Cada vez que un Estadounidense suelta sin tapujos su “I’m american” o se refiere a su país como “America“, los latinoamericanos no pueden evitar sentir como que algo se les retuerce por dentro, ¿a poco no?

Se molestan y de inmediato les viene a la mente la idea, palabras más, palabras menos, de que claro, los gringos creen que son los dueños del continente y se auto adjudican el gentilicio, como si de México para abajo no existiera nada.

La triste conclusión es que, sí, no hay ningún pecado mortal en que los estadounidenses se refieran a sí mismos como americanos, por la simple y sencilla razón de que, nos guste o no, su país se llama igual que nuestro continente.

Pongamos un ejemplo: a semejanza de Estados Unidos de América, el nombre oficial de México es Estados Unidos Mexicanos, y sin embargo, nadie proclama que los mexicanos se hagan llamar estadounidenses.

En ambos casos, el elemento Estados Unidos se refiere a su forma de gobierno, como sucede también, otro ejemplo, con la República Bolivariana de Venezuela, a cuyos habitantes nunca les hemos reclamado que se hagan llamar republicanos.

Además, no es que cada estadounidense represente la encarnación viva del espíritu del Tío Sam cuando se refiere a sí mismo como american, sino que ellos no tienen en su idioma otro gentilicio que los defina, más que ese.

Claro que en sus diccionarios también definen american como lo relativo al continente, pero no en su primera acepción, la cual se refiere invariablemente al ciudadano de Estados Unidos de América.

Sucede a la inversa en los diccionarios de español, donde americano es, en primera instancia, el que es de América, el continente, y ya después se encuentra el significado de estadounidense, acepción que no se puede excluir ante la realidad de que muchos hispanohablantes también les dicen americanos.

Cuando mucho, en los diccionarios de inglés se establecen como sinónimos de estadounidense las palabras yankee -castellanizada con un matiz despectivo como yanqui- o yank.

Y considerado como adjetivo, es decir, lo relativo a Estados Unidos o que tiene calidad de estadounidense, se pueden usar, además de las dos mencionadas, stateside, o bien, las siglas US, de United States, antepuestas a la palabra.

Pero eso sí, que quede claro: en español, el gentilicio correcto es estadounidense, y también se considera válido estadunidense. Inadmisibles son americano y norteamericano, aunque claro, hay expresiones muy asentadas en el uso como es el caso de sueño americano y de futbol americano. Ahí no hay nada que hacer.

Ahora vamos ahora al meollo del asunto: ¿por qué, pues, Estados Unidos adoptó el mismo nombre que nuestro continente?

Empecemos por el nombre de América, que ya sabemos que viene de Américo Vespucio debido a que fue él quien descubrió no el territorio, mérito que corresponde a Cristobal Colón, sino el hecho de que se trataba de un continente.

Y aunque él se llamaba Américo, terminaron poniéndole América para que quedara a tono con los nombres de los otros continentes, todos feminizados: Europa, África, Asia, Oceanía, y hasta Antártida para quienes también la consideran.

Aclarado el punto, recordemos que parte del actual territorio del país en cuestión se conocía como las Trece Colonias británicas, que pertenecieron al Reino Unido hasta finales del siglo XVIII, cuando se independizaron.

En la Declaración de Independencia se estableció por primera vez la denominación de Estados Unidos de América: Estados Unidos, por la forma de gobierno, y América, como referencia geográfica, en un contexto en el que no se hablaba de países, inexistentes como tales, sino del continente.

Por supuesto que cuando los estadounidenses lograron su independencia, ocupados en lo suyo, ni siquiera tenían idea de que el resto de las colonias de América (¿se aprecia con qué naturalidad surge aquí América también como referencia?) iban a seguir sus pasos respecto a reinos como los de España, Portugal y Francia.

Medio siglo después vendría la Doctrina Monroe, sintetizada en la frase “América para los americanos”, acompañada de sus múltiples interpretaciones, así como el imperialismo y la política intervencionista en el continente americano.

Pero esa, estimados lectores, es otra historia que, no se confundan, nada tiene que ver con el origen de la toponimia de Estados Unidos de América.