sigo la serie de textos escaneados con un brevísimo y contundente escrito de deleuze sobre el concepto de estructura

OCTAVA SERIE:
DE LA ESTRUCTURA


Gilles Deleuze
[Lógica del Sentido, 1969]


Levi-Strauss indica una paradoja análoga a la de Lacan, en forma de antinomia: dadas dos series, una significante y otra significada, una presenta un exceso y otra un defecto, por los cuales se remiten una a otra en eterno desequilibrio, en perpetuo desplazamiento. Como dice el héroe de Cosmos siempre hay demasiados signos significantes. Y es que el significante primordial es del orden del lenguaje; ahora bien, sin tener en cuenta el modo como se adquiera el lenguaje, los elementos del lenguaje han debido darse todos a la vez, de un golpe, porque no existen independientemente de sus relaciones diferenciales posibles. Pero el significado en general es del orden de lo conocido; ahora bien, lo conocido esta sometido a la ley de un movimiento progresivo que va de parte en parte, partes extra partes. Y sean cuales fueren las totalizaciones que opere el conocimiento, siguen siendo asíntotas a la totalidad virtual de la lengua o del lenguaje. La serie significante organiza una totalidad previa mientras que la significada ordena totalidades producidas. «El Universo ha significado mucho antes de que se comenzara a saber lo que significaba... El hombre dispone desde su origen de una integralidad de significante que es muy difícil asignar a un significado, dado como tal sin ser por ello conocido. Siempre hay una inadecuación entre los dos."

Esta paradoja podría ser llamada paradoja de Robinson. Porque es evidente que Robinson en su isla desierta no puede reconstruir un análogo de sociedad si no es dándose de una vez todas las reglas y leyes que se implican recíprocamente, aun cuando todavía estas no tengan objetos. Por el contrario, la conquista de la naturaleza es progresiva, parcial, parte a parte. Una sociedad cualquiera tiene todas las reglas a la vez, jurídicas, religiosas, políticas, económicas, del amor y del trabajo, del parentesco y del matrimonio, de la servidumbre y de la libertad, de la vida y de la muerte, mientras que su conquista de la naturaleza sin la cual dejaría de ser una sociedad, se hace progresivamente, de fuente en fuente de energía, de objeto en objeto. Por ello, la ley pesa con todo su peso, incluso antes de que se sepa cuál es su objeto, y sin que pueda saberse nunca exactamente. Este desequilibrio es lo que hace posible las revoluciones: y no porque las revoluciones estén determinadas por el progreso técnico sino porque las hace posibles esta distancia entre las dos series, que exige reajustes de la totalidad económica y política en función de las partes de progreso técnico. Hay pues dos errores, en realidad el mismo: el del reformismo o la tecnocracia, que pretende promover o imponer ajustes parciales de las relaciones sociales según el ritmo de las adquisiciones técnicas; el del totalitarismo, que pretende constituir una totalización de lo significable y lo conocido sobre el ritmo de la totalidad social existente en tal momento. Por esto el tecnócrata es el amigo natural del dictador, ordenadores y dictadura, pero el revolucionario vive en la distancia que separa el progreso técnico de la totalidad social, inscribiendo allí su sueño de revolución permanente. Pero este sueño es por sí mismo acción, realidad, amenaza efectiva sobre cualquier orden establecido, y hace posible aquello en lo que sueña.

Volvamos a la paradoja de Lévi-Strauss: dadas dos series, significante y significada, hay un exceso natural de la serie significante y un defecto natural de la serie significada. Hay necesariamente «un significante flotante, que es la servidumbre de todo pensamiento finito, pero también la prenda de todo arte, toda poesía, toda invención mítica y estética»; y añadimos: de toda revolución. Y además hay, del otro lado, una especie de significado flotado, dado por el significante «sin ser por ello conocido», sin ser por ello asignado ni realizado. Lévi-Strauss propone interpretar así las palabras chisme o trasto, algo, aliquid, pero también el célebre maná (o incluso ello). Un valor «en sí mismo vacío de sentido y por ello susceptible de recibir cualquier sentido, cuya única función es colmar la distancia entre el significante y el significado», «un valor simbólico cero, es decir, un signo que indica la necesidad de un contenido simbólico suplementario al que ya carga el significado, pero que puede ser un valor cualquiera a condición de que forme parte todavía de la reserva disponible...». Debe comprenderse que las dos series están marcadas, una por exceso y la otra por defecto, y que las dos determinaciones se intercambian sin equilibrarse jamás. Porque lo que está en exceso en la serie significante, es literalmente una casilla vacía, un lugar sin ocupante, que se desplaza siempre; y lo que está en defecto en la serie significada, es un dato supernumerario y no colocado, no conocido, ocupante sin lugar y siempre desplazado. Es la misma cosa bajo dos caras, pero dos caras impares mediante las que las series comunican sin perder su diferencia. Es la aventura que sucede en la tienda de la oveja, o la historia que cuenta la palabra esotérica.

