La television de hoy; según Pierre Bourdieu. 2° PARTE

2. LA ESTRUCTURA INVISIBLE Y SUS EFECTOS


Para ir más allá de una descripción, por minuciosa que sea, de lo que pasa en un estudio de televisión y tratar de explicar los mecanismos de sus prácticas, hay que hacer intervenir una noción, un poco técnica pero que estoy obligado a invocarla, que es la de campo periodístico. El mundo del periodismo es un microcosmos que tiene sus leyes propias y que se define por su posición en el mundo global, por sus atracciones y sus rechazos respecto de otros microcosmos. Decir que es autónomo, que tiene su propia ley, es decir que lo que pasa allí no puede ser comprendido de una manera directa a partir de factores exteriores. Se presupone aquí la objeción de explicar por los factores económicos todo lo que pasa en el periodismo. Por ejemplo, no se puede justificar lo que se hace en TF1 por el sólo hecho que este canal pertenece al señor Bouygues. Es evidente que una explicación que no tomara en cuenta este hecho sería insuficiente pero otra que tomara sólo este dato no lo sería menos. Y esta última sería quizás más inaceptable porque tendría el aspecto de serlo. Hay una forma de materialismo primitivo, asociado a la tradición marxista, que no explica nada, que denuncia sin aclarar nada.


Partes del mercado y de la competencia


Para comprender lo que ocurre en el canal TF1, hay que considerar todo lo que TF1 debe al hecho de estar situado en un universo de relaciones objetivas entre los diferentes canales de televisión. Éstos están en una competencia que se define en su forma, de manera invisible, por relaciones de fuerza no percibidas que pueden ser capturadas a través de indicadores tales como las partes del mercado, el peso de los anunciantes, el capital colectivo de los periodistas prestigiosos, etc. Dicho de otro modo, hay entre estos canales, no sólo interacciones -gente que se habla y que no se habla, que se influye, que se lee, todo lo que conté hasta aquí- sino que también hay relaciones de fuerza completamente invisibles que hacen que, para comprender lo que pasa en el canal TF1 o en el Arte, haya que tomar en cuenta el conjunto de las relaciones de fuerza que constituyen la estructura objetiva del campo. En el de las empresas económicas, por ejemplo, una empresa muy poderosa tiene el poder de deformar el espacio económico casi en su totalidad; puede, al bajar los precios, impedir que se incorpore otra a la competencia, puede instaurar una suerte de barrera a la entrada de nuevas empresas. Estos efectos no son necesariamente producto de las voluntades. TF1 cambió el paisaje audiovisual por el simple hecho de que acumuló un conjunto de poderes específicos que se ejercen sobre este universo y que se retraducen efectivamente por las partes del mercado. Esta estructura no es percibida por los telespectadores, ni por los periodistas; ellos sólo perciben los efectos pero no ven hasta qué punto la importancia relativa de la institución en la que se encuentran pesa sobre ellos, así como su lugar y la injerencia que cada uno tiene en ella. Para tratar de comprender lo que puede hacer un periodista, hay que tener en cuenta una serie de parámetros: por una parte, la posición del órgano de prensa en el que se encuentra, TF1 o Le Monde, en el campo periodístico; en segundo lugar, su posición específica dentro de ese espacio.

Un campo es un ámbito social estructurado, un campo de fuerzas -hay dominantes y dominados, hay relaciones constantes, permanentes, de desigualdad que se ejercen en su interior- y es también un espacio de luchas para transformar o conservar este campo de fuerzas. Cada uno en el interior de este universo, compromete en su competencia con los otros la fuerza (relativa) que detenta y define su posición en el campo y, en consecuencia, sus estrategias. La competencia económica entre los canales o los diarios por los lectores y el público o, como se dice, las partes del mercado, se alcanza concretamente bajo la forma de una competencia entre los periodistas, que tiene sus propias reglas específicas, el scoop (la primicia), la información exclusiva, la reputación en un asunto determinado, etc. Y que no se ve ni se piensa como una lucha puramente económica en función de las ganancias, están sometidas también a la posición del órgano de prensa considerado en las relaciones de fuerza económicas y simbólicas. Hay actualmente relaciones objetivas invisibles entre personas que no pueden jamás reencontrarse, entre Le Monde Diplomatique, para tomar un extremo, y TF1, pero que son llevadas a tomar en cuenta en lo que hacen, consciente o inconscientemente, las limitaciones y los efectos que se ejercen sobre ellos por pertenecer a un mismo universo. Dicho de otro modo, si quiero saber hoy lo que va a decir o escribir tal periodista, lo que encontrará evidente o impensable, natural o indigno de él, tengo que saber la posición que ocupa en este espacio, es decir, el poder específico que detenta su órgano de prensa y que mide, entre otros indicios, el peso económico en las partes del mercado, pero también el peso simbólico, más difícil de determinar. (En realidad, para ser completo, se debería tomar en cuenta la posición del campo mediático nacional en el campo mundial y, por ejemplo, la dominación económico-técnica y, sobre todo, simbólica de la televisión americana que es un modelo y una fuente de ideas, de fórmulas y procedimientos para muchos periodistas).

Para comprender mejor esta estructura en su forma actual, es bueno recorrer la historia del proceso que lo constituyó. En los años 50, la televisión estaba apenas presente en el campo periodístico; cuando se hablaba de periodismo apenas se pensaba en ella. La gente de la televisión estaba doblemente dominada: por una parte se sospechaba que estaban subordinados al poder político y por lo tanto dominados desde el punto de vista cultural, simbólico y del prestigio; y, por otra parte, lo estaban también desde la faz económica ya que eran dependientes de los subsidios del Estado y por ello mucho menos eficientes, poderosos. Con los años (el proceso debería describirse en detalle) la relación se dio vuelta completamente y la televisión tiende a convertirse en dominante económica y simbólicamente en el campo periodístico. Esto se muestra notablemente en la crisis de los periódicos: hay diarios que desaparecen, otros a los que se los obliga a plantearse permanentemente la cuestión de la sobrevivencia, de la conquista o reconquista de su público; los más amenazados son, al menos en Francia, los que ofrecen información general y deporte. No tienen mucho para oponer a la televisión cada vez más orientada hacia estos objetos porque escapa a la dominación del periodismo serio (que pone o ponía, en primer plano, en primera página, las noticias referidas a la realidad internacional, la política, incluso el análisis político, reduciendo la información general y los deportes a una ubicación relativa).

