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La dualidad en Ceremonia secreta de Marco Denevi

La dualidad
en
Ceremonia Secreta
de
Marco Denevi

La dualidad en Ceremonia secreta de Marco Denevi

En el discurrir de la historia contada en
Ceremonia secreta
se puede observar cómo la protagonista, Leónides Arrufat, posee una doble personalidad, este fenómeno de dualidad también se observa en el discurso que realiza Denevi en la obra. El presente trabajo pretende demostrar esta hipótesis con ejemplos propios de la obra y realizar un breve recorrido por la obra y el autor.

El autor
Marco Denevi nació en Sáenz Peña, provincia de Buenos Aires, el 12 de mayo de 1922 y falleció, en la misma provincia, el 12 de diciembre de 1998.
Fue un gran cuentista, dramaturgo y periodista. En 1986 profirió una frase que lo definiría claramente: “vivo de lo que escribo, pero no todo lo que escribo es literatura. Incluyo periodismo, guiones de televisión y de cine”.
Su primera gran obra fue la novela “Rosaura a las diez”, escrita en 1955. Cinco años después escribió la novela de la cual me ocupo en este trabajo. Una de sus creaciones, “Los expedientes” (1957), fue premiada con el Premio Nacional del Teatro, convirtiéndolo en un gran dramaturgo. También se destacan “Falsificaciones” (1966), “Un pequeño café” (1966), “El emperador de la China y otros cuentos” (1978) y “Manuel de historia” (1985), entre otras.

La obra
El año en que fue escrita, “Ceremonia secreta” (1960) recibió el primer premio en el concurso de cuentos de la Revista LIFE y tiempo después, en 1968, fue llevada al cine por el director Josep Losey, a través de las interpretaciones de Elizabeth Taylor, Mía Farrow, Robert Mitchum, Peggy Ashcroft y Pamela Brown.
Posee algunas características de la novela gótica del siglo XIX, los espacios amenazantes, como los lugares de encierro, caserones antiguos abandonados, como la casona de la calle Suipacha; los personajes siniestros, como Leonides y Cecilia. Se observa el recurso de la dualidad, tan presente en novelas de este tipo como “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, “Frankenstein” y “Drácula”.
Además, el espacio que describe el autor son verdaderas joyas de clásico realismo. Como sostiene Fernando Alegría, nada falta en sus descripciones: ni las casonas, ni los olores, ni el río, ni el tranvía. Es fácil encontrarse en los escenarios pintados por Denevi con majestuosa precisión. El Realismo surge en el siglo XIX como reacción al Romanticismo, a causa de la difícil situación que se vivía en Europa por las desigualdades sociales provocadas por la creciente industrialización. Vuelca su atención a la realidad cotidiana y pretende reproducir la época en que se vive en forma sencilla.

En lo que a la interpretación narrativa se refiere, el narrador está en tercera persona y es omnisciente, no se incluye en la historia pero la domina completamente así como los pensamientos, el pasado y el futuro de los personajes. La focalización que realiza es externa, todo es mostrado desde fuera de la diégesis. Respecto al modo de narración, Denevi utiliza mayoritariamente la diégesis, o sea, cuenta hechos, lo que le sucede a los personajes, pero en una ocasión, cuando charla Anabelí con Encarnación y Mercedes, el narrador utiliza la mímesis, es decir construye el relato con los diálogos de las tres mujeres. En lo que respecta al tiempo el orden del discurso es igual al de la historia.

La novela discurre a través de los cambios de personalidad que realiza la protagonista Leonides Arrufat, una solterona, que viste de negro y usa un anticuado sombrero. Sale de su casa, antes del amanecer, y realiza una especie de ritual varias veces, reparte distintas plantas en las casas de su barrio, con distintos objetivos y profiriendo una especie de conjuro. Al llegar a la casa de Natividad González, una mujer de la vida, para dejarle una ramita de ortiga a modo de invitación para que se mude, ésta sale de la casa y la insulta de pies a cabeza.
[...] Al llegar a la casa de aquel niño para¬lítico que una vez le había sonreído de¬positó sobre el umbral de la puerta de calle una flor de pasionaria, inclinó la frente, y en voz alta rezó: “Oh, Señor, a cuya voluntad corren los momentos de nuestra vida, acoge las ruegos y ofrendas de tus siervos, que te imploran por la salud de los enfermos, y sánalos de todo mal”
Siguió caminando.
En el balcón de la casa de Ruth, Edith y Judith Dobransky puso una rama de vincapervinca atada con una cinta rosa, y oró: “Que el Dios de Israel sea el tabernáculo de tu virginidad, oh doncella, y te salve de las tentaciones de la serpiente”.
Siguió caminando.
Arrojó tres hojas de cineraria en el jardín de un chalet frente al cual, varios días antes, había visto detenido un corte¬jo fúnebre, y en un intrépido latín musi¬tó: “Requiem ae ternam dona eis, Domine, y lux perpetua luceat eis”.
Siguió caminando.
Ahora le llegaría el turno a Natividad González. A esa mujerzuela le dejaba dia¬riamente, desde hacía meses, una ostentosa rama de ortiga.[...]

