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El Anatomista (fragmento)

El anatomista (fragmento)

Federico Andahazi

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Federico Andahazi nació en Buenos Aires en 1963. Se recibió de psicólogo en la Universidad de La Plata. En noviembre de 1995 fue distinguido por sus cuentos "Las piadosas" y "Por encargo", en el Certamen Nacional de Cuentos del Instituto Santo Tomás de Aquino. Conformaron el jurado Marco Denevi, María Granata y Victoria Pueyrredón.

En septiembre de 1996 recibió el Primer Premio en el Concurso de Cuento Buenos Artes Joven II por su cuento "La trilliza". El jurado estuvo integrado por Liliana Heker, Carlos Chernov y Susana Szwarc. En octubre de ese mismo año se consagró como finalista del Premio Planeta y ganó el Primer Premio de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat por su novela "El anatomista". El jurado estuvo compuesto por María Angélica Bosco, Eduardo Gudiño Kieffer, María Granata y José Luis Castineira de Dios.

El premio generó uno de los más resonantes escándalos del mundo literario argentino. La entrega del galardón fue suspendida por Amalia Lacroze de Fortabat, empresaria argentina y directora de la fundación que lleva su nombre. "El anatomista no contribuye a exaltar los valores más elevados del espíritu humano", declaró la señora Fortabat a través de un comunicado donde expresaba su disconformidad con el premio por el contenido erótico de la novela.

Andahazi recibió los 15.000 pesos (u$s 15.000) del premio, pero el galardón en sí le fue negado. El libro fue finalmente publicado por Planeta en 1997 y se convirtió en un best seller. Fue traducido también a varios idiomas.

En 1998, con el éxito de "El anatomista" a cuestas publicó "Las Piadosas", cuya trama, como en su primera novela, también aborda el pasado. En el 2000 publicó "El Príncipe", donde retoma algunos aspectos de aquel realismo mágico que caracterizó a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, entre otros.

En esta obra Andahazi releva los desastres que generan aquellos gobernantes que carecen en absoluto de la noción de democracia, y se limitan a parodiar las funciones de un verdadero príncipe (como aquel que tan bien describió Maquiavelo) con actos mal disimulados en los que el egoísmo, la superficialidad y la corrupción son moneda corriente.

Pero también deja en claro las condiciones de la vida posmoderna: la pasividad, conformidad y aceptación que han llevando al hombre a padecer injusticias, desempleo y miseria para satisfacer la conveniencia de unos pocos.

Así, Andahazi revisa y utiliza los aspectos más críticos del realismo mágico para poner en escena la crudeza de los '90.

BIBLIOGRAFIA

"El anatomista", Editorial Planeta, 1997.
"Las Piadosas", Editorial Sudamericana, 1998.
"El árbol de las tentaciones", Editorial Temas en el margen, 1998.
"El Príncipe", Editorial Planeta, 2000."El Secreto de los Flamencos", Editorial Planeta, 2002.
"Errante en la sombra", Editorial Alfaguara, 2004.El Anatomista (fragmento)


EL ANATOMISTA (fragmento)
Editado por PLANETA ARGENTINA, S.A.
Diseño de cubierta: Mario Blanco
Diseño de interior: Alejandro Ulloa

INDICE DE LA PARTE UNO

FedericoEl autor
La obra
Prólogo
El siglo de las mujeres
Primera parte

n transeúntes por las noches. Tanto era el afán, que debían cuidarse los unos de los otros; tanta era la necrofilia, que el más alto halago al que podía aspirar una mujer era:

-Qué hermoso cadáver tenéis -le decían antes de degollarla.

Al menos, el predecesor más remoto, Mundini dei Luzzi, que doscientos cincuenta años antes había hecho la primera disección anatómica pública de dos cadáveres en la Universidad de Bolonia, había tenido el infinito decoro de no abrir la cabeza, "morada del alma y la razón".

Juliano Batista tenía, por así decirlo, el patrimonio del mercado de cadáveres; los compraba a los deudos más o menos menesterosos, a los verdugos y a los sepultureros. Después de ponerlos en condiciones presentables, los revendía a universitarios, catedráticos y a necrófilos más o menos reputados.

Sabía, sin embargo, que a Mateo Colón no hacía falta engalanarle la mercadería -engaño imposible para un anatomista, por otra parte-, de modo que se evitaba el trabajo de ruborizar las mejillas, devolver el brillo a los ojos con trementina y a las uñas con barniz de ultramar.

Si el anatomista necesitaba, por ejemplo, examinar un hígado, Juliano Batista extirpaba el órgano, rellenaba el lugar vacante con estopa o trapos, separaba la mercadería, cerraba el cadáver cosiéndolo con hilo de seda y, finalmente, vendía el cuerpo a otro cliente. Si un cuerpo estaba irrecuperable, Juliano Batista encontraba para todo un destino; nada se tiraba: los cabellos a la corporación de barberos y los dientes al gremio de los orfebres.

La disecación de cadáveres era tan ilegal como corriente. La bula de Bonifacio VIII ya no tenía en la práctica ninguna vigencia. Sin embargo, para el único que el decano aún la hacía regir era para Mateo Colón. El anatomista bien sabía que Alessandro de Legnano hacía la vista gorda para con todos, inclusive estudiantes, salvo para con él. De modo que debía proceder con el mayor de los cuidados.

En los últimos tiempos Mateo Colón había comprado cerca de diez cadáveres, todos pertenecientes a mujeres. Confeccionaba listas escrupulosas de los cuerpos disecados donde apuntaba: nombre, edad, motivo de muerte, descripción y hasta dibujos, no sólo de los órganos examinados, sino también de la expresión de cada uno de los cadáveres.

Sin embargo, sus prácticas eran más afines a la carne viva que a la muerta. Y sobre todo, con cierta carne en particular que, por otra parte, no era en absoluto frecuente puertas adentro de la Universidad, pues era carne prohibida. Interdicción que el decano se ocupaba de hacer cumplir con más escrúpulos que éxito. Entre los estatutos de la Universidad, en efecto, quedaba taxativamente prohibido el ingreso de mujeres. Sin embargo, por razones mucho menos relativas a los asuntos de la ciencia que a los ímpetus de la carne, era más o menos frecuente la furtiva visita de las campesinas venidas desde el fics lindero a la abadía que, de tanto en tanto, regalaban una noche de júbilo a doctores y alumnos.

