superficie total. El Chaco Central, ocupando el este de Salta y Formosa, y el Chaco Austral, al sur del río Bermejo.
Los pueblos indígenas del chaco argentino son agrupados en dos familias lingüísticas: guaicurú y mataco-macá; la primera compuesta por los grupos toba, toba-pilagá, pilagá y mocoví; la segunda por los wichí, los chorote y los nivaklé.

Introducción histórica
El Gran Chaco fue una de las últimas áreas de América en ser exploradas y ocupadas por el “blanco”. En el Chaco Central, entre los ríos Bermejo y Pilcomayo, la colonización no se hizo efectiva hasta entrado el siglo XX. Es decir que hasta hace no muchas décadas las pautas de vida tradicional se mantuvieron, en buena medida, libres de las presiones ejercidas por la sociedad exógena.

Ocupación del Chaco
Las autoridades coloniales dejaron el trato con los pueblos originarios del Chaco principalmente en manos de misioneros: primero los jesuitas, y luego los franciscanos, instalaron misiones de indios en la periferia del territorio, pero no consiguieron afincarse en su interior. Por su parte, las incursiones militares coloniales se limitaron a ejercer una presión lenta desde el Sur y el Oeste. Así, a finales del siglo XVIII el amplio territorio chaqueño estaba rodeado por una esparcida línea de fuertes, que procuraban favorecer la instalación de campesinos y ganaderos. A fin de cuentas, la “conquista” del Chaco fue realizada por el ganado criollo, que siempre depredó los pastizales, los recursos vegetales del bosque y los sembradíos indígenas.

Campañas militares en el siglo XIX
Si la Colonia no había hecho grandes esfuerzos por colonizar el Chaco, esto cambiaría con las independencias nacionales. La “pacificación” promovida por las diversas campañas militares que compusieron esta segunda conquista del desierto (esta vez, el desierto del Norte) consistía en forzar a los indígenas del interior del Chaco, que todavía eran “libres”, a someterse al régimen de misiones y a servir como mano de obra. Entre 1879 y 1883 se produjo un avance de la frontera militar sobre el Chaco Austral, desde las provincias de Santa Fe, Salta y Chaco. Hubo siete campañas breves, que forzaron a los indígenas a replegarse hacia el interior del Chaco, desde donde realizaban contraataques a los fortines. En 1884 se llevó a cabo la campaña dirigida por el ministro de guerra Benjamín Victorica, cuyas tropas remontaron el río Bermejo, matando o tomando prisioneros a cientos de indígenas, desestructurando las jefaturas y forzando una masivo desplazamiento hacia el Norte. Se construyó un camino que unía Colonia Rivadavia con Puerto Bermejo y el río pasó a ser controlado por los “blancos”. En 1911 el Coronel Rostagno consolidó este proceso, instalando una línea de fortines en la cuenca del Pilcomayo -que era, ya en ese entonces, el límite norte del territorio nacional. Esto inauguró la lenta instalación de criollos en el Chaco Central.

Evangelización anglicana
Comenzó en 1914, con la fundación de “Misión Chaqueña”, formada por indígenas wichí, la cual fue seguida por otras misiones en las tres décadas siguientes. Por lo general, los indígenas solicitaban o aceptaban una misión en procura de protección ante las distintas caras del blanco: los campesinos que se instalaban en sus tierras, los fortines militares o las autoridades. Estas misiones colaboraron con el proceso de sedentarización de etnias que eran tradicionalmente itinerantes. Colaboraron también en eliminar la tradicional incidencia de enfrentamientos bélicos inter - e intraétnicos. Los evangelizadores cristianos en el Chaco -como en muchos lugares- procuraron demonizar la figura del chamán, que ocupaba el centro de la vida religiosa indígena. En las últimas décadas, diversas iglesias evangélicas se han instalado en el territorio chaqueño.

