José Gabriel Condorcanqui Noguera (Tinta, Virreinato del Perú, 19 de marzo de 1738 - Cuzco, 18 de mayo de 1781), mayormente conocido como Túpac Amaru II, fue un caudillo indígena líder de la mayor rebelión anticolonial que se dio en América durante el siglo XVIII.

La Gesta Revolucionaria De Túpac Amaru

El 4 de noviembre de 1780 se produjo el primer acto de la rebelión indígena y campesina que conmovió hasta la raíz el imperio español. Constituyó uno de los mayores levantamientos sociales en la historia del continente. A diferencia de los alzamientos producidos en los cincuenta años previos, la rebelión liderada por Túpac Amaru planteó un programa de independencia del dominio político español y de ruptura del régimen de opresión de las masas campesinas e indígenas.
Cuatro años antes del alzamiento de Túpac Amaru, en 1776, salía a luz la “Declaración unánime de los trece estados de América” punto de partida de la independencia de EEUU y de una revolución que, para algunos autores, provocó un profundo cambio de conciencia en las clases opuestas al imperio y fue un factor en la agitación social generalizada en los centros de Latinoamérica en esos años.
El alzamiento campesino indígena tuvo su corazón en el Cuzco pero se extendió de Venezuela y Colombia hasta las provincias argentinas del norte y Cuyo. En su alcance y profundidad intervinieron una serie de procesos que tendieron a confluir en las últimas décadas del siglo XVIII. A partir de las “reformas borbónicas”, impulsadas por el atrasado imperio español en su competencia con el occidente europeo, el peso de los impuestos coloniales sobre los grupos locales (criollos en gran medida) se multiplicó y se tornó particularmente crítico en zonas antes florecientes, como los yacimientos mineros en fase de agotamiento en el virreinato del Perú.

El papel clave de la explotación indígena

Hacia 1780, el sistema colonial español se asentaba en la brutal explotación de la masa indígena. Los indígenas de 18 a 50 años estaban obligados a pagar un tributo a la Corona, y debían cumplir con la mita, régimen de trabajo obligatorio en obras de “utilidad pública”, en particular en las minas de Potosí. Las minas y los obrajes, especie de primitivas fábricas textiles, fueron el centro del odio indígena por la feroz explotación de su mano de obra.
En el siglo XVII va a ser introducido el régimen de “repartimiento de efectos”, un intento de imponer por la fuerza la integración de indígenas y mestizos a la economía de mercado y conseguir una mano de obra segura. Para imponerlo se reforzó el papel de los corregidores, cabeza del poder colonial en las provincias. El funcionario imponía a los indios (y a los mestizos) la compra arbitraria y obligatoria de mercancías cuyo uso con frecuencia desconocían, disponía de la fuerza pública para la recaudación de las deudas y era, a la vez, el juez que decidía los pleitos de los nativos con el poder.
Con el reparto forzoso de mercancías se quebraba el régimen de auto subsistencia de los productores, quienes tenían que aceptar los productos que les vendían y entregar fuerza de trabajo para poder pagar las mercancías que se les habían repartido. “El volumen de repartimientos se triplicó entre los años 1754 y 1780, pasando de 1.224.198 pesos a 3.672.324 pesos”2.
Esta inmensa confiscación valorizó como nunca el papel de los corregidores. El valor de estos cargos, que se compraban desde antes de los “repartimientos”, se multiplicó por cuatro entre principios y fines del siglo XVIII. Los grandes comerciantes de Lima, que eran proveedores de las mercancías que se les imponían a los indios, prestaban a los corregidores los fondos necesarios para comprar sus cargos y financiaban sus adquisiciones.
Los españoles impusieron la localización forzada de las comunidades indígenas en pueblos que llamaron “reducciones”. El objetivo era facilitar la explotación y la regimentación social y, a la vez, apropiarse de las dilatadas tierras indios que habían escapado al despojo inicial.
Todo el edificio del régimen colonial se asentó en esta explotación, y todas las clases y sectores sociales –hacendados, comerciantes, curas– disputaban el excedente producido por la gran masa indígena.
Para mantener el sometimiento de esa masa de explotados, los españoles adoptaron la antigua organización incaica en su escalón inferior, preservando el ayllu – una comunidad de familias, de veinte a cuarenta– y su gobierno, a cargo de un cacique (o curaca) que aceptara convertirse en auxiliar de la autoridad hispana, colaborador en el cobro de los tributos y en los “repartos”. Por esta razón, los caciques estaban eximidos del tributo y de la mita, recibían instrucción y se les reconocía el derecho de petición en nombre de su comunidad. Por esa razón, a la vez, existía una diferenciación social entre el indígena y el cacique sólo atenuada por el hecho de que éste, fuera de la comunidad, era un escalón inferior de la sociedad colonial.
El alzamiento acaudillado por Túpac Amaru sumó fuerzas de los artesanos, pequeños comerciantes y arrieros, en gran parte mestizos, que constituían la masa plebeya de las ciudades de entonces (el mestizo, mezcla de indio y blanco, tenía vedado el acceso a la enseñanza, a los empleos públicos, al sacerdocio y al uso de armas) además de las capas indígenas que se encontraban en la periferia de las grandes ciudades.