Hasta ese momento vemos a la primera Leonides y a la siguiente la conoceremos gracias al encuentro, en un tranvía, con Cecilia Engelhard.
Esta aturdida muchachita la toma por su madre, Guirlanda Santos, que ha muerto ya pero no en la mente de Cecilia. Nuestra solterona se escapa al principio de la errante “muñequita”, como la llamará luego, pero finalmente le sigue el juego y la acompaña hasta su casa.
En la vetusta casona de Suipacha al 78 y ya en la habitación de la difunta, Leonides se transforma, poco a poco, en ella, se deja llevar por el placer que le producen las atenciones que le prodiga Cecilia. ¿Es ella o es la otra? Se mira en el espejo cómplice de sí misma.
[...]La señorita Leonides decía: “Cecilia, hijita”, y ya no tenia la sensación de estar usando un lenguaje postizo. Cecilia exclamaba: “Mamá, mamá”, y la señorita Leonides ya no advertía, debajo de ese llamado, el hueco que antes lo dejaba bailando en el aire como una hoja seca. Porque el espíritu también funda, como la carne, más que la carne, sus propias filiaciones.
Salían juntas de paseo, tomadas del brazo. Se sentaban a una mesita, en la vereda de alguna confitería de la Avenida de Mayo, sorbían morosamente un refres¬co, miraban pasar a la gente. O entraban en los cines de Lavalle, asistían al desfile de aquellas imágenes siempre demasiado veloces, salían como borrachas, durante todo el día comentaban lo que habían visto. (Claro que, conforme la señorita Leonides tenía ocasión de comprobarlo, a menudo Cecilia no captaba ni el carozo ni la corteza del espectáculo. Pero, ¿qué importaba? ¡Se la veía tan feliz en su luneta, riéndose y chupando caramelos!).
Juntas, siempre juntas. Ahora la señorita Leonides vestía de gris, de blanco, de azul. Las mejillas se le redondeaban. Ha¬bía engordado. Se parecía más que nunca a Guirlanda Santos de hacía diez años (Cuando Belena la vio por última vez en vida). Y a su lado, pulcra, obediente, una perla, la muñequita de cara de aldeana y gran peluca rubia traqueteaba denodada¬mente sobre sus piernecitas mecánicas.
“Señor, Señor”, rogaba la señorita Leonides, “no me prives de esta felicidad”.
Tenían la casa como un espejo. El hedor a podredumbre y a medicamentos ha¬bía sido aventado. Entre, las dos preparaban arduos platos inéditos que después devoraban alegremente en la cocina.
Festejaron Navidad con un banquete. La señorita Leonides, dando rienda suel¬ta a fantasías mucho tiempo postergadas, decoró el comedor hasta volverlo irreco¬nocible. Sobre la mesa desplegó una im¬ponente orografía de golosinas. Tomaron champán. Se rieron a carcajadas. La se¬ñorita Leonides se puso a bailar sola y a arrojar besos a una imaginaria concurrencia. Como siempre, terminó llorando.
“Señor, “Señor”, suplicaba la señorita Leonides, “no me quites esta felicidad” [...]


