En época navideñas que estamos un poco ñoños (sensibles) Se me ocurrió compartir esta historia que Supondremos verdadera.

Unos momentos de paz en la guerra


Durante la Segunda Guerra Mundial no había nada parecido a la famosa tregua de la Primera Guerra Mundial, en la cual los soldados de la Triple Entente y los de las Potencias Centrales abandonaban sus trincheras y se encontraban en tierra de nadie, creando con ello un pequeño oasis temporal de paz en mitad de una larga y sangrienta guerra. Las tropas de ambos bandos eran lo suficientemente amigables como para jugar partidos de fútbol entre sí.


2º Guerra - La tregua del bosque de Hürtgen



Los futuros comandantes tenían la determinación de prevenir hechos similares y trataron de castigar ese tipo de actividades.


Sin embargo, en diciembre de 1944, durante la Batalla de las Ardenas, en la que soldados estadounidenses luchaban por salvarse de la arremetida alemana, tuvo lugar una pequeña muestra de decencia humana durante la Nochebuena.



norteamericanos

Los soldados estadounidenses del Regimiento de Infantería 117, la guardia nacional de Tennesse, que formaba parte de la 30 División de Infantería, pasaron junto a un M5 "Stuart" destruido durante su marcha para capturar de nuevo la ciudad de St. Vith en la Batalla de las Ardenas en enero de 1945.



Tres soldados estadounidenses, uno de ellos gravemente herido, se perdieron en la región de Ardenas mientras trataban de encontrar las líneas estadounidenses. Llevaban caminando tres días bajo el eco del clamor de la batalla en las colinas y valles que les rodeaban. Entonces, en la víspera del día de Navidad, llegaron a una pequeña cabaña.

Elisabeth Vincken y su hijo de 12 años, Fritz, esperaban que su marido llegase para pasar con ellos las navidades, pero era demasiado tarde. Los Vincken habían sido expulsados de su hogar en Aquisgrán por los bombardeos y se las habían apañado para mudarse a la cabaña de caza en el bosque de Hürtgen, a unos 6 kilómetros y medio de Monschau, en la frontera belga. El padre de Fritz se había quedado atrás para trabajar y les visitaba de vez en cuando. La cena de Navidad tendría que retrasarse hasta que él llegase. Elisabeth y Fritz estaban solos en la cabaña.


alemanes

El bosque de Hürtgen en diciembre




Se oyó un golpe en la puerta. Elisabeth apagó las velas y abrió la puerta para encontrarse a dos soldados estadounidenses frente a ella y a un tercero tendido en la nieve. A pesar de su aspecto desaliñado, no parecían más que muchachos. Estaban armados y podían haber irrumpido en la cabaña, pero no lo habían hecho, de modo que ella los invitó a pasar y cargaron a su compañero herido al cálido interior. Elisabeth no hablaba inglés y ellos no hablaban alemán, pero consiguieron comunicarse en un francés chapurreado. Al oír su historia y ver su estado, especialmente el del soldado herido, Elisabeth empezó a preparar comida. Envió a Fritz a por seis patatas y el gallo Hermann, cuya ejecución había sido retrasada hasta el regreso de su marido, pero que ahora estaba de nuevo sentenciado.

Mientras Hermann se asaba se escuchó otro golpe en la puerta y Fritz fue a abrirla, pensando que podrían ser más estadounidenses. En su lugar se encontró con cuatro soldados alemanes. Elisabeth sabía que la pena por alojar al enemigo era la muerte, así que, pálida como un fantasma, empujó a Fritz a un lado. Se trataba de un cabo y tres soldados jóvenes, que le desearon una feliz Navidad, pero que estaban perdidos y hambrientos. Elisabeth les dijo que podían pasar al calor y comer hasta que se terminase la comida, pero que había más gente dentro a los que no considerarían amigos. El cabo preguntó de forma brusca si se trataba de estadounidenses y ella dijo que eran tres y que estaban perdidos y helados, justo como ellos, y que uno estaba herido. El cabo la miró fijamente hasta que ella dijo: “Aquí no va a haber ningún disparo”. Ella insistió en que dejasen las armas fuera. Aturdidos por los acontecimientos aceptaron y Elisabeth entró, pidiendo lo mismo a los estadounidenses. Tomó sus armas y las guardó.


nochebuena

Camino embarrado en el bosque de Hürtgen



Lógicamente había mucho miedo y tensión dentro de la cabaña mientras los alemanes y los estadounidenses se miraban con precaución los unos a los otros, pero el calor y el olor del gallo asado y las patatas empezaron a suavizarlo. Los alemanes sacaron una botella de vino y una hogaza. Mientras Elisabeth se ocupaba de la cena, uno de los soldados alemanes, que era estudiante de medicina, examinó al estadounidense herido. En inglés, le explicó que el frío había evitado una infección, pero que había perdido mucha sangre. Necesitaba alimento y reposo.

Para cuando la cena estuvo lista, el ambiente estaba mucho más relajado. Dos de los alemanes tenían tan solo dieciséis años, el cabo tenía 23. Mientras Elisabeth bendecía la mesa, Fritz se dio cuenta de que los agotados soldados, tanto los alemanes como los estadounidenses…, tenían lágrimas en los ojos.

La tregua duró esa noche y hasta la mañana siguiente. Echando un vistazo al mapa de los estadounidenses, el cabo les indicó la mejor forma de regresar a sus líneas y les entregó una brújula. Cuando le preguntaron si deberían dirigirse en su lugar a Monschau, el cabo negó con la cabeza y les dijo que ahora estaba en manos de los alemanes. Elisabeth les devolvió las armas y los enemigos se estrecharon las manos y se fueron tomando direcciones opuestas. Tan pronto como se perdieron de vista terminó la tregua.

Sin embargo, el recordatorio de la humanidad y la decencia que tuvo lugar durante la noche acompañó al grupo durante toda su vida.

Tras cincuenta años y una larga búsqueda, Fritz pudo reunirse con algunos de los soldados que había conocido en aquella memorable noche y ver el respeto que tenían hacía su madre, una mujer valiente que había hecho posible un pequeño milagro durante una época terrible.


Ardenas

FIN DEL POST



tregua



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2 guerra mundias


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