Siguiendo el itinerario que Nietzsche ha trazado, la Konservative Revlution adopta en su cotidiano combate el Leitbild del nihilismo: un nihilismo positivo, cuya meta no es la nada por la nada -el fin de la historia, deberíamos decir-, sino la reducción a polvo de las ruinas del antiguo orden, condición sine qua non para el advenimiento de un orden nuevo; es decir, un nihilismo regenerativo (Wiedergeburt). (...) es decir, el instante y el lugar en el que la destrucción se transformará en creación, donde el fin se revela como un nuevo comienzo. Es el instante en el cual "cada uno recupera su propio origen, el Gran Mediodía de Zarathustra, gracia al cual el tiempo histórico es de súbito regenerado".

Giorgio Locchi

Nihilismo positivo

Es preciso concebirse la nada para forjarse un todo, es cabal sumergirse en las cenizas para manar con alas flamígeras, es obligación renovarse como el río fluyente y encontrar un punto donde forjar nuestro tiempo. No somos nada sino el arte en el tiempo. Hemos de ser hombres forjadores de la Historia, contándonos a nosotros mismos, dándole a ésta nuestra forma y nuestro colorido. Hemos de llevar con nosotros nuestro propio pasado, nuestro presente y nuestro futuro; somos memoria, acción y proyección. ¿No queréis contaros a vosotros mismos? ¿Preferís cabalgar anónimos ante la mirada indiferente de los dioses o ser protagonistas y reclamar a los cielos que no se es un simple mortal? Hay gloria en una visión así: un ego que se aleja de lo mundano por el mismo fin que supone lo heroico. El espíritu heroico no debe ser una pose, sino la proyección del que surge toda nuestra personalidad.

El heroísmo como fin, el heroísmo como forma de superar todos los miedos. Y como todo ha de superarse, nuestro tiempo también ha de superarse. ¿A caso cada civilización no se ha forjado sobre las ruinas de otra? ¿Pero quién será lo suficientemente impío para dar un nuevo comienzo al mundo, para reducir a cenizas lo que nos es contemporáneo y propiciar que germine de tal destrucción un acto de creación? Quizá sea necesario plantearse si de verdad hemos de seguir con el proyecto demasiado humano que representa la vía que pretende seguir la Humanidad. Quizá sea la hora de que un pequeño grupo de hombres se enfrenten a la dinamitación de las estructuras que soportan esta nueva civilización mundial, tanto en lo físico como en los espiritual.

La nada no ha de ser para nosotros el fin, no es un fin de la historia. Es una tierra fértil en donde deberemos forjar un nuevo orden. Nuestra oportunidad para proyectar un futuro a nuestros hijos, un sentido nuevo, o, mejor dicho, renovado. Ser creadores, ser la energía originaria de una nueva humanidad, de la nuestra, no la de todos. Crearemos de la nada nuevos dioses que cubrirán el cielo y el inframundo, daremos una cosmovisión heroica que hagan de los hombres y de las mujeres seres más allá de lo humano, capaces de darlo todo y de morir por una causa común. De la nada, surgiremos como fundadores de una nueva Era en la que todo, revitalizado, será la gloria misma. Pero para ello habrá que estar dispuesto a muchos sacrificios y a estar por encima del bien y del mal. ■