El post que buscas se encuentra eliminado, pero este también te puede interesar

Kinshasa, el pulso urbano del Congo

Kinshasa, el pulso urbano del Congo

Kinshasa, el pulso urbano del Congo

En la caótica capital de la República Democrática del Congo, el arte es una manera de sobrevivir.

africaijese en el artista. Sale de un cobertizo que no es mayor que la celda de una cárcel, aunque está pintado de vivos colores y encima de la puerta hay un letrero que anuncia: «Place de la Culture et des Arts». El artista vive y trabaja aquí. Lleva un corte de pelo al estilo mohicano, aretes de oro, gafas ultragrandes con montura negra, botas de cowboy, cinturón de Dolce & Gabbana y una holgada camisa de tonos cobrizos. Se llama Dario, tiene 32 años y nos dice muy ufano: «Yo soy el rey de este barrio».

El barrio en cuestión es Matete, un lugar superpoblado, mísero y peligroso que es conocido por sus atletas y por los ladrones. (No lo es tanto por sus artistas adictos a la moda.) Junto al cobertizo de Dario, una anciana sentada en el suelo vende montoncitos de carbón. Calle arriba se extiende un laberíntico mercado donde los comerciantes venden martillos, plátanos y cigarrillos. Un poco más abajo, una pareja de policías intenta sujetar a una mujer perturbada que se arranca la ropa del cuerpo. Estamos en el vibrante corazón de Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo, una urbe en la que parámetros como el índice de nutrición per cápita y la calidad del agua sugieren unas condiciones de vida cercanas a la muerte. Pero la realidad es que Kinshasa está muy viva.

«Pasen», nos invita Dario. En el cobertizo no hay ninguna cama. Las paredes están llenas de cuadros del propio Dario, que no son en absoluto lo que cabría esperar del individuo presumido y fanfarrón que vi por primera vez en un concurso de sape, un evento donde los varones kinois, como se conoce a los habitantes de Kinshasa, exhiben la ropa de lujo con la que han logrado hacerse. Emergiendo de aquel extraño mar de petulantes depauperados, Dario había avanzado hacia mí, señalándose a sí mismo y alardeando: «¡Pantalones de Yohji Yamamoto! ¡Botas de El Paso! ¡Mi gorra Kassamoto cuesta 455 euros!». Y había seguido perorando hasta que salió a relucir que, además de ser un consumado sapeur, o adicto a la moda («Cuando muera, haré que entierren mi ropa conmigo»), había estudiado en la Academia de Bellas Artes de Kinshasa. «Pinto desde que tenía diez años», me dijo.

tristeza

Dos niños contraen el estómago, giran la cabeza y trinan como pájaros durante un rito iniciático en Kinshasa.

Sus cuadros son a la vez explosivos, líricos y nostálgicos. Evocan escenas callejeras abarrotadas y los afanes solitarios de la vida diaria: un paisaje urbano frustrante –de esfuerzo inútil y sin esperanza de triunfo– aunque exuberante, el mismo que ha forjado a algunos de los artistas más destacados de África. Muchos de ellos –los pintores Pierre Bodo y Chéri Samba, los músicos Papa Wemba y Koffi Olomide, o los escultores Bodys Isek Kingelez y Freddy Tsimba, por citar solo unos pocos– son mundialmente famosos. Quizá Dario no lo consiga. Aun así, esa es su misión en la vida, buscar la belleza en el esfuerzo humano. Le pido que me pinte algo y le describo lo que tengo pensado. Acordamos un precio, que incluye un anticipo de cien dólares para que compre el material.

«No tengo dinero –admite–, pero las personas como yo nunca se desaniman. Somos luchadores. Morimos con honor.»

congo

Como protesta contra la contaminación, la artista Julie Djikey se disfraza de «coche humano», con filtros de aceite en los pechos y una mezcla de aceite de motor y ceniza de neumáticos quemados untada sobre el cuerpo.