Ingenios azucareros y algodonales
Se trata de los grandes centros de trabajo, que aparecieron a ambos extremos del Chaco hacia finales del siglo XIX, utilizando mano de obra indígena. Los ingenios azucareros enviaban a “capataces” o “mayordomos” a reclutar hombres en las tolderías del interior chaqueño, quienes concurrían atraídos por los bienes manufacturados del “blanco”. El trabajo indígena en estas concentraciones laborales era protegido y fomentado por el Estado, pues muchas veces era visto como una herramienta “civilizatoria”. El inicio de la zafra en los ingenios coincidía, por otro lado, con la época de carestía en el Chaco: los indígeneas partían en marzo, hacia finales de la estación lluviosa, y regresaban en noviembre, época del algarrobo y de la siembra. Los bienes del “blanco” obtenidos como paga, y la festiva vida nocturna -que contrastaba con la disciplina de las misiones- agregaban atractivo a este sacrificado viaje. Buena parte de los indígenas del Chaco Central y Occidental trabajaron en estos centros, hasta que fueron mecanizados en la segunda mitad del siglo XX.
En los ingenios azucareros, los indígenas se asentaban en “lotes” divididos por etnias, donde construían sus propias chozas. Adultos, niños y mujeres recibían la paga en orden decreciente según rol, sexo y edad. Con los años el trabajo en los ingenios provocó múltiples cambios en sus vidas. Comenzaron a necesitar los bienes materiales del “blanco”, transformaron sus formas de vestir y -en menor medida - alimentarse. Por otro lado, obtenían armas de fuego. Y varias de estas nuevas migraciones a los centros de trabajo se convirtieron en definitivas, formándose nuevas comunidades muy lejos de sus territorios tradicionales.

Marco antropológico

Organización social

Las unidades sociales y políticas que designamos con los etnónimos “wichí”, “toba”, “pilagá”, “chorote” y “chulupí” se dividen en lo que los antropólogos llaman “tribus”: grupos territoriales demarcados por compartir un mismo dialecto, prácticas matrimoniales endogámicas y tradiciones históricas comunes. Estos grupos territoriales a su vez se subdividen en parentelas –también conocidas como “bandas” o “grupos de parentesco no localizados”– cada una identificada con un nombre particular y cuyos miembros comparten un claro sentimiento de pertenencia. Una parentela comprende un conjuntos de familias extensas emparentadas que corresiden en una o más comunidades (“grupos residenciales”) distribuidas en un territorio de explotación común, cada una nucleada alrededor de un encabezante local. En tiempos de crisis el liderazgo se delega en la persona de un encabezante unitario quien actúa en nombre de una o más parentelas con intereses acordados. Hoy se conserva el recuerdo de las fronteras grupales, que pueden ser rastreadas genealógica y toponímicamente, pero los procesos históricos de sedentarismo y de migración laboral produjeron la confluencia y convivencia de grupos heterogéneos,con lo cual se ha desdibujado en parte la diferenciación nominal de las parentelas.

Comportamiento trashumante
El comportamiento trashumante de los indígenas chaqueños implicaba la dispersión de los grupos residenciales hacia diversos puntos de su propio territorio. Entre noviembre y enero se dirigían a los algarrobales, en coincidencia con la maduración del fruto. Las riberas de los ríos se poblaban entre mayo y agosto, en época de pesca. Y entre julio y septiembre se producía una dispersión en busca de frutos como la tusca o ciertos tubérculos y raíces. Otros sitios buscados a lo largo del ciclo anual se relacionaban con la caza. Una variable fundamental a la hora de elegir un sitio era la existencia de agua. De esta manera, cada parentela explotaba un amplio territorio, que compartía incluso con las parentelas aliadas vecinas. El tiempo de permanencia en un sitio iba desde unos pocos días hasta algunosmeses. En momentos del ciclo anual, que coinciden con la abundancia de ciertos alimentos, se reunían y realizaban fiestas y rituales. Era el punto culminante de la vida social y ceremonial.

Chamanismo
Los chamanes eran en el pasado –y siguen siendo, aún en las comunidades actuales más expuestas al influjo cristiano – los intermediarios entre los seres humanos y los seres espirituales. Entran en contacto con los “dueños” de las especies naturales del bosque y del río, e interpretan sus mensajes, para garantizar el éxito en la caza y la pesca. Sobretodo son los responsables de contrarrestar las enfermedades y las brujerías de los adversarios, valiéndose de espíritus auxiliares identificados con las mismas enfermedades. La enfermedad es explicada como la intrusión de un objeto maligno en el cuerpo por voluntad ajena y/o como la pérdida o el rapto del alma del enfermo. Por lo que la curación involucra la succión del mal del cuerpo del enfermo y/o un viaje en busca del alma perdida. Hoy los chamanes han casi están desapareciendo; sin embargo, muchos elementos del sistema chamánico han sido incorporados a los cultos de curación cristianos. Como teoría etiológica, las referencias indígenas a la brujería siguen estando omnipresentes.