Una de las formas de entrar en la Universidad -además de escalar los altos muros- era la de confundirse entre los muertos que, una vez a la semana, ingresaban en el carro público en la morgue. Así, ocultas debajo de un manto, permanecían quietas hasta quedar solas en el subsuelo de la morgue, donde eran recogidas por sus amantes.

En una ocasión, impaciente quizá por la larga y obligada continencia, un prestigioso doctor desvistió a una de las campesinas allí mismo, en la morgue, en medio de todos los muertos y, en el momento glorioso de una sublime fellatio, entró en el lúgubre subsuelo el párroco de la Universidad, quien momentos antes había visto entrar al "cadáver" que ahora gemía, gritaba y se revolvía. El ilustre doctor tardó un momento en advertir la presencia del deífico visitante que, absorto, miraba las esmirriadas piernas del catedrático y su no tan esmirriada verga bullente que salpicaba la proporcionada humanidad de la "difunta". Cuando, después del último estertor, vio al párroco parado en el vano de la puerta, sólo atinó a gritar, con una mueca desorbitada:

-¡Miracolo! ¡Miracolo! -e inmediatamente se puso a perorar acerca de su reciente confirmación de las teorías aristotélicas sobre el hálito que transportaba el semen en su caudal, que, a decir del metafísico, producía la vida. Y que, por qué no, si el semen era capaz de producir aliento vital en la materia y engendrar, cómo no habría de ser posible, por la misma razón, que resucitara a los muertos, decía mientras se acomodaba la verga -todavía un poco tiesa- debajo de las ropas. Y luego de concluir su enloquecido soliloquio, se perdió del otro lado de la puerta corriendo escaleras arriba al grito de "¡Miracolo! ¡Miracolo!".

Lo cierto es que Mateo Colón tenía sus razones para introducir mujeres en la Universidad. Y, ciertamente, las mujeres que visitaban secretamente al anatomista también tenían las suyas.

Las manos de Mateo Colón sabían tocar a una mujer, como sabían las manos de un músico tocar su instrumento. Los imprecisos límites entre la ciencia y el arte hacían de sus manos el instrumento más sublime, más alto y más difícil: el efímero arte de dar placer; disciplina que, como la de la conversación, no dejaba huella ni testimonio.

IV

Era el mediodía cuando messere Vittorio atravesó la puerta de la Universidad hacia la piazza. Debajo de aquel tibio sol del invierno, los artistas trashumantes, entre una multitud de viandantes ocasionales, ensayaban torres humanas deliberadamente derrumbadas. Más allá, frente a la plaza, un grupo de hombres adustos -comerciantes y señores- hacían un círculo alrededor de los banditori que se turnaban para vociferar los bandos del día. Unos pasos más allá estaban los que preferían consultar a los viajeros recién llegados desde el otro lado del monte Veldo, que, ciertas o no, traían noticias al menos más interesantes.

Messere caminaba con paso veloz. Pasó junto a los tres cepos donde se exhibían los ladrones de la jornada y tuvo que abrirse paso entre la multitud de mujeres y niñas que pugnaban por escupir a los reos. En el otro extremo de la piazza, el último mensajero que aún no había partido acababa de cerrar las alforjas y se disponía a montar sobre su caballo.

Todavía agitado, messere Vittorio alcanzó a escuchar las últimas noticias de boca de los banditori. No pudo evitar sentir un horroroso escozor sobre su propio cuello cuando volvió a pasar junto a los cepos. Si el buen tiempo se mantenía, en poco menos de un mes, la carta habría de llegar a Florencia. Para entonces, salvo que mediara un milagro, Mateo Colón estaría muerto.

Quiso la fatalidad que el buen tiempo se mantuviera.

EL NORTE

I

El claustro de Mateo Colón era un recinto perfectamente cúbico de unos cuatro pasos de lado. La pequeña luna que se alzaba por encima del austero pupitre no tenía vidrio. En rigor, las únicas ventanas que tenían vidrio eran las del decanato y el aula magna. Si bien el vidrio resultaba sumamente práctico -sobre todo durante el invierno-, constituía un detalle de pésimo gusto comparado con las exquisitas sedas venecianas que guarecían las aberturas. A la sazón, era muy fácil reconocer las casas de los nuevos ricos de Padua: todas ellas tenían las ventanas protegidas con vidrios pintados. Lo cierto es que la pequeña ventana del claustro de Mateo Colón estaba desprovista, también, de un lienzo de seda; toda la protección la constituía un paño ordinario que frenaba el viento a costa de no dejar entrar ni un mínimo haz de luz, y, al contrario, si el anatomista necesitaba iluminarse, debía, también, soportar el viento, el frío y, si además llovía, el agua. El cuarto -al cual se accedía desde la recova que circundaba el patio- estaba dividido por la mitad por una biblioteca que trepaba hasta las penumbrosas alturas del techo. La mitad posterior del claustro era el dormitorio: una cama de madera -desde luego desprovista de capitel-, y junto a ella, una mesa de noche y un candelero. En la mitad anterior, delante de la biblioteca, y contra la pared que mediaba con la recova, estaba el pequeño pupitre. Quien entrara desde la recova vería, entonces, un pupitre flanqueado por una biblioteca en cuyos estantes descansaba una infinidad de fieros y extraños animales disecados que, sin duda, habrían podido disuadir a un ladrón desprevenido de avanzar más allá de la puerta.

Desde que estaba preso en su claustro Mateo Colón pasaba la mayor parte del tiempo mirando a través de las rejas de la ventana. Así estaba, con la mirada perdida en un punto impreciso situado quién sabe dónde, cuando vio que messere Vittorio acababa de entrar por la puerta principal. Con un levísimo gesto, el escultor dio a entender a su amigo que ya había cumplido el peligroso recado. Respiró aliviado; en realidad le preocupaba menos su suerte -que ya estaba decidida-, que la del messere.