Lo que hago es una descripción grosera; debería entrar en los detalles, hacer (desgraciadamente no existe) una historia social de la evolución de las relaciones entre los diferentes órganos de prensa (y no de un solo órgano de prensa). Es en el nivel de la historia estructural del conjunto del universo donde las cosas más importantes aparecen. Lo que cuenta en un campo son los pesos relativos: un periódico puede permanecer absolutamente idéntico, no perder un lector, no cambiar en nada y es, sin embargo, profundamente transformado porque su peso y su posición relativa se encuentran en un espacio ya transformado. Por ejemplo, un diario deja de ser dominante cuando su poder de influir en el espacio cincundante disminuye y no hace más la ley. Se puede decir que en el universo del periodismo escrito, Le Monde hacía la ley. Había ya un campo, con la oposición -que hacen todos los historiadores del periodismo- entre los diarios que dan news, noticias, hechos generales, y los diarios que dan views, puntos de vista, análisis, etc; entre los diarios de gran tiraje, como France-Soir, y los de tiraje proporcionalmente más restringido pero dotados de una autoridad semioficial. Le Monde estaba bien ubicado en las dos relaciones: era suficientemente importante por su tiraje para ser un poder desde el punto de vista de los anunciantes y estaba bastante dotado de capital simbólico para ser una autoridad. Acumulaba los dos factores de poder en este campo.

Los diarios de reflexión aparecieron a finales del siglo XIX, como reacción contra los diarios de gran tiraje, para gran público, sensacionalistas, que suscitaron siempre el temor o el disgusto de los lectores cultivados. La emergencia de este medio de masas por excelencia que es la televisión no es un fenómeno sin precedente, sólo lo es por su amplitud. Abro aquí un paréntesis: uno de los grandes problemas de los sociólogos es evitar la caída en una de las dos ilusiones simétricas, la del “jamás visto” (hay sociólogos que adoran esto, es muy elegante, sobre todo en la televisión, anunciar fenómenos inauditos, revoluciones) y aquélla del “siempre así” (que es a menudo el tema de los conservadores: “nada nuevo bajo el sol, habrá siempre dominantes y dominados, ricos y pobres...”). El riesgo es siempre muy grande, tanto que la comparación entre épocas es extremadamente difícil: no se puede comparar más que de una estructura a otra, y siempre se corre el riesgo de equivocarse y describir como algo inaudito cualquier cosa banal simplemente por falta de cultura. Es una de las razones por las cuales los periodistas son a veces peligrosos: no siendo muy cultivados, se asombran de cosas no muy asombrosas y no se sorprenden de cosas relevantes... La historia es indispensable para nosotros, sociólogos; desgraciadamente en muchos dominios, sobre todo en relación con la historia de la época reciente, los trabajos son aún insuficientes, en especial cuando se trata de fenómenos nuevos como el periodismo.


Una fuerza de banalización


Para volver a los efectos provocados por la emergencia de la televisión, es cierto que la oposición existió, pero nunca con esta intensidad (adopto una postura intermedia entre “nunca visto” y “siempre así”). Por su poder de difusión, la televisión plantea al universo del periodismo escrito y al universo cultural en general un problema absolutamente terrible. A su lado, la prensa de masas que alarmaba tanto (Raymond Williams avanzó en la hipótesis de que toda la revolución romántica en poesía fue provocada por el horror que inspiró a los escritores ingleses la aparición de la prensa de masas) parece poca cosa. Por su amplitud, su peso absolutamente extraordinario, la televisión produce efectos que, aunque no sean sin precedentes, son completamente inéditos.

Por ejemplo, la televisión puede juntar en una noche, en el noticioso de las veinte, más gente que todos los diarios franceses de la mañana y la tarde juntos. Si la información alimentada por tal medio deviene una información omnibus sin asperezas, homogeneizada, se notan los efectos políticos y culturales que puede ocasionar. Es una ley bien conocida: cuanto más un órgano de prensa o un medio de expresión cualquiera alcanza un público extenso, más debe perder en matices, todo lo que puede dividir, excluir –piensen en Paris-Match-, debe intentar no “chocar con nadie”, como se dice, no levantar problemas o solamente conflictos sin historia. En la vida cotidiana, se habla mucho de la lluvia y del buen tiempo, porque es el tema sobre el cual se está seguro de no equivocarse –salvo si se discute con un campesino que tiene necesidad de lluvia cuando se está de vacaciones- es un tema soft por excelencia. Cuanto más extiende un diario su difusión, más atiende a temas omnibus que no identifican problemas. Se construye el objeto conforme a las condiciones de recepción del público.

Es esto lo que hace que todo el trabajo colectivo que tiende a homogeneizar, a banalizar, a “conformar” y a “despolitizar”, convenga perfectamente, aunque nadie, en verdad, sea el responsable, que lo haya pensado y querido como tal. Es algo que se observa a menudo en el universo social: se ven venir las cosas que nadie quiere y que pueden parecer queridas (“está hecho para”). Es allí donde la crítica simplista se vuelve peligrosa: evita todo el trabajo que hay que hacer para comprender problemas como el hecho de que, sin que nadie lo haya querido verdaderamente, sin la intervención de los que lo financian, se tiene este producto absolutamente extraño que es, por ejemplo, el “noticioso televisivo”, que conviene a todo el mundo, que confirma cosas ya conocidas y, sobre todo que deja intactas las estructuras mentales. Hay revoluciones que tocan las bases materiales de una sociedad, aquéllas que ordinariamente son evocadas –se nacionalizan los bienes del clero, etc.- y revoluciones simbólicas, aquéllas que operan los artistas, los sabios o los grandes profetas religiosos o, a veces, más raramente, los grandes profetas políticos, que tocan las estructuras mentales, es decir, que cambian nuestras maneras de ver y de pensar. Es el caso, en el ámbito de la pintura, de Manet que alteró una antítesis fundamental, una estructura académica, la oposición entre lo contemporáneo y lo antiguo. Si un instrumento tan poderoso como la televisión se orientara aunque sea un poco hacia una revolución simbólica de este tipo, les aseguro que se apresurarían a detenerla... Ahora bien, sucede que sin que nadie le haya pedido, por la sola lógica de la competencia y de los mecanismos que evoco, la televisión no hace nada de eso. Está perfectamente ajustada a las estructuras mentales del público. Podría evocar su moralismo, el costado telethon que habría que analizar en esta lógica. “Con buenos sentimientos, decía Gide, se hace mala literatura”, pero con buenos sentimientos se hace un buen rating. Habría que reflexionar acerca del moralismo de la gente de la televisión: a menudo cínicos, tienen propósitos de un conformismo moral absolutamente prodigioso. Los presentadores de los noticiosos, los animadores de los debates, los comentadores deportivos se han convertido en pequeños directores de conciencia. Son, con poco esfuerzo, los portavoces de una moral típicamente pequeño burguesa, que dicen “lo que hay que pensar” acerca de los que llaman “los problemas de la sociedad”, las agresiones en las barriadas pobres o la violencia en la escuela. Lo mismo sucede en el dominio del arte y la literatura: las emisiones llamadas “literarias”, las más conocidas sirven – y de manera cada vez más servil- a los valores establecidos, al conformismo y al academicismo o a los valores del mercado.