La relación con la naturaleza
Los dueños del bosque y del río son los seres espirituales que dominan los distintos ámbitos del medio ambiente e imponen un conjunto de reglas para su el consumo de los recursos naturales que les pertenecen (peces, animales, vegetales, mieles). Un buen ejemplo es el “dueño del pescado” de los pilagá, quien castiga a quienes dejan pudrir los peces capturados. De manera que, para usufructuar los bienes naturales, los indígenas deben mantener una buena relación con los dueños. También central en las cosmovisiones de los pueblos originarios del Chaco Central es el arco iris, concebido [entre los wichí] como un monstruo anfibio que vela por el cumplimiento de dos tipos de normas: la norma de seclusión que deben observar las personas que se encuentran en estado de duelo (incluyendo a las mujeres menstruantes) y el tabú contra el incesto.

Liderazgo
El poder de los líderes indígenas chaqueños es visto como una consecuencia directa de su coraje en situaciones de conflicto, su capacidad de persuasión discursiva o (entre las sociedades de la familia lingüística guaycurú) sus habilidades chamánicas. El líder cumple el rol de un apoderado comunitario, cuyo prestigio se basa en su capacidad de proveer al grupo al que responde. En ese sentido el liderazgo indígena cumple una función redistributiva en estas sociedades donde la acumulación de bienes materiales es algo valorado negativamente. La supervivencia depende de la solidaridad social.
Dadas las condiciones personales que tiene que reunir, el rol del líder no es forzosamente hereditario. Más bien se trata de un sistema abierto, basado en deliberaciones comunitarias en las que se escucha la vox populi, en busca de una decisión consensuada. Se privilegia y se valora la voz de los ancianos más respetados, pero no se le niega la palabra a nadie que tenga algún comentario que aportar.

Complejo ecuestre
Se conoce así al conjunto de fenómenos asociados a la adquisición del caballo por algunos pueblos indígenas – en el Chaco argentino, los abipones, mocovíes y tobas – a inicios del siglo XVII. Dio lugar a una expansión montada que llevó a estos pueblos del Chaco central, hacia el Chaco occidental y austral, donde se impusieron por las armas sobre los habitantes, como los wichí o y los mataráes. El uso indígena del caballo también repercutió en ataques permanentes contra la frontera desde el Paraguay hasta Tucumán. La intensificación
de las actividades bélicas aumentó el poder de los jefes, y multiplicó la captura de cautivos que eran integrados al grupo.

Intercambios bélicos
La lógica que regía la violencia grupal era la venganza, el “desquite”. Es así que existían enemistades “tradicionales”, trabadas en una red de venganza que sólo fue rota a mediados del siglo XX, como entre los toba-pilagá y los nivaklés, o entre los toba y los macá. Si bien las prácticas y ritos guerreros han desaparecido, los valores bélicos de estas sociedades están presentes en su memoria histórica. Existían importantes rituales asociados a la violencia grupal: adornos, pinturas faciales y escarificaciones especiales. Los guerreros toba se pintaban el cuerpo con la sangre de los enemigos para adquirir su coraje; las escarificaciones con huesos de determinados animales procuraban transmitir ciertas cualidades o capacidades de esas especies. Tal vez el rito más destacable del complejo bélico sea la caza de scalps o cabezas del enemigo. Estos trofeos de guerra eran traídos a la aldea, donde se utilizaron como recipientes para beber agua y bebidas fermentadas en los rituales de victoria. Asimismo fueron sometidos a danzas, burlas, insultos y simulacros de coitos por parte de las mujeres de la aldea, para ser finalmente expuestos en la punta de lanzas en la puerta de las chozas. Los scalps todavía son recordados por algunos ancianos. Además se llevaban como botín algunos objetos de valor (ropas, redes, comida) y cautivos (por lo general niños).

…ojalá logre despertar inquietud y el afán de saber más.