El anatomista no esperaba para sí la clemencia obtenida por su maestro, Vesalio, cuando había sido enviado a los tribunales del Santo Oficio. En una oportunidad, Andrés Vesalio le confesó a Mateo Colón un vergonzoso y desgraciado acontecimiento que cerca estuvo de llevarlo a la hoguera: cierta vez solicitó permiso para diseccionar a un joven noble español que había muerto durante la consulta. Cuando hubo obtenido el permiso de los padres del difunto, abrió el pecho y, para su estupor y desesperación, pudo ver que el corazón aún latía. Enterados del suceso, los padres del joven acusaron a Vesalio de asesinato a la vez que le iniciaron proceso ante el Santo Oficio. La Inquisición lo condenó a muerte; sin embargo, poco antes de que empezaran a arder los leños, intervino el propio rey, que decidió conmutarle la pena y, a cambio, dispuso que el anatomista iniciara una peregrinación a Tierra Santa para lavar su crimen.

Mateo Colón sabía que su "crimen" era infinitamente más grave, ya que consistía en haber develado aquello que debía mantenerse por siempre ignorado. De modo que no albergaba ninguna esperanza, ni siquiera retractándose de su descubrimiento, como lo había hecho otro egresado de los claustros de la Universidad de Padua, Galileo Galilei. El descubrimiento de Galileo era demasiado "intangible" en la práctica. En cambio, su "América" estaba al alcance de cualquier simple.

-¿Qué sería de la humanidad si las fuerzas del demonio se apoderaran de vuestro descubrimiento? -le había dicho el decano cuando, al revelárselo, le impusiera los votos de secreto, sugiriendo, de paso, que su descubridor era, de seguro, uno de los que engrosaban las cada vez más numerosas huestes diabólicas.

-¿A qué desgracias no se vería sometida la humanidad si el Mal se adueñara de la voluntad del femenino rebaño? -le había dicho el decano, dándole a entender que su propósito no era otro que, en el nombre del "Bien", apoderarse de la voluntad del femenino rebaño.

De manera que Mateo Colón no podía esperar un destino diferente del de la hoguera.

Sin embargo, otro era el motivo de la aflicción que le oprimía la garganta; no era la certeza de la muerte próxima, ni el cautiverio, ni la imposición de silencio. No era el recuerdo de Inés de Torremolinos, ni la incertidumbre por el destino de la carta que acababa de escribirle. Tampoco tenía su fundamento en la ruptura de los votos de silencio ni en la revelación del secreto que había jurado callar. Aquello que lo atormentaba no era, siquiera, la desdicha de no poder hacer público su descubrimiento, sino más bien, que el inocente propósito que lo condujera hasta su hallazgo había fracasado.

El norte que condujera a Mateo Colón hasta su descubrimiento no era ni una premisa teológica -tal como la había presentado-, ni una ambición de saber filosófico -como la había fundamentado-, ni siquiera un afán de revolucionar la anatomía -como, a su pesar, lo había logrado-. No marchaba resuelto hacia la hoguera en nombre de la Verdad, como lo hiciera su colega, Miguel de Servet.

La fuente de su descubrimiento no era otra que un amor fracasado. No anhelaba la comprensión de las leyes generales que gobernaban el oscuro proceder femenino, sino, apenas, un lugar en el corazón de una mujer.

El norte que había conducido a Mateo Colón hasta su "dulce tierra hallada" tenía, ciertamente, un nombre: Mona Sofía.

LA PUTTANA

I

Mona Sofía nació en la isla de Córcega. No había cumplido aún los dos meses cuando la robaron del lado de su madre una mañana de verano, en la que la mujer llevó consigo a la niña a lavar la ropa a orillas del arroyo que desembocaba en el mar. Ciertamente, la isla de Córcega era, a la sazón, el sitio menos feliz para que una mujer diera a luz a una niña bella. Desde que Marco Antonio primero y más tarde Pompeyo habían desalojado a los piratas de su "República" en Cilicia, después de su larga diáspora por los mares de Europa y Asia Menor, los "cilicianos", con paciente y brutal obstinación, volvieron a fundar su Patria, esta vez en las islas de Córcega y Cerdeña. Cuentan que a causa de su temprana y prometedora belleza, los piratas de Gorgar El Negro embarcaron a la niña a bordo de un bergantín junto con un grupo de esclavos mongoles y la vendieron a un traficante en Grecia. La pequeña pudo sobrevivir al viaje gracias a los cuidados de una joven esclava a quien habían separado de su hijo y que todavía conservaba un poco de leche. Su estancia en Grecia fue muy breve; un comerciante veneciano la compró por unos pocos ducados y nuevamente la volvió a embarcar, esta vez con destino a Venecia: por cierto, ya tenía un comprador en su tierra.

II

Donna Sidonna pagó por la niña veinte florines con la convicción de que era una excelente compra. Lo primero que hizo Donna Sidonna al ver a la niña, que estaba negra de mugre, fue lavarla con una loción de agua de rosas y una infusión tibia de hierbas aromáticas y, con todo, no fue nada fácil quitarle el hedor a marinero. Le frotó las encías con una mezcla de vino, agua y miel, le rapó la cabeza, cuyos largos mechones estaban duros como alambres, y, finalmente, la posó sobre una manta de pelo de cabra cerca del fuego. Cuando estaba profundamente dormida, le puso alrededor de la muñeca el brazalete de oro y marfil que distinguía a todas las pupilas de la casa. Y viendo que la pequeña estaba muy flaca y evidentemente anémica -en el barco había sido alimentada por el magro pecho de una esclava que apenas podía con su pobre humanidad-, designó a Oliva como su ama de leche. Oliva era una joven esclava egipcia. Tenía una leche buena y nutritiva. Le habían puesto Oliva por nombre porque tenía la piel del color de una aceituna y la estatura de un olivo. Era una mujer delgada que iba precedida por unas mamas majestuosas cuyos pezones tenían el diámetro de un florín de oro. Oliva reunía todas las condiciones de la perfecta nodriza: era morena -sabido era que las mujeres rubias daban una leche amarga y acuosa y que las negras eran buenas para alimentar bestias salvajes pero no niños blancos-. Al cabo de una semana ya se notaban los progresos; la pequeña exhibía unos rollos de lo más saludables y eructaba con la fuerza de un adulto. Sus heces -que eran puntualmente examinadas por la misma Donna Sidonna- se veían sólidas y su color revelaba el perfecto funcionamiento de sus tripas.