Fíjese ahora en la ciudad del arte. Kinshasa, una franja de trópico de 650 kilómetros cuadrados en la orilla meridional del río Congo, bulle como el océano primordial. Unos diez millones de personas viven en lo que los colonizadores belgas llamaron en su día Léopoldville, y cada año se suma otro medio millón más. Cómo van a sobrevivir es algo que nadie sabe. La ciudad es cualquier cosa menos un fértil granero: hasta el trigo para hacer el pan se importa desde ultramar. Esto hace que, como dice un veterano asesor de ayuda humanitaria radicado en Kinshasa, «en Estados Unidos se puede comprar una caloría de alimento más barata que aquí. Esta es una de las poblaciones más malnutridas del continente africano, si no del planeta». Toda el agua procede del río Congo y sus afluentes, que es también adonde van a parar las aguas residuales de la ciudad. Apenas hay vías asfaltadas. Sus escuelas son inaccesibles para la mayoría de los kinois. Pese a su condición de capital del segundo país más extenso de África, Kinshasa es un prodigio de disfuncionalidad. Cada ministerio o departamento del Gobierno, como apunta sutilmente un funcionario estadounidense, «tiene básicamente que autofinanciarse», lo cual significa que una parte sustancial del dinero que atesora es generado mediante el soborno y la extorsión. Esto es especialmente cierto de la policía, que, en palabras del asesor humanitario, «vive cien por cien de la trampa. Cada agente ha ingresado en el cuerpo por una razón: recaudar en beneficio propio».

esperanza

El célebre pintor Chéri Chérin puede trabajar de noche gracias a la luz de un farolillo que sujeta su aprendiz, Makoko. Casi toda Kinshasa sufre regularmente apagones eléctricos después del anochecer.

Sería lógico pensar que de esta colisión entre una pobreza galopante y un Estado fallido solo puede surgir la anarquía. Pero la confianza de Occidente en las instituciones es irrelevante en esa confluencia desaforada de metrópoli y poblado. La historia de Kinshasa tampoco responde al habitual relato africano de penalidades, represión y callejones sin salida. Tras obtener en 1960 la independencia de los belgas, que partieron sin dejar ningún patrón de gobierno, y después de haber sido engañados y expoliados por el dictador Mobutu Sese Seko, los congoleños aprendieron hace tiempo a descartar toda expectativa de que sus instituciones civiles y líderes electos vayan a actuar según lo prometido. El milagro de Kinshasa es que no ha renunciado a la esperanza. Al contrario: esta es una ciudad con un frenético espíritu emprendedor, donde todo el mundo es vendedor de lo que sea que caiga en sus manos, especialistas sin titulación –autónomos y con estilo propio–, creadores en medio del caos, artistas instalados en un cobertizo…

Fui a visitar a un autor local que tiempo atrás había escrito: «Kinshasa es una ciudad donde los estudiantes no estudian, los trabajadores no trabajan y los ministros no administran». Su nombre es Lye M. Yoka. Es el director general del Instituto Nacional de las Artes, y sonrió cuando le leí su cita. «La fuerza de Kinshasa reside en dos factores –declaró–. El primero es su condición de crisol: en sus calles hay una mezcolanza de las tribus más diversas, sin que existan fricciones entre los grupos locales que conviven en la capital.»

alegria

Toda la ciudad es una pasarela para los jóvenes sapeurs de Kinshasa, adictos a la moda que aquí desfilan por el barrio de Matonge con prendas de alta costura. Auténticos obsesos de la expresión personal, algunos de ellos se gastan la mayor parte de sus ingresos en ropa de diseño.

El segundo punto fuerte de la ciudad, prosiguió, «es su gran creatividad e improvisación. Para el forastero, la percepción inicial es de caos. Para mí no lo es en absoluto. Hemos desarrollado un sistema informal; y dentro de ese sistema hay una organización. Utilizamos lo que tenemos, y lo negociamos todo».
Por supuesto, Yoka me estaba describiendo la esencia misma de la sensibilidad creativa. «Es bien sabido que los artistas no se fían del Gobierno –dijo–. Su actividad artística se convierte en un medio para sobrellevar la crisis personal de cada día, y es también una forma de soñar. Lo fundamental es que la pasión los induce a crear, y pasión significa dos cosas: equivale a dolor, y equivale a entusiasmo.»