Aquí vemos claramente la dualidad que mencioné. La cual también se refleja en el léxico de la obra, en el uso doble de la misma palabra en distintas ocasiones: desayuno-desayuno, nadie- nadie, por favor- por favor.
Y no, no. Paradójicamente, la mucha¬cha no sólo no rompió a llorar, sino que emitió una risita aguda y barboteó:
—Desayuno, desayuno.
Hizo un ademán como pidiéndole a la señorita Leonides que esperase, y salió precipitadamente.
Cecilia también la experimenta, es otra, pero no una persona distinta sino ella misma pero actuando como si estuviera en otro tiempo.
Otro hecho provocará que la protagonista adopte otra personalidad, la de Anabelí Santos, la prima de la pobre Guirlanda. Este suceso se produce con la visita Encarnación y Mercedes, amigas de la difunta, cuando Leonides las ve robando objetos en la sala de la casa. Inesperadamente, cuando estas se han marchado le pide la dirección a “su hija”. Al otro día decide ir a verlas. Una de ellas se aterroriza al verla ataviada con la ropa de Guirlanda y la confunde con la muerta. La otra incrédula la interroga y es ahí cuando a Leónides se le ocurre el personaje de la prima. En esta charla, también se saca algunas dudas que tenía sobre Cecilia.
Leonides regresa a su casa y allí decide que ella no abandonará a Cecilia como lo hicieron primero su madre, luego Fabián, después de aprovecharse de ella, y después Belena.
La encuentra en posición fetal, esperándola en la puerta de su casa. A partir de ese instante viven unos pocos momentos de felicidad, “pero una inexorable herrumbre atacaba ya a toda aquella doradura”, con estas palabras nos introduce Denevi en el desenlace de la novela.
Cecilia enferma, la atiende un médico y se enteran de que estaba embarazada. Pero la muerte sigue rondando a la familia ya que no podrán sobrevivir los dos, llegado el momento deberán elegir entre la vida de uno o de la otra.
Un día durante su agonía y mientras Leonides la cuidaba Cecilia despierta de su letargo y también de su desvarío, se sitúa en tiempo y espacio y le cuenta a Leonides qué le había sucedido realmente y el porqué de su desvarío. Cuando murió su madre su prima Belena se vino a vivir con ella y como era la única sobreviviente de las Santos además de Cecilia, contrató a tres hombres para que la mataran. Uno de ellos enamoró a Cecilia, aprovechándose de su soledad pero llegado el momento no pudo matarla, ingresó a su casa con los otros dos malvivientes, violaron a Cecilia y le robaron todas las joyas y monedas que tenía en el cuarto de su madre. La encerraron y desde su cuarto oyó a los delincuentes hablar de la complicidad de Belena. Y así ella ese día perdió la cabeza y terminó resguardándose en una mujer que encontró en la calle y adoptó como a su madre.
Cecilia muere y también su bebé, inmensamente dolida Leonides planea la ceremonia secreta para vengar tan injustas muertes. Recuerda que una de las amigas de Guirlanda le contó que Belena se enteró del fallecimiento de esta a través del diario, entonces decide realizar una publicación sobre el deceso de Cecilia. Prepara el velorio y la espera.
Cuando esta llega, junto a los féretros de Cecilia y su bebé, la asesina con un estilete. Se saca la ropa de Guirlanda, se viste nuevamente de Leonides y se marcha. De esta forma hace justicia por aquella hermosa muñequita que tan injustamente había sufrido hasta el último de sus días sin merecerlo.


En conclusión, como hemos podido observar, la hipótesis de la dualidad, planteada al principio de este trabajo se cumple. No obstante, me parece importante aclarar que es más amplia de lo planteado ya que la dualidad se observa también en Cecilia. Ella actúa como una Cecilia del pasado, tiempo en el que su madre aún vivía.




















BIBLIOGRAFÍA

•Denevi, Marco. (1994) Ceremonia secreta. Buenos Aires: Ediciones Corregidor.
•Solo literatura. Literatura hispanoamericana.com. Marco Denevi. www.sololiteratura.com
•Monografías.com. Ceremonia Secreta. www.monografías.com
•Decine21.com. Ceremonia secreta. www.decine21.com
•Saint André, Estela y Rodón, Adela. (1997) “Semiótica y Pragmática”. En Leer la novela hispanoamericana del siglo XX. UNSJ.

1 comentario - La dualidad en Ceremonia secreta de Marco Denevi

@GermanWintertear
disfrute mucho de esa novela en el secundario, mus "oscura" por decirlo de alguna manera... pero quizas, de la epoca del secundario, mi novela preferida sea la de Hesse, el Lobo estepario , tmb siguiendo unas de la sdualidades mas interesantes para todo ser humano: la de ser un burgues o un lobo estepario (un "espiritu libre" (quizas?) en Nietzsche o su posterior Ubermensch)...