Cuando cumplió el primer mes -contando desde su llegada a la casa-, Donna Sidonna la envolvió en un vestido de infinitos encajes, la perfumó con agua de jazmines y mandó a llamar al clérigo para que le diera el primer sacramento, porque -desde luego- una buena puta debía ser cristiana. Como sucediera tantas veces, Donna Sidonna negoció el precio de los servicios con el clérigo y se pusieron de acuerdo en el pago: el cura exigía el favor de una de las pupilas todos los días durante un mes y "per tutti le orifici". Donna Sidonna ofrecía el servicio solamente por el curso de una semana y no incluía otro favor más que la convencional francescana. Finalmente convinieron en que el clérigo tomaría los servicios de una pupila durante quince días y "per tutti le orifici". Aquel día, la pequeña fue bautizada y Donna Sidonna le puso por nombre Ninna.

Ninna convivía con ocho niñas de su misma condición, pero desde muy temprano empezó a diferenciarse del resto de las niñas de la casa; ninguna lloraba con más fuerza ni comía con tal apetito -tanto, que los pezones de Oliva quedaban amoratados después de cada comida-. Y, a diferencia de las demás, Ninna se resistía obstinadamente a la faja con que Donna Sidonna la envolvía todas las noches para evitar monstruosas deformaciones. Tales eran los gritos con que la niña mostraba su disconformidad que, por puro contagio, las demás le oficiaban de coro, igual que las lloronas contratadas en los velorios no dejaban de imitar el llanto de la viuda. Este fue el primer e inocente signo de peligrosa rebeldía. Una buena puta, igual que una buena esposa, debía ser sumisa, obediente y agradecida.

Conforme la niña iba creciendo en edad, estatura y belleza, en la misma proporción se desarrollaba en su espíritu un carácter volcánico; sus ojos verdes y rasgados se poblaron de unas pestañas negras, largas y arqueadas pero también de una malicia inteligente, sarcástica que inspiraba la misma fascinación, el mismo miedo que infunde en sus víctimas la mirada de la serpiente. En las almas supersticiosas despertaba terrores y negros augurios. En los espíritus religiosos, satánicos temores, porque, se sabía, la inteligencia en una mujer bella era un índice indudable de la influencia del demonio.

Poco antes de cumplir el primer año, Ninna empezó a balbucear las primeras palabras que, asombrosamente, no fueron las mismas que, a media lengua, pronunciaban las demás. Así, cuando las pequeñas pupilas empezaban a llamar a sus nodrizas por el nombre y, en señal de temprana gratitud, se referían a Donna Sidonna como mamma, Ninna ignoraba sistemáticamente la presencia de su benefactora y ni siquiera se dignaba mirarla. De nada servían los esfuerzos de la niñeras, que la alzaban en brazos frente a su mamma, instándola a que le prodigara, aunque más no fuera, una sonrisa. Nada de eso; todo lo que conseguían era que la niña soltara un saludable eructo en las narices de su protectora. Donna Sidonna se consolaba pensando que Ninna era muy pequeña aún para comprender que aquel era el mejor destino al que podía aspirar una mujer. Las niñas todavía no podían darse cuenta de la fortuna que estaba invirtiendo en cada una de ellas; al fin y al cabo, Donna Sidonna no hacía más que desembarazar a sus padres del infortunio que significaba traer al mundo una mujer. Si bien era cierto que los padres de la pequeña Ninna debieron haber sufrido por el robo de su hija, más valía que padecieran todo de una sola vez y no por el resto de sus vidas. De hecho, los progenitores deberían estarle agradecidos. ¿Quién, en su sano juicio, podría estar feliz de tener una hija? No más que gastos durante la soltería y, si tuviesen la dicha de conseguirle un marido, todavía quedaría el desembolso de la dote. Si todos siguieran su criterio -pensaba Donna Sidonna-, los usureros del Banco de Dotes no podrían lucrar con los pobres y desesperados padres de las mujeres casaderas. Y así le agradecía la pequeña: con arteros aires regurgitados e, inclusive, con sonoros desaires de aquellos que salen por vía contraria.

Una mañana, cuando Donna Sidonna fue a vigilar el sueño de su ingrata filia, se encontró con que la pequeña estaba de pie sobre su cuna y no dejaba de mirarla fijamente; para su estupor, Ninna la recibió con un saludo:

-Puttana... -le dijo con una pronunciación perfecta, y agregó-, dame diez ducados.

Aquellas cuatro fueron las primeras palabras de Ninna. Donna Sidonna se persignó. De haber podido, habría salido corriendo de la habitación. Pero era tal el miedo, que sólo atinó a pegar un alarido. Donna Sidonna decidió que aquellas cuatro palabras eran una señal indubitable de que la pequeña estaba poseída por el demonio. De modo que se resolvió por el camino más expeditivo.

Antes de que le brotaran los pezones, antes de que cobraran la dureza de una almendra y el diámetro y la tersura de un pétalo, Ninna fue revendida a un traficante por diez ducados, la mitad de lo que había pagado su benefactora. Una mañana de verano fue subastada en la plaza pública junto con un grupo de esclavos moros y jóvenes putas, fue ofrecida al peso y vendida finalmente a madonna Creta, un alma filantrópica que, entre otras cosas, era dueña de un burdel en Venecia.

III

Ninna -cuyo nombre estaba grabado en el brazalete- fue rebautizada con el más elegante Ninna Sofía. Era la pupila más joven del burdel. Su nueva mamma era ahora madonna Creta, una próspera y ya retirada cortesana. De madonna Creta no podía esperarse la dulzura ni la dedicación que le prodigaba su antigua benefactora. Y mucho menos podía esperarse paciencia. La primera vez que alzó a la niña en sus brazos, la examinó como si se tratara de una planta de lechuga. Se felicitó por su nueva compra y se dijo que en unos pocos años -dos o tres- su pequeña inversión podía empezar a dar frutos. Tres cosas sobraban en Venecia: nobles, curas y pederastas y, desde luego, todas las combinaciones posibles de esos tres elementos. Sí, era un buen negocio, se dijo. Ya se figuraba la cara de messere Girolamo di Benedetto, viendo aquellas jóvenes y todavía inmaculadas carnes; qué no pagaría por acariciar con sus dedos decrépitos aquella vulva arrepollada; qué no daría por frotar su mustia verga sobre los rollizos muslos de su joven pupila. Madonna Creta ya podía contar los ducados de oro por anticipado. Pero no iba a resultarle tan fácil.