La rebelión y su programa

El alzamiento indígena y campesino tuvo una larga preparación. Hubo una sucesión creciente de alzamientos que alcanzó su punto más alto con la rebelión de Túpac – once de 1750 a 1759, veinte entre 1760 y 1769 y sesenta y seis de 1770 a 17793. Los movimientos de rebeldía, sobre todo los últimos, estuvieron animados por un planteo de retorno al imperio incaico. Los centros de esta tendencia nacionalista inca fueron las escuelas de caciques de Lima y Cuzco y fue en esta última donde Túpac fue influido vivamente por la obra del inca Garcilaso de la Vega y su interpretación utópica y embellecida del imperio de los incas, en relación con las características feroces de explotación de castas y pueblos que significó el Incario. Este planteo “constituyó el elemento de unidad ideológica entre desiguales aliados de la rebelión: caciques y campesinos”2.
La rebelión indígena tuvo de este modo un planteo programático: el retorno al incanato, que su líder desenvolvió tenazmente. Gabriel Condorcanqui –éste era el nombre original del caudillo rebelde– adoptó el nombre de Túpac Amaru como homenaje al inca que había encabezado, en el siglo XVI, la rebelión contra los españoles en la zona de Vilcambamba. Descendiente de soberanos incas, reclamó el reconocimiento oficial de este título, a sabiendas de su peso en la masa indígena. A fines de 1777 presentó un alegato al virrey, suscripto por un conjunto de caciques, reclamando la derogación de la mita en las provincias a su cargo y en el que se detallaba minuciosamente la explotación y los vejámenes a que era sometida la masa indígena.
El alzamiento fue producto de una vasta tarea conspirativa en un terreno absolutamente fértil a la rebelión, desde el momento que las masas indígenas habían madurado a partir de una constatación inapelable: “Contra todos los reproches que – en el nombre de conceptos liberales, esto es modernos, de libertad y justicia– que se pueden hacer al imperio incaico, está el hecho histórico – positivo, material– de que aseguraba la subsistencia y el crecimiento de una población que, cuando arribaron al Perú los conquistadores, ascendía a diez millones y que, en tres siglos de dominio español, descendió a un millón… el coloniaje, impotente para organizar en el Perú al menos una economía feudal, injertó en éste elementos de economía esclavista”4.

