El señor de corbata; sus laberintos y espejos

Una de las cosas buenas del señor de corbata siempre fue su gusto por los laberintos. Todo tipo de ellos.

Jardines con arbustos en forma de laberintos, revistas con jueguitos de laberintos, tatuajes de laberintos, laberintos mentales, laberintos de tiempo, de espacio, de memoria, laberintos literarios, platos de tallarines laberínticos, laberintos de palabras, y algunos otros.

Y digo que esa afición es una de sus cosas buenas (finjan todos, de momento, estar de cuerdo con esta afirmación...), porque fueron los laberintos los que lo llevaron, de alguna manera retorcida y diferida, a ser lo que hoy es.

En un laberinto que simulaba ser una ciudad en tamaño real con autos, plazas, extras y todo, el señor de corbata logró hace algún tiempo encontrar el punto central objetivo; como ocurría en muchos laberintos medievales rituales, en ese punto central se encontraba un espejo, para transmitir un mensaje místico sobre la búsqueda de uno mismo y el carácter simbólico que todo laberinto conlleva; pero el señor de corbata iba distraído y se llevó puesto el espejo, lo rompió y por tanto (además de agenciarse los siete años de mala suerte) no logró encontrarse a sí mismo ni entender el mensaje del laberinto; se fue, en cambio, con una rara certeza de que alcanzaba con distraerse para no existir o caminar apurado para no verse. Al salir de aquella ciudad laberinto y entrar en otra, notó que la gente con la que se cruzaba iba distraída, OSTENSIBLEMENTE DISTRAÍDA, como orgullosa, la gente, de estar tan distraída y en su burbuja privada; y además apurada, OSTENSIBLEMENTE APURADA, como si aquella gente no quisiera verse a sí misma y buscara gritar que no existía, según la nueva rara certeza del señor de corbata. Notó que, a diferencia de la otra, esta ciudad completa era un dispositivo para distraer y apurar, una máquina de no existir y no verse que funcionaba a la perfección, un laberinto sin punto central de referencia, lleno de espejos en los que nadie se ve si no es de paso, con una impresión efímera y borrosa de sí mismos. Semáforos, música, olores, esquinas, carteles, rejas; y todo a velocidad suficiente para pasar y mezclarse y llevarse cualquier visión parcial sólida de uno mismo.
Y ojo que el señor de corbata sabe -siempre lo sabe, aunque no siempre lo tiene presente- que él es un personaje imaginario, ficticio, irreal, pero no por eso deja de preocuparse por los demás. Y tramó por tanto un plan que consistía en romper todos los espejos de aquella ciudad, y con los trozos crear la mayor bola de espejos que se haya visto; después fue y la dejó en las afueras de la ciudad, recostada a un ombú. Cuando la gente de la ciudad notó que faltaban todos los espejos, y cuando alguien dijo que había visto algo recostado a un ombú en las afueras que parecía una bola de espejos gigante hecha con los trozos de miles de espejos, fueron a ver. Discutieron si llevarla a la ciudad, o no. Uno dijo que, antes de meter esa cosa en la ciudad, se fijaran bien si adentro no había griegos escondidos, que con ese chuco ya han jodido, los griegos, a más de uno; otro le contestó que con la crisis económica e institucional y eso, los griegos no estaban para andar metiéndose en esas cosas, y por ahí siguió la conversación un rato.

El hecho es que estuvieron ahí un buen rato, ya no estaban tan apurados, y conversaban entre ellos; habían ido arrimándose a la bola de espejos y al ombú, y ahora estaban sentados a la sombrita, algunos tomaban mate o fumaban en grupos, ya se hablaba de muchas cosas y de a uno o en grupos iban y se miraban en los trocitos de espejo, alguno aprovechó para lavarse la cara, peinarse, retocarse el bigote o las patillas.
Al final, plantaron un monte de ombúes alrededor y formaron el primer laberinto de ombúes del mundo, y en el centro uno no sólo se encontraba con un espejo y un mensaje místico sobre el sentido de la vida como una búsqueda y todo eso, sino con un montón de pedacitos de espejos y con un grupo más o menos nutrido de gente que conversaba en ronda, sin apuro. Igual el señor de corbata por las dudas no entró, por miedo a pecharse la bola de espejos y armar un lío; pero tampoco es la primera vez que reconoce que los resultados de sus planes son mejores cuando él se queda afuera.