Así es Kinshasa, la ciudad del arte, donde la tribulación es musa.

convivir

Las personas que han huido de las áreas rurales arrasadas por la guerra han adaptado los ritos étnicos tradicionales al ritmo urbano de la gran ciudad. El grupo de danza Kpou Ambitiri, que tiene artistas enanos, actúa en ceremonias tribales, pero también en festivales para ganar dinero.

Encuentro a Freddy Tsimba detrás de una puerta de metal corrugado, más o menos a un metro de distancia, usando un soplete de oxiacetileno para soldar un machete a una escultura de una mujer embarazada formada íntegramente por cucharas. Tsimba paga a los niños callejeros de Kinshasa, los sheges, por buscar cucharas desechadas y traérselas. «[Los chavales] no saben lo que hago aquí dentro, creen que soy el loco del barrio que se dedica a coleccionar cucharas –me dice–. [En Kinshasa] tenemos montones de cucharas, pero, por desgracia, nada que ellos puedan llevarse a la boca.»

Tsimba me explica que la escultura simboliza la epidemia de violaciones que asola el este del país. «Verá que la mujer tiene el brazo extendido –puntualiza–; es para proteger a la criatura de su vientre. Se enfrenta al soldado. Hace todo lo que puede. El machete, obviamente, es una expresión de poder y violencia.»
«¿Le pregunta la gente alguna vez por qué no se concentra en crear imágenes más optimistas?»

supervivenvia

Un niño de la calle llamado Gaby trata de contener el miedo mientras lo cubren de polvos de talco como parte de un exorcismo para ahuyentar a los demonios.

Tsimba se ríe y responde: «Los artistas de más edad, esos que pintan a mujeres bailando con sus gordos traseros y a juerguistas bebiendo alcohol, desaprueban mi arte. Pero la mayoría de los congoleños lo está pasando mal, y eso es lo que yo represento. No me interesa adular a las autoridades; prefiero centrarme en la realidad».
Este hombre encantador y de cuerpo flexible con melena de rastas me guía por las polvorientas callejas de Matonge, el barrio en el que ha vivido durante sus 45 años de existencia. Pasamos junto al amplio lecho de un arroyo rebosante de basura. Tsimba se detiene ante una puerta metálica, la abre y me introduce en su almacén. En el interior hay quizás otra cincuentena de esculturas: algunas son mujeres encintas, muchas de ellas con las piernas separadas y las manos contra la pared. Hemos entrado en un submundo de víctimas refulgentes construidas a base de cucharas, machetes y balas.

kinsha

Freddy Tsimba suelda cucharas y balas para crear esculturas con un fuerte contenido político, como esta de una mujer embarazada con una maleta de botellas de agua vacías.

«En 1998 conocí aquí a una mujer del este del país, una víctima de violación que se había quedado en estado –me cuenta Tsimba–. Le pregunté si cuidaría del pequeño, y contestó: “Sí, él es inocente”. Aquello me sirvió de inspiración. Le enseñé la escultura cuando la hube terminado. Le gustó, e incluso se alegró porque alguien le iba a contar al mundo lo que estaba sucediendo. “Sí –proclamó–, así fue cómo sufrí.” Vendí la figura e invertí el dinero en pagarle el hospital y ropa decente, para que ella y su bebé pudieran volver a Goma.»

Desde entonces, las esculturas de Freddy Tsimba se han expuesto en toda África y en Europa, China o Washington, D.C. Recientemente, las autoridades de Estrasburgo le concedieron una residencia de artista en la ciudad francesa, donde erigió una estructura de seis metros de alto en conmemoración de los numerosos europeos orientales refugiados en Alsacia. Los fondos del proyecto sufragan el combustible del soplete, el almacén, las cucharas y las armas blancas recicladas.

En otros países, un artista con la arrolladora humanidad de Tsimba habría acumulado becas, subvenciones y nombramientos académicos a título honorífico. Incluso Mobutu, pese a su declarada cleptocracia, apoyó decididamente a los artistas de Kinshasa, en particular a los que le hacían una buena propaganda. Pero los sucesores del dictador, Laurent Kabila (que derrocó a Mobutu en 1997) y Joseph Kabila (quien sustituyó a su padre tras el asesinato de este en 2001), no han prodigado más que indiferencia. La función del ministerio estatal para el arte es un objeto permanente de incertidumbre, y las dos escuelas especializadas de Kinshasa se financian en gran medida con las matrículas abonadas por los padres de los alumnos. «Existe una gran falta de visión por parte del Gobierno», denuncia Joseph Ibongo Gilungula, director del Instituto de Museos Nacionales del Congo en Kinshasa. Con una sonrisa de desesperanza, dice sobre la entidad bajo su custodia: «¿Cómo se explica si no que tengamos 40.000 piezas de arte encerradas en un almacén?».