El programa en acción

La rebelión tuvo características profundamente revolucionarias. En la plaza de Tungasuca, poblado cercano al Cuzco, Túpac, junto a Micaela Bastidas, mucho más que una compañera en la vida y en la lucha, ordenó el apresamiento del odiado corregidor de la provincia (Tinta), Antonio Arriaga, le hizo escribir una carta ordenando al cajero colonial la entrega de fondos y de armas y llamó a hacer lo mismo al resto de caciques partícipes de la rebelión. Luego, ordenó su ejecución.
Una semana después, Túpac hizo abrir el siniestro obraje de Pomacanchi, ordenó que se abonara a los operarios lo que se les adeudaba y repartió los bienes restantes entre los indígenas. Lo mismo hizo en otros obrajes. En una carta a un cacique delineó en parte su programa: “Que no haya más corregidores en adelante, como también con totalidad se quiten mitas en Potosí, alcabalas, aduanas y otras muchas introducciones perniciosas”1. Entre éstas, en primer lugar los obrajes, las cárceles para indígenas y el “repartimiento”. En otros documentos se pronuncia en contra de las exacciones destinadas al clero.
En un bando dirigido a la población de Cuzco, en 1780, proclama la libertad de los esclavos: “quedarán libres de la servidumbre y esclavitud”5.
El 17 de noviembre de 1780, trece días después del alzamiento, logró derrotar en Sangarará a un ejército de más de 600 españoles. A esta altura la rebelión se extendía en forma vertiginosa a todo el Alto Perú y a las regiones del norte argentino. A partir de aquí el movimiento adquiere un carácter político: Túpac se proclamó rey de Perú, Chile, Quito y Tucumán, un planteo separatista respecto de la metrópoli española, “razón por la cual no resulta extraño que los ingleses se interesaran por el destino de este movimiento”6. “El separatismo de Túpac Amaru se declara casi abiertamente cuando obtiene éxitos militares. Entonces, en un edicto a ‘sus fieles vasallos de Arequipa’ fechado el 23 de diciembre de 1780, se refiere a las ‘amenazas hechas por el reino de Europa’ y les promete que ‘en breve se verán libres del todo’. Esto lo dice a los arequipeños que a comienzo del año se habían mostrado desafectos a España, en su condición de ‘Inca, descendiente del Rey Natural de este Reino del Perú, principal y único señor de él’”7.
En este programa existe una ausencia: la cuestión de la tierra. Túpac no reclama la devolución de las haciendas agrícolas confiscadas a las masas indígenas durante siglos, un punto clave para solidificar la rebelión e incluso ganar a las capas desposeídas.
La vacilación del líder rebelde se explica por su política de acercamiento a los propietarios criollos. Toda su prédica está dirigida a atacar a los españoles europeos y a los funcionarios coloniales en función de ganarse a los americanos. Por eso plantea, respecto de los criollos: “Ha sido mi ánimo que no se les siga ningún perjuicio, sino que vivamos como hermanos y congregados en un cuerpo, destruyendo a los europeos”2.
Exigir la restitución de las tierras llevaba a un choque con el poderoso sector terrateniente, en gran medida de propietarios criollos. Es la frontera que la dirección de la rebelión no cruza, ni siquiera para plantear la confiscación de los europeos.
“Queda, sin embargo, en la incógnita un problema: el de las haciendas agrícolas. Este problema era muy complicado, porque la capa pudiente de los españoles americanos podía verse afectada por las medidas contra las haciendas de los europeos”1.
Luego de la enorme victoria de Sangarará, Túpac no marcha hacia el Cuzco, como le proponía Micaela Bastidas (una operación militarmente posible) y prefirió regresar a Tangasuca llevándose el armamento conquistado.
Las vacilaciones del líder rebelde fueron una consecuencia de su política, dirigida a ganarse el apoyo de los dirigentes criollos, a los que buscó unirse a través de distintas proclamas, planteando la perspectiva de un frente con criollos y mestizos sobre la base del rechazo a las medidas de la administración colonial, los “repartimientos” y el aumento de las alcabalas.
La gran incógnita de si el movimiento en desarrollo de indígenas y campesinos por un lado, y de criollos por el otro, confluía contra el enemigo común hispano en base a un programa de reorganización social y política, se zanjó provisoriamente. La masa de propietarios y comerciantes que era el núcleo de la clase criolla llegó a protagonizar movimientos de lucha en el marco de la rebelión pero retrocedió sobre sus pasos.