Quizá podamos determinar ciertas condiciones mínimas de una estructura en general:

1°) Son precisas al menos dos series heterogéneas de las que una será determinada como «significante» y la otra como «significada» (nunca basta una sola serie para formar una estructura).

2°) Cada una de estas series está constituida por términos que sólo existen por las relaciones que mantienen unos con otros. A estas relaciones, o mejor, a los valores de estas relaciones, corresponden acontecimientos muy particulares, es decir, singularidades asignables en la estructura: igual que en el cálculo diferencial, donde unas distribuciones de puntos singulares corresponden a los valores de las relaciones diferenciales . Por ejemplo, las relaciones diferenciales entre fonemas asignan unas singularidades en una lengua, en cuyas «cercanías» se constituyen las sonoridades y significaciones características de la lengua. Más aún, resulta que las singularidades contiguas a una serie determinan de modo complejo los términos de la otra serie. Una estructura implica, en todo caso, distribuciones de puntos singulares correspondientes a series de base. Por esto es inexacto oponer la estructura y el acontecimiento: la estructura implica un registro de acontecimientos ideales, es decir, toda una historia que le es interior (por ejemplo, si las series implican «personajes», una historia reúne todos los puntos singulares que corresponden a las posiciones relativas de los personajes entre ellos en las dos series).

3.°) Las dos series heterogéneas convergen hacia un elemento paradójico, que es como su «diferenciante». El es el principio de emisión de las singularidades. Este elemento no pertenece a ninguna serie, o más bien pertenece a las dos a la vez, y no cesa de circular a través de ellas. Además tiene la propiedad de estar desplazado siempre respecto de sí mismo, de «faltar a su propio lugar», a su propia identidad, a su propia semejanza, a su propio equilibrio. Aparece en una serie como un exceso, pero con la condición de aparecer en la otra como un defecto. Pero, si está en exceso en la una, es a título de casilla vacía; y, si está en defecto en la otra, es a título de peón supernumerario o de ocupante sin casilla. Es a la vez palabra y objeto: palabra esotérica, objeto exotérico. Tiene por función: articular las dos series una con otra, y reflejarlas una en la otra, hacerlas comunicar, coexistir y ramificar; reunir las singularidades correspondientes a las dos series en una «historia embrollada», asegurar el paso de una distribución de singularidades a la otra; en una palabra, operar la redistribución de los puntos singulares; determinar como significante la serie en que aparece en exceso, como significada aquella en que aparece correlativamente en defecto, y sobre todo asegurar la donación del sentido en las dos series, significante y significada. Porque el sentido no se confunde con la significación misma, pero es lo que se atribuye para determinar el significante como tal y el significado como tal. Se concluye de ahí que no hay estructuras sin series, sin relaciones entre términos de cada serie, sin puntos singulares correspondientes a estas relaciones; pero, sobre todo, que no hay estructura sin casilla vacía, que hace que todo funcione.

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Véase la introducción de Levi-Strauss a Sociologie et Anthropologie de Marcel Mauss, PUF, 1950, pags. 48-49.

La comparación con el cálculo diferencial puede parecer arbitraria y superada. Pero lo que está superado es sólo la interpretación infinitista del cálculo. Desde el final del siglo XIX, Weierstrass da una interpretación finita, ordinal y estática, muy próxima a un estructuralismo matemático. Y el tema de las singularidades se convierte en una pieza esencial de la teoría de las ecuaciones diferenciales. El mejor estudio sobre la historia del cálculo diferencial y su interpretación estructural moderna es el de C. B. Boyer, The History of the Calculus and Its Conceptual Development, Dover, Nueva York, 1959.