Los periodistas –habría que decir el campo periodístico- deben su importancia en el mundo social a que detentan un monopolio de hecho sobre los instrumentos de producción y de difusión en gran escala de la información y, a través de estos instrumentos, sobre el acceso de los simples ciudadanos pero también de otros productores culturales, sabios, artistas, escritores, a lo que llamo a veces “el espacio público”, es decir, la gran difusión. (A este monopolio que se enfrenta uno cuando, en tanto que individuo o miembro de una asociación, de un grupo cualquiera, se quiere difundir ampliamente una información.) Aunque ocupen una posición inferior, subordinada, en los campos de la producción cultural, ejercen una forma extraña de dominación: tienen el poder sobre los medios de expresarse públicamente, de ser conocidos, de acceder a la notoriedad pública (lo que, para los hombres políticos y para ciertos intelectuales, es un factor capital). Lo que les vale estar rodeados (al menos a los más poderosos de entre ellos) de una consideración a menudo desproporcionada en relación con sus méritos intelectuales... Y pueden desviar una parte de este poder de consagración en beneficio propio (el hecho de que los periodistas estén, incluso los más reconocidos, en posición de inferioridad estructural respecto de otras categorías, como la de los intelectuales –entre los cuales ansían ubicarse – y de los hombres políticos, contribuye sin duda a explicar su tendencia constante al antiintelectualismo).

Pero sobre todo, pueden acceder en forma permanente a la visibilidad pública, a la expresión en gran escala, absolutamente impensable -al menos hasta la aparición de la televisión- para un productor cultural, incluso muy célebre; pueden imponer al conjunto de la sociedad su visión del mundo, su problemática, sus puntos de vista. Se objetará que el universo periodístico está dividido, diferenciado, diversificado y, en consecuencia, es apto para representar todas las opiniones, todos los puntos de vista o para ofrecer la ocasión de expresarlas (y es cierto que, para atravesar la pantalla periodística, se puede jugar, hasta un cierto punto, a condición de tener un mínimo de peso simbólico, con la competencia entre los periodistas y los diarios). Pero el campo periodístico, como los otros, descansa sobre un conjunto de presupuestos y de creencias compartidos (más allá de las diferencias de posición y de opinión). Estos presupuestos, que están inscriptos en un cierto sistema de categorías de pensamiento, en relación con el lenguaje (con todo lo que implica, por ejemplo, una noción como “da bien en la televisión”), están en el principio de la selección que los periodistas hacen de la realidad social, y también en el conjunto de las producciones simbólicas. No hay discurso (análisis científico, manifiesto político, etc.) ni acción (manifestación, huelga, etc.) que, para acceder al debate público, no deba someterse a la prueba de la selección, es decir, a esta formidable censura que los periodistas ejercen, incluso sin saberlo, reteniendo sólo lo que está en condiciones de interesarles, de “llamar la atención”, esto es, de entrar en sus categorías, en su grilla, y arrojando a la insignificancia o a la indiferencia expresiones simbólicas que merecerían llegar al conjunto de los ciudadanos.

Otra consecuencia, más difícil de aprehender, del crecimiento de influencia relativa de la televisión en el espacio de los medios de difusión y del peso de la restricción comercial que sufre, es el pasaje desde una política de acción cultural televisiva a una suerte de demagogia “espontaneísta” (que también funciona en los periódicos llamados “serios”; éstos hacen un lugar cada vez más amplio a esta suerte de correo de lectores que son las tribunas libres, las opiniones). La televisión de los años 50 se consideraba cultural y se servía en buena medida de su monopolio para imponer a todos productos con pretensión de serlo (documentales, adaptaciones de obras clásicas, debates culturales, etc.) y para formar los gustos del gran público; la televisión de los años 90 llega a explotar y halagar sus gustos para llegar a la audiencia más amplia ofreciendo a los telespectadores productos toscos, cuyo paradigma es el talk-show, relatos de vida, exhibiciones sin tapujos de experiencias vividas, a menudo extremas y destinadas a satisfacer una forma de voyeurismo y de exhibicionismo (como, por otra parte, los juegos televisados en los que se ansía participar, incluso como simple espectador para acceder a un instante de exposición). Dicho esto, no comparto la nostalgia de algunos por la televisión pedagógico-paternalista del pasado y pienso que ella no se opone menos que el espontaneísmo populista y la sumisión demagógica a los gustos populares, a un uso realmente democrático de los medios de difusión en gran escala.


Luchas reguladas por el rating


Es preciso ir más allá de las apariencias, de lo que se ve en los estudios de televisión y aun de la competencia que se ejerce en el interior del campo periodístico para llegar a la relación de fuerza que se da entre los diferentes órganos en la medida en que ésta preside incluso la forma que adoptan las interacciones. Para comprender por qué hoy se da tal o cual debate regular entre tal o cual periodista, hay que pensar en la posición de los órganos de prensa que estas personas representan en el espacio periodístico y el lugar de cada uno de ellos en estos órganos. Incluso, para comprender lo que puede escribir un editorialista de Monde y lo que no puede, hay que tener siempre en mente estos dos factores. Estas restricciones de posición serán vividas como prohibiciones o mandatos éticos: “es incompatible con la tradición de Monde” o “es contrario al espíritu de Monde”, “aquí no se puede hacer esto”, etc. Todas estas expresiones que son anunciadas bajo la forma de preceptos éticos son la retraducción de la estructura del campo a través de una persona que ocupa una cierta posición en este espacio.

En un campo, los diferentes protagonistas tienen a menudo representaciones polémicas de los otros agentes con los cuales están en competencia: producen, con propósitos propios, estereotipos, agresiones verbales (en el espacio deportivo, cada uno de los deportes produce imágenes estereotipadas de los otros deportes, los jugadores de rugby hablan mal de los futbolistas, etc.). Estas representaciones son a menudo estrategias de combate que toman la forma de relaciones de fuerza y llevan a transformarla o a conservarla. Actualmente, en los periodistas de la prensa escrita, y en particular en aquéllos que ocupan un lugar determinado, que están en diarios pequeños y en posiciones débiles, se desarrolla un discurso muy crítico acerca de la televisión.