Kinshasa, el pulso urbano del Congo

Albert Matubanza Nlandu, responsable de la Orchestre Symphonique Kimbanguiste de Kinshasa, repara un instrumento.

Así pues, para llegar a ser un artista como Tsimba hay que actuar de la misma manera que lo haría cualquier kinois: en primer lugar, aceptar que la razón de ser de tu Gobierno es quitar, no dar; y después, improvisar, entregarte a la carrera artística con tanta convicción, que tus padres decidan enviarte a la Academia de Bellas Artes. El oficio de soldador lo aprendes frecuentando a unos artesanos del metal que han ocupado clandestinamente una antigua fábrica de componentes de automóvil que quebró. El material y la inspiración los encuentras en las calles. Si logras ganar algo de dinero, este procede de clientes ricos de fuera del Congo. Vives el día a día, con buenas dosis de ingenio y autosuficiencia, en una turbulenta mezcla de darwinismo urbano y provincialismo tribal, donde el tipo de riesgos artísticos asumidos por un Freddy Tsimba pueden mover a falsas interpretaciones. «Algunas personas asocian mi obra con el Mal –admite–. Califican mi arte de demoníaco. Incluso mis parientes creen que soy una especie de brujo. Ya no participo en las comidas familiares, porque temo que alguien intente envenenarme.»

Comulgar con los espíritus es, para los kinois, una fuente de malignidad pero también de fuerza, el elixir que reaviva su economía sumergida, el comodín con el que la suerte de un alma atormentada puede cambiar en un instante. He leído muchas veces que los kinois creen que los espíritus de los muertos pueden alterar la vida de una persona. Pero la primera vez que lo percibo es una noche en el barrio de Matonge, bastión de la escena musical de Kinshasa.

Papa Wemba, un músico de rumba de fama internacional procedente de Matonge, es aclamado por sus paisanos siempre que vuelve al barrio con su elegante traje y un cigarro puro en la boca. De noche, en las calles de Matonge reina una auténtica ebullición de melodías incorpóreas y animados asiduos de las discotecas. Al pasar frente a los atestados locales se oye un torrente de tambores, armonías vertiginosas y, naturalmente, la lánguida sensualidad de la rumba, que en las décadas de 1930 y 1940 hizo su insólito viaje desde Cuba hasta Kinshasa de la mano de peones caribeños, marineros de África occidental y los discos vendidos por los comerciantes europeos, y que los entonces colonizados kinois asimilaron de inmediato como un ritmo afín a su propio carácter.

africa

Bruce Makanga empezó a estudiar violín en su modesto hogar y ha tocado cuatro años con la Orchestre Symphonique Kimbanguiste.

Una noche me reuní con Tsimba en un garito de Matonge llamado La Porte Rouge para escuchar a Basokin, la orquesta de la casa. El local es un garaje, iluminado por una ristra de cuatro bombillas colgantes, con un coche aparcado en su interior, lo que deja el espacio justo para un escenario provisional y media docena de mesas de plástico. Los vendedores ambulantes van y vienen por la sala repartiendo cerveza congoleña, brochetas de ternera a la parrilla y cacahuetes. Los miembros del grupo, todos hombres, salen a escena en fila: tres vocalistas, dos guitarras eléctricas, un bajo eléctrico, tres intérpretes de tamtan y un percusionista que en el transcurso de la actuación golpea diligentemente una botella vacía de cerveza con una baqueta. A través de un sistema de sonido cascajoso y lleno de reverberaciones, la música empieza a un ritmo sostenido, con suaves toques de percusión y un repetitivo riff de guitarra. El cantante principal, un sujeto de mediana edad que viste una camisa de rayón y se hace llamar «Mi Amor», entona a voz en cuello unas pocas sílabas. A continuación se incorporan los otros dos vocalistas en una melodía gutural y polifónica característica de la etnia songye, cuya palabra escrita en plural (basongye) ha originado la primera parte del nombre del grupo. La canción sigue su curso: el cantante sermonea enérgicamente, la batucada gana fuerza y las sinuosas cadencias de la guitarra se tornan más insistentes, en una progresión de la intensidad apenas perceptible. Pasan así unos ocho minutos hasta que, por detrás del coche aparcado, hace su aparición el cuerpo de baile.