Ninna Sofía examinó la nueva alcoba que debía compartir con cinco pupilas ya adultas. Aquello era peor que un establo y, de hecho, olía a pesebre. Era un cubo sin una sola ventana. Al pie de cada una de las paredes había unas camas de madera que, a guisa de colchones, tenían unos fardos de paja en cuyos bordes estaban sentadas sus nuevas compañeras. Eran todas esclavas que habían sido compradas por unos pocos ducados. Una de ellas no presentaba un solo diente, otra ofrecía el aspecto que da la sífilis cuando se encuentra en muy avanzado estado, y las otras dos permanecían con la mirada perdida en sendos puntos imprecisos que parecían situados del otro lado de las paredes del cuarto. Todas tenían una mirada de resignada derrota, de aquella tristeza que se perpetúa hasta el último día, que, por cierto, nunca estaba muy lejano. El escaso aire que se respiraba allí adentro era caliente y sofocante. Ninna Sofía declaró su disconformidad con un alarido sucedido por un llanto estridente. Cuando se abrió la puerta, Ninna, que esperaba la diligente llegada de su nodriza Oliva, sólo tuvo tiempo de ver la creciente figura de madonna Cretta que se acercaba hacia ella. Después de las primeras tres cachetadas que le cruzaron las mejillas, comprendió que si dejaba de llorar, quizá también cesaran los golpes. Y así fue. De hecho, la pequeña Ninna se prometió no volver a llorar nunca más en su vida. Y así lo hizo.

Su espíritu se tornó cada vez más ingobernable, más áspero y peligroso. Ninna Sofía era una flor venenosa.

De nada servían los castigos que, amorosamente y en su provecho, desde luego, le prodigaba madonna Creta. De nada servían los latigazos ejemplares que le cruzaban la espalda, ni las penitencias nocturnas de rodillas sobre el maíz, ni las promesas de círculos infernales. Ninna Sofía miraba a su tutora a través de sus ojos verdes repletos de largas y arqueadas pestañas y repletos, cada vez más, de una malicia y de una inteligencia infinitas; a través de aquellos ojos de lágrimas ausentes, con una sonrisa giocondesca, la miraba y le susurraba:

-¿Ya terminaste, madonna Creta?

Madonna Creta determinó que si la pequeña era lo suficientemente adulta para hacer oídos sordos a sus lecciones, también debería serlo para ganarse la comida. De modo que antes de lo que tenía previsto, fue a casa de messere Girolamo di Benedetto para hacerle saber de su nueva pupila.

Messere Girolamo era uno de los más prósperos fabricantes de seda de Venecia y había sido prior del gremio hasta el año anterior. Como ya era un hombre viejo, había decidido retirarse de la vida pública y dedicarse por completo al ocio y, de ese modo, empezar a disfrutar de los pocos años que le quedaban.

En rigor, nunca se había dedicado a otra cosa diferente de la holgazanería, sólo que ahora, en lugar de jugar a la baraja con sus colegas en su despacho del gremio, lo hacía en su más acogedor palacio. Messere Girolamo di Benedetto tenía dos debilidades: el juego y los niños. Desde luego, jamás hubiera tolerado que lo llamaran pederasta. Al fin y al cabo, ¿qué podía tener de malo amar a los niños y ayudarlos un poco económicamente, sobre todo si los padres de la criatura en cuestión eran pobres?

El precio que exigía madonna Creta le pareció demasiado alto, pero no puso ninguna objeción; lo que le sobraba era dinero y ni aunque se lo propusiera podía gastárselo todo en los años de vida que le quedaban. Y si bien era cierto que aún conservaba la costumbre de regatear, en cuestiones tan delicadas prefería no reparar en gastos. Solamente pidió a madonna Creta una detallada descripción de la niña. Messere Girolamo di Benedetto escuchaba con la mirada perdida y parecía estar disfrutando por anticipado. De haber sabido lo que la pequeña Ninna iba a depararle, messere habría preferido morir aquel mismo día.

IV

Tal como conviniera con madonna Creta, messere Girolamo llegó al burdel a la hora de la cita. Lo hizo con la anticipación justa para tomarse el tiempo que demanda entrar al burdel sin ser visto por nadie. Había esperado que pasaran unos viandantes, y tuvo que demorarse en la puerta de una tienda hasta que dos mujeres terminaran de una vez el coloquio que habían entablado a pocos pasos de la entrada del burdel. Cuando las dos mujeres se despidieron, esperó a que se alejaran lo suficiente, se acomodó el sombrero de tal modo que el ala le cubriera la cara y, finalmente, con paso ligero, llegó hasta el pequeño atrio de la casa.

Con un gesto involuntariamente despectivo, messere Girolamo di Benedetto rechazó la copa de vino que le había ofrecido madonna Creta. Quería empezar el trámite cuanto antes. Su decrépito corazón latía ahora con una súbita fuerza juvenil. Oportunidades así no se presentaban todos los días. Su amor por los niños le había acarreado más de un dolor de cabeza; en dos ocasiones lo acusaron públicamente de abuso de infantes y, pese a que, felizmente, pudo disuadir a los denunciantes de avanzar hasta los tribunales mediante suculentas "atenciones", mucho se decía en Venecia acerca de los gustos de messere Girolamo. En cambio, madonna Creta era una garantía de silencio. Su negocio era, precisamente, la discreción. Por ese mismo motivo, casi no sintió ninguna pena cuando terminó de pagarle los veinte ducados que habían convenido.

Madonna Creta lo condujo hasta la alcoba que había preparado para la ocasión. De pie junto al vano de la puerta, la anfítriona invitó a messere Girolamo di Benedetto a pasar y, antes de dejarlo a solas con la pequeña, le dijo amablemente:

-Disfrutad, pero cuidaos de lastimarla.