En realidad, estas representaciones expresan esencialmente la postura de quien las dice bajo formas más o menos ostensibles. Pero al mismo tiempo, son estrategias que transforman cada posición. Hoy, en el medio periodístico, la lucha alrededor de la televisión es central; lo que hace que sea muy difícil estudiar este objeto. Una parte del discurso especializado acerca de la televisión no es más que el registro de lo que la gente del medio dice sobre el mismo (los periodistas dirán de un modo más complaciente que un sociólogo que es correcto, que ese discurso está más próximo a lo que ellos piensan. Por lo que no se puede esperar –y, por otra parte, está bien que ello sea sí- ser popular frente a la gente de la televisión cuando se trata de decir la verdad sobre ella). Dicho esto, tenemos indicios del progresivo retraimiento de la prensa escrita respecto de la televisión: el hecho de que se la ubique como su suplemento aumenta en todos los diarios, el hecho de que los periodistas pacten un salario más alto al ser contratados en la televisión (y también, ser vistos en ella contribuye a ubicarlos mejor en sus diarios: un periodista que quiere tener peso debe tener un programa; ocurre incluso que los periodistas de la televisión obtienen posiciones muy importantes en los diarios, poniendo así en dudas la especificidad misma de la escritura, del trabajo: si una presentadora de televisión puede convertirse de la noche a la mañana en directora de un diario, uno está obligado a preguntarse en qué consiste específicamente la labor periodística); el hecho también de que lo que los americanos llaman agenda (eso de lo que hay que hablar, el tema de los editoriales, los problemas importantes) es cada vez más definido por la televisión (en la circulación circular de la información que describí, la injerencia de la televisión es determinante y sucede que un tema – un asunto, un debate- lanzado por periodistas de la prensa escrita se convierte en determinante, central, cuando es retomado, orquestado, por la televisión e investido de eficacia política). La posición de los periodistas de la prensa escrita se encuentra amenazada y, al mismo tiempo, la especificidad de la profesión está en duda. Todo lo que digo debería precisarse y verificarse: es a la vez un balance fundado en un cierto número de investigaciones y, a la vez, un programa. Son cosas muy complicadas en las que no se puede profundizar el conocimiento más que a partir de un trabajo empírico muy importante (lo que no les impide a algunos representantes autodesignados de una ciencia que no existe, la “mediología”, proponer, antes aun de toda investigación, sus conclusiones perentorias acerca del estado del mundo mediático).

Pero lo más importante es que -a través del crecimiento del peso simbólico de la televisión y, entre las competidoras, de aquéllas que se sacrifican con el máximo de cinismo y de exitismo a la búsqueda de lo sensacional, lo espectacular, lo extraordinario- una cierta visión de la información, hasta allí relegada a los diarios sensacionalistas, dedicados a los deportes y a las noticias generales, tiende a imponerse en el conjunto del campo periodístico. Y , al mismo tiempo, una cierta categoría de periodistas, reclutados al por mayor por su disposición a plegarse sin escrúpulos a las demandas del público menos exigente, por lo tanto los más cínicos, los más indiferentes a toda forma de deontología y, a fortiori, a toda interrogación política, que tiende a imponer sus “valores”, sus preferencias, sus maneras de ser y de hablar, su “ideal humano”, al conjunto de los periodistas. Empujados por la competencia entre las partes del mercado recurren cada vez más a las viejas tretas de los diarios sensacionalistas, dando el primer sitio a las noticias generales y deportivas: es cada vez más frecuente que aunque haya sucedido cualquier cosa en el mundo, la apertura del noticioso tenga en cuenta los resultados del campeonato de fútbol de Francia o algún suceso deportivo, programado para irrumpir en el noticioso de las ocho de la noche, o un aspecto más anecdótico y más ritualizado de la vida política (visita de jefes de Estado extranjeros, etc.) sin hablar de las catástrofes naturales, accidentes, incendios; en resumen, todo lo que puede suscitar un interés de simple curiosidad y que no requiere ninguna competencia específica previa, sobre todo política. La información general, ya lo dije, tiene como efecto construir el vacío político, despolitizar y reducir la vida del mundo a la anécdota o el chisme (que puede ser nacional o planetario, con la vida de las estrellas o las familias reales), fijando y reteniendo la atención sobre los sucesos sin consecuencias políticas, a los que se dramatiza para “extraer conclusiones” o para transformarlos en “problemas de la sociedad”: es entoneces cuando los filósofos de televisión son llamados para socorrer, para dar sentido a lo insignificante, a lo anecdótico y accidental, que se llevó artificialmente a la escena y constituyó un hecho (la vuelta de un alumno perdido a la escuela, la agresión a un profesor o todo otro “hecho social” bien realizado para suscitar las indignaciones patéticas a la Finkielkraut o las consideraciones moralizantes a la Comte-Sponville). Y en la misma búsqueda de lo sensacional y, por lo tanto, del éxito comercial, puede también llevar a seleccionar noticias generales que, abandonadas a las construcciones salvajes de la demagogia (espontánea o calculada), pueden suscitar un inmenso interés seduciendo las pulsiones o las emociones más elementales (con temas como el rapto de niños y escándalos destinados a provocar la indignación popular), incluso formas de movilización puramente sentimentales y caritativas o también pasionales, pero agresivas y próximas al linchamiento simbólico, con los asesinatos infantiles o incidentes con grupos estigmatizados.

Se sigue que hoy los periodistas de prensa escrita están ante una elección: ¿hay que seguir el modelo dominante, es decir, hacer diarios televisivos o diseñar una estrategia de diferenciación del producto? ¿Hay que entrar en la competencia, aun a riesgo de perder el público asociado a la definición estricta de mensaje cultural, o acentuar la diferencia? El problema se plantea también en el interior del campo televisivo mismo que está englobado en el periodístico. En el estado actual de mis observaciones, pienso que inconscientemente, los responsables, víctimas de la “mentalidad rating”, no eligen verdaderamente. (Se observa muy regularmente que las grandes elecciones sociales son hechas por nadie. Si el sociólogo molesta un poco es porque obliga a volver a cosas que se prefiere dejar inconscientes.) Pienso que la tendencia general lleva a los órganos de producción cultural antiguos a perder su especificidad para ir a un terreno en el que son derrotados de todas maneras. Así el canal cultural -Siete transformado en Arte- pasó rápidamente de una política de esoterismo intransigente, incluso agresivo, a una adecuación más o menos vergonzante a las exigencias del rating que conduce a acumular compromisos con la frivolidad en prime time y con el esoterismo en las horas avanzadas de la noche. Le Monde está ante una elección del mismo tipo. No voy a entrar en el detalle del análisis; ya dije demasiado para mostrar cómo se puede pasar del análisis de las estructuras invisibles –que son, en cierta medida, como la fuerza de gravitación, las cosas que nadie ve pero que hay que suponer para comprender lo que pasa - a las experiencias individuales, cómo relaciones de fuerza invisibles van a retraducirse en conflictos personales, elecciones existenciales.

El campo del periodismo tiene una particularidad: es mucho más dependiente de las fuerzas externas que todos los otros campos de la producción cultural, las matemáticas, la literatura, el campo jurídico, el científico, etc. Depende muy directamente de la demanda, está sometido a la sanción del mercado, del plesbiscito, quizás mucho más que el campo político. La alternativa de lo “puro” o de lo “comercial” que se observa en todos los campos (por ejemplo para el teatro, es la oposición entre teatro de vanguardia y de revistas, oposición equivalente a la que se da entre TF1 y Le Monde, con las mismas oposiciones entre un público más cultivado de un lado, menos cultivado del otro, que cuenta más estudiantes de un lado, más comerciantes del otro, etc.) se impone allí con una brutalidad particular y el peso del polo comercial es particularmente fuerte: sin precedente en intensidad, es también sin igual si se lo compara sincrónicamente, en el presente, a lo que ocurre en otros campos. Pero además, no se encuentra, en el universo periodístico, el equivalente de lo que se observa en el científico, por ejemplo: esta suerte de justicia inmanente que hace que aquél que transgrede ciertas prohibiciones se inmola o, por el contrario, que aquél que se conforma con las reglas del juego atrae la estima de sus pares (manifestadas por ejemplo bajo la forma de referencias o citas). En el periodismo, ¿dónde están las sanciones, positivas o negativas? El único embrión de crítica está en las emisiones satíricas, como los Guignols. En cuanto a las recompensas, no hay más que las “citas” (el hecho de ser citado, retomado por otros periodistas), pero es un índice raro, poco visible y ambiguo.


