La obediencia degenera el propio impulso de acción.

Hacer algo por obligación implica hacerlo por miedo al castigo, a las consecuencias, a la culpa, o por algún otro tipo de motivo exterior.
Ninguno de todos ellos es compatible con nuestra propia iniciativa, nuestro motivo interior.

Para comprender esto debemos entender que nuestro propio yo debe ser tratado tal como una persona fuera de nosotros para apreciar las consecuencias o las repercusiones de las acciones sobre él.
Si obligamos a una persona a hacer algo, eso es porque presuponemos que ésta no lo hará por iniciativa propia. Presuponemos que no hay nada que la pueda motivar o interesar a realizar el acto por su propia cuenta.

Así, si repetimos una y otra vez la acción de obligar a una persona a realizar algo. Estamos diciéndole repetidamente que es incapaz de realizarlo por propia iniciativa. Y cuando le decimos algo a alguien repetidamente, probablemente lo termine creyendo, o al menos le afecte de alguna manera.


La obediencia además implica una reacción. Y no una acción.
Es lo que provoca. Obediencia o rebeldía. Blanco o negro. No existe la indiferencia, ésta entraría en el marco de la rebeldía.

Al utilizar la dinámica de la obediencia en nuestro marco de interpretación de actos, estamos eliminando los matices de grises y volviendo todo o blanco o negro.

En definitiva.
En vez de gastar nuestras energías en obligar a los demás a realizar ciertas cosas, deberíamos buscar la forma de lograr que el otro encuentre un motivo personal para realizarlas. De otro modo estaríamos suponiendo que el otro no tiene propias inclinaciones, lo que no es cierto, a menos que ya haya caído en la subordinación nuestra durante tanto tiempo que ha destruido su capacidad de motivarse internamente, y esto es lo que ha sucedido con los que mandan.

La imposición del mandato familiar nos comunica que lo importante no es que el implicado encuentre en las actividades el propio goce y el propio impulso personal, sino que lo importante es realizarlas abúlica y mecánicamente, por miedo a las consecuencias.
También nos dice que la utilización de culpa y toda otra manera de "amenaza" implícita es aceptable.
La juventud debería entonces dejar de obedecer a los padres, y desarrollar su propio incentivo para realizar las cosas.


La necesidad de control y de orden parental no es más que la proyección de sus propios miedos. Ellos debieron obedecer a tal punto que destruyeron su espontánea capacidad de actuar y resolver independientemente. Así que dudan de que esa capacidad la tengan sus hijos, porque ellos nunca la vivieron. Por lo tanto desconfiarán de ellos, y los controlarán.