Son cuatro bailarinas, todas jóvenes, todas descalzas. Hoy visten un sencillo conjunto de falda y camiseta; pero esta misma semana, cuando vuelva a La Porte Rouge, irán ataviadas con unos espectaculares atuendos tribales amarillos y rojos. Los cantantes han moderado el papel de sus voces a unos roncos susurros de acompañamiento, mientras las danzarinas giran en el mareante torbellino de una improvisación de guitarra que ha pasado a ser un «galope» acústico abrumador. Siguiendo el compás de los tambores, las jóvenes se alzan frente al público y empiezan a simular un híbrido rítmico de sexo y parto: de cintura para abajo, se retuercen en movimientos inconmensurables; del cuello hacia arriba, parecen sumirse en un trance. Los espectadores, entre ellos Freddy Tsimba y yo mismo, quedamos atrapados en lo que cabría definir como un estado de alucinación compartido.

tristeza

En la panificadora de propiedad libanesa Pain Victoire, las barras denominadas kanga journée están por todas partes. El pan fue introducido inicialmente por los colonos belgas, y en los últimos años se ha incorporado a la dieta de los kinois porque es un producto barato.

De repente las luces se apagan y las guitarras quedan en silencio. El generador que suministra electricidad a La Porte Rouge ha consumido su última gota de gasóleo. Basokin desaparece en la oscuridad, mientras alguien coge un recipiente de plástico y echa a correr por la calle en busca de combustible. Al cabo de media hora las bombillas se encienden, la orquesta vuelve a ocupar el escenario con estoica compostura, y una nueva espiral de sonido y movimiento, que dura unos 20 minutos, invade el garaje y –al menos en mi imaginación –la ciudad circundante.

Unos días después me cito en Matonge con el cantante Mi Amor para tomar una cerveza. A la luz del sol las calles están tranquilas, y el líder del grupo musical, igual que Freddy Tsimba, se muestra a la vez cordial y gravemente serio en lo que respecta a su arte. Me cuenta que los integrantes de Basokin llevan 30 años trabajando juntos. Dos de las bailarinas son hijas de los músicos. Desde 1987 actúan en La Porte Rouge todos los lunes, miércoles y viernes. Mi Amor y otro de los miembros tienen sendos empleos en la Administración; el resto, me explica, «se mueve en la estructura informal», lo que equivale a decir que, al igual que la inmensa mayoría de los kinois, salen adelante como pueden, sin excluir las propinas que reciben del público.

La dificultad para subsistir como artista en Kinshasa ha obligado incluso a los más célebres a aceptar el patrocinio de la empresa privada e insertar jingles comerciales en su repertorio. Basokin se ha resistido a estos impulsos. «Todos los miembros del grupo pertenecen a las tribus que representan la cultura songye, y lo que pretendemos es preservar las tradiciones populares más arraigadas –me aclara Mi Amor–. Las canciones folclóricas son estáticas, no dinámicas. Reemplazamos algunas palabras en las letras y sustituimos un instrumento tradicional como el xilófono por otro moderno como la guitarra. Pero nuestras canciones hablan de recuperar unos valores ancestrales que se están perdiendo. Por ejemplo, una de las piezas que nos oyó interpretar la otra noche trata de un hombre humilde y nos avisa de que no hay que menospreciarlo por su pobreza, porque nunca se sabe qué será de él mañana. A todos nos otorgan el don de la prosperidad; a cada uno le llega en su momento.»