La influencia de la televisión


El mundo del periodismo es un campo pero que está bajo la restricción del económico por la intermediación del rating. En este espacio muy heterónomo, muy fuertemente sometido a las restricciones comerciales, ejerce él mismo una limitación sobre todos los otros, en tanto que estructura. Este efecto estructural, objetivo, anónimo, invisible, no coincide con lo que se ve directamente, con lo que se denuncia ordinariamente, es decir la intervención de tal o de cual... No se puede, uno no se debe contentar con denunciar a los responsables. Por ejemplo, Karl Kraus, el gran satirista vienés, atacaba muy violentamente al equivalente de lo que sería hoy el director de Le Nouvel Observateur, pasaba su tiempo denunciando su conformismo destructor de la cultura, su complacencia con los escritores menores o abominables, el descrédito que arrojaba sobre las ideas pacifistas profesándolas hipócritamente...Igualmente, de manera muy general, las críticas se refieren a personas. Pero, cuando se hace sociología, se aprende que si bien los hombres o las mujeres tienen su responsabilidad, ellos que son definidos ampliamente en sus posibilidades y sus imposibilidades por la estructura en la que están ubicados y por la posición que ocupan en ella. En consecuencia, uno no se puede quedar satisfecho con la polémica contra tal periodista, tal filósofo o tal filósofo-periodista... Cada uno tiene sus cabezas de turco. Yo mismo a veces me sacrifico allí: Bernard-Henri Lévy se convirtió en una suerte de símbolo del escritor-periodista o del filósofo-periodista. Pero no es digno de un sociólogo hablar de Bernard-Henri Lévy... Hay que ver que no es más que una especie de epifenómeno de una estructura, que es, a la manera de un electrón, la expresión de un campo. No se comprende nada si no se comprende el campo que lo produce y que le da su pequeña fuerza.

Lo anterior es importante para desdramatizar el análisis y también para orientar racionalmente la acción. Tengo la convicción, en efecto, (y el hecho de que lo presente en un canal de televisión lo testimonia) de que análisis como éstos pueden quizás contribuir, por una parte, a cambiar las cosas. Auguste Comte decía: “Ciencia de donde surge la previsión, previsión de donde surge la acción”. La ciencia social tiene derecho a esta ambición como el resto de las ciencias sociales. Cuando describe un espacio como el del periodismo, investigando el origen de las pulsiones, los sentimientos, las pasiones -pasiones y pulsiones que se subliman por el trabajo de análisis- el sociólogo tiene una cierta esperanza de eficacia. Por ejemplo, elevando a la conciencia ciertos mecanismos, puede contribuir a dar un poco de libertad a las personas que son manipuladas por ellos, sean periodistas o telespectadores. Pienso - es un paréntesis- que los periodistas que pueden sentirse objetivados, como se dice, si escuchan bien lo que digo, se preguntarán - por lo menos eso espero- si explicitando cosas que saben confusamente pero que no quieren conocer mucho, les doy instrumentos de libertad para manejar los mecanismos que evoco. De hecho, en el interior del periodismo, se puede pensar en alianzas extraperiódicos que permitirían neutralizar ciertos efectos que nacen de la competencia. Si una parte de los efectos maléficos proviene de los estructurales que orienta la competencia; ella misma provoca la urgencia. Ella misma produce la persecución de la primicia, ella hace que se pueda lanzar una información extremadamente peligrosa simplemente para derrotar a un competidor cuando nadie se percate de ello. El hecho de volver estos mecanismos conscientes y explícitos puede llevar a una concertación, en vistas a neutralizar la competencia (por ejemplo, en situaciones extremas, como los secuestros de niños, podemos imaginar - soñar- que los periodistas se pongan de acuerdo para no invitar -con fines de rating- a líderes políticos conocidos por -y para- sus propósitos xenófobos y comprometerse a no reproducir este propósito- lo que sería infinitamente más eficaz que todas las pretendidas “refutaciones”). Me dejo llevar verdaderamente por el utopismo y soy consciente de ello. Pero a aquéllos que oponen siempre al sociólogo su determinismo y su pesimismo, objetaría sólo que si los mecanismos estructurales que engendran las faltas a la moral fueran conscientes, una acción consciente que lleve a controlarlos se tornaría posible. En este universo que se caracteriza por un alto grado de cinismo, se habla mucho de moral. En tanto que sociólogo, sé que la moral no es eficaz salvo si se apoya en mecanismos que inducen a la gente a interesarse en la moral. Y para que algo como una inquietud moral aparezca, sería preciso que encuentre soportes y refuerzos, recompensas. Estas recompensas, podrían venir también del público -si estuviera más despierto y más consciente de las manipulaciones que sufre-.

Pienso pues que actualmente todos los campos de la producción cultural están sometidos a la restricción estructural del campo periodístico, y no de tal o cual periodista, de tal o cual director de canal. Y esta restricción ejerce efectos sistemáticos equivalentes en todos los campos. El periodismo trata, en tanto que campo, acerca de otros campos. Dicho de otro modo, un campo en sí mismo crecientemente dominado por la lógica comercial impone cada vez más sus restricciones a los otros universos. A través de la presión de la audiencia, el peso de la economía se ejerce sobre la televisión y, por la influencia de la televisión sobre el periodismo, gravita sobre los otros diarios; incluso sobre los más “puros” y sobre los periodistas que, poco a poco, se dejan imponer los problemas de la televisión. De la misma manera, a través del peso del conjunto del espacio periodístico, pesa sobre todos los campos de producción cultural.