Cuando messere Girolamo di Benedetto vio a la pequeña Ninna, sus ojos se iluminaron. Era un verdadero sueño verla recostada sobre el vientre y completamente desnuda. Lo primero que hizo messere fue darle unas suaves palmaditas en las nalgas y pasarle sus dedos decrépitos y sarmentosos por sus muslos rollizos. Dejó caer un hilo de saliva espeso por la pequeña espalda y lo esparció con la palma de su mano. Ninna no mostraba ninguna resistencia y hasta le sonrió tiernamente cuando el anciano, completamente extasiado, la sentó sobre su falda. Hacía muchos años que a messere Girolamo di Benedetto no se le erguía la verga, y, ni bien notó aquel añorado acontecimiento, se dijo que la pequeña Ninna era un verdadero milagro. Cierto que no fue una de aquellas erecciones de las que podía exhibir orgulloso durante la juventud, pero, desde luego, esto era mejor que nada. Tomó a la pequeña por debajo de las axilas, la levantó en vilo y posó las diminutas nalgas de Ninna sobre su verga, que formaba un modesto promontorio en el lucco de lana que aún llevaba puesto. Hacía mucho tiempo que no se excitaba tanto. Ninna, cuando descubrió la protuberancia sobre la cual estaba sentada, se refregó como lo haría un gato, cosa que enardeció todavía más al anciano que, impaciente, se levantó el lucco por encima del vientre y, tomando su verga entre las manos, la exhibió frente a los ojos de la niña. Ninna examinó aquella cosa morada que el viejo esgrimía e inmediatamente estiró su mano hacia ella. Tan pequeña era la mano de Ninna que ni siquiera pudo abarcar la mitad del diámetro del glande.

-¿No vas a darle un beso a mi amigo? -le dijo el anciano a Ninna que, al parecer, encontró divertida la forma en que "su" cliente había nombrado aquella cosa, ya que la vio esbozar una sonrisa que al viejo le pareció francamente lasciva. Esa era la palabra: "lascivia"; nunca antes había visto semejante disposición lujuriosa en una niña. Y, en rigor, si un intruso hubiese estado presenciando la escena, sin duda habría pensado que la pequeña Ninna estaba practicando la "corrupción de ancianos". Tal como se lo pidiera messere Girolamo di Benedetto, Ninna acercó su boca al miembro de su cliente -que estaba, ahora sí, duro y completamente erecto, más de lo que jamás había estado, inclusive más de lo que podía estarlo en los días de juventud- y lo besó con los labios, tal como su nodriza Oliva le había enseñado a besar las mejillas de Donna Sidonna, acto al que, por otra parte, siempre se había negado. Tal como lo hiciera una mujer adulta, Ninna cerró los ojos y pasó sus labios alrededor del glande. El viejo tenía los ojos en blanco y temblaba como una hoja. Como si en vez de haberse criado con leche de pecho, se hubiera alimentado siempre con leche de verga -nadie le había enseñado el arte de la fellatio-, Ninna abrió la boca cuanto le permitieron las comisuras de los labios y se engulló el glande entero. El viejo no podía creer lo que veía.

-Pequeña puta -susurraba-, pequeña hija de siete castas de putas.

Y cuanto más hablaba, la pequeña lo miraba a los ojos a través de los suyos, verdes y repletos de largas pestañas, y tanto más adentro de la boca se lo metía. Entonces Ninna pudo sentir una convulsión en el tronco de aquello que se estaba engullendo. En ese preciso momento, mordió con toda la fuerza de su mandíbula, hundió los dientes hasta las encías y se dejó caer con fuerza desde la cama hasta el suelo. Ninna quedó unos instantes suspendida en el aire, colgada por la boca de la verga del anciano, hasta que, finalmente cayó al piso. Messere Girolamo di Benedetto no comprendio, hasta que vio la cascada de sangre que manaba del tronco de la verga. Sólo entonces vio, como si se tratara de una alucinación, que el glande ya no estaba ahí. La pequeña miró al viejo con una sonrisa angelical mientras masticaba el trozo de carne, y sus ojos describieron una parábola mientras lo veía caer de espaldas al suelo. Las piernas -tiesas como la cuerda de un laúd- formaron una V por encima de la cama, cosa que a Ninna le resultó sumamente graciosa.

Cuando hubo pasado el tiempo establecido, madonna Creta entornó la hoja de la puerta y, todavía del otro lado, mumuró:

-El tiempo se acabó, messere; espero que no hayáis lastimado a la pequeña.

Madonna Creta tropezó con el cadáver de su cliente y antes de que pudiera sostenerse de alguna cosa, resbaló con la sangre que cubría el piso de la alcoba y cayó junto al muerto. Ninna, sentada en un ángulo del cuarto, todavía masticaba su bocado y se la veía feliz con su temprano trabajo. Sonrió a madonna Creta como si así le dijera: "¿Estás conforme, es así como debo ganarme la comida?".

Aquel mismo día, Ninna Sofía fue a dar con la horma de su zapato.

EL HACEDOR

I

Presa del pánico, madonna Creta envolvió en un lienzo el cadáver de messere Girolamo di Benedetto, cargó a la niña debajo de su axila y se embarcó a bordo de una pequeña góndola. Luego de pagar en sonante el silencio del absorto gondoliere, en el sitio menos transitado del Canale Grande arrojó por la borda al difunto castrato y a la niña.

Como si su destino hubiese estado escrito, el exhausto cuerpecito de Ninna Sofía fue dar a la Riviera di San Benedetto, exactamente a las orillas del muelle que conducía a las escalinatas del atrio de la Scuola que, treinta años antes, había fundado Mássimo Troglio.

Mássimo Troglio era el fattore dei putanne más prestigioso de toda Europa. Cierto es que compraba, vendía y también robaba como cualquier traficante. Pero ese era solamente el principio de una larga y laboriosa tarea, el primer eslabón de un costosísimo y proporcionalmente rentable oficio. Mássimo Troglio era, eminentemente, un pedagogo, mezcla del más ruin pederasta y del más sublime maestro.

Il Fattore -como algunos lo llamaban- era el fundador de la más prestigiosa Scuola di Puttane; padre, por así decirlo, de la raza de putas más sublimes de Venecia, de la misma Lena Grifa y de todas las putas que adornaron la corte de los Médici, de las putas que cautivaron el corazón de monarcas y arzobispos. De todas las putas a cuyo honor se levantaron los palacios más fastuosos de Venecia.

Ni una emperatriz recibía la educación de la menos ilustrada de las putas de Mássimo Troglio. Las más jóvenes, como la pequeña Ninna Sofía, eran objeto de los cuidados más delicados. Las madonnas -las putas más viejas- tenían a su cargo la tutoría de las de más tierna edad. Ellas se encargaban de bañarlas con leche de loba, pues el agua estaba prohibida desde las grandes pestes y, según enseñaba Mássimo Troglio, la leche de loba apuraba el crecimiento y evitaba la decrepitud; les frotaban la piel con saliva de yegua para impedir que las carnes crecieran blandas y, un día a la semana, las hacían dormir en el establo junto con los cerdos para que aprendieran a soportar los hedores más repugnantes y las compañías más ingratas.