El cantante me dice también que la música misma pretende evocar lo sobrenatural, pilar básico de la espiritualidad songye, que está impregnada de hechicería y de veneración hacia los difuntos. «Cuando las bailarinas se suman a la actuación y nosotros improvisamos, se produce una concatenación de fuerzas –subraya–. Unos y otros convocamos a los ancianos songye ya fallecidos. Es como si estuviéramos de nuevo en nuestros poblados, hablando con las almas del mundo de los muertos, y ellas nos escucharan.»

congo

No hay obstáculo demasiado grande para algunos músicos kinois. El grupo Handi-Folk, compuesto por parapléjicos que sufrieron poliomielitis y otros minusválidos, ensaya en un bar.

Michel Winter, un productor y agente musical de nacionalidad belga, ha viajado a Kinshasa un sinfín de veces y ha sacado del anonimato a artistas tan extraordinarios como Konono N.º 1 y Staff Benda Bilili (un grupo compuesto por varios cantantes parapléjicos reclutados en las calles que causó sensación internacionalmente y dio origen a una atractiva banda filial de músicos con discapacidades físicas llamada Handi-Folk). Winter descubrió a Basokin en 2002, y desde entonces le ha organizado giras por toda Europa. «Para mí, Basokin es algo increíble, un conjunto hipnótico –confiesa el productor–. Sus ingresos son escasos, y demuestran tener muchísimo valor tocando aquí tres veces por semana. Kinshasa está repleta de locos soñadores como Basokin y Staff, que ensayan sin descanso, día tras día. No creo que exista ningún otro lugar en la Tierra parecido a este.»

El problema estriba, según Winter, en cómo transmitir a un público más amplio la efervescencia primaria que vimos en La Porte Rouge. «No sé cómo se puede reproducir en un sistema discográfico, limpio y aséptico, el impacto recibido cuando los ves en directo –se lamenta con un suspiro–. Desconozco la solución. De lo único que estoy seguro es de que tenemos que registrarlos en una grabación antes de que sea tarde.»

No es difícil extasiarse ante la magia de la ciudad, o ensalzar Kinshasa, tal y como hace Yoka, como una urbe «más sensual e imprevisible que una mujer», un paisaje de «muertos de hambre y artistas de la lucha que se enfrentan al infortunio con una sonrisa, tomándoselo conforme a su estilo peculiar, es decir, con humor y sátira». Aun así, el escritor admite que el «sistema informal» dista mucho de ser el idóneo. «No intento disculpar a mi ciudad –asegura–. Vivimos en la era moderna, y existen unos estándares modernos a los que debemos adaptarnos.»

Lo cierto es que el cuadro, a la vez crudo y variopinto, que ofrecen los emprendedores compulsivos en Kinshasa puede ensombrecerse en cuestión de minutos. Todas estas cosas que me ocurrieron a mí pueden pasarle a cualquiera: vas circulando por Matonge en un vehículo todoterreno y, de repente, un individuo se planta de un salto en el estribo bajo puertas. Golpea violentamente el cristal de la ventanilla; dice que tu coche ha rayado el suyo y exige una compensación inmediata. Tu guía niega los hechos y acelera. El hombre persiste en su actitud, kilómetro tras kilómetro, hasta que un guardia de tráfico se percata de la situación, te hace señal de parar… ¡y pide también dinero! Si resulta que tu guía no tiene el número de móvil del jefe de la policía, como en el caso del mío, pasarás las horas siguientes retenido hasta que aflojes la cantidad suficiente para recobrar la libertad.

esperanza

Bodys Isek Kingelez, cuyas maquetas de ciudades futuristas se venden por decenas de miles de euros, almacena sus obras dentro de un coche.

O pongamos otro ejemplo: un atardecer te diriges al barrio periférico de Ndjili para ver actuar a un grupo musical. El asfalto ha dado paso a unas avenidas de tierra llenas de baches. De pronto, el tránsito se interrumpe. Un coche ha sufrido una avería. Un segundo después todos los vehículos maniobran hacia los lados, tratando de esquivarlo, con lo que obstruyen cualquier salida y el sentido del orden se desintegra en un resonante infierno sin el menor control policial. Una riada de pasajeros se apea de los desvencijados autobuses que los traían de vuelta de sus trabajos e inunda las calles. Madres que acunan a sus bebés. Perros… Cuerpos y polvo sepultan toda la luz. Truenan las bocinas. Los hombres vociferan y descargan el puño sobre coches como el tuyo. Eres engullido por diez millones de almas en constante crecimiento, no hay escapatoria.