En un número de Actes de la recherche en sciences sociales que dedicamos al periodismo, hay un muy buen trabajo de Remi Lenoir que muestra cómo, en el universo judicial, un cierto número de magistrados justicieros -que no son los más respetables desde el punto de vista de las normas internas del campo jurídico- pudieron servirse de la televisión para cambiar la relación de fuerzas en el interior de su campo y provocar cortocircuitos en las jerarquías internas. Lo que puede estar bien en algunos casos pero que puede también poner en peligro un estado, difícilmente adquirido, de la racionalidad colectiva; o, más precisamente, poner en cuestión las adquisiciones aseguradas y garantizadas por la autonomía del universo jurídico capaz de oponer su lógica propia a las intuiciones del sentido común jurídico, a menudo víctimas de las apariencias o de las pasiones. Se cree que la presión de los periodistas, que expresan sus visiones o sus propios valores, o que pretenden, de buena fe, convertirse en portavoces de la “emoción popular” o de la “opinión pública”, orienta a veces de manera muy fuerte la opinión de los jueces. Y algunos han hablado de una auténtica transferencia de poder de juzgamiento. Se podría así encontrar el equivalente hasta en el universo científico donde, como se ve en los “affaires” analizados por Patrick Champagne, llega a que la lógica de la demagogia – la del rating- sustituye la de la crítica interna.

Todo esto parece muy abstracto; voy a volver a decirlo más simplemente. En cada uno de los campos, el universitario, el de los historiadores, etc., hay dominantes y dominados según los valores internos de cada campo. Un “buen historiador” es alguien a quien los buenos historiados llaman un buen historiador. Es necesariamente circular. Pero la heteronomía comienza cuando alguien que no es matemático puede intervenir para dar su opinión sobre los matemáticos, cuando alguien que no es reconocido como historiador (un historiador de televisión, por ejemplo) puede dar su opinión acerca de los historiadores y es escuchado. Con “la autoridad” que le da la televisión, M. Cavada les dice que el más grande filósofo francés es M. X. ¿Se puede uno imaginar que se solucione un conflicto entre dos matemáticos, dos biólogos o dos físicos por un referendum o por un debate entre dos colegas elegidos por M. Cavada? Pues, los medios no cesan de intervenir para anunciar sus veredictos. Los semanarios adoran esto: hacer el balance del decenio, designar a los diez más grandes “intelectuales” del decenio, de la quincena, de la semana, los “intelectuales” que cuentan, los que ascienden, los que descienden... ¿Por qué esto tiene tanto éxito? Porque son instrumentos que permiten tratar en la bolsa valores intelectuales y de los cuales los intelectuales, es decir, los accionistas (a menudo pequeños accionistas pero poderosos en el periodismo o en la edición...) se sirven para tratar de hacer subir el ritmo de sus títulos. Hay también diccionarios (de filósofos, de sociólogos, o de sociología, de intelectuales, etc.) que son y han sido instrumentos de poder y de consagración. Una de las estrategias más comunes consiste, por ejemplo, en excluir gente que podría o debería ser incluida, o aun en poner al lado, en uno de estos “premios”, a Claude Lévi-Strauss y Bernard-Henri Lévy, es decir, un valor indiscutido con un valor indiscutiblemente discutible, para tratar de modificar las estructuras de las evaluaciones. Pero los diarios intervienen también para plantear problemas que son rápidamente retomados por los intelectuales-periodistas. El antiintelectualismo, que es una constante estructural (muy fácil de comprender) del mundo periodístico, lleva por ejemplo a los periodistas a señalar periódicamente el tema de los errores de los intelectuales o a introducir los debates que no pueden movilizar más que a los intelectuales-periodistas y que a menudo no tienen otra razón de ser que permitirles existir mediáticamente haciendo un créneau.

Estas intervenciones exteriores son muy amenazadoras. En primer lugar, porque pueden hacer equivocar a los profanos que, a pesar de todo, tienen peso, en la medida en que los productores culturales tienen necesidad de auditores, de espectadores, de lectores, que contribuyen al éxito de la venta de libros y, a través de la venta, gravitan sobre los editores, y a través de los editores, con las posibilidades de publicar en el futuro. Con la tendencia de los medios a celebrar productos comerciales, destinados a terminar en sus listas de best-sellers -como ocurre hoy- y hacer jugar la lógica de los “reenvíos de ascensor” entre los escritores-periodistas y los periodistas-escritores, los jóvenes autores de 300 ejemplares, ya sean poetas, novelistas, sociólogos o historiadores, van a estar cada vez con menos posibilidades de publicar. (Paréntesis: paradojalmente pienso que la sociología y, en particular, la sociología de los intelectuales contribuyó al estado de cosas que observamos en el actual campo francés intelectual. Involuntariamente. Puede tener el objeto de dos empleos opuestos: uno cínico, que consiste en servirse del conocimiento de las leyes del medio para volver sus estrategias más eficaces; el otro, que se puede llamar clínico, que consiste en servirse del conocimiento de las leyes o las tendencias para combatirlas. Tengo la convicción de que un cierto número de cínicos, los profetas de la transgresión, los fast-thinkers de la televisión y los historiadores periodistas, autores de diccionarios o de balances del pensamiento contemporáneo en casettes, se sirven deliberadamente de la sociología – o de lo que comprenden acerca de ella – para dar golpes de fuerza, golpes de Estado específicos en el campo intelectual. Se podría decir lo mismo del supuesto criticismo del pensamiento de Debord que, constituido en un gran pensador del espectáculo, sirve de coartada a un falso radicalismo cínico y propio para neutralizarlo.)


La colaboración


Pero las fuerzas y las manipulaciones periodísticas pueden intentar también, de manera más sutil, emplear la lógica del caballo de Troya, es decir, introducir en los universos autónomos, productores heterónomos que, con el apoyo de fuerzas externas, recibirán una consagración que no pueden recibir de sus propios pares. Estos escritores para no escritores, filósofos para no filósofos, y así sucesivamente, tendrán un costado televisivo, un peso periodístico acorde con su peso específico en su propio universo. Es un hecho: cada vez más, en algunas disciplinas, la consagración por los medios es tomada en cuenta por las comisiones de la CNRS. Cuando tal o cual productor de emisiones de televisión o de radio invita a un investigador, le da un reconocimiento que hasta ahora era más bien una forma de degradación. Hace apenas treinta años, Raymond Aron era profundamente sospechado en sus capacidades, poco discutibles, de universitario porque estaba ligado a los medios en tanto que periodista del Figaro. Hoy el cambio de relaciones de fuerzas entre los campos es tal que, cada vez más, los criterios de evaluación externos –el paso por el programa de Pivot, la consagración en las revistas, los retratos- se imponen contra el juicio de los pares. Sería necesario tomar ejemplos en universos más puros, el campo científico de las ciencias duras (en el universo de las ciencias sociales, esto sería complejo porque los sociólogos hablan de la sociedad en la que todo el mundo tiene sus apuestas, intereses; de modo que hay buenos y malos sociólogos por razones que no tienen nada que ver con la sociología). En el caso de disciplinas aparentemente más independientes, como la historia o la antropología, o la biología y la física, el arbitraje mediático se vuelve cada vez más importante ya que la obtención de créditos puede depender de una notoriedad de la cual no se sabe demasiado qué debe a la consagración mediática y qué a la reputación ante los pares. Tengo la impresión de decir cosas excesivas pero, desgraciadamente, podría multiplicar los ejemplos de intrusión de los poderes mediáticos, es decir, económico-mediatizados, en el universo científico más puro. Es por ello que la cuestión de saber si uno puede hacerse entender o no en la televisión es central y querría que la comunidad científica se ocupe de ello verdaderamente. Sería importante, en efecto, que la toma de conciencia de todos los mecanismos que describí lleve a tentativas colectivas para proteger la autonomía, que es condición del progreso científico, contra la influencia creciente de la televisión.