Oruro y…

El 10 de febrero de 1781, en plena rebelión, las masas empobrecidas se levantaron en Oruro, un centro minero en decadencia, contra los españoles, a quienes ejecutaron y confiscaron bienes. Colocaron como Justicia Mayor y gobierno de la ciudad al criollo Jacinto Rodríguez, el más importante propietario minero de de la zona, quien recibió el apoyo de la masa indígena que bajó a la ciudad para apuntalarlo en su lucha contra los españoles. Esa masa planteó sus reclamos: eliminación de los españoles, sustento a cargo de los pudientes y, sobre todo, tierras. Luego de fingir su entrega para desalojar la ciudad, los criollos se aliaron a los españoles para aplastar a los indígenas y lo lograron, luego de un baño de sangre. Desde un primer momento Rodríguez buscó la confirmación de su cargo por parte de las autoridades “legales”, el Cabildo, y luego llamó a devolver lo saqueado a los “chapetones” (españoles).
En muchos casos, un ala de la comunidad criolla prestó oídos al llamado de los jefes indígenas empeñados en conquistarlos para la rebelión. Ocurrió en Nueva Granada, en Quito y en Tupiza, donde un ala de luchadores criollos reivindicó, se sintió parte y hasta fue más lejos que la rebelión indígena campesina. Pero, de conjunto, “los españoles nacidos en América, actuando con mentalidad inconfundible de latifundistas dieron muestras inequívocas de que comprendían con claridad que un movimiento indígena autónomo o dirigido por ellos no podría menos que concluir arrancando por la fuerza la tierra usurpada por los criollos”8.
En este período comenzó a operarse una diferenciación dentro de un movimiento dominado por los intereses de la burguesía comercial y propietaria criolla que tendría su mayor expresión treinta años después.

La derrota de la rebelión

Desde la victoria en Sangarará hasta el inicio del combate por la ocupación del Cuzco (8 de enero 1781) pasaron casi tres meses, decisivos para la contraofensiva. El clero, por lejos la vanguardia militante contra el alzamiento indígena, hizo pública la excomunión de Túpac y convirtió a las iglesias en centros de prédica y organización contra él (a pesar de la política del líder rebelde de no chocar con la Iglesia para ganar al menos su neutralidad). Desde Lima, el virrey envió un ejército de 17.000 hombres, dotados de un poder de fuego inmensamente superior al de la tropa indígena. Luego del alzamiento, la Junta de Guerra del Cuzco, aterrorizada, había resuelto la abolición de los “repartimientos”, el perdón a todas las deudas, la extinción de la aduana y la eliminación del diezmo.
Luego de varios días de batalla, el ejército de Túpac, derrotado, abandonó el Cuzco. El 8 de abril de 1781 sufrió otra derrota decisiva en Tinta y, por la traición de uno de sus allegados, fue detenido con parte de su familia y de sus jefes militares. Llevado al Cuzco, fue sometido a una parodia de juicio, tormentos y una ejecución que ha pasado a la historia por sus características horrendas.
La rebelión siguió en pie durante mucho tiempo, se prolongó en acciones militares importantes (doble sitio a La Paz, toma de Soraya), tomó la forma de guerra de guerrillas y alzamientos desde Panamá al norte de Argentina. Bajo una conducción cuyas cabezas fueron Diego Cristóbal Túpac Amaru –hermano de José Gabriel– sus sobrinos Andrés Mendigure y Miguel Bastidas, la agitación tuvo su epicentro en el Alto Perú. Allí descolló Julián Apaza (Túpac Catari), uno de los más grandes líderes de la rebelión. Fue derrotado en octubre de 1781, cuando las autoridades ofrecían a Diego Cristóbal un falso plan de paz, prometiendo el fin de los “requerimientos” y de los corregidores. Una vez logrado el armisticio y desarmados los indios, los españoles se dedicaron a una caza impiadosa de todos los miembros de las familias de Túpac Amaru, Túpac Catari y demás líderes rebeldes. Los que cayeron fueron ejecutados o enviados a Europa como reos de por vida.

