De lo escrito hasta aquí, cualquiera podría interpretar, aunque mas no sea superficialmente, que los sentimientos que pululan en las periferias de mi alma poseen ciertas connotaciones negativas; cualquiera con ánimo pronto a prejuzgar detectaría, imagino, algunos pincelazos de pesimismo, derrotismo y una larga lista de “ismos” por el estilo. Sin embargo, la realidad es notablemente distinta: soy un individuo –me he convertido en uno- harto feliz y en armonía plena tanto conmigo mismo como con mi entorno. Ahora Amo la vida, ante solo la utilizaba.
Con la humildad necesaria puedo confesar que he transcurrido el penoso pero gratificante camino de la «individuación», para decirlo con las palabras de Jung. O, dicho de otro modo (y ahorrándome una exhibición de erudición absolutamente inoportuna y de mal gusto), he podido quitarle algo de valioso terreno -a fuerza de espada y sangre- a la tediosa y pragmática mitad izquierda de mi cerebro, para darle la bienvenida con los brazos bien abiertos a su contraparte, lo cual, dicho sea de paso, se lo recomiendo al mundo entero, even if this ends up in suicidal thoughts.
Muchos se preguntaran, naturalmente, cómo es que, entonces, ha brotado en mi Ser la idea, precisamente, de dejar de ser.
Verán, hay quienes escurren sus vidas completamente, hasta la última gota de aliento, intentando constantemente –conscientes de ello o no- encontrarse con sí mismos. Encontrarse, esto es, en un sentido amplio y profundo, fuera de toda identificación externa. Sin embargo, este maravilloso encuentro es una exquisita rareza.
Desafortunadamente, la gran mayoría trastabilla ciegamente en este miraculous quest for the inner-self –el cual debería ser, considero, el único valido-, paralizándose en un hipnótico estadio anterior. Un estadio repleto de confusas imágenes, ideas agobiantes, apetencias caprichosas, tendencias tan repulsivas como unilaterales y actitudes que compiten salvajemente por el trofeo al egocentrismo y la medalla dorada a la voluntad de poder, en cualquiera de sus detestables manifestaciones. Con este escollo nos topamos todos diariamente, y consideramos, confundidos e ignorantes, que nada hay más allá de él.
No obstante, siempre hay esperanzas, y las cosas ocurren a su debido momento (cuando está madura, la manzana se desprende del árbol): un simple paso más allá de este espejismo que resulta tan natural, con el cual se suele estar firmemente identificado, y al cual denominan «personalidad» y ¡bum! todo lo antedicho se vuelve netamente visible a los ojos, ahora renovados. El velo de Maya se descubre -y al hacerlo nos descubre- y la tentación de dar el salto hacia la nada, cautivante de por sí, es ahora solo cuestión de tiempo. Por otra parte, paulatinamente se desarrolla una especie de inteligencia que lo fuerza a uno a comprender cabal y claramente, no sin algo de justificada tristeza e inusual probidad, en qué penosa y por demás ridícula situación transcurrieron sus pasados años; como por una transición de polaridad psicológica, se recuerdan con vergüenza intima todo lo que alguna vez fue considerado éxito. Todo lo cual no hace sino reforzar la tentación antes mencionada.
Sin embargo, no confundan; no es aquí, en las angustiantes instancias previas al leap of Faith, donde surge la idea del suicidio. Aun resta lo mejor.
Esa angustia y vergüenza de uno mismo se evapora con el tiempo: atrás queda todo lo uno fue con sus respectivas cargas emocionales. Comienza otra vida, y casi diría que también en otros zapatos. El presente, y hasta uno mismo, adquiere cierto aroma a trascendencia, se develan en su verdadera forma: un misterio insondable.
Cesada ya casi totalmente la fuerte tendencia a buscar refugio en el grupo, deshecha la identificación con la manada, con la idea, con la imagen, con el pensamiento, con la pose; resueltas las proyecciones, disuelta la persona, la máscara del actor; es decir, rotas las cadenas invisibles que mantenían al mundo enraizado en el individuo y viceversa, quedan ya, en efecto, muy pocas cosas por las que vivir. Así, el individuo recién formado, o tal vez, recién «unificado», envuelto en un efecto de repulsión se siente impelido a correr con todas sus fuerzas, lejos, muy lejos de la fragmentaria existencia que supo ser, hacia el último abismo… y finalmente saltar.
La experiencia del salto es transformación brutal; y aquello que circunda al individuo, por dentro y por fuera, es la nada indescriptible. A estas alturas, el ego y todos sus resortes motivacionales hace tiempo se han convertido en lejanos y débiles recuerdos. Entonces, sin motivación alguna, libre como se lo estuvo jamás, ¿Qué sentido tiene vivir? O, dicho de otro modo: ¿Cuál es ahora el sentido de la vida?
Por regla general, uno “vive” sin descanso, siempre persiguiendo la zanahoria que cuelga frente a nuestros ojos; se “vive” por y a través de incentivos y detrás de objetivos que nos inviten siempre a seguir tirando de la soga. Así es como la vida, en este nivel, suena y se hace sentir: movimiento y sudor, eternamente.
Los incentivos y objetivos, aquellos por los cuales sudamos y nos movemos, pueden tomar las mil y una formas: una casa, un auto, el amor de una mujer, una familia, obtener un título académico, asegurarse una estabilidad económica, y así podría continuar indefinidamente. Sudor y movimiento constante.
Ahora bien. ¿Qué sucede cuando ya no se desea sentir mas el movimiento y el sudor?
Sin dudas, ahora que no se esta en movimiento y sudando, se puede contemplar con mayor nitidez todo el panorama, y no solo verlo pasar como fotogramas a mucha velocidad. Ahora se puede observar con atención.¿Y qué ocurre cuando se descubre el playback de la siempre enorme y prolija orquesta? ¿Qué sucede cuando se descubre esta farsa? ¿Qué forma, qué color, qué sonido adopta la vida después de eso?
Y por otra parte -quizás la peor parte- ¿Qué diablos tiene uno que hacer cuando se siente irremediablemente un islote de carne y pensamiento, sin espíritu, alejado, perdido, ultrajado? ¿Y qué cuando uno no logra ya conectar su corazón con ser viviente alguno?
Créanme cuando les digo que eso es estar viviendo la muerte día tras día, minuto a minuto. Y solo existe una salida.
Sé que muchos me aconsejaran que es el momento preciso para buscar a Dios. Sin embargo, aunque no lo puedan comprender, es el momento preciso para que Dios me busque a mi.