Para que la imposición del poder de los medios pueda ejercerse sobre universos como el científico, es preciso que encuentre complicidades en el campo considerado. Complicidad que la sociología posibilita entender. Los periodistas observan a menudo con mucha satisfacción que los universitarios se precipitan en los medios, pidiendo rendición de cuentas, mendigando una invitación, protestando contra el olvido en que han caído; y, a juzgar por sus testimonios aterrorizadores, inclina a dudar verdaderamente de la autonomía de los escritores, los artistas y los sabios. Hay que tomar en cuenta esta dependencia y sobre todo tratar de comprender las razones o las causas. Hay, en alguna medida, que intentar comprender quién colabora. Empleo el término como ensayo. Acabamos de publicar en Actes de la recherche en sciences sociales, un número que contiene un artículo de Giséle Sapiro acerca del campo literario francés bajo la ocupación. Este buen análisis no tiene como finalidad decir quién ha colaborado o quién no lo hizo y arreglar cuentas retrospectivamente. Se trata de comprender por qué, en ese momento, algunos escritores eligieron tal o cual campo más que tal otro, a partir de un cierto número de variables. Para ir más rápido, se puede decir que la gente reconocida por sus pares y, en consecuencia, rica en capital específico, era llevada a tener una actitud de resistencia; a la inversa, cuanto menos autónomos repecto de sus prácticas específicamente literarias, es decir, atraídos por lo comercial (como Claude Farrere, autor de novelas de éxito, de las que hoy también se tienen equivalentes), eran más proclives a la colaboración.

Pero debo explicar mejor lo que se debe entender por autónomo. Un campo muy autónomo, el de las matemáticas por ejemplo, es aquél en el que los productores no tienen por clientes más que a sus competidores, aquéllos que hubieran podido estar en su lugar en relación con el descubrimiento que presentan. (Mi sueño es que la sociología se convierta en eso: desgraciadamente todo el mundo se mezcla. Todo el mundo cree conocerla, y M. Peyrefitte cree darme lecciones de esta disciplina. Y por qué no lo podría hacer, me dirán ustedes. Ya que se encuentran sociólogos e historiadores para ir con él a la televisión...). Para conquistar la autonomía, hay que construir este espacio de torre de marfil en el interior de la cual se juzga, se critica, incluso se combate, pero con conocimiento de causa; se enfrenta, pero con armas, instrumentos científicos, técnicas, métodos. Me ocurrió un día debatir en la radio con uno de mis colegas historiadores. En el aire, me dice: “Querido colega rehice su análisis de las correspondencias (se trata de un método de análisis estadístico) acerca de los patrones y no encuentro lo mismo que usted.”. Pensé: “¡es magnífico! Por fin alguien que me critica verdaderamente...”. Ocurre que había tomado otra definición de lo que entendía por patronato y había aplicado a la población sometida a análisis los parámetros correspondientes a los banqueros. Bastaba que los reintrodujera (lo que comprometía elecciones teóricas e históricas importantes) para estar de acuerdo conmigo. Hay que tener un alto grado de acuerdo en el terreno del desacuerdo y en los medios de regularlos para tener un auténtico debate científico que pueda conducir a una verdadera conformidad o disconformidad científica. Sorprende a veces ver en la televisión que los historiadores no están de acuerdo entre ellos. No se comprende que, a menudo, estas discusiones oponen a personas que no tienen nada en común y que no deberían sentarse a hablar (es como si se invitara –los malos periodistas adoran esto- a un astrónomo con un astrólogo, un químico con un alquimista, un sociólogo de las religiones con el jefe de una secta, etcétera.).

Se tiene así, con la elección de los escritores franceses bajo la ocupación, una aplicación particular de lo que llamo “la ley de Jdanov”: cuanto más un productor cultural es autónomo, rico en capital específico y exclusivamente llevado al mercado restringido en el que tiene por clientes a sus propios competidores más estará dispuesto a la resistencia. Por el contrario, si destina sus productos al mercado de las grandes producciones (como los ensayistas, los escritores-periodistas, los novelistas conformistas), más inclinado estará a colaborar con los poderes extranjeros, el Estado, la Iglesia, el Partido y, hoy, periodismo y televisión, y a someterse a sus demandas o a sus órdenes.

Es una ley muy general que se aplica también al presente. Se me objetará que colaborar con los medios no es lo mismo que colaborar con los nazis. Es cierto y no condeno a priori, evidentemente, toda forma de colaboración con los diarios, la radio y la televisión. Pero desde el punto de vista de los factores que inclinan a la colaboración, entendida como sumisión sin condiciones a las restricciones destructivas de las normas de campos autónomos, la correspondencia es conmovedora. Si los campos científicos, políticos, literarios están amenazados por la influencia de los medios, es porque hay en el interior de estos campos personas heterónomas, poco consagradas desde el punto de vista de los valores específicos de un campo o, para emplear un lenguaje ordinario, “fracasados” o en vías de serlo que tienen interés en la falta de autonomía, en buscar fuera consagraciones (rápidas, precoces, prematuras o efímeras) que no obtuvieron en el interior del campo y que, además, serán muy bien vistas por los periodistas porque no les temen (a diferencia de los autores más autónomos) y porque están próximos a aceptar sus exigencias. Si me parece indispensable combatir a los intelectuales heterónomos, es porque son el caballo de Troya a través del cual la heteronomía, es decir las leyes, de la economía, se introducen en el campo.