La Independencia y la tierra

La rebelión abrió un nuevo escenario social y político en la colonia. Sacó a luz el conjunto de oposiciones a la Corona, puso a prueba el apoyo del movimiento criollo progresista de los centros urbanos, consumó las primeras derrotas militares de los ejércitos de la corona (a pesar de la inmensa debilidad en organización y armamento), enarboló un programa social y de independencia del dominio político español. La conmoción política producida en el Alto Perú se hizo sentir en las aulas de la Universidad de Chuquisaca, e influyó en la conciencia de los más importantes líderes de la independencia de las provincias del Río de la Plata9.
Pero el grueso de la burguesía criolla le dio la espalda, en la medida en que sus intereses estaban profundamente ligados al régimen de explotación de la masa indígena. Más aún, recién cuando se ha producido el aplastamiento brutal de la rebelión, con más de cien mil indígenas muertos, es cuando la clase de los propietarios y comerciantes criollos se atreve a tomar la iniciativa en el proceso de emancipación americana. Contradictoriamente, la masa campesina e indígena, duramente golpeada, va a entrar en un período de reflujo y desconfianza frente a la elite criolla que llegó a coquetear con ella pero fue parte del bloque que la sometió. Es lo que lleva a decir a Tulio Halperín Donghi que “más que ofrecer un antecedente para las luchas de la independencia, estos alzamientos parecen proporcionar una de las claves para entender la obstinación con que esta área iba a apegarse a la causa del rey”9.
Para la corriente “liberal” la rebelión de Túpac Amaru tuvo el carácter de un levantamiento “étnico” desgajado del proceso de emancipación. El PC, en su momento, caracterizó por boca de uno de sus teóricos, que los alzamientos “no fueron progresistas, sino retrógrados”10.
Aunque el proceso político y social no quedó congelado en el punto de la derrota de la rebelión indígena y campesina, y se abrió un inmenso proceso de lucha y diferenciación política que volvería a poner al rojo vivo el contenido social de la gesta emancipadora, en relación con el problema agrario y los límites de la burguesía naciente frente a las tareas de la revolución democrática, la derrota de la gesta de Túpac Amaru trazó un límite al desarrollo posterior. Frustró la lucha contra el latifundio y tendió a borrar el reclamo vital de la tierra del programa de los insurrectos por la independencia. Como plantea, una vez más, Mariátegui: “Para que la revolución demo liberal haya tenido estos efectos, dos premisas han sido necesarias: la existencia de una burguesía consciente de los fines y los intereses de su acción y la existencia de un estado de ánimo revolucionario en la clase campesina y, sobre todo, su reivindicación del derecho a la tierra en términos incompatibles con el poder de la aristocracia terrateniente. En el Perú, menos todavía que en otros países de América, la revolución de la independencia no respondía a estas premisas…” (4, ídem anterior).

Notas
1. Lewin, Boleslao: La rebelión de Túpac Amaru, Hachette, 1957.
2. Golte, Jurgen: Repartos y rebeliones, Instituto de Estudios Peruanos, 1980.
3. O. Phelan, Scarlet: Túpac Amaru y las sublevaciones del siglo XVIII, Lima, 1976.
4. Mariátegui, José Carlos: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Amauta, 1976.
5. De Angelis, Pedro: Obras y documentos para la historia de las provincias del Río de la Plata, Buenos Aires, 1836, reproducido en La rebelión… de Boleslao Lewin.
6. Vitale, Luis: Historia General de América Latina, Santiago de Chile, 2001.
7. Lora, Guillermo: El movimiento campesino del siglo XVIII, America India no. 1, enero 1972.
8. Moreno, Mariano: Plan revolucionario y otros escritos, en particular: “Sobre el servicio personal de los indios en general”, Biblioteca Bicentenario, Emece, 2009.
9. Halperín Donghi, Tulio: Historia Contemporánea de América Latina, varias ediciones.
10. Puiggrós, Rodolfo: De la Colonia a la Revolución, Ediciones Cepe, 1940.
Christian Rath


Fuente: Revista En Defenza del Marxismo Nº 37.