A pesar de todo logras escapar, porque eres un privilegiado y has podido contratar a un conductor experto. No formas parte de las decenas de miles de niños callejeros que pueblan la urbe, muchos de los cuales fueron expulsados de sus casas por unos padres que habían decidido que su mala suerte como kinois se debía a la influencia de un maleficio en el núcleo familiar. «En las sociedades tradicionales, siempre que un niño pierde a sus padres es acogido automáticamente por parientes», dice Henry Bundjoko Banyata, un catedrático de historia del arte de Kinshasa al que con solo 12 años, en el entorno rural donde nació, iniciaron ritualmente en el ejercicio de la medicina tribal, lo que solemos designar como un curandero. «Pero desde que sobrevino la debacle económica de Kinshasa durante el mandato de Mobutu –añade el profesor–, algunas familias, empujadas por la falta de recursos, empezaron a deshacerse de sus pequeños. Otras se adscribieron a una iglesia buscando protección contra las fuerzas malignas, y el pastor que presidía el culto confirmó que aquellos niños eran brujos. En los poblados no se conocen tales prácticas. Es como el respeto a los ancestros y al medio ambiente, cosas que aquí también se descuidan. En la capital hemos perdido todos esos valores.»

alegria

Fíjese en la ciudad reimaginada. La puerta de acceso es una rueda multicolor. Pasada la rueda se despliega, a modo de cinta, un bulevar que cruza un Jardín del Edén y finaliza en una metrópoli proyectada sobre una gran masa de agua. Los rascacielos, rutilantes, tienen unas proporciones fabulosas, a medio camino entre Dubai y Legoland. Algunos edificios ostentan el emblema de un producto comercial, como pasta dentífrica o cerveza; otros anuncian un lugar, ya sea Libia, Estados Unidos o el Himalaya. Es una ciudad impoluta, tremendamente original. Y también está totalmente deshabitada.

El creador de esta intrincada maqueta urbana de cartón y plexiglás es Bodys Isek Kingelez. Erguido junto a su obra, tan orgulloso como un gallo de pelea, este kinois de mediana edad me recibe vestido íntegramente de rojo, desde las gafas de sol hasta los zapatos de piel. «Los arquitectos y los constructores de todo el mundo podrían aprender de mi percepción para ayudar a las generaciones futuras –sentencia–. Yo ideo ciudades de la paz. Como intelectual autodidacta, todavía no he llegado a la meta que quiero alcanzar. Mi deseo es ayudar a la Tierra por encima de todo. Voilà.»

En presencia de este artista displicente y de sus carnavalescas maquetas comprendes enseguida que en realidad no es el altruismo lo que le mueve. De hecho, Kingelez encarna la audacia humana para reordenar y reinventar desde cero. O para ser Dios, como él mismo proclama: «Cuando Dios creó el mundo, fue Salomón quien construyó los primeros edificios importantes. En la actualidad, yo me limito a seguir la creación de Dios. Nunca hago bocetos previos. Yo soy un creador, me guío por mi propia visión».

Cuenta el artista que la visión se materializó en 1979, cuando daba clases de economía en Kinshasa. «Tuve una revelación. Fue como si cayera enfermo –recuerda–. Una voz me dijo: “Tienes una tarea que cumplir. Consigue tijeras, pegamento y papel”. “¿Qué voy a hacer con ellos?”, pregunté, y el espíritu me ordenó: “Sencillamente, ponte a trabajar y pronto lo sabrás”. Me recluí en casa sin nada que comer. En un par de semanas la pequeña maqueta estaba terminada. Un familiar vino a visitarme y la vio. “¡Deberías venderla!”, me aconsejó.»