Llego muy rápido al ejemplo de la política. El campo político mismo tiene cierta autonomía. Por ejemplo, el parlamento tiene una especie de arena en el interior de la cual van a regularse, por el lenguaje y por el voto, según ciertas reglas, un cierto número de disputas entre sujetos que están llamados a explicar intereses divergentes o incluso antagónicos. La televisión produce en este campo efectos análogos a aquéllos que produce en otros, en particular en el campo jurídico: cuestionará los derechos de autonomía. Para mostrarlo contaré brevemente una historia contenida en el mismo número de Actes de la recherche en sciences sociales dedicada a la influencia del periodismo, el affaire de la pequeña Karina. Es una niña del sur de Francia que fue asesinada. El diario local refiere los hechos, las protestas indignadas del padre y del hermano del padre que organiza una pequeña manifestación local, retomada por un pequeño diario y luego por otro. Se dice: “¡es atroz, un chico! ¡Hay que restablecer la pena de muerte!”. Los políticos locales se mezclan, las personas próximas al Frente Nacional están particularmente excitadas. Un periodista de Toulouse un poco más consciente advierte: “Cuidado, es un linchamiento, hay que reflexionar”. Las asociaciones de abogados se mezclan también cuando les llega el turno y denuncian la tentativa de justicia directa... La presión aumenta; y al final de cuentas, la cadena perpetua se restablece. En esta película acelerada, se ve cómo, a través de los medios, la información movilizadora, como una forma perversa de democracia directa, puede ocupar un lugar que elimina la distancia en relación con la urgencia, con la presión de las pasiones colectivas, no necesariamente democráticas, que es normalmente asegurada por la lógica relativamente autónoma del campo político. Se ve reconstituir una lógica de la venganza contra la cual todo el pensamiento jurídico, e incluso político, se constituyó. Ocurre también que los periodistas, a falta de guardar la distancia necesaria para la reflexión, juegan el papel de bombero incendiario. Pueden contribuir a crear un acontecimiento, levantando un suceso menor (el asesinato de un joven francés por otro joven también francés pero “de origen africano”) para luego denunciar a los que arrojan más fuego a la fogata que ellos han incentivado, es decir el FN que, evidentemente, explota o trata de explotar “la emoción suscitada por el acontecimiento”, como dicen los diarios poniendo en la misma bolsa, machacando al inicio de todos los noticiosos, etc.; y pueden exponer a continuación un sentimiento de virtud, de una buena alma humanista, denunciando grandes crisis y condenando sentenciosamente la intervención racista de aquél al que han contribuido a crear y al que continúan ofreciendo sus mejores instrumentos de manipulación.


Derecho de entrada y deberes de salida


Querría ahora decir algunas palabras acerca de las relaciones entre el esoterismo y el elitismo. Es un problema en el que se han debatido, y a veces empantanado, todos los pensadores desde el siglo XIX. Por ejemplo, Mallarmé que es el símbolo mismo del escritor esotérico, puro, escritor para algunas personas en una lengua ininteligible para el común, se preocupó toda la vida en devolver a todos lo que había conquistado a través de su trabajo como poeta. Si hubiera habido medios, alguien podría preguntarse: “¿Voy a la televisión? ¿Cómo conciliar esta exigencia de ‘pureza’ que es inherente a toda especie de trabajo científico e intelectual y que lleva al esoterismo con la preocupación democrática de volver estas adquisiciones accesibles a un gran número de personas?” Observo que la televisión produce dos efectos. Por una parte, reduce el derecho de admisión a un cierto número de campos, filosófico, jurídico, etc.: puede consagrar como sociólogo, escritor o filósofo, a personas que no pagaron el derecho de admisión desde la perspectiva de la definición interna de su profesión. Por otra parte, alcanza al mayor número de personas. Lo que me parece difícil de justificar es que se argumenta con la extensión de la audiencia para reducir el derecho de admisión en el campo. Se objetará que estoy en tren de sostener propósitos elitistas, de defender la ciudadela sitiada de la gran ciencia y la gran cultura, o incluso de prohibir al pueblo (tratando de prohibir la televisión a aquéllos que a veces se denominan portavoces del pueblo, con sus honorarios y sus estilos de vida fabulosos, bajo el pretexto de que saben hacerse entender por él, haciéndose plesbicitar por el rating). Defiendo las condiciones necesarias de producción y la difusión de las creaciones más altas de la humanidad. Para escapar a esta alternativa del elitismo y de la demagogia, hay a la vez que defender el mantenimiento e incluso la elevación del derecho de admisión en los campos de producción –decía recién que desearía que sea así para la sociología, cuyas desgracias provienen para la mayoría del hecho de que el derecho de admisión es demasiado bajo- y el refuerzo del deber de salida, acompañado por una mejora de las condiciones y los medios de salida.

Se esgrime la amenaza de la nivelación (es un tema recurrente del pensamiento reaccionario que se encuentra notablemente en Heidegger). En resumen, puede provenir de la intrusión de las exigencias mediáticas en los campos de producción cultural. Hay que defender a la vez el esoterismo inherente (por definición) a toda búsqueda de vanguardia y la necesidad de hacer esotérico lo esotérico y luchar por obtener los medios para hacerlo en buenas condiciones. En otros términos, hay que defender las condiciones de producción necesarias para hacer progresar lo universal y, al mismo tiempo, hay que trabajar para generalizar las posibilidades de acceso a lo universal, para hacer que cada vez más la gente reúna condiciones necesarias para acceder a lo universal. Cuanto más compleja es una idea, porque está producida en un universo autónomo, más difícil es la restitución. Para sobrellevar esta dificultad, es preciso que los productores que están en su pequeña ciudadela sepan salir y luchar, colectivamente, para tener buenas condiciones de difusión, para tener la propiedad de sus medios de difusión; luchar así, en relación con los profesores, con los sindicatos, las asociaciones, etc., para que los receptores obtengan una educación que los lleve a elevar su nivel de recepción. Los fundadores de la República, en el siglo XIX, decían (se los olvida a menudo) que el fin de la instrucción, no es sólo saber leer y escribir, contar para ser un buen trabajador, sino disponer los medios indispensables para ser un buen ciudadano, para estar en condiciones de entender las leyes, comprender y defender sus derechos, creer en las asociaciones sindicales... Hay que trabajar para la universalización de las condiciones de acceso a lo universal.

Se puede y se debe luchar contra el rating en nombre de la democracia. Esto parece paradojal porque la gente que defiende el reino del rating pretende que no hay nada más democrático (es el argumento favorito de los anunciantes y de los publicitarios más cínicos, consultados por algunos sociólogos, sin hablar de los ensayistas de ideas cortas, que identifican la crítica de los sondeos –y el rating- con la crítica del sufragio universal), que hay que dejar a la gente la libertad de juzgar, de elegir (“esos son sus prejuicios de intelectuales elitistas que los llevan a considerar todo eso como despreciable”). El rating es la sanción del mercado, de la economía, es decir, de una legalidad externa y puramente comercial, y la sumisión a las exigencias de este instrumento de marketing es el exacto equivalente en materia cultural de lo que es la demagogia orientada por los sondeos de opinión en materia política. La televisión regida por el rating contribuye a hacer pesar sobre el consumidor supuestamente libre e iluminado las restricciones del mercado, que no tienen nada de expresión democrática de una opinión colectiva iluminada, racional, de una razón pública, como quieren hacerlo creer los demagogos cínicos. Los pensadores críticos y las organizaciones encargadas de explicar los intereses de los dominados están muy lejos de pensar claramente este problema. Lo que contribuye bastante para reforzar todos los mecanismos que traté de describir.


Muchas gracias¡¡¡

Fuentes de Información - La television de hoy; según Pierre Bourdieu. 2° PARTE

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2 comentarios - La television de hoy; según Pierre Bourdieu. 2° PARTE

@adrianradio Hace más de 4 años
che, una pregunta: este articulo de donde sale?????
pueden responder por Mensaje privado también. Abrazos y gracias