Mássimo Troglio fue autor de Scuola di Puttane 1 , una sucesión de 715 aforismos divididos en siete libros -inspirado, sin duda en los Aforismos de Hipócrates 2 -. Entre otras cosas, sostenía que las mejores y más leales putas eran aquellas niñas nacidas de:

1. carpintero y ordeñadora; 2. cazador y mujer mongólica, preferentemente china; 3. marino y bordadora.

Afirmaba, además, que "una mujer puede concebir un hijo de hasta siete hombres, cuyos jugos seminales se unen en el útero y se combinan unos con otros según la fuerza seminal de cada uno de los padres".

"El de Hacedor de Putas es el arte más sublime; más que el del perfumista, más que el del mismo alquimista; como éstos, unimos las esencias más nobles con las más viles, las más antagónicas y las más simpáticas."

Mássimo Troglio se mostraba particularmente interesado en la pequeña que el cielo le había regalado. Para que no quedara ninguna duda de que ella era una de sus pupilas, le quitó el brazalete y le hizo hacer otro -de oro con rubíes-, donde constaba su nuevo y definitivo nombre: Mona Sofía. Pocas veces había visto una niña de semejante carácter, tanta y tan temprana inteligencia y, sobre todo, dotada de aquella singular y extraordinaria belleza. Mona Sofía era la síntesis de todas las putas metida en un cuerpo de niña, una suerte de extracto de puta en estado puro. Sin embargo, Mona Sofía no estaba exenta de los dos grandes y, por cierto, misteriosos problemas con los que debe lidiar un maestro de putas: el amor y el placer. Jamás había visto Mássimo Troglio un odio tan inconmensurable como el que le prodigaba la pequeña, no porque le preocupara ser objeto de ese sentimiento, sino porque, según le enseñaba la experiencia -y así lo testimoniaba el aforismo IX -, "cuanto más proclive a odiar es una mujer, tanto más proclive es a amar". La segunda preocupación no era, intrínsecamente, la ausencia de cualquier manifestación de dolor, sino la sospecha de que tras la máscara de la insensibilidad, cuanto más intenso era el dolor para Mona Sofía, tanto más intenso era el placer que le provocaba. Y, en fin, los primeros ciclos de formación de una puta no tenían otro objeto mediato que la interdicción del amor y del placer. La inversión era demasiado grande y paciente como para que -como había ocurrido más de una vez-, un buen día, la ingrata se marchara enamorada detrás de algún hombre. Entre otros aforismos, Mássimo Troglio escribió:

* Corromper es más difícil que educar.

* Es más fácil reemplazar un sistema moral por otro que despojar a alguien de su moral.

* La educación en la moral favorece la formación de putas.

* Igual que el filósofo, el maestro de putas debe ser vehículo de la moral.

* Es más conveniente al monarca la existencia de las putas por dinero que la existencia de las putas por placer.

Mássimo Troglio fundamentaba toda su teoría en los cánones helénicos. Los apotegmas que guiaban su pluma y, consecuentemente, su práctica, eran -cuando no-, los de la Metafísica de Aristóteles. Aristotélica era su concepción de la mujer y del hombre y aristotélico, desde luego, era su juicio acerca de la procreación; abrevaba también de la fuente aristotélica para explicar de qué modo "el hombre ha de servirse, por causa natural, del provecho de la mujer". En su capítulo "De la monstruosa condición femenina", decía: "Como ha enseñado el Maestro Aristóteles, el esperma del hombre es la esencia, la potencialidad esencial que transmite la virtualidad formal del futuro ser. El hombre lleva en su semen el hálito, la forma, la identidad, es decir, la kinesis que hace de la cosa materia viva. El hombre, en fin, es quien da el alma a la cosa. El semen tiene el movimiento que le imprime su progenitor, es la ejecución de una idea que corresponde a la forma del propio genitor, sin que esto implique la transmisión de materia por parte del hombre. En condiciones ideales, el futuro ser tenderá a la identidad completa del padre. La mujer proporciona el sustento material en su sangre, la corporeidad, la carne que envejece, corrompe y muere. La esencia del alma es siempre masculina. Como ha enseñado el Maestro, la procreación de niñas es, en todos los casos, producto de la debilidad del progenitor a causa de enfermedad, vejez o precocidad.

"La mujer suministra siempre la materia y el hombre el principio creador: para nosotros, es ésta, en efecto, la función propia de cada uno de ellos, y esto es ser hembra y ser macho. Es necesario, también, que la hembra aporte un cuerpo, una determinada cantidad de materia, mientras que esto no es necesario para el macho: no es necesario que los instrumentos existan en los productos que se fabrican, ni que en ellos exista el agente que los hace".

La de Mássimo Troglio no es solamente una noción acerca de la concepción, sino, además -y siempre bajo la tutoría intelectual de Aristóteles-, de la misma genealogía del ser viviente: "él semen es un organon que posee movimiento en acto". 1 "El semen no es una parte del feto en formación, así como ninguna partícula de substancia pasa del carpintero al objeto que elabora para unirse a la madera, así, ninguna partícula de semen puede intervenir en la composición del embrión." Y ejemplifica: "La música no es el instrumento, ni el instrumento es la música. Y sin embargo, la música es idéntica a la idea previa del autor".

Se deduce cuál es el nudo de la teoría de Mássimo Troglio: la propiedad, la patria potestad, el derecho a la posesión de la descendencia por parte del autor, esto es, el padre. Así como está claro que el propósito de Aristóteles no era sino la reafirmación del Derecho griego.

La mujer, es la teoría, quedaba como un simple resto, cuya esencia era aquella sangre que rebasa una vez al mes: una masa de líquido crudo, impuro, no elaborado, inerte y amorfo, pero, desde luego, tocado por el hálito, la kinesis, de su débil progenitor.

De modo que esta última revelación aristotélica es la que le proporciona el método, el modo de producción y apropiación de mujeres.