convivir

A partir de entonces ha estado exponiendo y vendiendo sus maquetas por toda Europa y Estados Unidos. Hoy el insigne Kingelez vive en una urbanización vallada, aunque dice que posee 30 casas diseminadas por la ciudad. En su garaje hay estacionados cinco automóviles; dos de ellos sirven como almacén de las maquetas desmontadas. Su vivienda es más bien pequeña. Tiene una habitación entera reservada para los 22.000 euros en plexiglás y otros materiales artísticos que ha importado de Europa. La casa está llena de maletas, decenas de ellas, que atesoran su ingente colección de ropa. «Repito de indumentaria solo una vez cada seis meses –me explica–. Camisa, chaqueta y calzado deben guardar una armonía. En mi opinión, ir bien vestido forma parte del poder humano. A veces mi esposa se queja de que nos vamos a asfixiar rodeados de tantas maletas. Las mujeres son criaturas débiles. A algunas personas –añade al cabo de un instante– les cuesta entender la lógica con la que nací. Al igual que yo, mis hijos están siempre en el recinto y apenas salen al exterior. La gente de mi entorno se pregunta: “¿Por qué viven como los blancos, sin pisar nunca las calles?”. Pero los europeos que vienen de visita se sienten muy cómodos en mi casa. “Eres tan blanco como nosotros”, me dicen a menudo.»

Kingelez es un ferviente admirador de Estados Unidos. En cambio, le horroriza Kinshasa, la ciudad en la que vive pero en cuya construcción jamás ha participado. «Está llena de músicos que solo saben perseguir mujeres y no mueven un dedo en beneficio de la sociedad –dice–. Por este motivo el país seguirá siendo pobre. Detesto profundamente todo ese ruido, toda esa música. No se puede pensar en el futuro cuando la música suena a pleno volumen. Si te pasas la noche gritando, saltando y bailando, por la mañana no serás capaz de hacer nada de provecho.»

supervivenvia

El total desprecio con el que Kingelez trata la decadencia de Kinshasa está sin duda exacerbado por lo poco apreciado que es él en la ciudad. «Aquí en Kinshasa no he organizado nunca una exposición –señala–. Déjeme decirle una cosa: nadie sabe ni quién soy ni a qué me dedico.»

Es obvio que detrás de su ceño mayestático sangra la herida de un ego colosal. En cualquier caso, Bodys Isek Kingelez se equivoca. Su carácter no se diferencia del de su ciudad. Es, en cierto sentido, la quintaesencia del kinois, y desde luego la culminación de la metrópoli: un Picasso africano con un optimismo tan desmesurado que no necesita nada ni a nadie, tan solo su inhumana determinación, junto con los detritos muy humanos de papel y plástico para construir su cielo en la Tierra, su reino modélico. ¡Es un rey! ¡Es Kingelez! ¡Es Kinshasa!

En su cobertizo, Dario sostiene ante mí el cuadro que le encargué. Es un retrato de mi perro, Bill, enmarcado en madera. La recreación es más que aceptable (incluido el ojo azul celeste), y presenta algunas florituras inusitadas: Bill aparece sentado en la ribera del río Congo, y hay unas conchas adheridas a la superficie del agua.
«Lo pinté por las noches, estando a solas –dice Dario–. Son las horas en las que Dios insufla su inspiración a los artistas.»

kinsha


Le pago la suma pendiente, pero Dario aún no ha acabado conmigo. Me aguarda una última sorpresa y me conduce hasta ella, pavoneándose sobre sus botas de cowboy al recorrer la «pasarela» polvorienta y sofocante del mercado de Matete, donde una cohorte de niños sigue una vez más al rey autocoronado del barrio. Se detiene delante de una puerta metálica y llama con los nudillos. Sale a recibirnos una rotunda congoleña, que luce unos aros de oro en las orejas y lleva una gorra con las iniciales NYPD (Departamento de Policía de Nueva York). Enseguida pasamos a un pequeño patio lleno de verdor. Dos guitarristas acústicos y dos percusionistas están en medio de un ensayo. Resulta que Dario también es músico, y esta es su banda.

«Dedico esta canción al Congo –anuncia, mirando al patio–, donde hay guerra, dolor y hambre. A mi país.»

Y mientras la música retumba, Dario ataca la primera estrofa: «África es un sol vuelto del revés…». Es el prototipo del artista desinhibido, valiente y, hoy por hoy, irrefrenable.

5 comentarios - Kinshasa, el pulso urbano del Congo

@Marquitos_SC +3
QUE BUENA QUE ESTÁ LA NEGRA POR FABOR!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Kinshasa, el pulso urbano del Congo
@AnarquiztA +1
esto da para top...
----
pd:luego vuelvo para dejar puntos