Los argentinos, vistos por un peruano genial.
Por Rolando Hanglin

escritor
Jaime Bayly

Hay artículos y pensamientos que nos encanta leer. Son las opiniones de extranjeros sobre nosotros y nuestro país. Por ejemplo, los puntos de vista de Ortega y Gasset, William H. Hudson, Joan Manuel Serrat, Joaquin Sabina, William Parish Robertson y muchos otros.

Acaba de editarse un libro que viene a enriquecer ese género, al que podríamos llamar "los argentinos según opina la otra gente". Se trata de Morirás Mañana, novela-confesión del talentoso peruano Jaime Bayly, que suele recalar unos meses del año en San Isidro, frente al CASI.

Dice Jaime, por ejemplo: "Me llevo bien con los argentinos, a pesar de que en Sudamérica tienen fama de pedantes y presumidos, de mirarnos a los demás por encima del hombro, de no sentirse sudamericanos sino europeos. Y Buenos Aires, aunque les duela a muchos sudamericanos acomplejados, con fobia a todo lo argentino (o sea, fobia a mí también, porque yo soy argentino por elección) es sin duda la ciudad más europea de Sudamérica. Y, como a las grandes ciudades europeas, le ha pasado últimamente algo que no le ha hecho perder su esplendor, pero que la ha dotado de cierto riesgo, y la ha convertido en una ciudad, aunque afrancesada, también sudamericana y tercermundista, mezcla de todas las sangres mestizas, como las demás grandes ciudades de la región".

Jaime, descendiente de una distinguida familia de Lima, portadora de apellido irlandés, vive parte del año en Miami pero también en Buenos Aires, porque esta ciudad, "con sus días revueltos de protestas cotidianas y marchas incendiarias, y energúmenos que se conjuran para interrumpir una calle sin que la policía haga nada y sólo los mire con abúlica complicidad, sigue siendo la ciudad más cojonuda y fascinante de Sudamérica, y también la más primer y tercermundista, porque allí persisten las tradiciones nobles de los que tienen dineros centenarios, pero ahora deben cohabitar con las costumbres vocingleras y folklóricas de los inmigrantes bolivianos, peruanos, paraguayos y centroamericanos". Miles de estos inmigrantes -subraya - viven hacinados en cuartos diminutos, pero en realidad no permanecen en esos habitáculos: allí apenas duermen cuatro o seis horas diarias, como animales. Buenos Aires es sin duda alguna - para Jaime- una gran ciudad, una ciudad "infinitamente más estimulante y melancólica y hermosa que cualquiera de las ciudades de las que han escapado".

Jaime no acepta la división entre provincianos buenos y porteños malos, que suele aceptarse incluso en la propia Buenos Aires: "A mí no me hablen mal de los argentinos ni de la Argentina, ni de los porteños siquiera, como si los salteños o los rosarinos o los cordobeses o los mendocinos fuesen genéticamente mejores que los porteños: no me jodan con ese verso pueblerino". Jaime nos encuentra, ante todo, "divertidos, raros, bizarros, pintorescos". Y agrega: "Todos me caen bien. Incluso los que me caen mal, me caen bien, porque me parecen personajes literarios"

Hasta nosotros solemos reconocer que, en la Argentina, circula una buena cantidad de mentirosos y charlatanes: "Les reprochan hablar mucho y darse aires de sabihondos. Pues es eso, precisamente, lo que me hechiza de ellos: escuchar sus chácharas, sus versos, sus embustes, sus trampas pendencieras, porque los argentinos más divertidos son siempre los más mentirosos, tramposos y canallas, esos son los que mejor me caen".

No se le ha escapado el detalle de que aquí casi todo el mundo opina de fútbol como si supiera. Hasta las señoras que nunca han jugado

No se le ha escapado a Jaime el detalle de que aquí casi todo el mundo opina de fútbol como si supiera. Hasta las señoras que nunca han jugado: "Todo argentino es un entrenador de la selección de fútbol de su país (y si lo dejan, de la de España también). Todo argentino es presidente de su país. Y si lo dejan, dictador de Cuba también. Todo argentino tiene el plan perfecto para que Estados Unidos salga de la crisis. Y si lo dejan, para que el mundo entero salga también, o al menos Occidente. Quizás, si le hablas de África, no la tiene tan clara".

El argentino corriente, para Jaime, es un profeta, un visionario, un iluminado. Todo argentino sabe. Sabe todo. Sabe más que nadie, sabe más que vos y cualquier boludo del orto... (lo expresa así Jaime, con el argot de Buenos Aires que maneja a la perfección). Todo argentino está de vuelta. Todo argentino tiene respuesta para cualquier pregunta, incluso si no entiende la pregunta, y si al responder, ni él mismo entiende lo que está diciendo. Pero responde, opina, se la juega, arma el equipo, ordena el país, gobierna el mundo, gana las guerras, divide a los buenos de los malos, a los decentes de los chantas. Y habla, y habla, y habla y no para. Y no importa si lo que dice tiene sentido...

Estos rasgos, que el peruano ha captado con toda precisión, para nosotros son feos vicios de un carácter farolero. Y sin embargo a Jaime le gustan, porque "nada tiene sentido, pero todo es fascinante y hechicero, y es allí donde quieres quedarte. En Buenos Aires".

Jaime reconoce que el argentino habla y habla, y luego llega a su casa y encuentra el caos, y la mujer lo manda al carajo, y sólo entonces se calla el argentino deslenguado (sic). En estas pinceladas, aplica una y otra vez los giros del habla porteña.

Jaime ha pescado un rasgo nacional que nos enaltece. Es decir, el argentino tiene fe en sus opiniones, cree que sabe

Otra observación de Jaime: el argentino tiene una opinión concluyente sobre todo lo divino y lo humano. Lo dice en porteño: "Nada lo hace más feliz, sea rico o pobre, macho o puto, vago o más vago, que sentarse en cualquier lugar, pedir empanadas, pizza, vino, sangría, cerveza, pero sobre todo masas y pastas...Y hablar". Sentenciando y resolviendo, dándole un sentido al caos del mundo con el caos del lugar que lo envuelve, a él y a todos los argentinos, en una suerte de torre de Babel donde todos hablan el mismo idioma y sin embargo nadie se entiende, porque cada uno se cree dueño absoluto de la razón. Entonces el argentino es, por definición, un hablador, un predicador, un charlatán, un mitómano, un embustero y, ante todo, un enemigo del silencio y la conciliación.

En algún pasaje de Morirás Mañana, Jaime describe al argentino, y entendemos que específicamente al porteño, como un italiano exasperado. Porque si bien todo argentino está dispuesto a hablar aunque nadie lo escuche, siempre prefiere discutir con otro y, si es posible, a los gritos, para luego irse a los golpes y enseguida cada uno consigue a una pandilla de vándalos ambulantes. Entre todos cortan una calle y se enzarzan en una feroz riña callejera por algún asunto, generalmente una pasión que tiene que ver con el fútbol, con la política y con el orgullo. Y entonces el argentino, ya liado a golpes con otro argentino sin recordar bien por qué, revela que posee algo que no tenemos los demás sudamericanos: una fe ciega en sus opiniones. Aun si no sabe lo que va a decir y debe improvisar en el camino. Y el coraje para morir defendiendo tales opiniones, en una batahola callejera o pisoteado por un caballo de la policía montada, que luego defecará sobre su cadáver.

Nosotros no nos vemos tan heroicos a nosotros mismos. Es un favor que Jaime nos hace. Más nos gustaría saber de verdad. O en todo caso, saber decir humildemente "no sé", como los otros sudamericanos..