Mona Sofía era la más bella y la más tempranamente desarrollada de las discípulas de Mássimo Troglio. Mostraba, además, una prematura disposición al oficio. Tenía una sensualidad infrecuente para una niña de su edad. Cuando Mona cumplió los seis años, Mássimo Troglio determinó que la pequeña ya podía comenzar la segunda etapa de su formación.

En la Scuola di Puttane las pupilas recibían desde muy jóvenes educación religiosa, les enseñaban mitología antigua y aprendían, desde luego, a leer y escribir, no sólo en italiano, sino hasta en griego y latín. La Scuola era, eminentemente, una institución renacentista, tan prestigiosa como cualquiera de las numerosas escuelas de pintura de Italia. De hecho, la Scuola recibía un subsidio del Ayuntamiento y cada una de las pupilas tenía el rango de funcionaría pública.

A Mona le fascinaba oír las historias que le contaba Filipa, su institutriz. Cada vez que escuchaba cómo la ballena se tragaba entero a Jonás, abría los ojos desmesuradamente y conminaba a Filipa a omitir las partes superfluas del relato y que le dijera de una vez cuál había sido de la suerte del héroe.

Todo iba muy bien hasta que Filipa empezaba a hacerle imputaciones. Mona negaba rotundamente haber tenido alguna participación en la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo y le resultaba intolerable la acusación de que El había muerto por causa de ella. Después de todo, ¿quién era ella?, ¿qué importancia podía tener su insignificante existencia en la suerte de, nada menos, el Salvador?

Igualmente, se declaró exenta de toda culpa y complicidad en los pecados de Eva, a quien, por otra parte, dijo no haber visto nunca. Sin embargo, a regañadientes, terminaba por asentir agachando la cabeza sin demasiada convicción, porque era capaz de tolerar cualquier cosa menos los agudísimos gritos de Filipa, que le destrozaban los tímpanos.

II

Mássimo Troglio -en su virtud, o quizás a su pesar- hizo de Mona Sofía su obra más sublime. Diez años de educación y cuidados habían dado su fruto: era la mujer más bella de Venecia. El Hacedor supo ser paciente; cuando su pupila cumplió los trece años le anunció que había llegado la hora de la iniciación. Mona fue presentada en sociedad en la festa di graduazione que, todos los años, Mássimo Troglio daba en su palacio. Se trataba de una emotiva ceremonia en la cual cada graduada recibía el nombramiento de funcionaría pública de manos de algún notable del Estado de la República. Cuando Mona Sofía fue anunciada, sobrevino un silencio hecho de veneración y estupor. La Venus de Médici era una rústica campesina comparada con aquella mujer que acababa de trasponer la puerta del salón.

Desde todos los puntos de Europa llegaban nobles señores hasta la Scuola y pagaban verdaderas fortunas. En menos de seis meses, Mássimo Troglio había recuperado hasta el último ducado invertido en su pupila. En el curso del primer año, el Hacedor quintuplicó el total de su inversión. El cuerpo de Mona Sofía había incrementado el patrimonio de Mássimo Troglio en... ¡dos mil ducados!

LA LIBERTAD

I

Fue durante el segundo año desde el día de su graduación, cuando Mona Sofía se presentó a la lujosa scriptoria de Mássimo Troglio. El Hacedor estaba llevando la contabilidad de la Scuola, doblado sobre un grueso cuaderno de lomo dorado.

-Vengo a anunciaros mi libertad -sentenció Mona Sofía, sin que mediara, siquiera, un saludo.

Mássimo Troglio levantó la vista de los asuntos que lo ocupaban. Escuchó claramente la frase pero no comprendió, como si su interlocutora acabara de hablarle en un idioma desconocido.

-Aquí os dejo el documento que me independiza de vuestro patronazgo -dijo, a la vez que le extendía un pergamino escrito en tinta roja-, no es necesario que os molestéis en levantaros, sólo debéis poner aquí vuestra firma -agregó, dejando el pergamino sobre el pupitre de su protector.

Mássimo Troglio rió con una carcajada franca. En su larga vida nadie le había hecho un pedido -si así pudiera llamarse a la exigencia de su pupila- de semejante descaro. Había sufrido, sí, por la huida de más de una ingrata. Había tenido que emplear castigos ejemplares con alguna prófuga recapturada -la ablación de un dedo del pie era un correctivo usual-; pero que una pupila irrumpiera en su propio despacho con semejantes pretensiones era, lisa y llanamente, descabellado.

-Te recuerdo que la Scuola tiene sus estatutos y sus normas -empezó a decir Mássimo Troglio con una sonrisa cálida y paternal-, de modo que...

Antes de que su maestro pudiera terminar la frase, Mona Sofía extrajo un cuchillo de puño de oro y posó su aguda punta sobre su propio pecho. Con absoluta parsimonia, dijo:

-Mi cuerpo os ha pagado sobradamente la educación que me prodigasteis y, si os complace escucharlo, os agradezco y ofrezco toda mi veneración y mi respeto. Pero ahora os exijo que me otorguéis lo que me corresponde: mi cuerpo.

Mássimo Troglio empalideció e, inmediata-mente, se puso rojo de cólera. Intentando mantener la calma, habló:

-De nada me servirías muerta. Puedo, si así lo quieres, firmar lo que me exiges, pero, ¿Qué te hace pensar que no habré de recapturarte con el derecho que me otorga la ley? Y sabes cuáles son mis correctivos.

Mona Sofía sonrió.

-No os atreveríais a mutilar un ápice de mi cuerpo. Yo soy vuestra creación. Pero no creáis que soy una ingrata, si leéis el pergamino, veréis que me acuerdo bien de vos; os daré la décima parte de todo el dinero que haga con mi cuerpo, hasta el día en que alguno de los dos muera. La opción es el diezmo que os ofrezco o nada -dijo, a la vez que hundió un poco el cuchillo sobre su propio pecho, haciendo que rodara una gota de sangre hasta su vientre.

Mássimo Troglio sumergió la pluma en el tintero y firmó el pergamino. Mona Sofía se arrodilló a sus pies y besó las manos de su maestro, antes de abandonar para siempre la Scuola.

Solo en su scriptoria, Mássimo Troglio lloró desconsolado. Lloraba como un niño.

Lloraba como un padre.

DE CUANDO MATEO COLON CONOCIÓ A MONA SOFÍA

I

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